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jueves, 25 de junio de 2015

Necesitamos nacer de nuevo




Casi todo el material utilizado por Juan en su Evangelio es diferente al de los otros Evangelios. Eso lo diferencia de los otros tres, llamados sinópticos.

Entresacando de este novedoso material referente al Señor Jesucristo, hallamos cuatro o cinco encuentros con personas muy representativas.

Son representativas, porque sin duda Juan tuvo a la mano mucho material disponible, que no incluyó.

¿Por qué incluyó este material, y no otro?

Creemos que aquí hubo una cuidadosa selección, a fin de cumplir su propósito, que era demostrar que Jesús es el Cristo, el Hijo del Dios viviente.

El primer encuentro es con Nicodemo, este sabio maestro de los judíos.

Saltándose los saludos protocolares, Juan muestra al Señor introduciendo un tema absolutamente nuevo en el Nuevo Testamento: el nuevo nacimiento.

La mayor necesidad de un hombre como Nicodemo, versado en los escritos sagrados, era nacer de nuevo. Él era simplemente un estudioso, pero no era un hombre nuevo.

"Lo que es nacido de la carne, carne es; y lo que es nacido del Espíritu, espíritu es" (Juan 3:6).


jueves, 18 de junio de 2015

Entre la muerte y la resurrección






La cruz está en el punto exacto de intersección entre estos dos polos. Si no hay cruz, no hay muerte ni resurrección.

Nadie puede ser un verdadero siervo de Dios sin conocer el significado de la muerte y de la resurrección.

Y esta es una verdad fundamental que tuvo su aplicación en nuestro Señor Jesús y en sus apóstoles.

El Señor Jesús

Antes de comenzar su ministerio público, el Señor Jesús fue bautizado. Por supuesto, no lo hizo porque tuviera algún pecado o algo de lo cual necesitara limpiarse. El bautismo del Señor Jesús tiene un significado simbólico que apunta justamente a la muerte y la resurrección.

El Señor Jesús no conoció pecado, sin embargo, en cuanto se hizo Hombre, Él tuvo una voluntad independiente de la del Padre.

En la expresión: “He venido, no para hacer mi voluntad sino la de mi Padre”, hallamos estas dos voluntades claramente diferenciadas. Él tenía su propia voluntad (no he venido para hacer mi voluntad…); y el Padre tiene la Suya (…sino la de mi Padre.)


martes, 2 de junio de 2015

Excusas para no salvarse





 “Tengo algunas quejas contra Dios”

 
Hay personas que dicen cosas duras contra Dios. 

Hay quienes tienen la peor opinión de Dios.  Unos son ateos, pero otros no lo son. 

Pueden sentir y creer que de verdad Dios existe,  pero tienen muchas quejas contra Él.  Veamos algunas de ellas:

1)        Dios elige a algunos hombres para salvación y a otros para condenación. 

Ellos acusan a Dios de salvar y de condenar a su antojo a los hombres. 

Sin embargo, el Señor Jesús dijo: “Al que a mí viene, yo no le echo fuera.” (Juan 6:37).

Y Dios es claro en su palabra cuando dice: “Todo aquel que invocare el nombre  del Señor, será salvo.” (Joel 2:32; Rom. 10:13)

De modo que el que se condena, se condena por su propia responsabilidad.  Cada hombre es responsable, ya sea de amar a Dios y salvarse, o de odiarle y condenarse.

2)        Teniendo poder para evitarlo, Dios permite la injusticia en el mundo. 

Dios es acusado de los males que hay en el mundo: de las guerras, de las tragedias, de la maldad y violencia, y de toda forma de abuso o injusticia. 

Sin embargo, esta es una acusación gratuita. 

Dios hizo al hombre libre,  dotado de una clara inteligencia,  de una voluntad libre.  Y Él observa desde los cielos lo que el hombre hace con el mundo,  cómo administran los hombres lo que Él, en su misericordia, ha puesto en sus manos.

Por tanto no es Dios sino los hombres quienes generan el odio, las injusticias y la maldad.

3)        Cristo promueve la aceptación de la injusticia en el mundo con la ingenua esperanza de una recompensa futura. 

Muchos culpan a Cristo de crear entre los pobres “falsas ilusiones”, de promover la resignación ante la injusticia  bajo el expediente  de una recompensa futura. 

Dicen, por ejemplo: “No hay Dios que haga justicia;  sólo existe la ley del más fuerte.”

El Señor Jesús vivió de tal forma que demostró que la vida del hombre no consiste  en los bienes que posee, ni en sus regalías presentes. 

La verdadera vida es la vida del espíritu, que se puede disfrutar  gratuitamente en cualquier medio y circunstancia. 

El Señor dijo que su reino no era de este mundo.  ¡Y los que aman al Señor dicen lo mismo!

En este mundo impera el mal, y gobierna Satanás.  Pero llegará el día en que Dios juzgará a los hombres,  y entonces le dará a cada uno  conforme a sus obras.  Que no quepa duda de esto.

Nadie quedará impune de un solo pecado. Toda injusticia será castigada. 

¡En aquel día, los que hicieron abuso de su prójimo darán cuenta! 

Y en aquel día, los que sufrieron,  gozarán eternamente. 

Toda lágrima de ellos será enjugada,  y no conocerán más la tristeza. 

Así que, ¿de qué injusticia habla usted? 

La justicia se hará, le pese a quien le pese.

4)        Cristo dijo que volvería; pero han pasado casi dos mil años y no ha cumplido su promesa. 

Es cierto.

Muchos cristianos han muerto  después de haber esperado toda su vida la promesa de que Cristo volviera.

Ello –dicen–, ha generado falsas expectativas en las personas”, que descuidan su vida presente por una incierta vida futura. 

Pero la Palabra de Dios, previendo esto,  dice claramente que en los postreros tiempos vendrían burladores diciendo: “¿Dónde está la promesa de su advenimiento? Porque desde el día en que los padres durmieron, todas las cosas permanecen así como desde el principio de la creación” (2 Pedro 3:4). 

¿Por qué no ha venido Él aún?  Porque la paciencia de Dios espera aún por usted. 

Amigos, amigas: Esta tendencia a hablar mal de Dios irá todavía en aumento. 

Pero oiga esto: Vendrá el día en que los hombres pagarán por las cosas duras que han hablado contra Dios (Judas 15-16). 

¿Qué dirá usted a partir de ahora?  ¿Dirá también cosas duras contra Dios? 

¿No ha visto la benignidad del Señor? 

¿No sabe acaso que Él le ha amado tanto,  que dio a su amado Hijo Jesucristo para que muriera en la cruz por usted?

Si usted conociera su espléndido y gran amor,  ya no tendría quejas contra él. 

¡Tendría tan sólo alabanzas!

¿Le va a aceptar hoy como su Señor y Salvador?

¡Bendiciones para todos!





Aguasvivas.cl

miércoles, 22 de abril de 2015

¿Estamos desocupados?




"Porque el reino de los cielos es semejante a un hombre, padre de familia, que salió por la mañana a contratar obreros para su viña. Y habiendo convenido con los obreros en un denario al día, los envió a su viña. Saliendo cerca de la hora tercera, vio a otros que estaban en la plaza desocupados; y les dijo: Id también vosotros a mi viña, y os daré lo que sea justo. Y ellos fueron. Salió otra vez cerca de las horas sexta y novena, e hizo lo mismo. Y saliendo cerca de la hora undécima..." (Mat. 20:1-6).



Este texto forma parte de la conocida parábola de los obreros de la viña, dicha por nuestro Señor Jesucristo.

Y aquí, la hora undécima es la penúltima hora del día porque los hebreos dividían el día en doce horas, desde el amanecer hasta el ocaso.

Entonces aquí quedaba una hora para que concluyera el día laboral, y a esa hora, la parábola dice que el dueño de la viña "halló a otros que estaban desocupados; y les dijo: ¿Por qué estáis aquí todo el día desocupados?".

Cuando nos sumergimos en la parábola, nos damos cuenta que la palabra "desocupados" aparece tres veces. Espiritualmente hablando, ¿qué significado tiene esto?

Bien. La viña representa la obra de Dios.

Ahora, si cualquiera de nosotros está fuera de la viña, entonces estamos desocupados.

De manera que, ¿cómo considera Dios nuestra vida fuera de la viña?

Amados: No importa cuántas cosas hagamos para nosotros mismos; no importa cuántos planes desarrollemos, ni cuánta riqueza acumulemos. Para Dios, eso es un tiempo desocupado, un tiempo sin provecho y sin fruto.

Y es, además, un tiempo que para Dios no cuenta, porque simplemente no existe para Él, porque no estamos en su viña.

Es la viña del Señor el único ámbito de nuestro trabajo. Y es en ella donde podemos invertir el tiempo y ser hallados útiles, ocupados, dando frutos para Dios.

Esto no significa que tengamos que dejar todas nuestras ocupaciones terrenales para dedicarnos a la obra a tiempo completo. No.

Significa, simplemente, estar en el lugar donde Dios quiere que estemos, haciendo realmente lo que Dios quiere que hagamos.

¿Estás tú, amado hermano, en el lugar preciso? ¿O estás tal vez fuera de la viña?

Quizás consideremos que estamos haciendo mucha obra para Dios, pero aun así, podríamos estar fuera de la viña. Recordemos que es Su viña, no nuestra viña; son Sus labores, no nuestras labores.

Creo que, en la vida de todos los siervos de Dios, cuando estamos muy afanados o muy desgastados sirviendo al Señor, llega un momento en que nos agobiamos. Y entonces nos preguntamos: "¿Estoy realmente haciendo la obra de Dios?".

Y esta pregunta puede traer gran temor y temblor, y aun un descalabro en nuestras vidas. Porque todo lo que hagamos fuera de la viña será tiempo perdido, será labor inútil, será obra sin valor para Dios.

En esta parábola, ese día de doce horas, desde la mañana hasta la tarde, representa para nosotros toda nuestra vida.

Tal vez estemos en la hora undécima... y falte sólo una hora para que se cierre la puerta. 

¿Estamos fuera, desocupados, haciendo muchas cosas para nosotros mismos?

¿Estamos realmente sirviendo en la viña del Señor, o estamos desocupados?

Amados que nos leen: ¿Cómo estamos ocupando nuestros días, como estamos ocupando nuestro tiempo?

Reflexionemos seriamente en esto.

Seguro que a todos nos conviene orar como Moisés oraba: "Señor, enséñanos de tal modo a contar nuestros días, que traigamos al corazón sabiduría" (Salmo 90:12).

¡Bendiciones para todos!






Aguasvivas.cl

martes, 21 de abril de 2015

Llanto amargo






La negación de Pedro pasa por tres etapas, y en cada una de ellas la tragedia del discípulo es mayor.

En la primera, Pedro niega al Señor delante de todos (Mt. 26:70): Mas él negó delante de todos, diciendo: No sé lo que dices.

En la segunda, niega "otra vez con juramento" (v. 72): Pero él negó otra vez con juramento: No conozco al hombre.

En la tercera, dice la Escritura que Pedro "comenzó a maldecir y a jurar" (v. 74): Entonces él comenzó a maldecir, y a jurar: No conozco al hombre. Y en seguida cantó el gallo.

Todo esto forma parte de la misma escena, pero tiene tres peldaños en su caída.

Finalmente, cuando se hace la luz en el corazón de Pedro, cuando se acuerda de las palabras del Señor, "saliendo fuera, lloró amargamente" (v. 75).

Este "llanto amargo" es probablemente la experiencia más dramática de Pedro –aunque vivió muchas otras que también podrían recibir ese calificativo–.

Pedro tuvo que probar el llanto amargo para conocer la verdadera dimensión de su bajeza. Tuvo que probar el llanto amargo para ser limpiado, por esas lágrimas, de toda forma de justicia propia.

No fue Pedro el único que prometió al Señor fidelidad hasta el fin; también hicieron lo mismo los otros discípulos (Mt. 26:35): Pedro le dijo: Aunque me sea necesario morir contigo, no te negaré. Y todos los discípulos dijeron lo mismo.  

Sin embargo, no se dice de los otros discípulos que ellos hayan llegado hasta las lágrimas amargas como ocurrió con Pedro.

Al parecer, ellos no cayeron tan bajo. Pero a veces es preciso caer así para poder levantarse, y ser el predicador en un nuevo Pentecostés.

No pretendemos por supuesto hacer una alabanza de las caídas, pero sí decimos que en ocasiones es preciso llegar tan lejos, por causa de la bajeza del vaso, para vaciarse de todo orgullo y presunción.

A veces es preciso que los David se ensañen con los Urías, y los Abraham se hagan necios frente a los Abimelec, para que la gracia de Dios brille sin la vana ayuda de la justicia humana.

¿Ha probado usted el llanto amargo?

¿O es usted, con todo respeto, de aquellos que no han caído nunca, que pueden exhibir una hoja de vida blanquísima e intachable?

Tal vez usted nunca haya llorado lágrimas amargas.

No sé si decir que, por eso, sea usted bienaventurado –porque siendo usted prudente y humilde, nunca necesitó Dios soltarlo hasta ese extremo; o si es desdichado–, porque nunca podrá conocer la verdadera hondura de su miseria.

Lo que sí podemos decir es que muchos otros Pedros ha habido, que estuvieron en otros funestos patios con los criados, y también en otros Pentecostés.

¡Maravillosa gracia de Dios, fuente inmarcesible de recursos de bondad para el hombre inútil y desprovisto!

¡Maravillosa gracia, inmerecida, fuente divina que fluye a raudales para el hombre débil e incapaz de agradar a Dios!

Si no viésemos a Pedro en Pentecostés –y luego en los siguientes capítulos del libro de los Hechos– remontarse a las mayores alturas espirituales, aquellas lágrimas amargas serían lágrimas inútiles, lágrimas de frustración, de miseria, de desencanto, de derrota definitiva e irremontable.

¡Pero he aquí que lo vemos en las alturas del gozo, en el poder del Espíritu, en el servicio fecundo, en la llenura, en la danza de las espigas llenas, ganando miles de almas para su Señor Jesucristo!

¡Cuántas veces tendrá que seguir viniendo el llanto amargo a la garganta de los siervos de Dios!

¡Cuántas veces la oscura noche, sin esperanza, vendrá, sin un asidero en el cual el pie pueda afirmarse!

En aquel momento se sentirán caer más y más profundo, hasta el Seol mismo.

Pero, bendita gracia de Dios, porque vendrá otro día, otra luz, y el rostro del Cordero de Dios que quita el pecado del mundo nos sonreirá de nuevo.

¡Dios les bendiga!





Aguasvivas.cl

lunes, 13 de abril de 2015

La Gracia interminable







En la magistral exposición de Romanos, la gracia aparece mencionada en varias ocasiones: Una vez en el capítulo 3, dos en el capítulo 4, seis en el capítulo 5, y tres en el capítulo 6.

Si pudiésemos trazar una línea entre el antes y el después de la salvación, y observásemos cuándo necesitamos más de la gracia, nos llevaremos una sorpresa al constatar que no es antes, sino después cuando más la necesitamos.

Es por eso que las menciones de esta hermosa Palabra aumentan hacia el capítulo 5 y 6 del Libro de Romanos.

Para convertirnos necesitamos la gracia de Dios, sin duda alguna, porque en la abundancia de nuestro pecado, sobreabundó la gracia de Dios para salvarnos.

Y cuando llegamos al Señor, estábamos insolventes, miserables, y la gracia nos favoreció sin pedirnos nada a cambio. Todo eso es la maravillosa gracia de Dios antes de la salvación.

Pero es asombroso descubrir que la gracia es aún más abundante después de que ya fuimos salvos.

Romanos nos dice que "por la fe tenemos entrada a esta gracia en la cual estamos firmes" (5:2). Es decir, hoy, siendo ya salvos, estamos en la gracia, y por ella estamos firmes.

El objetivo de la gracia para nosotros ahora en nuestra presente condición, es que ella "reine por la justicia" (5:21), y de este modo, los que la reciben abundantemente "reinarán en vida" (5:17).

Esto debe convencernos de que, si hemos de vivir una vida cristiana normal, el propósito de Dios es que dependamos más de la gracia de Dios que de nosotros mismos.

Claro, dicho esto así, parece una perogrullada; pero no lo es en absoluto.

Si todos nosotros hiciésemos un recuento de las cosas que hacemos cada día sin depender de la gracia de Dios, quedaríamos espantados.

Entonces nos daríamos cuenta que la gracia es un mero slogan, una bella doctrina para los días de reunión. Nos daríamos cuenta que hacemos casi todas las cosas por nuestras fuerza, o astucia o capacidad, pero no dependiendo totalmente de los recursos divinos.

El ejemplo del Señor Jesucristo, dependiendo del Padre para cada cosa, como nos lo muestra el evangelio de Juan, nos parece casi ridículo.

¿Cómo una persona como Jesús podía ser tan "inútil" en sí mismo?

¿Cómo no podía tomar sus propias decisiones, y echar mano a sus propios recursos?

¿Cómo no iba a poder hablar, enseñar, hacer cosas sin consultar por cada una de ellas al Padre?

Pero esa dependencia del Señor en todas las cosas que hacemos, es la actitud que el apóstol Pablo espera de nosotros cuando nos habla tan recurrentemente de la gracia de Dios.

Depender de Dios es depender de la gracia de Dios, es decir, de sus recursos, instrucciones, voluntad, y palabra.

El hacerlo, nos pondría en una expectante situación de ver milagros cada día; de vivir con la certeza de que Él estaría involucrado aun en las más pequeñas cosas que llevamos a cabo.

Entonces abriríamos las puertas para que lo divino entrara en el ámbito de lo doméstico, del agitado vivir nuestro de cada día.

Entonces caminaríamos, por fin, como sostenidos por una Mano invisible, todopoderosa, sin necesidad de echar mano a lo nuestro.

¡Bendiciones para todos!





Aguasvivas.cl

No estás solo

  Yo haré que queden en Israel siete mil, cuyas rodillas no se doblaron ante Baal, y cuyas bocas no lo besaron». – 1 Reyes 19:18. Remanente ...