"Así que, si el Hijo os libertare, seréis verdaderamente libres"
(Juan 8:36).
Mediante este texto
de las Escrituras, el Señor nos da la siguiente expresión: Cuanto mayor pérdida
suframos por amor al Señor, mayor es la libertad. Cuanto más retenemos aquello
que nos pertenece –lo que pertenece a nuestra carne, a nuestra alma– mayor es
la esclavitud.
En el conocimiento de
Cristo Jesús como nuestra vida, Él nos enseña a renunciar a todo cuanto
poseemos, incluso nuestra propia vida.
Cuando recibimos esta
Palabra de renuncia, al principio el fardo se vuelve inmenso.
Porque todos nosotros
estamos sujetos a muchas cosas, estamos ligados afectivamente a muchas
personas, principalmente a familiares y amigos que tenemos en el mundo.
