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sábado, 15 de agosto de 2015

La puerta de las ovejas



"Yo soy la puerta de las ovejas"
(Juan 10:7).



Después de haber curado al ciego de nacimiento, Jesús habla a los judíos sobre el Buen Pastor. Él es el Buen Pastor, el Buen Pastor conoce sus ovejas y ellas lo conocen; y por no creer ellos en él, mostraban que no eran de sus ovejas.

Con esto Jesús mostraba también su corazón, que incluía a todos sus discípulos, y no sólo a los judíos, como ovejas que no tenían pastor (Mar. 6:34).

Son muchas las enseñanzas del Señor en este capítulo 10 de Juan, pero en esta oportunidad quisiéramos destacar dos de ellas.

La primera es la restauración de la puerta de las ovejas del antiguo templo de Israel como figura de la Casa de Dios, de la iglesia del Dios vivo; y en segundo lugar su aspecto práctico.


sábado, 11 de julio de 2015

¿Eres el Cristo, el Hijo de Dios?




Satanás le dijo al Señor Jesús: “Si eres Hijo de Dios, di que estas piedras se conviertan en pan”.

El malhechor en la cruz le dijo: “Si tú eres el Cristo, sálvate a ti mismo y a nosotros”.

Al unir ambas tentaciones, tenemos: “Si tú eres el Cristo, el Hijo de Dios...”.

El apóstol Juan escribió casi al final de su evangelio: “Pero estas (cosas) se han escrito para que creáis que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, y para que creyendo, tengáis vida en su nombre” (20:31).

En su primera epístola, el mismo apóstol Juan escribe: “Todo aquel que cree que Jesús es el Cristo, es nacido de Dios”, y más adelante agrega: “¿Quién es el que vence al mundo, sino el que cree que Jesús es el Hijo de Dios?” (5:1, 5).

Cuando Satanás y el malhechor tentaron al Señor, lo hicieron en los dos momentos más álgidos de su vida terrena: En medio del hambre del desierto y en el dolor de la agonía sobre la cruz.


miércoles, 29 de abril de 2015

La batalla de todos los días







"Amados, por la gran solicitud que tenía de escribiros acerca de nuestra común salvación, me ha sido necesario escribiros exhortándoos que contendáis ardientemente por la fe que ha sido una vez dada a los santos." (Jud. 3).



En esta común salvación que disfrutamos los creyentes, somos exhortados a contender ardientemente por la fe que nos fue dada por Dios.

El objeto de nuestra fe es Cristo. En él, en el poder de su fuerza, hemos de batallar fervientemente.

Hay una guerra permanente para los que somos de Cristo, pues nuestra fe es resistida, y no podemos permanecer pasivos.

Habiendo sido salvos por la fe en el Señor Jesús, nuestros ojos espirituales han sido abiertos.

El apóstol Pablo, en su carta a los Efesios, ora para que el Padre nos dé "espíritu de sabiduría y de revelación en el conocimiento de él, alumbrando los ojos de vuestro entendimiento..." (Efe. 1:17-18).

Todos sabemos que no podemos ver a Cristo si Dios no abre nuestros ojos.

El Padre otorga la gracia de ver a su Hijo en plenitud: verle en la cruz triunfando sobre la muerte, sobre el mundo y sobre el diablo; verle ascendido a los cielos victorioso, coronado de honra y de gloria.

Necesitamos ser alumbrados, necesitamos el toque de Dios en nuestros ojos.

Cuando vemos a Cristo en su obra consumada y en su gloria, podemos vivir una vida victoriosa.

En las dificultades, en las pruebas que enfrentamos a diario, iremos de victoria en victoria, porque Dios nos ha dado todo en Cristo Jesús, Señor nuestro.

La Biblia dice: "...el dios de este siglo cegó el entendimiento de los incrédulos, para que no les resplandezca la luz del evangelio de la gloria de Cristo, el cual es la imagen de Dios" (2 Cor. 4:4).

Pero el enemigo de nuestra fe no sólo ciega a los incrédulos, sino que además intenta opacar la fe de los que creen.

El dios de este siglo gobierna la sociedad y el sistema de este mundo, y quiere atraparnos en su corriente, quiere entretenernos para que estemos pasivos u ocupados en muchos afanes que nos aparten del propósito para el cual hemos sido llamados.

Pero a medida que nuestros ojos son alumbrados, nos afirmamos en la victoria del Señor, y el enemigo pierde terreno. Es por eso que se opone. De allí esa batalla permanente, esa contienda por la fe.

Las batallas pueden manifestarse de muchas maneras, dentro de la familia, con nuestros hijos, en nuestro matrimonio, en nuestras finanzas, y muy en especial en nuestros ministerios y nuestro servicio a Dios.

Tenemos que saber que el adversario no ataca abiertamente, sino mediante maniobras muy sutiles.

No nos dice que le sigamos a él. No, eso sería muy evidente. Nos sugiere que actuemos independientemente, que tomemos nuestras propias decisiones, que sigamos nuestros propios caminos y no el camino de Dios.

En el fondo, su sutil susurro es que no obedezcamos primeramente a Dios.

Mas la palabra de Dios nos alumbra, es lámpara a nuestros pies. "Escrito está", es el arma eficaz para acallar todo susurro del maligno.

Al que nos pretende atrapar en sus lazos, podemos declararle siempre esta verdad: "Con Cristo estoy juntamente crucificado, y ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí; y lo que ahora vivo en la carne, lo vivo en la fe del Hijo de Dios, el cual me amó y se entregó a sí mismo por mí." (Gál. 2:20).

"Cristo en nosotros" es, indudablemente, la garantía de victoria en todo, y "nuestra esperanza de gloria".

¡Bendiciones para todos!





Aguasvivas.cl

lunes, 20 de abril de 2015

Tres aspectos del reino






En su Santa Palabra, Dios nos enseña tres aspectos de su reino: ver, entrar y heredar.

Estos tres aspectos están relacionados con la vida del cristiano, desde su nuevo nacimiento hasta su glorificación.

Jesús nos enseña dos aspectos en (Juan 3: vv, 3 y 5), cuando dice: "...el que no naciere de nuevo, no puede ver el reino de Dios ... el que no naciere de agua y del Espíritu, no puede entrar en el reino de Dios".

Así como lo enseñó el Señor Jesús a Nicodemo, este nuevo nacimiento comienza con Cristo, cuando Él fue levantado de la tierra en aquella cruz, de igual manera como fue levantada la serpiente en el desierto (Juan 3:14).

A aquél que no conoció pecado, Dios lo hizo pecado por nosotros, para que en él fuésemos hechos justicia de Dios (2 Cor. 5:21).

Morimos con Cristo en su cuerpo en aquella cruz, y nacemos de nuevo por la resurrección, para una esperanza viva, para una herencia incorruptible, incontaminada e inmarcesible (1 Ped. 1:3-4).

Este nuevo nacimiento está consumado en Cristo, ahora es necesario entrar en el reino, nacer de agua y del Espíritu. Cuando nacemos del Espíritu, somos incluidos en su Cuerpo, del cual el Señor Jesucristo es la cabeza.

Este reino no tiene una apariencia exterior, como dijo Jesús, mas el reino de Dios está entre nosotros (Luc. 17:21).

Este reino ya es llegado para quien nació de agua, esto es, de la Palabra (Stgo. 1:18; 1 Pd. 1:23), y del Espíritu.

No basta con ver el reino, es necesario también entrar en el reino, nacer del Espíritu.

Este reino es su iglesia, donde el Señor ya reina, ya es Señor, y por su sangre nos perdonó nuestros pecados y nos hizo reyes y sacerdotes (Apo. 1:5-6).

Pero hay un tercer aspecto del reino, que es heredar:

"...confirmando los ánimos de los discípulos, exhortándoles a que permaneciesen en la fe, y diciéndoles: Es necesario que a través de muchas tribulaciones entremos en el reino de Dios" (Hechos 14:22).

El nuevo nacimiento en Cristo es una obra exclusiva de Dios. Nadie hizo nada para nacer de nuevo; es un nacimiento de lo alto, un regalo de Dios por Su Gracia:

"...aun estando nosotros muertos en pecados, nos dio vida juntamente con Cristo (por gracia sois salvos)" (Efe. 2:5).

Así que ver el reino de Dios es por la gracia, y entrar en el reino de Dios es por la fe.

La gracia es un don de Dios, y es mediante la fe que la alcanzamos (Efe. 2:8).

"Pero sin fe es imposible agradar a Dios; porque es necesario que el que se acerca a Dios crea que le hay, y que es galardonador de los que le buscan" (Heb. 11:6).

Ver el reino es por la gracia, entrar en el reino es por la fe, y heredar el reino es como nos enseña (Hechos 14:22), por la permanencia en la fe.

Es, como nos dice también el texto de (Heb. 6:12), por la fe y paciencia, en nuestra perseverancia.

Y el apóstol Pedro aún nos exhorta diciendo: "Por lo cual, hermanos, tanto más procurad hacer firme vuestra vocación y elección; porque haciendo estas cosas, no caeréis jamás. Porque de esta manera os será otorgada amplia y generosa entrada en el reino eterno de nuestro Señor y Salvador Jesucristo" (2 Ped. 1:10-11).

Si usted ya vio el reino, ahora entre por la fe. Y si ya entró en él , entonces exhortémonos unos a los otros, en tanto que se dice hoy, a perseverar en la fe.

¡Bendiciones para todos!





Aguasvivas.cl

lunes, 13 de abril de 2015

La Gracia interminable







En la magistral exposición de Romanos, la gracia aparece mencionada en varias ocasiones: Una vez en el capítulo 3, dos en el capítulo 4, seis en el capítulo 5, y tres en el capítulo 6.

Si pudiésemos trazar una línea entre el antes y el después de la salvación, y observásemos cuándo necesitamos más de la gracia, nos llevaremos una sorpresa al constatar que no es antes, sino después cuando más la necesitamos.

Es por eso que las menciones de esta hermosa Palabra aumentan hacia el capítulo 5 y 6 del Libro de Romanos.

Para convertirnos necesitamos la gracia de Dios, sin duda alguna, porque en la abundancia de nuestro pecado, sobreabundó la gracia de Dios para salvarnos.

Y cuando llegamos al Señor, estábamos insolventes, miserables, y la gracia nos favoreció sin pedirnos nada a cambio. Todo eso es la maravillosa gracia de Dios antes de la salvación.

Pero es asombroso descubrir que la gracia es aún más abundante después de que ya fuimos salvos.

Romanos nos dice que "por la fe tenemos entrada a esta gracia en la cual estamos firmes" (5:2). Es decir, hoy, siendo ya salvos, estamos en la gracia, y por ella estamos firmes.

El objetivo de la gracia para nosotros ahora en nuestra presente condición, es que ella "reine por la justicia" (5:21), y de este modo, los que la reciben abundantemente "reinarán en vida" (5:17).

Esto debe convencernos de que, si hemos de vivir una vida cristiana normal, el propósito de Dios es que dependamos más de la gracia de Dios que de nosotros mismos.

Claro, dicho esto así, parece una perogrullada; pero no lo es en absoluto.

Si todos nosotros hiciésemos un recuento de las cosas que hacemos cada día sin depender de la gracia de Dios, quedaríamos espantados.

Entonces nos daríamos cuenta que la gracia es un mero slogan, una bella doctrina para los días de reunión. Nos daríamos cuenta que hacemos casi todas las cosas por nuestras fuerza, o astucia o capacidad, pero no dependiendo totalmente de los recursos divinos.

El ejemplo del Señor Jesucristo, dependiendo del Padre para cada cosa, como nos lo muestra el evangelio de Juan, nos parece casi ridículo.

¿Cómo una persona como Jesús podía ser tan "inútil" en sí mismo?

¿Cómo no podía tomar sus propias decisiones, y echar mano a sus propios recursos?

¿Cómo no iba a poder hablar, enseñar, hacer cosas sin consultar por cada una de ellas al Padre?

Pero esa dependencia del Señor en todas las cosas que hacemos, es la actitud que el apóstol Pablo espera de nosotros cuando nos habla tan recurrentemente de la gracia de Dios.

Depender de Dios es depender de la gracia de Dios, es decir, de sus recursos, instrucciones, voluntad, y palabra.

El hacerlo, nos pondría en una expectante situación de ver milagros cada día; de vivir con la certeza de que Él estaría involucrado aun en las más pequeñas cosas que llevamos a cabo.

Entonces abriríamos las puertas para que lo divino entrara en el ámbito de lo doméstico, del agitado vivir nuestro de cada día.

Entonces caminaríamos, por fin, como sostenidos por una Mano invisible, todopoderosa, sin necesidad de echar mano a lo nuestro.

¡Bendiciones para todos!





Aguasvivas.cl

No estás solo

  Yo haré que queden en Israel siete mil, cuyas rodillas no se doblaron ante Baal, y cuyas bocas no lo besaron». – 1 Reyes 19:18. Remanente ...