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lunes, 1 de junio de 2015

La llanura y el monte






En el capítulo 19 de Génesis se alternan significativamente la llanura y el monte, como símbolos de juicio y salvación, respectivamente.

Sabemos que cuando Abraham le dio a elegir a su sobrino Lot la tierra en la que él quería vivir, Lot escogió la llanura del Jordán porque toda ella era de riego, como el huerto de Jehová.

Así que mientras Abraham habitó en la tierra de Canaán, Lot habitó en la llanura, y fue poniendo sus tiendas hasta Sodoma. Por eso sabemos que Sodoma era una ciudad asentada en la llanura.

Cuando Dios decidió destruir Sodoma y Gomorra, los ángeles sacaron a Lot de Sodoma, y le instruyeron que escapase al monte… pero Lot ruega poder refugiarse en Zoar, una pequeña ciudad que también estaba ubicada en la llanura, y que iba a ser destruida.

Así que, por causa de la petición de Lot, la ciudad de Zoar fue salvada, y Lot se refugió en ella. 

Las ciudades de la llanura –Sodoma, Gomorra, Adma y Zeboim– y todos sus moradores fueron destruidos.

La Biblia dice que al día siguiente Abraham miró desde el monte y vio que subía humo de la tierra como el humo de un horno.

Pasado el peligro, Lot subió de Zoar y moró en el monte, porque halló insegura la llanura de Zoar.

Pero así como la llanura del Jordán es objeto de los juicios de Dios, el monte es motivo de la bendición de Dios.

Jerusalén está levantada sobre el monte de Sion, “que no se mueve, sino que permanece para siempre”.

El monte es el lugar del encuentro con Dios, el lugar de la transfiguración.

Desde el monte sale la ley, y desde un monte el Señor enseñó su más grande sermón.

Ezequiel y Juan vieron desde el monte la santa ciudad de Dios.

Los que conocen a Dios de verdad han estado en el monte con Él, y están con Él cada día. En el monte se ve la gloria de Dios, en tanto, en la llanura se reciben los juicios de Dios.

Cuando Abraham se desvió de la perfecta voluntad de Dios “descendió a Egipto”, lo cual es bajar desde el monte a la llanura.

Líbrenos el Señor a nosotros de bajar a Egipto, porque en el llano hay juicio.

Abraham supo que de verdad es así.





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martes, 26 de mayo de 2015

El camino de la cruz






Es de gran utilidad para el creyente conocer la diferencia que hay entre las expresiones la obra de la cruz y el camino de la cruz, y las importantes realidades espirituales que se esconden tras ellas.

La obra de la cruz es referida enteramente al Señor Jesucristo, la cual Él realizó el día en que su cuerpo fue clavado en la cruz del Calvario.

Ese día ocurrieron dos cosas fundamentales: La sangre que Él derramó allí fue plenamente eficaz para el perdón de nuestros pecados; y su muerte sustitutiva dio fin al pecado y a la carne como principios dominantes en el hombre, de acuerdo a las palabras de Pablo: “Sabiendo esto, que nuestro viejo hombre fue crucificado juntamente con él, para que el cuerpo del pecado sea destruido, a fin de que no sirvamos más al pecado” (Romanos 6:6).

Esto es lo que se conoce como la obra de la cruz, y está absolutamente consumada.

Ningún hombre participó ni colaboró en ella, ni nadie puede agregar nada a lo que el Señor Jesús, el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo, hizo perfectamente.

Pero está también el camino de la cruz.

El camino de la cruz tiene que ver con “llevar la cruz” el creyente.

Es decir, es nuestra cooperación diaria en la aplicación de la muerte al hombre natural, a las facultades y energías del alma, para que la vida de Dios que ya mora en nosotros, pueda manifestarse progresivamente.

El camino de la cruz está implicado en las palabras del Señor: “Tome su cruz cada día” (Lucas 9:23), y es un proceso interior, subjetivo y diario.

No se trata de “crucificar el alma”, —el alma es el asiento de nuestra existencia individual y como tal no puede morir sin que muramos también biológicamente–, sino que se trata de llevar las energías y las dotes del alma a la muerte, para recibirlas luego de parte de Dios en resurrección.

Sólo cuando esto ocurre, el alma estará sujeta al Espíritu y será de eficaz colaboradora en la obra de Dios.

Esperamos que Dios nos conceda, en su gracia, conocer algo más de este fructífero –aunque a veces también doloroso– camino, y sobre todo vivirlo, para la gloria de Dios.

¡Bendiciones para todos!




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lunes, 25 de mayo de 2015

No creían en Él






Dos hermanos del Señor según la carne fueron autores de sendas epístolas del Nuevo Testamento, la de Santiago y la de Judas.

Santiago era considerado, además, en los comienzos de la iglesia en Jerusalén, una de las columnas.

Sin embargo, éstos, sus hermanos, no siempre creyeron en él.

Santiago (o Jacobo) era, al parecer, el segundo hijo de María, el que seguía del Señor. Luego venían José, Judas y Simón.

Todos ellos compartían, junto a sus padres y hermanas, las vicisitudes de una familia piadosa, pero normal.  Tan normal debió de ser, que ellos no reconocieron quién era de verdad su hermano mayor.

Cuando el Señor comienza su ministerio, ellos se desconciertan. Le acompañan en algunos de sus viajes, pero tal parece que no en calidad de discípulos (Jn. 2:12).

Y aunque María había presenciado hechos portentosos en el nacimiento de su Hijo, seguramente no era creída. Juan, el apóstol, dice de ellos: “Porque ni aún sus hermanos creían en él.” (Jn. 7:5).

Ellos asumen entonces una conducta errática. Unas veces van en su busca para traerle a casa, pensando que estaba fuera de sí (Mr. 3:21); otras le dicen en son de burla que vaya a Judea, porque “ninguno que procura darse a conocer hace algo en secreto” (Jn. 7:4).

El hecho de que los habitantes de Nazaret no creyeran en él era comprensible. Pero que su familia no creyera, eso sí era asombroso además de doloroso.

Por eso, el Señor resume en una sola frase toda su desazón: “No hay profeta sin honra sino en su propia tierra, y entre sus parientes, y en su casa” (Mr. 6:4).

Entonces, el vacío que dejan sus hermanos lo ocupan, felices, todos aquellos que “hacen la voluntad de Dios” (Mr. 3:35).

Sin embargo, en algún momento luego de la muerte y resurrección del señor Jesucristo, ellos le ven tal como es, y  al fin se unen a sus discípulos (Hch. 1:14).

Entonces, Jacobo puede decir de su hermano y Señor una hermosa frase que borra todo un pasado de desprecio: “nuestro glorioso Señor Jesucristo” (Stgo. 2:1).

Y entonces Judas puede decir en su cortísima pero poderosa epístola: al único y sabio Dios, nuestro Salvador, sea gloria y majestad, imperio y potencia, ahora y por todos los siglos. Amén. (Jud. 25).

Ahora el Señor Jesús es algo más que su hermano: Ahora el Señor Jesús es el Rey de Reyes y Señor de la gloria.

Ahora ellos le conocen de verdad.

¡Bendiciones para todos!





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sábado, 23 de mayo de 2015

Tres tipos del arrebatamiento de la iglesia






El suceso más extraordinario, a las puertas de su manifestación.

En los cruciales días que vivimos, muchos esperan que algo extraordinario ocurra. “Tal vez el fin del mundo”, dicen unos; “tal vez el advenimiento de una era de paz”, dicen otros.

Diversas teorías se han dado y se siguen dando, pero la Biblia abunda en profecías que permiten concluir que estamos ‘ad portas’ de la venida del Señor Jesucristo para arrebatar a su iglesia.

Este suceso, anunciado por el mismo Señor, y también por el apóstol Pablo, está prefigurado hermosamente en el Antiguo Testamento, mediante tres personajes: Enoc, Isaac y Lot. Veamos cómo ellos nos muestran diferentes aspectos de este acontecimiento.

Enoc

En Génesis capítulo 5 se hace una relación de los primeros descendientes de Adán. De todos ellos se dice que “vivieron” y “murieron”. Sin embargo, del séptimo nombre mencionado, se dice: “Y caminó Enoc con Dios … y desapareció, porque le llevó Dios” (v. 22, 24).

Al llegar al séptimo hombre, la muerte cede y da paso a la traslación. Y tres generaciones después de Enoc vino el juicio de Dios por medio del diluvio.

Por esa época, los hijos de Caín habían formado una avanzada civilización, procurando embellecer un mundo que estaba bajo el estigma del pecado. Pero Enoc había descubierto otro mundo mejor en el que deleitarse. Su fe no le fue dada para mejorar el mundo, sino a fin de capacitarle para andar con Dios.

¿Qué significa “andar con Dios”? Significa separación, abnegación, santidad y pureza; significa conocerle de verdad, y muchas veces implica ejecutar acciones que pugnan con las opiniones del resto de los hombres.

Así también, los cristianos son seres extraños en una generación que se ha olvidado de Dios, y que se esmera vanamente en hacer de este mundo un paraíso.

Estos cristianos serán librados del mal venidero. Enoc no fue obligado a permanecer en el mundo hasta que la iniquidad de esa generación llegara a su colmo y vinieran los juicios de Dios. Fue arrebatado antes de que el diluvio arrasara con todo ser viviente.

Es, por tanto, un hermoso tipo de aquellos que no dormirán, sino que serán “transformados, en un momento, en un abrir y cerrar de ojos” (1ª Cor. 15:51-52). La esperanza de Enoc era el traslado y no la muerte, ni el juicio. Nosotros hoy esperamos al Hijo de Dios venir desde los cielos (1 Tes.1:10); no al Anticristo ni la Gran Tribulación.

Isaac y Rebeca

En Génesis cap. 24 se cuenta la historia de Isaac y Rebeca. Esta historia nos muestra detalles preciosos de lo que será el encuentro de Cristo y la iglesia en el rapto. Abraham, padre de Isaac, envía a su criado a buscar una esposa para su hijo en la lejana tierra donde vive su parentela. Éste la trae ricamente ataviada para su marido. Luego de atravesar todo el gran desierto, llega al campo donde vive el novio. Éste ha salido al campo a pasear y allí la recibe. Luego, la lleva a su tienda, y allí la ama.

Tal como el criado, el Espíritu Santo ha sido enviado para preparar una esposa para Cristo. Para ese fin, Él la ha ataviado con ricas vestiduras y dones, y la trae por el desierto del mundo hasta el encuentro con su Amado. El encuentro no se produce en el desierto ni en las tiendas de Isaac, sino en el campo, es decir, en un lugar intermedio.

¿Dónde se reunirán Cristo y la iglesia el día del arrebatamiento?

No en la tierra (donde ella ha habitado) ni en el cielo (morada de Cristo) sino en “el aire”: “Luego nosotros los que vivimos, los que hayamos quedado, seremos arrebatados juntamente con ellos (los resucitados) en la nubes para recibir al Señor en el aire, y así estaremos siempre con el Señor” (1 Tes. 4:17).

¡Todo está perfectamente determinado!

Lot

Este era un hombre justo que vivía en Sodoma, la ciudad más perversa del mundo. Lot se sentía realmente abrumado por la vida lasciva y depravada que ellos llevaban. Hasta que un día Dios decidió destruir la ciudad por medio del fuego. A fin de librar a Lot, envió a dos ángeles para que le sacaran de la ciudad, junto a su familia.

Cuando Lot habló a sus yernos acerca del juicio que venía, a ellos les pareció “como que se burlaba”, y no hicieron caso. El rostro de Lot reflejaba la urgencia y la veracidad de sus palabras, pero no fue creído. Les contó, sin duda, acerca de los ángeles que habían venido a salvarles del juicio, pero no fue oído, y ellos perecieron.

La dureza e incredulidad de los impíos es tal que tampoco se persuadirían aunque alguno se levantase de los muertos para testificarles (Lc. 16:31).

En tanto, la esposa de Lot, mientras huían del juicio de Dios, “miró atrás, a espaldas de él (Lot), y se volvió estatua de sal” (Gén.19:26). El Señor Jesús toma el caso de esta mujer, diciendo: “En aquel día (del arrebatamiento), el que esté en la azotea, y sus bienes en casa, no descienda a tomarlos; y el que en el campo, asimismo no vuelva atrás. Acordaos de la mujer de Lot. El que procure salvar su vida, la perderá; y todo el que la pierda, la salvará” (Lc. 17:31-33).

El Señor nos señala el caso de la mujer de Lot para que no apeguemos el corazón a los bienes, sino al Señor, que es nuestro tesoro que está en los cielos.

Algunos dicen que todos los cristianos serán arrebatados. Sin embargo, el ejemplo de la mujer de Lot nos muestra que no será así. Este mismo pasaje continúa: “Os digo que en aquella noche estarán dos en una cama; el uno será tomado, y el otro será dejado. Dos mujeres estarán moliendo juntas; la una será tomada, y la otra dejada” (Lc. 17:34-36).

Los yernos y la mujer de Lot son una solemne advertencia para los hijos de Dios que se han llenado de incredulidad y de los afanes de esta vida. Por eso el Señor advierte: “Mirad por vosotros mismos, que vuestros corazones no se carguen de glotonería y embriaguez y de los afanes de la vida, y venga de repente sobre vosotros aquel día” (Lc. 21:34-36).

Es preciso caminar con Dios, como hizo Enoc, y afligir cada día el alma justa como hacía Lot. Es preciso huir de la incredulidad de los yernos de Lot, y de la mundanalidad de la mujer de Lot. Es necesario esperar anhelantes la venida del Hijo de Dios, para tener la dicha, como Rebeca, de ir a encontrarle  en el campo”.

¿Estamos preparados?




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No estás solo

  Yo haré que queden en Israel siete mil, cuyas rodillas no se doblaron ante Baal, y cuyas bocas no lo besaron». – 1 Reyes 19:18. Remanente ...