“Un lugar que se llama Getsemaní”
(Mateo 26:36)
Por Charles Spurgeon.
Aunque sólo he seleccionado estas pocas palabras como mi texto, voy a procurar
proyectar la narración entera ante el ojo de su mente. Una parte de la
enseñanza de la Santa Escritura, nos informa que el hombre es un ser compuesto;
su naturaleza es divisible en tres partes: "espíritu,"
"alma," y "cuerpo." No voy a explicar el día de hoy las
sutiles distinciones entre espíritu y alma, ni voy a analizar el eslabón que
enlaza nuestra vida inmaterial y la conciencia, con la condición física de
nuestra naturaleza y el materialismo del mundo que nos rodea. Baste decir que,
siempre que se menciona nuestra organización vital, esta triple constitución
está significada con certeza.
Si observan atentamente, verán que en los sufrimientos de nuestro Señor por
nosotros, la pasión comprendió Su espíritu, alma y cuerpo; pues, aunque en el
último extremo en la cruz sería difícil decir en qué sentido sufrió más, ya que
los tres componentes fueron expuestos al límite de la violencia, hay la
seguridad que hubo tres conflictos diferentes, de conformidad con este triple
atributo de humanidad.
La primera parte del doloroso tormento de nuestro Señor recayó sobre Su
espíritu. Esto ocurrió cuando estaba a la mesa, en aquel aposento alto donde
comió la Pascua con Sus discípulos. Quienes hayan leído la narración
atentamente, habrán notado estas extraordinarias palabras del capítulo trece de
Juan, en su versículo veintiuno: "Habiendo dicho Jesús esto, se conmovió
en espíritu, y declaró y dijo: De cierto, de cierto os digo, que uno de
vosotros me va a entregar." Nadie pudo ser un espectador del conflicto
silencioso que tenía lugar en el corazón del Salvador cuando estaba sentado a
la mesa. Penetrar en las aprensiones espirituales de un hombre, está más allá
del poder de cualquier otra criatura; ¡cuánto menos posible es penetrar en los
conflictos espirituales del hombre Cristo Jesús! Nadie tendría la menor
posibilidad de contemplar estos velados misterios. Da la impresión que estuvo
sentado allí por un tiempo, como alguien sumido en la abstracción más profunda.
Peleó una recia batalla interna. Cuando Judas se levantó y salió, pudo haber
significado un descanso. El Salvador anunció un himno como para celebrar Su
conflicto; luego, levantándose, se dirigió al monte de los Olivos. Su discurso
a Sus discípulos allí, está registrado en ese maravilloso capítulo, el capítulo
quince de Juan, pletórico de santo triunfo, que comienza así: "Yo soy la
vid verdadera."
Él fue a la agonía con el mismo espíritu gozoso de un conquistador, y ¡oh, cómo
oró! ¡Esa famosa oración es un estudio muy profundo para nosotros! Debería
llamarse, con toda propiedad, "La Oración del Señor." Su forma y su
contenido son igualmente impresionantes. "Estas cosas habló Jesús, y
levantando los ojos al cielo, dijo: Padre, la hora ha llegado; glorifica a tu
Hijo, para que también tu Hijo te glorifique a ti." Da la impresión que
acababa de cantar en ese preciso momento un melodioso himno de triunfo, al
pensar que Su primera batalla había sido peleada, y que Su espíritu, que había
estado turbado, se había sobrepuesto al conflicto, y que ya era victorioso en
la primera de las tres terribles refriegas. Tan pronto como sucedió esto,
sobrevino otra hora, y con ella el poder de las tinieblas, en la que no tanto
el espíritu, sino el alma de nuestro bendito Señor, sostendría el impacto del
encuentro. Esto ocurrió en el huerto. Ustedes saben que después que salió
triunfante en este combate mortal, enfrentó al conflicto más expresamente en Su
cuerpo, padeciendo en Su naturaleza física los azotes, y los escupitajos, y la
crucifixión; aunque en ese tercer caso también hubo una aflicción de espíritu y
asimismo una angustia de alma, que mezclaron sus corrientes tributarias. Les
aconsejaríamos que mediten en cada una de ellas separadamente, de acuerdo con
el tiempo y la circunstancia en las que la preeminencia de cada una de ellas es
claramente advertida.
Este segundo conflicto que tenemos ahora delante de nosotros, bien merece
nuestra más reverente atención. Creo que ha sido bastante malentendido.
Posiblemente podamos recibir hoy unos cuantos pensamientos que esclarecerán la
niebla de nuestro entendimiento, y revelarán algo del misterio a nuestros
corazones. Me parece que la agonía en el huerto fue una repetición de la
tentación en el desierto. Estos dos combates con el príncipe de las tinieblas
cuentan con muchos puntos de exacta correspondencia. Si son ponderados
cuidadosamente, podrán descubrir que hay una sorprendente y singular conexión
entre la triple tentación y la triple oración. Habiendo combatido contra
Satanás en el desierto, al principio, en el umbral de Su ministerio público,
nuestro Señor ahora lo enfrenta al final, en el huerto, conforme se aproxima a
la conclusión de Su obra mediadora sobre la tierra. Tengan presente que ahora
tenemos que hablar del alma de Jesús, mientras abordo los diversos
puntos consecutivamente, ofreciendo unas pocas y breves palabras sobre cada uno
de ellos.
EL LUGAR DEL CONFLICTO ha aportado el tema de tantos sermones que difícilmente
podrían esperar que se diga algo nuevo acerca de eso. Sin embargo, quiero
motivar sus mentes a manera de recordación. Jesús fue al HUERTO para enfrentar
el conflicto, porque era el lugar de meditación. Era conveniente que Su
conflicto mental se llevara a cabo en el lugar donde el hombre estaría más
cómodo en las pensativas cavilaciones de su mente:
"Conviene la contemplación en el huerto."
Como Jesús se había acostumbrado a entregarse a ensueños nocturnos en medio de
esos bosques de olivo, elige acertadamente el lugar sagrado para los estudios
de la mente, para que fuera el escenario memorable de las contiendas de Su
alma:
"En un huerto el hombre se convirtió
En heredero de muerte sin fin y dolor."
Fue allí donde cayó el primer Adán, y era conveniente que allí
"El segundo Adán restaurara
Las ruinas del primero."
Me parece que Él fue a ese huerto en particular, porque estaba dentro de los
lindes de Jerusalén. Podría haber ido esa noche a Betania, como lo había hecho
otras noches, pero, ¿por qué no fue? ¿No sabían que según la ley levítica, los
israelitas debían dormir en la noche de la Pascua, dentro de los linderos de
Jerusalén? Cuando asistían al templo para guardar la Pascua, no debían irse
mientras no terminara la noche Pascual. Por eso nuestro Señor eligió un lugar
de encuentro dentro de los límites de la ciudad, para no transgredir ni la más
pequeña jota o tilde de la ley. Y, además, Él eligió ese huerto, entre otros
ubicados en la región contigua a Jerusalén, porque Judas conocía el lugar. Él
buscaba un lugar retirado, pero no quería un lugar que ofreciera una
oportunidad para evadirse o esconderse. Cristo no se entregaría, pues eso
hubiera sido semejante a un suicidio; pero tampoco se retiraría o se ocultaría,
pues eso hubiera sido cobardía. Así que va a un lugar que Judas, que conoce Sus
hábitos, sabe que acostumbra visitar; y allí, lejos de tener miedo de encontrar
Su muerte, anhela con ansia el bautismo del que tiene que ser bautizado, y
espera la crisis que había anticipado con toda claridad. "Si me
buscan," habrá dicho, "estaré donde puedan encontrarme fácilmente, y
me lleven." Cada vez que caminemos en un huerto, deberíamos recordar el
huerto donde caminó el Salvador, y las aflicciones que le sobrevinieron allí.
Me pregunto: ¿Seleccionó un huerto porque nos gustan esos lugares, vinculando
así nuestros momentos de recreo con los más solemnes recuerdos Suyos?
¿Recordaría cuán olvidadizas somos Sus criaturas, y dejó que Su sangre cayera
en la tierra de un huerto, para que las veces que cavemos y hurguemos allí,
podamos elevar nuestros pensamientos a Él, que fertilizó el suelo de la tierra,
y la libró de la maldición en virtud de Su propia agonía y dolores?
Nuestro siguiente pensamiento será sobre los TESTIGOS.
El sufrimiento espiritual de Cristo estaba completamente tras el velo. Como he
dicho, nadie podría columbrarlo o describirlo. Pero los sufrimientos de Su alma
tenían algunos testigos. No el populacho, no la multitud. Cuando vieron Su
sufrimiento corporal, eso era todo lo que podían entender, por tanto fue todo
lo que se les permitió ver. De la misma manera, Jesús les había mostrado a menudo
la carne, por decirlo así, o las cosas palpables de Su enseñanza, cuando les
decía una parábola; pero nunca les había enseñado el alma, la vida escondida de
Su enseñanza, pues esta la reservaba para Sus discípulos. Y lo mismo sucedió en
Su pasión. Él permitió que los griegos y los romanos se juntaran a su alrededor
en son de burla, y vieran Su carne desgarrada, y rasgada, y sangrante, pero no
les permitió que le acompañaran en el huerto para presenciar Su angustia o Su
oración. Dentro de ese recinto no había nadie sino sólo los discípulos. Y
fíjense, hermanos míos, no todos los discípulos estaban allí. Había ciento
veinte discípulos, por lo menos, si no es que más, pero únicamente once le
acompañaban entonces. Esos once debían atravesar ese tenebroso torrente de
Cedrón con Él, y a ocho de ellos se les pidió que vigilaran la puerta, con sus
rostros hacia el mundo, sentados y vigilantes; únicamente tres entraron al
huerto, y esos tres vieron algo de Sus sufrimientos; le contemplaron cuando
comenzó la agonía, pero aún así, a la distancia. Él se alejó de ellos a un tiro
de piedra, pues debía pisar solo el lagar, y no era posible que el Sufriente
sacerdotal tuviera un solo compañero en la ofrenda que estaba a punto de
presentar a Su Dios. Al fin se redujo a esto, que sólo había un observador. Los
tres elegidos se quedaron dormidos, pero el ojo despierto de Dios le miraba
desde lo alto. Únicamente el oído del Padre estaba atento a los clamores
lastimeros del Redentor.
"Se arrodilló, el Salvador se arrodilló y oró,
Cuando únicamente el ojo de Su Padre
Veía a través de la sombra del huerto solitario
Esa terrible agonía:
¡El Señor de todo arriba, y abajo,
Estaba abatido con aflicción hasta la muerte!"
Luego vino un visitante inesperado. El asombro envolvió al cielo, cuando los
ángeles vieron a Cristo sudando sangre por nosotros. "Da poder a
Cristo," dijo el Padre, dirigiéndose a un espíritu con alas poderosas.
"El asombrado serafín inclinó su cabeza,
Y voló desde los encumbrados mundos."
Vino para fortalecer, no para combatir, pues Cristo debía luchar solo; pero
aplicando alguna santa bebida, alguna unción sagrada, al oprimido Campeón que
estaba a punto del desmayo, nuestro grandioso Liberador recibió poder de lo
alto, y se levantó para el último de Sus combates.
Oh, mis queridos amigos, ¿acaso no nos enseña todo esto que el mundo exterior
no sabe absolutamente nada de los sufrimientos del alma de Cristo? Dibujan un
cuadro de Él; esculpen una pieza de madera o de marfil, pero no conocen los
sufrimientos de Su alma; no pueden penetrar en ellos. Es más, una buena
proporción de Su propio pueblo no los conoce, pues no pueden entender esos
sufrimientos por falta de una comunión espiritual. No poseemos ese agudo
sentido de las cosas mentales para identificarnos con las aflicciones que
experimentó; e incluso los tres favorecidos, los elegidos de los elegidos, que
tienen mayores gracias espirituales y que por tanto tienen que soportar también
los mayores sufrimientos, y la mayor depresión de espíritu, aun ellos no pueden
atisbar la plenitud del misterio.
Únicamente Dios conoce la angustia del alma del Salvador cuando sudó grandes
gotas de sangre. Los ángeles la vieron, pero no la entendieron. Se deben haber
sorprendido más cuando vieron al Señor de vida y gloria, triste con suma
tristeza, hasta la muerte, que cuando vieron a este mundo redondo surgir de la
nada a una hermosa existencia, o cuando vieron a Jehová ataviar a los cielos
con Su Espíritu, y formar con Sus manos a la aviesa serpiente.
Hermanos, no podemos esperar conocer la longitud y la anchura y la altura de
estas cosas, pero conforme nuestra propia experiencia se profundice y se
oscurezca, sabremos más y más de lo que Cristo sufrió en el huerto.
Habiendo hablado así del lugar y de los testigos, digamos algo en lo que
respecta a LA COPA MISMA.
¿Cuál era esta copa acerca de la cual nuestro Salvador oró: "Si es
posible, pase de mí esta copa"? Algunos de nosotros podríamos considerar
que Cristo deseaba, de ser posible, escapar de las agonías de la muerte.
Podrían conjeturar que, habiendo asumido la redención de Su pueblo, su
naturaleza humana vacilaba y retrocedía ante la hora de peligro. Yo mismo lo
pensé antes, pero a la luz de una consideración más madura, estoy plenamente
persuadido que tal suposición proyectaría una deshonra en el Salvador. No
considero que la expresión "esta copa" se refiera para nada a la
muerte. Ni me imagino que el amado Salvador quisiera significar, ni por un solo
instante, una partícula del deseo de escapar de los dolores necesarios para
nuestra redención. Esta "copa," me parece, está relacionada con algo
completamente diferente. No se refiere al conflicto final, sino al conflicto en
el que estaba involucrado en ese momento. Si estudian las palabras, y
especialmente las palabras griegas, que son usadas por los diversos
evangelistas, pienso que encontrarán que todas ellas tienden a sugerir y a
confirmar esta perspectiva del tema.
El Espíritu del Salvador fue vejado y triunfó. Hubo a continuación un ataque
perpetrado por el Espíritu del Mal sobre Su naturaleza mental, y a consecuencia
de ello, esta naturaleza mental se desalentó horriblemente y se abatió. Como
cuando en el pináculo del templo el Salvador sintió el temor de caer, así,
cuando estaba en el huerto sintió un hundimiento del alma, un terrible
desaliento, y comenzó a estar muy turbado. Entonces, la copa que deseaba que
pasara de Él fue, yo creo, esa copa de desaliento, y nada más. Estoy más
inclinado a interpretarla así, porque ni una sola palabra registrada por
cualquiera de los cuatro evangelistas, parece reflejar el menor titubeo de
parte de nuestro Salvador, en lo relativo a ofrecerse como un sacrificio
expiatorio. Su testimonio es frecuente y concluyente: "Afirmó su rostro
para ir a Jerusalén;" "De un bautismo tengo que ser bautizado; y
¡cómo me angustio hasta que se cumpla!" "A la verdad el Hijo del
Hombre va, según está escrito de él." No oímos nunca una frase de
renuencia o de indecisión. No sería congruente con el carácter de nuestro
bendito Señor, aun como hombre, suponer que deseaba que la copa final de Sus
sufrimientos pasara de Él del todo.
Además, tenemos otro argumento que yo considero muy sólido. El apóstol nos
informa que Él "fue oído a causa de su temor reverente." Ahora, si
hubiera temido morir, entonces no fue oído, pues ciertamente murió. Si hubiera
temido soportar la ira de Dios, o el peso del pecado humano, y realmente
hubiera deseado escapar de eso, entonces no fue oído, pues ciertamente sintió
el peso del pecado, y ciertamente sufrió el peso de la ira vengativa de Su
Padre. Así que me parece a mí, que lo que temía era esa terrible depresión
mental que le había sobrevenido súbitamente, de tal forma que su alma estaba
muy angustiada. Él le pidió a Su Padre que pasara de Él la copa; y así fue,
pues no veo en todas las aflicciones posteriores del Salvador, esa singular
depresión sobrecogedora que soportó cuando se encontraba en el huerto. Él
sufrió mucho en el pretorio de Pilato, y sufrió mucho en el madero; pero yo
diría que había una valerosa alegría que le acompañó hasta el fin, cuando por
el gozo puesto delante de Él sufrió la cruz; sí, cuando dijo: "Tengo
sed," y, "Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?" yo
identifico un poder santo y un vigor alrededor de las palabras y los pensamientos
del Sufriente, que el débil y estremecido estado de Su cuerpo no podían
extinguir. El lenguaje de ese Salmo veintidós, que parece haber dado la nota
clave, por así decirlo, de Su devoción en la cruz, está pleno de fe y
confianza. Si el primer versículo contiene el lamento más amargo, el versículo
veintiuno cambia el tono quejumbroso. "Tú me has oído (o respondido)"
(1), señala el punto de transición del sufrimiento a la satisfacción sobre la
que es deleitable insistir.
Ahora, tal vez algunos de ustedes piensen que si esta copa sólo significó
abatimiento de espíritu y desmayo de alma, no sería entonces un momento muy
significativo, o por lo menos debilita el hechizo de esas inusitadas palabras y
actos que se entretejieron alrededor de Getsemaní. Permítanme pedirles que me
disculpen. Personalmente sé que no hay nada sobre la tierra que el cuerpo
humano pueda sufrir, que se compare con el desaliento y la postración de la
mente. Tal es la melancolía y la tristeza de un alma angustiada, sí, de un alma
sumamente angustiada hasta la muerte, que yo puedo imaginar que los dolores de
la muerte son más ligeros. En nuestra última hora, el gozo puede iluminar el
corazón, y el brillo interno del sol del cielo, puede sustentar el alma cuando
todo por fuera es oscuro. Pero cuando el hierro penetra en el alma de un
hombre, verdaderamente se acobarda. En la tristeza de esos espíritus exhaustos,
la mente se confunde; muy bien puedo entender la expresión que está escrita:
"Mas yo soy gusano, y no hombre," acerca de alguien que es presa de
tal melancolía.
¡Oh, esa copa! Cuando no hay una promesa que pueda consolarte, cuando todo en
el mundo se ve oscuro, cuando tus propias misericordias te aterran, y se
levantan como repugnantes espectros y portentos del mal delante de tus ojos,
cuando eres como los hermanos de Benjamín que abrieron las bolsas y encontraron
el dinero, pero en lugar de recibir consuelo dijeron por causa de ello:
"¿Qué es esto que nos ha hecho Dios?" cuando todo se ve negro y, a
través de una mórbida sensibilidad en la que han caído, distorsionan cada
objeto y cada circunstancia hasta convertirlos en una caricatura funesta,
déjenme decirles que para nosotros, pobres hombres pecadores, esta es una copa
más horrible que cualquier copa que los inquisidores pudieran mezclar. Puedo imaginar
a Anne Askew sobre el potro de tormento, arrostrándolo todo con valor, pues era
una mujer valiente, enfrentando a sus acusadores y diciendo:
"Yo no soy una mujer que permita
Que mi ancla se pierda;
Para toda niebla envolvente
Mi barca está firme."
Pero no puedo concebir que un hombre que sufra la enfermedad del alma del
abatimiento del espíritu, como lo estoy mencionando, encuentre en un
pensamiento o en una canción, algún paliativo para su angustia. Cuando Dios
toca lo íntimo del alma de un hombre, y su espíritu cede, no puede soportarlo
por largo tiempo; y esto me parece a mí que fue la copa que el Salvador tenía
que beber en ese momento, de la que oraba ser liberado, y relativa a la cual
fue oído.
Consideren por un momento lo que tenía ante Sí, y que deprimía Su alma. Todo,
hermanos míos, todo estaba tapizado de angustia, y nublado con una oscuridad
que se podía sentir. Estaba el pasado. Expresándolo como pienso que Él
lo vería, Su vida había sido un fracaso. Podía decir con Isaías: "¿Quién
ha creído a nuestro anuncio? ¿y sobre quién se ha manifestado el brazo de
Jehová?" "A lo suyo vino, y los suyos no le recibieron." ¡Y cuán
pobre fue ese pequeño éxito que tuvo! Estaban los doce apóstoles; ¡Él sabía que
uno de ellos estaba en camino de traicionarle; ocho de ellos estaban dormidos a
la entrada del huerto, y tres más dormitaban dentro del huerto! ¡Él sabía que
todos le abandonarían, y uno de ellos le negaría con juramentos y maldiciones!
¿Qué había que le pudiera servir de consuelo? Cuando el espíritu de un hombre
se abate, necesita un compañero que le alegre; necesita a alguien que le hable.
¿Acaso no sintió esto el Salvador? ¿Acaso no fue tres veces donde estaban Sus
discípulos? Sabía que no eran sino seres humanos; pero es verdad que un hombre puede
consolar a otro hombre en una situación como esa. La visión de un rostro
amigable puede alegrar el propio semblante, y animar el corazón. Pero tenía que
sacudirlos de su adormecimiento, y lo veían con una mirada vacía. ¿Acaso no
regresó otra vez a orar, porque no había ojo que se compadeciera, y nadie que
pudiera ayudar? No encontró alivio. A veces una media palabra, o incluso una
sonrisa, aunque provenga únicamente de un niño, te podrá ayudar cuando estás
triste y postrado. Pero Cristo no podía conseguir ni siquiera eso. Tuvo que
reñirles casi con amargura. ¿Acaso no hay un tono de ironía en Su amonestación?
"Dormid ya, y descansad." No estaba enojado, pero sí lo resentía.
Cuando el espíritu de un hombre está abatido, siente más profunda y agudamente que
en otros momentos; y aunque la espléndida caridad de nuestro Señor expresó una
excusa: "El espíritu a la verdad está dispuesto, pero la carne es
débil," sin embargo, Su corazón estaba compungido, y tenía una angustia de
alma semejante a la que sintió José cuando fue vendido en Egipto por sus
hermanos. Verán, entonces, que tanto el pasado como el presente eran
suficientes para deprimirle a un sumo grado.
Pero estaba el futuro; y al mirarlo frente a Sí, devoto como era Su
corazón, firme como era el valor de Su alma (pues me parece que sería un
sacrilegio y una calumnia imputarle siquiera un pensamiento de titubeo), sin
embargo, Su corazón humano se acobardó; pareció pensar: "¡Oh!, ¿cómo lo
sobrellevaré?" La mente dio un respingo ante la vergüenza, y el cuerpo dio
un respingo ante el dolor, y el alma y el cuerpo conjuntamente dieron un
respingo ante el pensamiento de la muerte, y de una muerte tan ignominiosa:
"Él lo experimentó todo: la duda, la contienda,
El desfallecimiento, el temor desconcertante;
Las nieblas que flotan en la vida que parte,
Todo se juntó alrededor de Su cabeza:
Para que Quien dio aliento al hombre conociera
Las propias profundidades del dolor humano."
Hermanos, ninguno de nosotros tiene una causa de depresión como la tuvo el
Salvador. No tenemos que cargar con Su carga; y tenemos un ayudador que nos
apoya, que Él no tuvo, pues Dios, que le abandonó, no nos abandonará nunca.
Nuestra alma podrá estar abatida en nosotros, pero nunca tendremos una razón
tan grande para estarlo, ni nunca podremos conocerla a tal grado como la
conoció el Redentor. Me gustaría poder retratarles a ese hombre amable, sin
amigos, como un ciervo acorralado por perros que le rodeaban por todos lados, y
el grupo de hombres perversos que le cercaba; ¡preveía cada incidente de Su
pasión, incluyendo que traspasarían Sus manos y Sus pies, la rasgadura de Sus
vestiduras, y la suerte echada sobre Su manto, y anticipaba ese último sudor de
sangre sin una gota de agua para refrescar Sus labios! No puedo evitar concebir
que Su alma debe haber sentido en lo íntimo un temblor solemne, de tal
magnitud, que le condujo a decir: "Estoy muy triste, hasta la
muerte."
Entonces, me parece que esta es la copa que nuestro Señor Jesucristo deseaba
que pasara de Él, y que en efecto pasó de Él a su debido tiempo.
Avanzando un poco más, quiero que piensen en la AGONÍA.
Nos hemos acostumbrado a llamar de esta manera a esta escena en el huerto.
Todos ustedes saben que es una palabra que significa "lucha". Ahora,
no puede haber lucha donde hay únicamente un individuo. En esta agonía, por
tanto, debía haber dos partes. ¿No había, sin embargo, místicamente hablando,
dos partes en Cristo? ¿Qué veo en este Rey de Sarón sino, por así decirlo, dos
ejércitos? Había la firme resolución de hacerlo todo, y de cumplir la obra a la
que se había comprometido; y había la debilidad mental y la depresión que le
decían: "No puedes; nunca la cumplirás." "En ti esperaron
nuestros padres; esperaron, y tú los libraste. Clamaron a ti, y fueron librados;
confiaron en ti, y no fueron avergonzados," "Mas yo soy gusano, y no
hombre; oprobio de los hombres, y despreciado del pueblo;" de tal forma
que los dos pensamientos entraron en conflicto: el encogimiento del alma, y sin
embargo, la determinación de Su voluntad invencible de seguir adelante con la
tarea, y cumplirla. Él agonizaba en esa lucha entre el miedo sobrecogedor de Su
mente y la noble determinación de Su espíritu. Pienso, también, que Satanás le
afligía; que se le permitió a los poderes de las tinieblas usar la máxima
astucia para conducir al Salvador a una desesperación absoluta.
Voy a manejar con mucha delicadeza una expresión usada para describir eso; una
palabra que, en su sentido más tosco, significa, y ha sido aplicado a personas
que están locas y que han perdido temporalmente la razón. El término usado
concerniente al Salvador en Getsemaní puede ser interpretado únicamente por una
palabra equivalente a nuestra palabra "perturbado." Era como alguien
aturdido por un peso sobrecogedor de ansiedad y terror. Pero Su naturaleza
divina despertó Sus facultades espirituales y Su energía mental para manifestar
Su pleno poder. Su fe resistió la tentación de incredulidad. La bondad
celestial que estaba en Él, contendió tan poderosamente contra las sugerencias
satánicas y las insinuaciones que fueron arrojadas en Su camino, que se
convirtió en una lucha. Me gustaría que capten la idea de una lucha, como si
vieran a dos hombres procurando derribar el uno al otro, luchando al punto de
que sus músculos se resaltan y las venas se tensan como trallas de látigo en
sus frentes. Es un temible espectáculo cuando dos hombres se aproximan uno a
otro en desesperada ira. Pero el Salvador estaba luchando así con los poderes
de las tinieblas, y Él luchaba a brazo partido con tanto denuedo en la
refriega, que sudaba, por decirlo así, grandes gotas de sangre:
"Los poderes del infierno unidos presionaban,
Y estrujaban Su corazón, y herían Su pecho,
¡Qué terribles conflictos bramaban dentro,
Cuando sudor y sangre transpiraron por Su piel!"
Observen la forma en la que Cristo sobrellevó la agonía. Fue mediante la
oración. Se volvió a Su Padre tres veces con las mismas palabras exactas. Es un
indicativo de perturbación mental cuando ustedes se repiten. Tres veces, con
las mismas palabras exactas se acercó a Su Dios: "Padre mío, pase de mí
esta copa." La oración es todo lo que cura la depresión de espíritu.
"Cuando mi corazón desmayare, llévame a la roca que es más alta que
yo." Habrá un desconcierto total, un quebrantamiento de espíritu a menos
que alces las compuertas de la súplica, y permitas que el alma fluya en secreta
comunión con Dios. Si le decimos a Dios nuestras aflicciones, no manifestaremos
ansiedad interna, ni nuestra paciencia se reducirá como algunas veces está
pronta a hacerlo.
En conexión con la agonía y la oración hubo un sudor sangriento. Algunas
personas han pensado que el pasaje sólo quiere decir que el sudor fue como
gotas de sangre; pero entonces la palabra "como," es usada en la
Escritura para significar no simplemente una semejanza sino algo idéntico.
Nosotros creemos que el Salvador efectivamente sudó en toda Su persona, grandes
gotas de sangre que caían hasta la tierra. Tal ocurrencia es muy rara
ciertamente entre los hombres. Ha sucedido algunas cuantas veces. Libros de
cirugía registran unos cuantos casos, pero yo creo que algunas personas que
bajo un dolor terrible experimentan un sudor así, nunca se recuperan; mueren
inevitablemente. La angustia de nuestro Salvador mostró esta peculiaridad, que
aunque sudó, por decirlo así, grandes gotas de sangre que caían hasta la
tierra, tan copiosamente que parecían una lluvia carmesí, sobrevivió. Su sangre
necesariamente tenía que ser derramada por manos de otros, y Su alma se derramó
hasta la muerte de otra manera.
Recordando el destino del hombre pecador, que tiene que comer su pan con el
sudor de su frente, vemos el castigo del pecado impuesto de manera terrible en
Él, que es la fianza de los pecadores. Cuando comamos el pan de la mesa del
Señor el día de hoy, conmemoramos la gotas de sangre que sudó. Con el sudor de
su rostro, y gigantescas gotas en su frente, el hombre trabaja por el pan que
perece; pero el pan es sólo el sostén de la vida: cuando Cristo trabajó por la
vida misma para darla a los hombres, sudó, no el sudor común de la superficie
del cuerpo, sino la sangre que fluye del propio corazón.
Quisiera tener las palabras para presentarles todo esto de manera eficaz.
Quisiera hacer que lo vean; quisiera hacer que lo sientan. El Amante celestial
que no tenía nada que ganar excepto la redención de nuestras almas del pecado y
de Satanás, y ganar nuestros corazones para Él, abandona los resplandecientes
atrios de Su eterna gloria y desciende como un hombre, pobre, débil, y
despreciado. Está tan deprimido ante el pensamiento de lo que falta por hacer y
por sufrir, y bajo tal presión de influencia satánica, que suda gotas de sangre
que caen sobre la fría tierra escarchada, en ese huerto alumbrado por la luz de
la luna. ¡Oh, el amor de Jesús! ¡Oh, el peso del pecado! ¡Oh, la deuda de
gratitud que ustedes y yo tenemos para con Él!
"Si todo el reino de la naturaleza fuese mío,
Eso sería un regalo demasiado insignificante:
Amor tan sorprendente, tan divino,
Demanda mi alma, mi vida, mi todo."
Debemos proseguir con la rica narración para meditar en nuestro SALVADOR
VENCEDOR.
Nuestra imaginación es lenta para fijarse en esta preciosa característica de la
dolorosa historia. Aunque había dicho: "Si es posible, pase de mí esta
copa," sin embargo, poco después, observamos ¡cuán tranquilo y calmado
está cuando se levanta de esa escena de postrada devoción! Él advierte, como si
con un tono ordinario de voz anunciara una circunstancia esperada:
"Levantaos, vamos; ved, se acerca el que me entrega." No hay
perturbación ahora, no hay prisa, no hay alboroto, no hay suma tristeza, hasta
la muerte. Judas llega, y Jesús le dice: "Amigo, ¿a qué vienes?"
Difícilmente le reconocerían como el mismo hombre que estaba tan triste hacía
unos instantes. Una palabra con una emanación de Su Deidad bastó para hacer que
toda la soldadesca cayera de espaldas. En seguida se vuelve y toca la oreja del
siervo del sumo sacerdote, y la sana como en los días más felices cuando estaba
presto a sanar las enfermedades y las heridas del pueblo que se juntaba a Su
alrededor en Sus viajes. Se retira, tan calmado y sosegado, que las injustas
acusaciones no podían arrancar una respuesta Suya; y aunque acosado por todas
partes, es llevado como un cordero al matadero, y como oveja delante de sus
trasquiladores enmudeció, y no abrió Su boca. Fue una magnífica calma mental la
que selló Sus labios, y le mantuvo pasivo delante de Sus enemigos. Ustedes y yo
no podríamos haber hecho eso. Debe haber sido una profunda paz interior la que
le permitió enmudecer y estar quieto en medio del ronco murmullo del concilio y
el ruidoso tumulto de la muchedumbre.
Yo creo que habiendo combatido al enemigo internamente, había conseguido una
espléndida victoria. Fue oído a causa de Su temor reverente, y ahora era capaz
de salir a enfrentar Su último tremendo conflicto, con la plenitud de Su
fuerza, en el que se enfrentó con las huestes en orden de batalla de la tierra
y del infierno; y sin embargo, fue victorioso después de haberlas enfrentado a
todas ellas, para ondear el estandarte del triunfo, y decir: "¡Consumado
es!"
Preguntémonos, entonces, para llegar a una conclusión: ¿cuál es la LECCIÓN DE
TODO ESTO?
Creo que puedo extraer veinte lecciones, pero si lo hiciera, no serían tan
buenas y provechosas como esa única lección que extrae el propio Señor. ¿Cuál
fue la lección que Él enseñó particularmente a Sus discípulos? Ahora, Pedro, y
Santiago, y Juan, abran sus oídos; y tú, Magdalena, y tú, María, y tú, Juana,
mujer del intendente de Herodes, y otras mujeres favorecidas, escuchen la inferencia
que voy a sacar. No es mía; es de nuestro Dios y Señor. ¡Con cuánto cuidado
debemos atesorarla! "Lo que a vosotros digo, a todos lo digo: Velad."
"Velad;" y otra vez, "Velad y orad, para que no entréis en
tentación." He estado dándole vueltas en mi mente a esto para sacar una
aplicación. ¿Por qué en esta ocasión particular les exhortó a que vigilaran? Me
parece que están involucrados dos tipos de vigilancia. ¿Se fijaron que habían
ocho discípulos en la puerta del huerto? Ellos estaban vigilando, o debieron
haber vigilado; y tres más estaban dentro del huerto; ellos estaban vigilando,
o debieron haberlo estado. Pero vigilaban de manera diferente. ¿Hacia dónde
estaban viendo los ocho? Me da la impresión que fueron colocados allí para que
miraran hacia afuera, para que vigilaran que Cristo no fuera sorprendido por
aquellos que querían atacarle. Ese podría ser el objetivo por el cual fueron
colocados allí. Los otros tres fueron puestos para vigilar Sus acciones y Sus
palabras; para mirar al Salvador y ver si podían ayudarle, o alentarle o
animarle.
Ahora, ustedes y yo tenemos motivos para mirar a ambos lados, y el Salvador nos
dice cuando contemplamos la agonía: "ustedes tendrán que sentir algo
parecido, por tanto vigilen;" miren hacia afuera; estén siempre sobre la
atalaya, para que el pecado no les sorprenda. Es a través de las ofensas que
serán conducidos a esta agonía; es por darle la ventaja a Satanás que las
aflicciones de su alma serán multiplicadas. Si su pie resbala, su corazón se
convertirá en presa de la tristeza. Si descuidan la comunión con Jesús, si se
enfrían o se vuelven tibios en sus afectos, si no viven de conformidad a sus
privilegios, se convertirán en presa de las tinieblas, de la melancolía, del
desaliento y de la desesperación. Por tanto, vigilen, para que ustedes
no entren en esta grande y terrible tentación. Satanás no puede sumir en tal
estado de desolación a una fe fuerte, cuando está en saludable ejercicio. Es
cuando la fe de ustedes declina y su amor se vuelve negligente, y su esperanza
es inanimada, que él puede conducirlos a tal estado de desconsolada congoja que
no vean sus signos, ni sepan si son creyentes o no. No serán capaces de decir:
"Padre mío," pues su alma dudará si son hijos de Dios del todo.
Cuando las calzadas de Sion tienen luto, los hijos y las hijas de Sion no tocan
sus arpas. Por tanto, vigilen bien, ustedes que como los ocho discípulos,
tienen el cargo de centinelas en el umbral del huerto.
Pero ustedes tres, vigilen internamente. Miren a Cristo. "Considerad a aquel
que sufrió tal contradicción de pecadores contra sí mismo." Vigilen al
Salvador y vigilen con el Salvador. Hermanos y hermanas, me gustaría hablarles
esto tan enfáticamente que nunca pudieran olvidarlo. Estén familiarizados con
la pasión de su Señor. Vayan directo a la cruz. No se queden satisfechos con
eso, sino pongan la cruz sobre sus hombres; átense a la cruz en el espíritu del
apóstol cuando dijo: "Con Cristo estoy juntamente crucificado, y ya no
vivo yo, mas vive Cristo en mí." No creo haber tenido durante mucho tiempo
un trabajo más dulce que el que tuve hace unas cuantas semanas, cuando estaba
buscando, en todos los autores de himnos y en todos los poetas que conocía,
himnos sobre la pasión del Señor. Yo procuraba gozarlos conforme los seleccionaba,
y meterme en la inspiración que tenían los poetas cuando los cantaban. Créanme,
no hay fuente que produzca agua tan dulce como la fuente que brota del
Calvario, justo al pie de la cruz. Aquí es donde hay un panorama más
sorprendente y más arrebatador que en cualquier otra parte, incluyendo la
cumbre de Pisga. Métanse en el costado de Cristo; es una hendidura de la roca
en la que pueden esconderse hasta que la tempestad haya pasado. Vivan en
Cristo; vivan cerca de Cristo; y entonces, que venga el conflicto, y ustedes
vencerán de la misma manera que Él venció, y levantándose de su sudor y de su
agonía, seguirán adelante para enfrentar incluso a la muerte misma con una
calmada expresión en su rostro, diciendo: "Padre mío, no sea como yo
quiero, sino como tú."
"Mi Dios, yo te amo; no porque
Por ello espere el cielo,
Ni porque quienes no te aman
Deben arder eternamente.
Tú, oh mi Jesús, Tú me
Abrazaste sobre la cruz;
Por mí, aguantaste los clavos y la lanza,
Y múltiples ignominias;
Y dolores y tormentos incontables,
Y sudor de agonía;
Sí, la muerte misma, y todo por mí
Que era Tu enemigo.
Entonces, ¿por qué, oh bendito Jesucristo,
No debía amarte mucho?
No por la esperanza de ganar el cielo,
Ni de escapar del infierno;
No con la esperanza de ganar algo,
Ni buscar una recompensa;
Pero como Tú me has amado,
Oh, Señor, eterno amante.
Por eso te amo yo, y te amaré,
Y en Tu alabanza cantaré;
Porque Tú eres mi amante Dios,
Y mi eterno Rey."
Yo espero que esta meditación sea de provecho para algunos cristianos
atribulados, y también para pecadores impenitentes. Oh, que el cuadro que he
estado tratando de pintar, pueda ser visto por algunos que vendrán y confiarán
en este hombre maravilloso, este maravilloso Dios, que salva a todos los que
confían en Él. ¡Oh, apóyense en Él! "Si vuestros pecados fueren como la
grana, como la nieve serán emblanquecidos; si fueren rojos como el carmesí,
vendrán a ser como blanca lana." Sólo confíen en Él, y serán salvos. No
digo que serán salvos otro día, sino salvos ahora mismo. El pecado que estaba
sobre sus hombros cuando vinieron a esta casa, pesado como una carga, será
quitado por completo. Mírenlo ahora a Él, en el huerto, en la cruz, y en el
trono. Confíen en Él; confíen en Él ahora; confíen sólo en Él; confíen en Él
plenamente;
"Que no se entrometa ninguna otra confianza;
Nadie sino Jesús
Puede hacer bien a los pecadores desvalidos."
Que el Señor les bendiga, a cada uno de ustedes presentes en esta asamblea, y
que en la mesa de la comunión, gocen de Su presencia.
Amén.