jueves, 16 de julio de 2015

El hospital de Betesda.



Alguien me contó acerca de un evangelista que, habiendo ido a un hospital con la intención de orar por los enfermos, no se le permitió la entrada.

Entonces, creyendo que Dios haría milagros en mucha gente enferma, oró por horas alrededor del hospital. Puso sus manos sobre las paredes e invocó el nombre de Jesús, rogando que el Señor sanara a muchos de los que yacían en camas dentro de las instalaciones.

Lo sorprendente es que aquél día fue dada de alta más de la mitad de los pacientes que estaban ingresados.

La historia que narra la Biblia en (Juan 5: 1-16) es la de un hospital: el hospital de Betesda. Un hospital al aire libre ubicado junto a un estanque.

Sorprende la visión de este hospital con tanta gente enferma, y sorprende que todos pertenecieran al pueblo escogido de Dios. ¿Por qué?

La Palabra dice que “había una fiesta de los judíos, y subió Jesús a Jerusalén” (v,1). ¡Pero el Señor se encuentra en Jerusalén con un hospital!


Los judíos, por un lado estaban de fiesta, pero en el estanque de Betesda lo que había era muerte, dolor, miseria, desolación.

Es sorprendente que toda esa multitud de enfermos, ciegos, cojos y paralíticos esperase el movimiento del agua del estanque, cuando un ángel bajaba para agitarlas de tiempo en tiempo.

Así que podemos imaginar el cuadro de ese hospital a cielo abierto, con toda la multitud de enfermos llorando, gritando, gimiendo de dolor, algunos por tantísimos años.

¿No es este un fiel cuadro del hombre caído y de un mundo arruinado?

Y podemos imaginar el patético espectáculo. De repente, aquella multitud de ciegos, cojos y paralíticos estarían luchando entre ellos, arrastrándose como pudiesen, golpeándose unos contra otros en un esfuerzo desesperado por ser los primeros en llegar al agua.

Pero la Biblia nos muestra un gran contraste entre las auténticas sanidades del Señor Jesús y las creencias populares de la gente.

Decimos esto porque hoy existen muchos lugares de adoración y peregrinación “supuestamente milagrosos”, a donde acuden de tiempo en tiempo multitudes de enfermos de toda clase con la esperanza de ser sanados por alguna creencia o tradición.

Y eso era lo que ocurría en el hospital de Betesda. El hospital de Betesda era, en pocas palabras, un reflejo de la miseria del hombre caído, y uno de los motivos por el cual Jesús, el Hijo de Dios, había venido al mundo. 

El Señor del cielo y de la tierra tiene más poder que ningún ángel, o que cualquier supuesta agua milagrosa. Él es capaz de sanar a los enfermos con su sola Presencia.

Hoy, muchos tienen puestos los ojos en eventos que se dan de tiempo en tiempo, en supuestos estanques milagrosos y hasta en cosas tales como ángeles o apariciones. Ellos están allí, en el hospital de Betesda, esperando por años, haciendo colas anuales entre la multitud, esperando su supuesta sanidad.

Y cuando llega Jesús, el Señor de Gloria, y les dice: ¿Quieres ser sano?, aún algunos dirigen sus expectativas de sanidad hacia el estanque –como hizo el paralítico-, o hacia ciertas aguas milagrosas… pero no vuelven sus ojos a Jesús, el milagroso Señor Todopoderoso, autor y consumador de la fe.

La Biblia dice que en aquél estanque había una multitud de necesitados; pero cuando Jesús, el Hijo de Dios llegó al hospital de Betesda, Él pasó desapercibido.

En realidad fue como si no hubiese llegado nunca.

Todos ellos estaban en espera de otra cosa, menos del Mesías bendito. Ellos estaban en espera del ángel, del movimiento del agua, y de alguien que los metiese en ella el primero… menos de Jesús.

El Señor Jesucristo deja constancia en este hospital de algo muy importante: que la incredulidad o la falsa adoración no podrá sanarnos nunca.

Es solamente Cristo, y nadie más que Cristo, quien puede decir al enfermo: Levántate, toma tu lecho, y anda.

¡Bendiciones para todos!



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