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jueves, 7 de mayo de 2015

¿Puede el hombre salvar al hombre?





Sabiendo que el hombre no es justificado por las obras de la ley, sino por la fe de Jesucristo, nosotros también hemos creído en Jesucristo, para ser justificados por la fe de Cristo y no por las obras de la ley, por cuanto por las obras de la ley nadie será justificado.
(Gálatas 2:16)



"Tenemos dos mentes, una que piensa, y otra que siente", dice Daniel Goleman en su libro "La inteligencia emocional".

Esta es una de las revolucionarias frases que contiene el libro, uno de los grandes best-sellers de los últimos años.

La educación que se imparte en las escuelas –plantea Goleman– fortalece la inteligencia racional, pero descuida la inteligencia emocional. Esto trae insatisfacción y frustración.

Por eso él propone el cultivo de actitudes que desarrollen, por ejemplo, el optimismo ("que favorece a los enfermos del corazón"), y la esperanza ("que tiene poder curativo").

Goleman sostiene que, quitando la ira, la ansiedad y la depresión podremos quitar el cáncer y otras enfermedades crónicas.

Este escritor pone su esperanza en una nueva educación que prepare de verdad a los jóvenes para la vida. Dice: "Imagino un futuro en el que la educación incluirá como rutina el inculcar aptitudes esencialmente humanas como la conciencia de la propia persona, el autodominio y la empatía, y el arte de escuchar, resolver conflictos y cooperar."

A ver. Es probable que el planteamiento de Goleman llene un supuesto vacío en la enseñanza formal de los colegios. Sin embargo, ¿es esta la panacea para solucionar definitivamente los problemas del hombre?

Su planteamiento no es distinto de muchos otros que hace la ciencia actual.

En efecto, hay una tendencia actual en la literatura, conocida como la literatura edificante, algunos de cuyos representantes son autores como Rampa, Mandino, Coelho, etc.

En esta literatura se intenta dar recetas para mejorar al hombre. Son el equivalente, en el plano valórico, a lo que es la divulgación científica en el plano de las ciencias. Sus cultores no son moralistas de nota, sino divulgadores de moral.

Ellos creen poder mejorar al hombre desde afuera, estimulando el cultivo de ciertos valores. Propician algo así como una religión sin Dios.

Pero la esperanza de que el hombre pueda ser mejorado en su condición sicológica, y su pretensión de un futuro mejor gracias a los efectos benefactores de una mejor educación son similares a las aspiraciones de los iluministas franceses del siglo XVIII.

Si miramos a la luz de la Biblia, podemos afirmar que tales pretensiones no tienen mucho asidero, por cuanto "lo que es nacido de la carne, carne es." (Juan 3:6)

Así que nada de lo que el hombre haga puede cambiar la naturaleza del hombre.

El hombre no puede sacarse de encima la ira, ni la ansiedad ni la depresión, porque el hombre es constitutivamente hablando un ser caído, que necesita de la gracia de Dios.

Por eso el hombre no alcanza una solución definitiva con promover actitudes de optimismo o de esperanza. Es verdad que esas actitudes pueden mejorar algunos de los síntomas del mal, pero no pueden con el mal.

El hombre es como un vestido viejo que no puede ser parchado sin que se rompa. La solución, por tanto, no es remendarlo por partes, sino reemplazarlo por otro nuevo. Y eso sólo lo puede hacer Dios.

El hombre no puede mejorar al hombre. Los mismos que pretenden hacerlo están definitivamente mal. Ellos mismos necesitan un Salvador más grande que ellos.

Dios sabía muy bien todo esto, y por eso envió a su precioso Hijo para salvar al hombre.

Y la condición para recibir la salvación es, justamente, reconocer que no podemos salvarnos por nosotros mismos y que necesitamos de un Salvador.

No hay posibilidad alguna de cambio de naturaleza si no es por el nuevo nacimiento, que es por el Espíritu de Dios.

Sólo si creemos en el Señor Jesús como Hijo de Dios, tendremos una nueva naturaleza que no necesita ser mejorada.

Solamente en Cristo, las cosas vienen a ser todas nuevas.

(2 Corintios 5: 17) De modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas.

¡Bendiciones para todos!




Aguasvivas.cl

martes, 5 de mayo de 2015

Ven a la Gracia hoy






La gracia de Dios era desconocida antes que viniera el Hijo de Dios.

El Señor Jesucristo nos mostró, no sólo en sus palabras, sino también en sus obras, cuánto Dios nos ama. He aquí una pequeña muestra de ello.

La gracia de Dios es el amor de Dios que se derrama hacia el hombre sin exigir nada a cambio. La gracia es más que la misericordia y que la bondad. La gracia no se conoció en la antigüedad, porque sólo se manifestó cuando el Señor Jesucristo vino al mundo.

En efecto, la gracia de Dios se desplegó, abundante, en la persona del Señor Jesús, y en sus hechos magníficos. Su caminar en la tierra fue el cumplimiento de su propia palabra: “Más bienaventurado es dar que recibir” (Hch.20: 35). Sus detractores le acusaban de ser “amigo de publicanos y pecadores” (Mt.11: 19). Pero esto, que ellos proferían como una ofensa, era, en verdad, una maravilloso rasgo de su carácter. Él vino a ponerse al alcance de los pecadores.

Así fue con los judíos, y también con los gentiles. El Señor dijo: “Al que a mí viene, no le echo fuera” (Jn.6: 37). Pero aún más, el mismo Señor fue al encuentro de las personas. Fue así con la mujer encorvada (Lc.13:12), el paralítico de Betesda (Jn.5:6); con la mujer samaritana (Jn.4:6-42).

Los que venían a Él podían venir tal como eran, incluso, dudando. Así fue con el padre del niño enfermo, a quien el Señor le dijo: “Si puedes creer, al que cree todo le es posible”. Entonces, “el padre del muchacho, clamando, dijo con lágrimas: ¡Creo, Señor; ayuda mi incredulidad!” (Mr.9:23-24, VM). 

Él nunca rechazó a aquellos que se acercaron a Él, aunque vinieran con una fe prestada (Mr.2:5).

Uno de los dos ladrones, en el Calvario, tuvo un pequeño deseo sincero, se lo dijo al Señor y fue salvo. El publicano era también un hombre deshonesto, pero con sinceridad reconoció su pecado y obtuvo del Señor misericordia para ser declarado justo.

El Señor no exige ni siquiera la fe de los pecadores para salvarlos (exigir tal cosa sería poner una valla imposible de saltar). Basta un corazón sincero.

Era tanta la gracia que desplegaba el Señor, que la gente era sanada con sólo tocar el borde de su manto. Así ocurrió con la mujer enferma de flujo de sangre (Mt.9:20-22), y con una multitud en Genesaret (Mt.14:36).

Basta que un pecador toque “el borde de su manto” y es salvo. Basta entrar en contacto con Él, con su persona. No importa no saber teología, ni la Biblia, ni saber orar. ¡Oh, sólo importa tocarle a Él, y ya el pecador es salvo!.

Por tocarle, todos cuantos tenían plagas caían sobre él, para que se cumpliesen las palabras del profeta: “Él mismo tomó nuestras enfermedades, y llevó nuestras dolencias.”

La hez de la sociedad fue favorecida por su poder: los leprosos, los endemoniados de Gadara, los ciegos de junto al camino. Los afligidos por largas y penosas enfermedades: la mujer con flujo de sangre, el hombre de la mano seca, el muchacho lunático.

¡Cuánto amor derramado! ¡Cuánta gracia! ¡Oh, amoroso y bendito Señor!

Pero, ¿qué diremos de la más grande de sus obras, sin la cual las demás no hubiesen bastado para redimir a los hombres y sacarlos de la condenación?

¡Su muerte en la cruz, el justo por los injustos para llevarnos a Dios!

¡Su muerte para reconciliarnos con Dios, y aún más, para reconciliar todas las cosas con Dios!

Es esta una obra de tan vastos alcances que en la presente era no estamos en condiciones de percibirla cabalmente.

Luego, su resurrección gloriosa y su gracia al incluirnos a nosotros en ella; su victoria sobre la muerte, que es la base de todas nuestras victorias presentes y futuras.

¡Oh amor dulce, oh divina gracia salvadora, oh salvación bendita que viene por Jesucristo, oh gracia, oh verdad de Dios, cuán grandes son tus caminos de amor, Señor!

Tú puedes tener esa Gracia hoy. 

Ven a la Gracia de Dios y él te salvará y sanará tu corazón.


Oración al Padre:

Altísimo Padre Santo.

Reconozco que soy un pecador y que te he ofendido. Me arrepiento de todos mis pecados. Te entrego hoy mi corazón. Cambia mi vida Señor. Le abro la puerta a Jesucristo, tu Hijo amado, que murió y resucitó de los muertos para salvarme. Límpiame y lávame con la Sangre preciosa que Jesucristo derramó por mí en la cruz del calvario. Cámbiame y hazme la persona que Tú quieres que sea de hoy en adelante. Gracias por escribir mi nombre en el libro de la Vida, y gracias por regalarme la vida eterna.

En el nombre de tu Hijo amado Jesucristo.

Amén.





Aguasvivas.cl

miércoles, 29 de abril de 2015

La batalla de todos los días







"Amados, por la gran solicitud que tenía de escribiros acerca de nuestra común salvación, me ha sido necesario escribiros exhortándoos que contendáis ardientemente por la fe que ha sido una vez dada a los santos." (Jud. 3).



En esta común salvación que disfrutamos los creyentes, somos exhortados a contender ardientemente por la fe que nos fue dada por Dios.

El objeto de nuestra fe es Cristo. En él, en el poder de su fuerza, hemos de batallar fervientemente.

Hay una guerra permanente para los que somos de Cristo, pues nuestra fe es resistida, y no podemos permanecer pasivos.

Habiendo sido salvos por la fe en el Señor Jesús, nuestros ojos espirituales han sido abiertos.

El apóstol Pablo, en su carta a los Efesios, ora para que el Padre nos dé "espíritu de sabiduría y de revelación en el conocimiento de él, alumbrando los ojos de vuestro entendimiento..." (Efe. 1:17-18).

Todos sabemos que no podemos ver a Cristo si Dios no abre nuestros ojos.

El Padre otorga la gracia de ver a su Hijo en plenitud: verle en la cruz triunfando sobre la muerte, sobre el mundo y sobre el diablo; verle ascendido a los cielos victorioso, coronado de honra y de gloria.

Necesitamos ser alumbrados, necesitamos el toque de Dios en nuestros ojos.

Cuando vemos a Cristo en su obra consumada y en su gloria, podemos vivir una vida victoriosa.

En las dificultades, en las pruebas que enfrentamos a diario, iremos de victoria en victoria, porque Dios nos ha dado todo en Cristo Jesús, Señor nuestro.

La Biblia dice: "...el dios de este siglo cegó el entendimiento de los incrédulos, para que no les resplandezca la luz del evangelio de la gloria de Cristo, el cual es la imagen de Dios" (2 Cor. 4:4).

Pero el enemigo de nuestra fe no sólo ciega a los incrédulos, sino que además intenta opacar la fe de los que creen.

El dios de este siglo gobierna la sociedad y el sistema de este mundo, y quiere atraparnos en su corriente, quiere entretenernos para que estemos pasivos u ocupados en muchos afanes que nos aparten del propósito para el cual hemos sido llamados.

Pero a medida que nuestros ojos son alumbrados, nos afirmamos en la victoria del Señor, y el enemigo pierde terreno. Es por eso que se opone. De allí esa batalla permanente, esa contienda por la fe.

Las batallas pueden manifestarse de muchas maneras, dentro de la familia, con nuestros hijos, en nuestro matrimonio, en nuestras finanzas, y muy en especial en nuestros ministerios y nuestro servicio a Dios.

Tenemos que saber que el adversario no ataca abiertamente, sino mediante maniobras muy sutiles.

No nos dice que le sigamos a él. No, eso sería muy evidente. Nos sugiere que actuemos independientemente, que tomemos nuestras propias decisiones, que sigamos nuestros propios caminos y no el camino de Dios.

En el fondo, su sutil susurro es que no obedezcamos primeramente a Dios.

Mas la palabra de Dios nos alumbra, es lámpara a nuestros pies. "Escrito está", es el arma eficaz para acallar todo susurro del maligno.

Al que nos pretende atrapar en sus lazos, podemos declararle siempre esta verdad: "Con Cristo estoy juntamente crucificado, y ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí; y lo que ahora vivo en la carne, lo vivo en la fe del Hijo de Dios, el cual me amó y se entregó a sí mismo por mí." (Gál. 2:20).

"Cristo en nosotros" es, indudablemente, la garantía de victoria en todo, y "nuestra esperanza de gloria".

¡Bendiciones para todos!





Aguasvivas.cl

jueves, 28 de noviembre de 2013

¿Por qué dudas?



«Al momento, Jesús, extendiendo la mano, asió de él, y le dijo:¡Hombre de poca fe! ¿Por qué dudaste?»
(Mateo 14:31).



HAY MUCHO QUE VER EN ESTA FRASE DE PARTE DE DIOS QUE ES APLICABLE A TODOS NOSOTROS.

PRIMERO, VEMOS QUE NUESTRO SEÑOR NO PREGUNTÓ NADA AL DUDOSO PEDRO, HASTA QUE LE SALVÓ DE HUNDIRSE.

Y ESTO NOS REVELA QUE TODAS SUS REPRENSIONES SIEMPRE SON DADAS A TIEMPO.

DE MODO QUE CUANDO LA GRACIA DE LA FE ESTÁ PRESENTE EN NOSOTROS, LA DUDA TIENE QUE DESAPARECER.

ES ASÍ DE SIMPLE.

HOY VAMOS A VER ALGO DE ESTA PALABRA, ROGANDO AL SEÑOR ESPÍRITU SANTO QUE LA BENDIGA EN EL NOMBRE DE CRISTO.

I. ¿POR QUÉ DUDAS TÚ, OH CRISTIANO?

1. MENCIONEMOS ALGUNAS  RAZONES  SUPUESTAMENTE  VÁLIDAS.

¿PUEDES CITAR PASADAS EXPERIENCIAS DE PROMESAS INCUMPLIDAS?

¿ESTÁ EL MAL PRESENTE MÁS ALLÁ DE LA OMNIPOTENCIA DIVINA?

¿HAN SIDO ABOLIDAS SUS PROMESAS?

¿ESTÁN ANULADOS SUS PROPÓSITOS DE GRACIA?

¿HA CAMBIADO  DIOS  MISMO?

¿HA DESAPARECIDO PARA SIEMPRE SU MISERICORDIA?

TÚ BIEN SABES QUE NINGUNA DE ESTAS SUPUESTAS RAZONES TIENE LUGAR.

2. ESCUCHEMOS NUESTRAS PROPIAS RAZONES, SI NOS ATREVEMOS A DECLARARLAS.

MI SENTIDO DE CULPA ES PECULIARMENTE PROFUNDO Y CLARO.

MIS FALTAS JUSTIFICAN MI DESESPERO, CONSIDERÁNDOLO DESDE EL PUNTO DE VISTA DE LOS LOGROS DE OTROS, Y MIS PROPIAS OBLIGACIONES.

¡MIS PRUEBAS SON TAN PECULIARES, TAN LARGAS, TAN DIVERSAS!

MI CORAZÓN FALLA, NO PUEDO SOPORTARLO MÁS.

3. APUNTEMOS LAS VERDADERAS RAZONES DE NUESTRAS DUDAS.

TÚ VIVISTE DEMASIADO CONFIADO Y ESTA CONFIANZA TE FALLÓ.
MIRASTE LAS COSAS DEMASIADO A LA LUZ DE LOS SENTIDOS… Y COMO QUIERA QUE ANDAMOS EN LA OSCURIDAD, POR ESTO TE ENCUENTRAS TURBADO.

APARTASTE TU OJO DE TU SEÑOR.

II. ¿POR QUÉ DUDAS TÚ,  OH  PECADOR?

1. SUPONGAMOS ALGUNAS RAZONES PARA DUDAR.

¿ES QUE OTRAS PERSONAS HAN CREÍDO Y PERECIDO?

¿HAS PROBADO TÚ MISMO CREER EN JESÚS, HALLÁNDOLO EN VANO?

¿HA PERDIDO LA SANGRE DE CRISTO SU PODER?

¿HA CESADO EL ESPÍRITU SANTO DE CONFORTAR, ILUMINAR Y RENOVAR?

¿HA SIDO ABROGADO EL EVANGELIO?

¿HA DESAPARECIDO LA MISERICORDIA DE DIOS PARA SIEMPRE?
NINGUNA  DE  ESTAS  PREGUNTAS  PUEDEN  SER  RESPONDIDAS AFIRMATIVAMENTE.

2. OIGAMOS TUS RAZONES APARENTES.

TUS PECADOS SON GRANDES, NUMEROSOS, GRAVES Y SINGULARES.

NO PUEDES PENSAR QUE LA SALVACIÓN SEA PARA TI… HAS REHUSADO EL EVANGELIO POR DEMASIADO TIEMPO.

TU CORAZÓN ES TERRIBLEMENTE DURO E INSENSIBLE.
NINGUNA DE ESTAS RAZONES ES SUFICIENTE PARA DUDAR DEL AMOR DEL DIOS TODOPODEROSO.

3. VEAMOS LA MANERA DE TRATAR ESTAS DUDAS IRRAZONABLES.

ARREPIÉNTETE DE ELLAS, PUES TODAS ELLAS DESHONRAN EL PODER Y LAS PROMESAS DEL PADRE, LA SANGRE DE JESÚS Y LA GRACIA DEL ESPÍRITU SANTO.

TERMINA CON ELLAS CREYENDO SIMPLEMENTE LO QUE ES SEGURO Y VERDADERO.

ANDA TAN LEJOS COMO PUEDAS POR EL OTRO CAMINO.
CREE HASTA LO SUMO.

EN TODOS LOS CASOS ESTEMOS SEGUROS DE QUE CREER EN DIOS JUSTIFICA EL SENTIDO COMÚN, Y DUDAR DE ÉL ES UNA EXTRAVAGANTE LOCURA.

UN HOMBRE QUE HABÍA SIDO CRISTIANO POR CINCUENTA AÑOS, TENÍA TEMOR DE QUE SU FE LE FALLARA.

PERO ALGUIEN LE RECORDÓ EL PASAJE: «EL QUE A SU PROPIO HIJO NO PERDONÓ, ANTES LO ENTREGÓ POR TODOS NOSOTROS, ¿CÓMO NO NOS DARÁ CON ÉL TODAS LAS COSAS?»

DESPUÉS DE REPETIR LA ÚLTIMA PARTE DEL VERSÍCULO EL ANCIANO DIJO: «¡OH, NO, SERÍA UN ERROR, NO PUEDO ATENERME A ELLO, NO DUDARÉ.»

¡DIOS TE BENDIGA!



No estás solo

  Yo haré que queden en Israel siete mil, cuyas rodillas no se doblaron ante Baal, y cuyas bocas no lo besaron». – 1 Reyes 19:18. Remanente ...