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jueves, 25 de junio de 2015

Necesitamos nacer de nuevo




Casi todo el material utilizado por Juan en su Evangelio es diferente al de los otros Evangelios. Eso lo diferencia de los otros tres, llamados sinópticos.

Entresacando de este novedoso material referente al Señor Jesucristo, hallamos cuatro o cinco encuentros con personas muy representativas.

Son representativas, porque sin duda Juan tuvo a la mano mucho material disponible, que no incluyó.

¿Por qué incluyó este material, y no otro?

Creemos que aquí hubo una cuidadosa selección, a fin de cumplir su propósito, que era demostrar que Jesús es el Cristo, el Hijo del Dios viviente.

El primer encuentro es con Nicodemo, este sabio maestro de los judíos.

Saltándose los saludos protocolares, Juan muestra al Señor introduciendo un tema absolutamente nuevo en el Nuevo Testamento: el nuevo nacimiento.

La mayor necesidad de un hombre como Nicodemo, versado en los escritos sagrados, era nacer de nuevo. Él era simplemente un estudioso, pero no era un hombre nuevo.

"Lo que es nacido de la carne, carne es; y lo que es nacido del Espíritu, espíritu es" (Juan 3:6).


lunes, 22 de junio de 2015

Oyendo a Dios hoy






"Dios, habiendo hablado muchas veces y de muchas maneras en otro tiempo a los padres por los profetas, en estos postreros días nos ha hablado por el Hijo, a quien constituyó heredero de todo, y por quien asimismo hizo el universo" (Heb. 1:1-2).



La Biblia dice que cuando Abraham oyó con fe las palabras de Dios tocante a su descendencia fue contado como justo (Gén. 15:5-6; Gál. 3:5-6).

Por la palabra de Dios, el oír de Abraham fue despertado y produjo fe en su corazón. Y por esa fe fue declarado justo.

Ahora bien, ¿cuál es la palabra de Dios que hemos de creer nosotros, en una época tan diferente de aquella en la que Abraham vivió?

Nosotros no tenemos una palabra de Dios tocante a nuestra descendencia, ni tampoco tenemos una palabra de Dios acerca de un sistema de sacrificios expiatorios, como el del tiempo de Moisés.

La palabra de Dios para nosotros hoy tiene que ver con el sacrificio de su Hijo Jesucristo.


domingo, 21 de junio de 2015

Sube acá



Cuando le vi, caí como muerto a sus pies. Y él puso su diestra sobre mí, diciéndome: No temas … y la primera voz que oí, como de trompeta, hablando conmigo, dijo: Sube acá…”.
(Apo. 1:17; 4:1).



El apóstol Juan, en el exilio, ha recibido una visión gloriosa del Señor Jesucristo, y cae como muerto a sus pies.

Pero el Señor, tiernamente, lo toca y le dice: “No temas”.

Luego le entrega mensajes para siete iglesias. El panorama de ellas en ese entonces, con la excepción de Filadelfia, no era muy alentador.

Juan debió estar muy afligido por la decadencia a que habían llegado las iglesias en poco más de cincuenta años.

Parecía ser que la obra a la cual con tanto amor había dedicado su vida, había sido infructuosa.

¿Qué hacer? ¿Cómo revertir esa desgracia?

Entonces, mira a lo alto. “Después de esto, miré, y he aquí una puerta abierta”.

martes, 16 de junio de 2015

Los nuevos labradores






De la parábola de los labradores malvados surgen dos preguntas acuciantes para todo hijo de Dios: “¿Qué hemos hecho con el Hijo?”, y “¿Qué hemos hecho con la Viña?”.

La parábola de los labradores de (Lucas 20:9-19) contiene una síntesis de la obra de Dios entre los judíos. 

Allí encontramos cuál fue la suerte del pueblo de Israel en su relación con Dios, y cuál fue la actitud que tuvieron en cuanto a ser labradores de la viña de Dios.

Al juzgar la conducta que tuvo el pueblo de Israel ante Dios, solemos ser muy severos, o bien, muy desdeñosos.

Y lo hacemos como pensando que nosotros, en su lugar, hubiéramos actuado de una manera muy diferente con el Señor Jesucristo.


sábado, 13 de junio de 2015

Algo portentoso está por suceder






¿Cuál es el tiempo en que nos ha correspondido vivir? ¿Es la nuestra una época como otras anteriores en la historia o tiene una característica especial? Los cielos ya anuncian que algo portentoso está por suceder…



Dios no está sujeto a cambios de última hora. Todo lo que ha planeado desde el principio, desde los siglos pasados, se cumplirá rigurosamente.

Cuando Dios creó el mundo, lo hizo todo en tiempos definidos. En el primer día Dios creó la tierra y la luz; en el segundo separó las aguas; en el tercero creó la vida vegetal; en el cuarto el sol, la luna y las estrellas; en el quinto los peces y las aves; y en el sexto, los animales de la tierra y el hombre.

Luego, en el séptimo día, Dios descansó.

Dios creó todas estas cosas en seis días, y en el séptimo descansó. Lo cual abarca una semana completa. No importa que esa semana haya sido de días largos o cortos, días de horas, de años o de millones de años. Lo que importa es que Dios hizo todas las cosas en seis días, y que en el séptimo, descansó.


miércoles, 10 de junio de 2015

Las bodas del Cordero






Un hecho portentoso que desafía la más grande imaginación es el que está preparándose en los cielos.



Nos encontramos ante una verdad claramente precisada en las Sagradas Escrituras.

Sabemos que Dios trata con los judíos, con los gentiles y con la iglesia de Dios (1 Cor. 10:32).

En Efesios 2:11-22, Pablo señala claramente que la iglesia, el cuerpo de Cristo, surge tanto de judíos como de gentiles, pues nuestro Señor Jesucristo hizo la paz, reconciliando a ambos pueblos mediante su sangre y su cruz.

A través de la predicación del evangelio, se incorporan cada día más miembros a su iglesia, la esposa del Cordero. Como tal, ésta compartirá al lado del Señor la gloria y los privilegios inherentes a su bendito Esposo.


lunes, 8 de junio de 2015

Dos maneras de conocer al Señor





La radical diferencia entre el conocimiento exterior y la iluminación interior.


Desde la época de la resurrección del Señor hasta los días actuales, hay dos caminos distintos por los cuales las personas conocen al Señor: Algunos lo conocen según la carne; algunos lo conocen según el espíritu.

El apóstol Pablo claramente hace una diferencia de esto en su segunda carta a los corintios cuando dice: «De manera que nosotros de aquí en adelante a nadie conocemos según la carne; y aun si a Cristo conocimos según la carne, ya no lo conocemos así» (2 Cor. 5:16).

Y, escribiéndoles a los gálatas, él dice: «Pero cuando agradó a Dios, que me apartó desde el vientre de mi madre, y me llamó por su gracia, revelar a su Hijo en mí, para que yo le predicase entre los gentiles, no consulté en seguida con carne y sangre» (Gál. 1:15-16).

Tomemos diversas ilustraciones concretas en la Palabra de Dios para mostrar esta distinción e indicar cómo debemos buscar conocer al Señor.

María Magdalena

Cuando María Magdalena estaba llorando al lado del sepulcro donde el Señor había sido sepultado, ella se detuvo y miró hacia adentro; allí vio a dos ángeles que le preguntaron por qué estaba llorando. Ella respondió: «Porque se han llevado a mi Señor, y no sé dónde le han puesto».

Cuando terminó de decir estas palabras, ella se volvió y vio cara a cara al Señor. La Palabra dice: «Se volvió, y vio a Jesús que estaba allí; mas no sabía que era Jesús».

¿No es increíble?... Sí, pero es verdadero.

María Magdalena, que durante muchos años había conocido a Jesús y que había sido una de sus seguidoras más cercanas, realmente se quedó cara a cara con Aquel a quien conocía y amaba tanto, y aun así, falló en reconocerlo.

¿Cómo pudo suceder que ella, que antes lo había conocido íntimamente, ahora no lo reconoció en absoluto?

Porque Aquel a quien ella había conocido tan de cerca, había sido crucificado pasando por la muerte y la resurrección.

El cuerpo natural que ella había aprendido a reconocer con sus facultades naturales, había muerto y sido sepultado, y quien estaba delante de ella ahora, aunque era el mismo Jesús, era el Señor resucitado que no podía ser conocido por ningún medio natural.

Ahora, ella tenía que conocerlo de alguna otra forma. El Jesús histórico, a quien ella reconocía, viéndolo, escuchándolo y tocándolo, había muerto en la cruz del Calvario y el Señor resucitado no podía ser reconocido de esta forma. Él ahora no podía ser reconocido según la carne; él sólo podía ser reconocido por el espíritu.

Cuando María Magdalena estaba mirando a Jesús con inconsolable pesar, él le preguntó: «Mujer, ¿por qué lloras? ¿A quién buscas?». Los ojos de María lo habían visto pero fallaron al discernir quién era él.

Ahora sus oídos oían su voz, pero su corazón y su mente no registraban nada.

Hasta ese momento, María había usado sus ojos para diferenciar entre la apariencia de Jesús y la de los otros hombres. ¿Será que sus ojos habían perdido la capacidad sensorial?

También antes ella usaba sus oídos para detectar su voz entre la multitud de voces. ¿Será que su audición estaba menos aguda que antes? No, nada había sucedido con el Señor. Por cuanto el Señor había pasado por un cambio, era necesario que hubiese también un cambio en María para que pudiese reconocerlo. Ella necesitaba de una nueva revelación para poder tener un nuevo conocimiento de él.

Entonces Jesús se dirigió a ella, llamándola por el nombre, y cuando él dijo: «¡María!», hubo un reconocimiento inmediato y un alegre «¡Raboni!» brotó de sus labios.

¿Qué había sucedido? El Señor se había revelado a María al llamarla por el nombre. Él no le dijo quién era, sino que vino a ella la percepción espiritual cuando él la llamó por el nombre. Jesús no le ofreció explicaciones que pudiesen haberle dado capacitación en su mente para que descubriese su identidad. Sin embargo, de una manera intelectualmente indefinida, él llevó a su espíritu el conocimiento de que él era el mismo Jesús que ella había conocido tan bien. Eso es revelación.

Y aquí necesitamos ver un importante principio.

La revelación no es recibida mediante los oídos, ni por los ojos, ni por la percepción de la mente. La revelación es recibida de una manera misteriosa, que está más allá del conocimiento de los oídos, ojos y mente humanas.

Después que María conoció al Señor de esta manera, ella rápidamente informó a los discípulos; pero para ellos fue difícil de entender.

Dos discípulos caminando hacia Emaús

Dos de los discípulos que habían oído las increíbles nuevas sobre la resurrección del Señor partieron en aquel mismo día hacia la aldea de Emaús, y en el camino conversaban acerca de los recientes acontecimientos en Jerusalén.

Mientras hablaban acerca del Señor, él mismo se les acercó, pero ellos no lo reconocieron. Ellos lo conocían según la carne, pero todo su conocimiento anterior de él no les dio ningún indicio de su identidad ahora que Jesús había resucitado de los muertos.

Ellos suponían que la resurrección era muy misteriosa para poder creer en ella. Él, entonces, les abrió las Escrituras. «Y comenzando desde Moisés, y siguiendo por todos los profetas, les aclaraba en todas las Escrituras lo que de él decían».

Mas aún así, no brilló ninguna luz para estos dos discípulos.

¿No es espantoso que cuando el Señor interpretaba, mediante la Palabra de Dios, las cosas relacionadas con él mismo, ellos todavía no consiguiesen reconocerlo?

Ellos oían las palabras que Jesús les hablaba; las entendían y eran tocados por ellas –tanto que sus corazones ardían dentro de ellos–, y aún así no sabían quién era el que les hablaba.

Esto nos muestra que la enseñanza es muy diferente de la revelación.

Ellos comprendieron las Escrituras, pero no reconocieron al Señor; comprendían las enseñanzas acerca de Cristo, pero no sabían quién era él.

El día ya declinaba cuando los discípulos llegaron a su destino. Y no queriendo separarse de su Compañero, lo invitaron a entrar en la casa y cenar con ellos.

Entonces Él, tomando el pan en sus manos, lo bendijo y lo repartió… ahí sus ojos fueron abiertos y pudieron reconocer al Señor.

¿Usted puede ver ahora que hay dos maneras de conocer al Señor?

Usted puede adquirir un conocimiento exterior de él al leer sobre él en las Escrituras; pero puede conocerlo con un conocimiento interno cuando él le concede una revelación de sí mismo.

Muchas personas han leído la Palabra de Dios al punto de estar tan familiarizadas con las verdades tocantes a Cristo, que pueden predicárselas a otros; aún así les falta el conocimiento del Señor que viene mediante la iluminación interior.

Felizmente están aquellos que lo conocen no sólo intelectualmente, sino que espiritualmente, porque él abrió los ojos de sus corazones.

Tenemos que darnos cuenta que no sólo tenemos la Biblia, sino que también tenemos la revelación individual por el Espíritu Santo.

En realidad, si no existiese la Biblia, no podría haber fe cristiana, pero por favor recuerde: si no hay revelación, no podremos tener a Cristo personalmente.

Hoy hay una dificultad entre los hijos de Dios. Mucho conocimiento es enseñado, es decir, pasado de la boca de una persona a los oídos de otra. Entonces, es entendido por la mente del receptor y pasado a los oídos de una tercera persona. Una vez que estos conocimientos son transmitidos vía enseñanza, son meramente teorías o instrucciones.

Tenemos que tener en mente que es inútil tener un mero conocimiento bíblico y aún así no conocer al Señor.

Los dos discípulos de Emaús conocían las Escrituras hacía mucho tiempo. Incluso sus corazones estaban ardiendo interiormente mientras el Señor les abría las Escrituras, pero ellos aún no lo reconocían.

El conocimiento interior del Señor es el verdadero conocimiento. ¿Usted conoce al Señor así?

Los siete discípulos

Poco después que Jesús resucitó de los muertos, siete de sus discípulos estaban reunidos junto al mar de Tiberias.

Pedro se volvió a los otros seis y les dijo: «Voy a pescar».
Los demás, inmediatamente quisieron acompañarlo.

Pero ellos pasaron toda la noche pescando y no obtuvieron nada.

Y al amanecer, Jesús les apareció en la playa, pero no lo reconocieron.

¡Oh sus frágiles facultades naturales eran inútiles cuando se trataba de discernir al Señor resucitado!

Piense bien en esto: Pedro, Juan y Jacobo habían sido sus constantes compañeros. ¿Cómo podía aquel trío especialmente privilegiado, tan íntimamente relacionado con él, fallar en reconocerlo?

Cada uno de estos discípulos ya había visto a Jesús tanto antes como después de su resurrección; mas ahora, sin embargo, ninguno de ellos le reconocía.

Ellos necesitaban de otra experiencia y de otra fuente de energía para conocerlo.

Así, Jesús vino en su auxilio y nuevamente se reveló. «Hijitos, ¿tenéis algo de comer?», les preguntó.

Cuando le dijeron que no tenían nada, él dijo: «Echad la red a la derecha de la barca, y hallaréis».

Ellos lo hicieron así y pescaron más de lo que podían sacar.

En ese momento, Juan, el discípulo amado, lo reconoció, y volviéndose hacia Pedro, dijo: «¡Es el Señor!»; y Pedro, con los otros cinco, nuevamente lo reconocieron.

Poco antes de esto, todos ellos lo habían visto con sus ojos, y lo habían oído con sus oídos, y aún así no supieron quién era Jesús. Pero ahora de repente, inexplicablemente, lo reconocieron.

Conocer al Señor de esa manera es irrefutable e introduce una nueva energía en la vida del creyente.

Cuando los discípulos llegaron a la playa, vieron fuego encendido, y sobre él había pan y pescado.

Jesús los invitó a quebrar el ayuno y ellos consintieron.

Sin embargo, la Palabra agrega: «Y ninguno de los discípulos se atrevía a preguntarle: ¿Tú, quién eres? Sabiendo que era el Señor».

¿No les parecen estas palabras espantosamente paradójicas? Porque si los discípulos realmente sabían que era el Señor, ¿por qué pensaban en preguntarle quién era?

Note que la palabra no dice que ellos no le preguntaron, sino que no se atrevían a preguntarle.

El hecho de no atreverse a preguntar significa que no sabían y estaban temerosos de preguntar. No obstante, la Palabra aquí también dice que ellos sabían que era el Señor.

En otras palabras, exteriormente no sabían, pero interiormente sí.

Exteriormente no podían decir quién era esa Persona, e interiormente sabían que él era el Señor.

No era por su mirar, ni por su voz. De acuerdo a su raciocinio, ellos querían preguntarle, pero interiormente no sentían la necesidad de hacerlo, porque sabían que él era el Señor.

¿Ha tenido alguna vez una experiencia como ésta?

¿Usted se imaginó alguna vez al mismo tiempo si realmente era el Señor que se encontró con usted, o si aún estando tan seguro que era él, usted no se atrevió siquiera a pensar en preguntar?

Sí, hay veces en que, con nuestros ojos y nuestros oídos y todo nuestro poder de raciocinio somos incapaces de confirmar el hecho de que es el Señor; aún así, de alguna manera, en lo más profundo de nuestro ser sabemos que no puede ser otro sino él.

La verdadera revelación es así. La verdadera revelación es un conocimiento interior.

Por eso, ¡bienaventurados son aquellos que actúan de acuerdo con la revelación! ¡Bienaventurados son aquellos que conocen al Señor por revelación!

Solamente tal persona puede recibir fuerza delante del Señor, y solamente esa tal puede saber lo que el Señor es capaz de hacer.

El conocimiento exterior no puede sustituir a la revelación interior. Necesitamos conocer al Señor interiormente.

Si usted tiene esa seguridad interior, nadie podrá entristecerlo.

Tenemos que pedirle a Dios que abra nuestros ojos para que podamos ver aquello que no podemos comprender por nosotros mismos.

Lo que podemos conocer según nuestra mente y según nuestros oídos y ojos no es sino al Señor Jesús según la carne.

Tal conocimiento no nos traerá mucho provecho, ni nos proporcionará mucha fuerza.

Necesitamos orar para que Dios revele a su Hijo en nosotros, de tal manera que estemos claros interiormente y lo conozcamos en lo íntimo, sin la menor sombra de duda.

¡Dios les bendiga!





Aguasvivas.cl


martes, 2 de junio de 2015

Excusas para no salvarse





 “Tengo algunas quejas contra Dios”

 
Hay personas que dicen cosas duras contra Dios. 

Hay quienes tienen la peor opinión de Dios.  Unos son ateos, pero otros no lo son. 

Pueden sentir y creer que de verdad Dios existe,  pero tienen muchas quejas contra Él.  Veamos algunas de ellas:

1)        Dios elige a algunos hombres para salvación y a otros para condenación. 

Ellos acusan a Dios de salvar y de condenar a su antojo a los hombres. 

Sin embargo, el Señor Jesús dijo: “Al que a mí viene, yo no le echo fuera.” (Juan 6:37).

Y Dios es claro en su palabra cuando dice: “Todo aquel que invocare el nombre  del Señor, será salvo.” (Joel 2:32; Rom. 10:13)

De modo que el que se condena, se condena por su propia responsabilidad.  Cada hombre es responsable, ya sea de amar a Dios y salvarse, o de odiarle y condenarse.

2)        Teniendo poder para evitarlo, Dios permite la injusticia en el mundo. 

Dios es acusado de los males que hay en el mundo: de las guerras, de las tragedias, de la maldad y violencia, y de toda forma de abuso o injusticia. 

Sin embargo, esta es una acusación gratuita. 

Dios hizo al hombre libre,  dotado de una clara inteligencia,  de una voluntad libre.  Y Él observa desde los cielos lo que el hombre hace con el mundo,  cómo administran los hombres lo que Él, en su misericordia, ha puesto en sus manos.

Por tanto no es Dios sino los hombres quienes generan el odio, las injusticias y la maldad.

3)        Cristo promueve la aceptación de la injusticia en el mundo con la ingenua esperanza de una recompensa futura. 

Muchos culpan a Cristo de crear entre los pobres “falsas ilusiones”, de promover la resignación ante la injusticia  bajo el expediente  de una recompensa futura. 

Dicen, por ejemplo: “No hay Dios que haga justicia;  sólo existe la ley del más fuerte.”

El Señor Jesús vivió de tal forma que demostró que la vida del hombre no consiste  en los bienes que posee, ni en sus regalías presentes. 

La verdadera vida es la vida del espíritu, que se puede disfrutar  gratuitamente en cualquier medio y circunstancia. 

El Señor dijo que su reino no era de este mundo.  ¡Y los que aman al Señor dicen lo mismo!

En este mundo impera el mal, y gobierna Satanás.  Pero llegará el día en que Dios juzgará a los hombres,  y entonces le dará a cada uno  conforme a sus obras.  Que no quepa duda de esto.

Nadie quedará impune de un solo pecado. Toda injusticia será castigada. 

¡En aquel día, los que hicieron abuso de su prójimo darán cuenta! 

Y en aquel día, los que sufrieron,  gozarán eternamente. 

Toda lágrima de ellos será enjugada,  y no conocerán más la tristeza. 

Así que, ¿de qué injusticia habla usted? 

La justicia se hará, le pese a quien le pese.

4)        Cristo dijo que volvería; pero han pasado casi dos mil años y no ha cumplido su promesa. 

Es cierto.

Muchos cristianos han muerto  después de haber esperado toda su vida la promesa de que Cristo volviera.

Ello –dicen–, ha generado falsas expectativas en las personas”, que descuidan su vida presente por una incierta vida futura. 

Pero la Palabra de Dios, previendo esto,  dice claramente que en los postreros tiempos vendrían burladores diciendo: “¿Dónde está la promesa de su advenimiento? Porque desde el día en que los padres durmieron, todas las cosas permanecen así como desde el principio de la creación” (2 Pedro 3:4). 

¿Por qué no ha venido Él aún?  Porque la paciencia de Dios espera aún por usted. 

Amigos, amigas: Esta tendencia a hablar mal de Dios irá todavía en aumento. 

Pero oiga esto: Vendrá el día en que los hombres pagarán por las cosas duras que han hablado contra Dios (Judas 15-16). 

¿Qué dirá usted a partir de ahora?  ¿Dirá también cosas duras contra Dios? 

¿No ha visto la benignidad del Señor? 

¿No sabe acaso que Él le ha amado tanto,  que dio a su amado Hijo Jesucristo para que muriera en la cruz por usted?

Si usted conociera su espléndido y gran amor,  ya no tendría quejas contra él. 

¡Tendría tan sólo alabanzas!

¿Le va a aceptar hoy como su Señor y Salvador?

¡Bendiciones para todos!





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No estás solo

  Yo haré que queden en Israel siete mil, cuyas rodillas no se doblaron ante Baal, y cuyas bocas no lo besaron». – 1 Reyes 19:18. Remanente ...