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lunes, 18 de mayo de 2015

El Hombre




Y salió Jesús, llevando la corona de espinas y el manto de púrpura. Y Pilato les dijo: !!He aquí el hombre!
(Juan 19: 5)



La Escritura dice que Pilato dijo de Jesús a los principales sacerdotes y a los alguaciles: “¡He aquí el hombre!”.

Y estas palabras de Pilato fueron dichas con un aire burlón; son claramente las palabras de un hombre que ostenta el poder.

Porque hay sorna en sus palabras. Como diciendo: “¡Ahí tienen al polémico, al que provoca disturbios y pasiones encontradas! ¡Ese es el galileo, considerado tan peligroso, pero helo ahí ¡tan indefenso!”

Pilato tenía una amplia cultura romana. Era un intelectual, y como tal, se daba el gusto de satirizar con las sutilezas de su alma refinada.

Mas en un lugar cercano de allí, en esos mismos momentos, está Pedro calentándose junto a una hoguera que los siervos y los alguaciles han encendido, porque hace frío.

Una mujer entonces le dice al discípulo: “¡Tú también estabas con Jesús el galileo!”. A lo cual Pedro responde, maldiciendo y jurando: “¡No conozco al hombre!”

Pilato dijo: “¡He aquí el hombre!”. Pedro dijo: “¡No conozco al hombre!

¡También Pedro dice no conocer al hombre!

Y en realidad y en cierto sentido, Pedro decía verdad, porque él no sabía lo que había en su propio corazón, cuando presumió de defender al Señor a costa de su vida.

Pero aquí dice desconocer a Jesús, el Galileo. El Señor Jesús es el hombre despreciado, traicionado por sus íntimos. Es el hombre menospreciado por el amigo más leal.

Que Pilato le menospreciase, es pasable, porque no había caminado con él tres años y medio, ni se había postrado a sus pies para adorarle.

Pero que Pedro lo desconociera, ¿quién puede entenderlo?

Así que consecuentemente, Pilato y Pedro se ponen a prudente distancia del que es puesto en un lugar de maldición.

Ambos se escabullen, uno lavándose las manos, y accediendo a que martiricen a un hombre inocente; el otro se escapa, jurando y maldiciendo, para no comprometerse con aquél hombre que parece estar en bancarrota.

Pero no importa si fueran lejanos o cercanos. Todos pusieron tierra de por medio en la hora suprema. Para que toda la Gloria sea por siempre para aquél que sufrió el castigo por todos los hombres de todas las generaciones.

Para que nadie pueda exhibir mérito alguno.

Ni ayer ni hoy.

¡Dios les bendiga!





Aguasvivas.cl


viernes, 15 de mayo de 2015

¿Quiénes necesitan el evangelio?






¿Quiénes necesitan el evangelio?



Por Charles Spurgeon



El evangelio no ha sido enviado al mundo como una recompensa para las personas buenas o excelentes.

Nuestra misión es mostrar que el evangelio está dirigido a los pecadores, y tiene puestos sus ojos en los culpables; que no ha sido enviado al mundo como una recompensa para las personas buenas o excelentes, o para aquellos que piensan que tienen ciertas cualidades o que están preparados para el favor divino; sino que está destinado a los que quebrantan la ley, a los indignos, a los impíos, a quienes se han extraviado como ovejas perdidas, o han abandonado la casa de su padre como el hijo pródigo.

I. Primero, aun una mirada superficial a la misión de nuestro Señor basta para mostrar que su obra fue para el pecador.

La venida del Hijo de Dios a este mundo como Salvador significó que los hombres necesitaban ser liberados de un mal muy grande por medio de una mano divina. La venida de un Salvador que mediante su muerte proporcionaría el perdón para el pecado del hombre, significó que los hombres eran sumamente culpables, e incapaces de procurarse el perdón por medio de sus propias obras.

¿Qué justifica la encarnación sino la ruina del hombre? ¿Qué puede explicar la vida de sufrimiento de nuestro Señor sino la culpa del hombre? Sobre todo, ¿qué explica su muerte y la nube bajo la cual murió sino el pecado del hombre? «Todos nosotros nos descarriamos como ovejas. Pero Dios cargó en él el pecado de todos nosotros». Ésa es la respuesta a un enigma que, de cualquier otra manera, no tendría respuesta.

Si damos una mirada al pacto bajo el cual vino nuestro Señor, pronto notamos que su orientación es hacia los hombres culpables. Si hubiera existido una salvación por obras hubiera sido por medio de la ley, ya que la ley es íntegra y justa y buena; pero el nuevo pacto evidentemente trata con pecadores, porque no habla de recompensa al mérito, sino que, promete sin condiciones: «Seré misericordioso en cuanto a sus injusticias y jamás me acordaré de sus pecados».

Moisés viene para mostrarnos cómo se debe comportar el hombre santo, pero Jesús viene para revelar cómo puede ser limpiado el impuro.

Siempre que oímos acerca de la misión de Cristo, es descrita como una misión de misericordia y gracia. En la redención que es en Cristo Jesús, es la misericordia de Dios la que siempre es exaltada.

Pero, hermanos, la misericordia implica pecado: no se puede reservar ninguna misericordia para los justos, porque es la justicia misma quien les otorga todo lo bueno. Asimismo la gracia sólo puede otorgarse a los pecadores. ¿Qué gracia necesitan aquellos que han guardado la ley, y merecen el bien de las manos de Jehová?

Para ellos la vida eterna sería más bien una deuda, una recompensa muy bien ganada; pero si se toca el tema de la gracia, de inmediato hay que eliminar la idea de mérito y hay que introducir otro principio. Sólo se puede practicar la misericordia allí donde hay pecado, y la gracia no se puede otorgar sino a quienes no tienen ningún mérito.

El evangelio lanza sus invitaciones; pero estas invitaciones están dirigidas a quienes están cargados con el peso del pecado, y están fatigados tratando de escapar de sus consecuencias. Llama a aquellos que están necesitados, sedientos, pobres y desnudos y todas estas condiciones son figuras de estados equivalentes producidos por el pecado.

Los propios dones del evangelio implican pecado; la vida es para los muertos, la vista es para los ciegos, la libertad es para los cautivos, la limpieza es para los sucios, el perdón es para los pecadores.

Las descripciones que hace el evangelio de sí mismo usualmente apuntan hacia el pecador. El gran rey que hace una fiesta y no encuentra a ningún invitado que se siente a la mesa entre aquellos que naturalmente se esperaba que llegaran, pero que obliga a los hombres que van por los caminos y por los callejones a entrar a su fiesta.

Si el evangelio se describe él mismo como una fiesta, es una gran fiesta para los ciegos, para los cojos, y para los lisiados; si se describe a sí mismo como una fuente, es una fuente abierta para limpiar el pecado y las impurezas. En todas partes, en todo lo que hace y dice y da a los hombres, el evangelio se manifiesta como el amigo del pecador.

El evangelio es un hospital para los enfermos, nadie sino el culpable aceptará sus beneficios; es medicina para los enfermos, los sanos y los que creen en su propia justicia nunca podrán gustar sus sorbos salvadores. El evangelio siempre ha encontrado sus más grandes trofeos entre los más grandes pecadores: alista a sus mejores soldados no solo de las filas de los culpables sino de los rangos de los más culpables.

El evangelio se basa sobre el principio de quien ha tenido mucho que perdonársele, ése amará más, y así su Señor misericordioso se deleita buscando a los más culpables y manifestándose a ellos con amor abundante y sobreabundante, diciendo: «He borrado como niebla tus rebeliones, y como nube tus pecados». Hay otra reflexión que está muy cerca de la superficie, es decir, que si el evangelio no mira hacia los pecadores, ¿a quién más podría mirar?

Sepan, oh hombres, que no vive en la faz de la tierra un hombre a quien Dios pueda mirar con placer si considerara a ese hombre a la luz de Su ley. Ningún corazón por naturaleza es sano o justo ante Dios, ninguna vida es pura o limpia cuando el Señor viene para examinarla con sus ojos que todo lo ven.

Estamos encerrados en la misma prisión con todos los culpables; si no somos igualmente culpables, sí somos culpables en la medida de nuestra luz y de nuestro conocimiento, y cada uno es condenado justamente, porque nos hemos descarriado en nuestro corazón y no hemos amado al Señor. ¿A quién, entonces, podría mirar el evangelio si no dirigiera sus ojos hacia el pecador?

II. En segundo lugar, si hubiera algo bueno en nosotros sería puesto por la gracia de Dios, y ciertamente no estaba ahí cuando, en el principio, las entrañas del amor de Dios comenzaron a moverse hacia nosotros.

Si toman la primera señal distintiva de salvación que fue realmente visible en la tierra, es decir, la venida de Cristo, se nos dice que: «Dios muestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros». Este fue el fruto del gran amor del Padre «que nos amó, aun estando nosotros muertos en pecados».

Cuando tu corazón era duro, cuando no te querías arrepentir ni someterte a Dios sino que te rebelabas más y más, él te amó con afecto supremo. ¿Por qué una gracia tal? ¿Por qué habría de ser, sino es porque su naturaleza está llena de bondad y él se deleita en la misericordia?

Miren aún más detalladamente. ¿Qué vino a hacer nuestro Señor al mundo? Aquí está la respuesta. Él vino para ser quien cargara con el pecado: ¿y creen ustedes que vino para cargar sólo con los pecados pequeños, los pecados sin importancia del mejor tipo de hombres, si existen tales pecados? ¿Suponen que es un pequeño Salvador, que vino para salvarnos de las pequeñas ofensas?

Si no hay pecado, entonces la cruz es una equivocación, entonces el lama sabactani fue sólo una queja contra una crueldad innecesaria. La existencia de un gran pecado está implícita en la venida de Cristo, y esa venida fue hecha necesaria por el pecado, contra el cual Jesús viene como nuestro libertador.

Hermanos, todos los dones que Jesucristo vino a dar, o la mayor parte de ellos, implican que hay pecado. ¿Cuál es su primer don sino el perdón? ¿Cómo puede perdonar a un hombre que no ha transgredido? Hablo con toda reverencia, no puede haber una cosa tal como perdón donde no hay ofensa cometida.

Nuestro Señor Jesucristo vino ceñido también con poder divino. «El Espíritu del Señor está sobre mí». ¿Con qué fin fue cubierto con poder divino a menos que el pecado hubiera tomado todo el poder y la fuerza del hombre, y que el hombre estuviera en una condición de la cual no podía ser levantado excepto por la energía del Espíritu eterno? ¿Y qué implica esto sino que la misión de Cristo se dirige a aquellos que a través del pecado están sin fuerza y sin mérito ante Dios?

El Espíritu Santo es dado porque el espíritu del hombre ha fallado: porque el pecado ha quitado la vida al hombre, y lo ha dejado muerto en transgresiones y pecados. Por tanto viene el Espíritu Santo para reanimarlo dándole una nueva vida, y ese Espíritu viene por Jesucristo. Por consiguiente la misión de Jesucristo es claramente para el culpable.

Vuélvanse a contemplar el llamamiento eficaz, y vean cuán delicioso es verlo como una llamada que vivifica a los muertos, y llama a las cosas que no existen como si existieran, como una llamada a los condenados para darles perdón y favor.

Vuélvanse a continuación hacia la adopción. ¿Cuál es la gloria de la adopción, sino que Dios ha adoptado a aquellos que eran extraños y rebeldes para hacerlos sus hijos?

III. Ahora, en tercer lugar, es evidente que es nuestra sabiduría aceptar la situación. Sé que para muchos esta es una doctrina de amargo sabor. Bien amigo, es mejor que cambies tu paladar, porque nunca serás capaz de alterar esa doctrina.

Hay quienes objetan: «No admiro este sistema. ¿Voy a ser salvo de la misma manera que un ladrón moribundo?». Precisamente así es, a menos que sucediera que te sea dada mayor gracia a ti que a él.

Oh, hijos de padres piadosos, ustedes jóvenes de excelente moral y conciencias delicadas, a ustedes les hablo. Alégrense de sus privilegios, pero no se jacten de ellos, porque ustedes también han pecado, han pecado contra la luz y el conocimiento, ustedes lo saben.

Si no han caído en los pecados más terribles, sin embargo en el deseo y en la imaginación ya se han extraviado lo suficiente, y en muchas cosas han ofendido terriblemente a Dios. Si, con estas consideraciones ante ustedes, toman su lugar como pecadores no serán deshonrados, sino que simplemente estarán en donde deben estar.

Ahora pues, pobre alma, siéntate ante el Señor y di: «Señor, ¿vino tu Hijo a salvar a los culpables? Yo lo soy y confío en él para que me salve. ¿Murió él por los impíos? Yo soy uno, Señor, confío en que su sangre me limpie. ¿Su muerte fue por los pecadores? Señor, asumo esa posición. Me confieso culpable. Acepto la sentencia de tu ley como justa, pero sálvame, Señor, pues Jesús murió».

IV. Ahora, concluyendo, esta doctrina tiene una gran influencia santificadora. «Eso», dice alguien, «no lo puedo creer. Seguramente has estado otorgando un valor al pecado al decir que Cristo vino a salvar solo a los pecadores, y no llama al arrepentimiento sino a los pecadores».

La opinión que la gracia inmerecida se opone a la moralidad, no tiene ningún fundamento. Ellos sueñan que la doctrina de la justificación por la fe conducirá al pecado, pero se puede demostrar por la historia que, cada vez que esta doctrina ha sido fielmente predicada, los hombres han sido más santos, y cada vez que esta verdad ha sido oscurecida, ha abundado todo tipo de corrupción.

Veamos el poder santificante de este evangelio. Su primera operación en esa dirección es ésta: cuando el Espíritu Santo hace penetrar la verdad del perdón inmerecido en un hombre, éste cambia completamente sus pensamientos en lo que concierne a Dios. «¿Qué?», dice él, «¿me ha perdonado gratuitamente Dios de todas mis ofensas por causa de Cristo? ¿Y me ama a pesar de todo mi pecado? ¡Yo no sabía que él fuera así, tan bueno y lleno de gracia! Pensé que él era duro; pero, ¿así siente él por mí?». «Entonces», dice el alma, «entonces yo lo amo por eso». Hay un cambio radical de sentimientos en el hombre, un giro completo, cuando él entiende la gracia redentora y el amor hasta la muerte. Al contemplar la gracia se produce la conversión.

Le hablaste al pecador acerca de hacer el bien, de lo justo, de la justicia, de la recompensa y del castigo, y él oyó todo eso que pudo haber tenido una cierta influencia sobre él, pero no lo sintió profundamente.

Una enseñanza así es demasiado fría para encender el corazón. Pero la verdad que llega al corazón del hombre sí le parece nueva y excitante. «Dios por su pura misericordia, perdona al culpable, y él te ha perdonado a ti».

Entonces, esto lo despierta y mueve todo su ser. Posiblemente, cuando oye el evangelio por primera vez, no le preocupa y hasta lo odia, pero cuando le llega con poder, cuando recibe su mensaje como realmente dirigido a él, entonces una cálida emoción, un amor tierno, un humilde deseo y un sagrado anhelo por el Señor se agitan en su seno.

Además, cuando esta verdad entra en el corazón, ella golpea duramente la arrogancia del hombre, para quitarle la confianza en su propia bondad, y hace que él sienta su culpa; y al hacer eso arranca el gran mal del orgullo.

Además, cuando se recibe esta verdad es seguro que brota en el alma un sentimiento de gratitud. El hombre a quien se le ha perdonado mucho con toda seguridad amará mucho a cambio. La gratitud hacia Dios es el resorte que mueve a la acción santa.

El hombre que hace lo justo no por el cielo o por el infierno, sino porque Dios lo ha salvado, y ama a Dios que lo salvó, es verdaderamente el hombre que ama lo justo. El que ama lo justo porque Dios lo ama, se ha levantado del pantano del egoísmo, y tiene en él una fuente viva que fluirá y se desbordará en una vida santa.

¿Alguna vez vibraste ante un discurso frío sobre la excelencia de la moralidad, sobre las recompensas de la virtud o sobre los castigos de la ley? De ninguna manera; pero prediquen la doctrina de la gracia, exalten el favor soberano de Dios, y observen las consecuencias.

A veces, la predicación ha sido mal presentada, con un lenguaje sin educación, y sin embargo esta doctrina siempre ha movido a la gente. Hay algo en el alma del hombre que busca al evangelio de la gracia, y cuando viene, hay hambre para oírlo.

Hay una dulzura acerca de la misericordia divina, graciosamente dada, que captura el corazón del hombre. Si hay cristianos serios, llenos de amor a Dios y al hombre, son aquellos que saben lo que la gracia ha hecho por ellos. Quienes permanecen fieles ante el reproche y llenos de gozo ante las penalidades son aquellos que están conscientes de su deuda hacia el amor divino.

Si hay quienes se deleitan en Dios mientras viven, y descansan en él cuando mueren, son los hombres que saben que son justificados por la fe en Jesucristo que justifica al impío.

El Señor nos permite conocer el poder del evangelio sobre nuestro yo pecador. El Señor nos hace querer el nombre, la obra, y la persona del Amigo del pecador. Ojalá que nunca olvidemos el pozo del que fuimos sacados, ni la mano que nos rescató, ni la inmerecida bondad que movió a esa mano.

Gloria a ti, oh Señor Jesús, siempre lleno de compasión.

Amén.


Oración para salvación de tu alma:

Altísimo Padre Santo.

Reconozco que soy un pecador y que te he ofendido. Me arrepiento de todos mis pecados. Te entrego hoy mi corazón. Entra en él y cambia mi vida. Le abro la puerta a Jesucristo, tu Hijo amado, que murió y resucitó de los muertos. Límpiame y lávame con la Sangre preciosa que Jesucristo derramó por mí en la cruz. Cámbiame y hazme la persona que Tú quieres que sea. Gracias por escribir mi nombre en el libro de la Vida, y gracias por regalarme la vida eterna.

En el nombre de tu Hijo amado Jesucristo.

Amén.

martes, 5 de mayo de 2015

Ven a la Gracia hoy






La gracia de Dios era desconocida antes que viniera el Hijo de Dios.

El Señor Jesucristo nos mostró, no sólo en sus palabras, sino también en sus obras, cuánto Dios nos ama. He aquí una pequeña muestra de ello.

La gracia de Dios es el amor de Dios que se derrama hacia el hombre sin exigir nada a cambio. La gracia es más que la misericordia y que la bondad. La gracia no se conoció en la antigüedad, porque sólo se manifestó cuando el Señor Jesucristo vino al mundo.

En efecto, la gracia de Dios se desplegó, abundante, en la persona del Señor Jesús, y en sus hechos magníficos. Su caminar en la tierra fue el cumplimiento de su propia palabra: “Más bienaventurado es dar que recibir” (Hch.20: 35). Sus detractores le acusaban de ser “amigo de publicanos y pecadores” (Mt.11: 19). Pero esto, que ellos proferían como una ofensa, era, en verdad, una maravilloso rasgo de su carácter. Él vino a ponerse al alcance de los pecadores.

Así fue con los judíos, y también con los gentiles. El Señor dijo: “Al que a mí viene, no le echo fuera” (Jn.6: 37). Pero aún más, el mismo Señor fue al encuentro de las personas. Fue así con la mujer encorvada (Lc.13:12), el paralítico de Betesda (Jn.5:6); con la mujer samaritana (Jn.4:6-42).

Los que venían a Él podían venir tal como eran, incluso, dudando. Así fue con el padre del niño enfermo, a quien el Señor le dijo: “Si puedes creer, al que cree todo le es posible”. Entonces, “el padre del muchacho, clamando, dijo con lágrimas: ¡Creo, Señor; ayuda mi incredulidad!” (Mr.9:23-24, VM). 

Él nunca rechazó a aquellos que se acercaron a Él, aunque vinieran con una fe prestada (Mr.2:5).

Uno de los dos ladrones, en el Calvario, tuvo un pequeño deseo sincero, se lo dijo al Señor y fue salvo. El publicano era también un hombre deshonesto, pero con sinceridad reconoció su pecado y obtuvo del Señor misericordia para ser declarado justo.

El Señor no exige ni siquiera la fe de los pecadores para salvarlos (exigir tal cosa sería poner una valla imposible de saltar). Basta un corazón sincero.

Era tanta la gracia que desplegaba el Señor, que la gente era sanada con sólo tocar el borde de su manto. Así ocurrió con la mujer enferma de flujo de sangre (Mt.9:20-22), y con una multitud en Genesaret (Mt.14:36).

Basta que un pecador toque “el borde de su manto” y es salvo. Basta entrar en contacto con Él, con su persona. No importa no saber teología, ni la Biblia, ni saber orar. ¡Oh, sólo importa tocarle a Él, y ya el pecador es salvo!.

Por tocarle, todos cuantos tenían plagas caían sobre él, para que se cumpliesen las palabras del profeta: “Él mismo tomó nuestras enfermedades, y llevó nuestras dolencias.”

La hez de la sociedad fue favorecida por su poder: los leprosos, los endemoniados de Gadara, los ciegos de junto al camino. Los afligidos por largas y penosas enfermedades: la mujer con flujo de sangre, el hombre de la mano seca, el muchacho lunático.

¡Cuánto amor derramado! ¡Cuánta gracia! ¡Oh, amoroso y bendito Señor!

Pero, ¿qué diremos de la más grande de sus obras, sin la cual las demás no hubiesen bastado para redimir a los hombres y sacarlos de la condenación?

¡Su muerte en la cruz, el justo por los injustos para llevarnos a Dios!

¡Su muerte para reconciliarnos con Dios, y aún más, para reconciliar todas las cosas con Dios!

Es esta una obra de tan vastos alcances que en la presente era no estamos en condiciones de percibirla cabalmente.

Luego, su resurrección gloriosa y su gracia al incluirnos a nosotros en ella; su victoria sobre la muerte, que es la base de todas nuestras victorias presentes y futuras.

¡Oh amor dulce, oh divina gracia salvadora, oh salvación bendita que viene por Jesucristo, oh gracia, oh verdad de Dios, cuán grandes son tus caminos de amor, Señor!

Tú puedes tener esa Gracia hoy. 

Ven a la Gracia de Dios y él te salvará y sanará tu corazón.


Oración al Padre:

Altísimo Padre Santo.

Reconozco que soy un pecador y que te he ofendido. Me arrepiento de todos mis pecados. Te entrego hoy mi corazón. Cambia mi vida Señor. Le abro la puerta a Jesucristo, tu Hijo amado, que murió y resucitó de los muertos para salvarme. Límpiame y lávame con la Sangre preciosa que Jesucristo derramó por mí en la cruz del calvario. Cámbiame y hazme la persona que Tú quieres que sea de hoy en adelante. Gracias por escribir mi nombre en el libro de la Vida, y gracias por regalarme la vida eterna.

En el nombre de tu Hijo amado Jesucristo.

Amén.





Aguasvivas.cl

lunes, 27 de abril de 2015

El predicador de la cruz







La cruz está en el centro de la vida y la predicación del ministro cristiano. Si no tiene la experiencia y el espíritu de la cruz no podrá impartir la vida de la cruz a otros.


Texto: (1 Corintios 2:1-4) Así que, hermanos, cuando fui a vosotros para anunciaros el testimonio de Dios, no fui con excelencia de palabras o de sabiduría. 2 Pues me propuse no saber entre vosotros cosa alguna sino a Jesucristo, y a éste crucificado. 3 Y estuve entre vosotros con debilidad, y mucho temor y temblor; 4 y ni mi palabra ni mi predicación fue con palabras persuasivas de humana sabiduría, sino con demostración del Espíritu y de poder.




En este pasaje podemos notar tres cosas:

1) El mensaje que predica Pablo;
2) Pablo mismo;
3) Cómo proclama Pablo su mensaje.

1) El mensaje que predica Pablo

El mensaje que predica Pablo es Jesucristo, y éste crucificado. Su tema es la cruz de Cristo o el Cristo de la cruz.

Nosotros hemos de predicar la muerte de Cristo en la cruz por nosotros para que Dios les conceda vida a los que creen.

De nada sirve que conmovamos a la gente con nuestro mensaje y le induzcamos a arrepentirse si sus sentimientos son superficiales y la vida de Dios no penetra en ellos.

Nuestro objetivo es impartirles la vida de Dios para que sean salvos.

Es relativamente fácil hacer que la gente entienda un asunto determinado, y que reciba mentalmente nuestra enseñanza, pero para que reciban vida y poder y experimenten lo que les predicamos, Dios tiene que obrar por medio de nosotros, para dispensarles la vida más abundante.

Jamás debemos olvidar que todas las obras que hacemos tienen el propósito de que seamos cauces de la vida de Dios, para que esa vida fluya al espíritu de la gente.

Así que necesitamos asegurarnos de ser los cauces que Dios pueda utilizar para transmitir vida a otras personas.


2)Pablo mismo

¿Qué se puede decir de Pablo cuando predica la palabra de la cruz?

Él dice esto: "Y estuve entre vosotros con debilidad, y mucho temor y temblor".

¡Porque el mismo Pablo ya es una persona crucificada!

En efecto, para predicar la palabra de la cruz se requiere una persona crucificada.

Pablo no tiene ninguna confianza en sí mismo. Su debilidad y su mucho temor y temblor son las señales indubitables que lo caracterizan como un crucificado.

En cierta ocasión declaró: "Con Cristo estoy juntamente crucificado" (Gál.2:20)… Además dijo: "... cada día muero" (1 Cor.15:31).

Se necesita un Pablo moribundo para proclamar la crucifixión. Sin la muerte del yo, la vida de Cristo no puede fluir de él.

Es relativamente fácil predicar la cruz; pero no es fácil ser una persona crucificada cuando se predica la crucifixión.

Si no somos hombres y mujeres crucificados, no podemos predicar la palabra de la cruz; nadie recibirá la vida de la cruz por medio de nuestra predicación, a menos que nosotros también estemos así crucificados.

Quien no conoce la cruz por experiencia, no es apto para predicar de ella.


3)Cómo proclama Pablo su mensaje

El mensaje de Pablo es la cruz y él mismo es una persona crucificada.

Cuando predica la cruz, él adopta el camino de la cruz. Una persona crucificada predica el mensaje de la cruz en el espíritu de la cruz.

Pablo escribió a los corintios que él no fue a ellos con "excelencia de palabras o de sabiduría" cuando fue a anunciarles "el testimonio de Dios".

Aquí el testimonio de Dios se refiere a la palabra de la cruz.

Pablo no usó palabras sabias y elevadas cuando proclamó el mensaje de la cruz, sino que fue en el espíritu de la cruz; en efecto, él dijo: "Ni mi palabra ni mi predicación fue con palabras persuasivas de humana sabiduría, sino con demostración del Espíritu y de poder."

Tal es en verdad el espíritu de la cruz.

La victoria de Pablo radica en el hecho de que él es realmente una persona crucificada. Él puede, por tanto, proclamar el mensaje de la cruz con la actitud, así como con el espíritu de la cruz.

Al considerar la experiencia de Pablo, ¿no nos revela ella la causa de nuestro fracaso?

¿Con qué espíritu, palabras y actitud predicamos la cruz?

¡Oh! Humillémonos profundamente al encararnos a estas interrogantes, para que Dios tenga misericordia de nosotros y para que los que nos escuchan puedan recibir vida.

¡El hecho de que la gente no reciba vida se debe indudablemente al fracaso de los predicadores!

No es que la palabra haya perdido su poder, sino son los hombres los que han fallado.

Aquellos que no tienen la experiencia de la cruz y por lo mismo carecen del espíritu de la cruz, no pueden impartir la vida de la cruz a otros.

¿Cómo podemos dar a otros lo que nosotros mismos no tenemos?

A menos que la cruz se convierta en nuestra vida, no podremos impartir esa vida a otros. El fracaso de nuestro ministerio se debe al hecho de que tenemos un gran deseo de predicar el mensaje de la cruz, pero sin que esa cruz esté en nosotros.

El que de veras sabe predicar, debe haberse predicado la palabra primero a sí mismo; de lo contrario, el Espíritu Santo no va a obrar por medio de él.

La palabra de la cruz que tantas veces proclamamos no es nuestra realmente, sino sólo prestada; la hemos sacado de los libros que leemos o de las Escrituras que escudriñamos con nuestra capacidad intelectual.

Las personas inteligentes y las que están acostumbradas a predicar son especialmente propensas a tal peligro.

Me temo que todo lo que escudriñan, estudian, leen y oyen hablar sobre los diversos aspectos del misterio de la cruz es para otras personas y no primeramente para sí mismas. ¡El pensar de continuo en otras personas, con descuido de nuestra propia vida espiritual, redundará finalmente en nuestro empobrecimiento espiritual!

Al predicar el mensaje, procuramos presentar en forma diligente y cuidadosa lo que hemos oído, leído y meditado.

En efecto, podemos hablar tan clara y lógicamente, que puede parecer que quienes nos escuchan entienden todo lo que les decimos.

No obstante, aunque nuestros oyentes comprendan con el entendimiento, no hay en nuestras palabras ese poder apremiante para hacerlos esforzarse por conseguir lo que entienden.

Es como si el conocer la teoría de la cruz les fuera suficiente. Ellos pueden llegar a sentirse satisfechos de entenderla, pero si no reciben vida, no llega a ser experiencia en ellos.

Así que, nunca seamos presumidos, pensando que nuestra elocuencia puede influir en el ánimo de los oyentes.

Podemos conmoverlos momentáneamente, pero lo único que reciben de nosotros son pensamientos y palabras. El no lograr impartir vida no contribuye en nada al andar espiritual de los hombres.

¿De qué sirve darle a la gente tan sólo pensamientos y palabras?

Como hemos visto, las dos principales razones por las cuales no impartimos vida cuando predicamos de la cruz son:
a) nosotros mismos no tenemos la experiencia de la cruz, y b) no predicamos la palabra de la cruz en el espíritu de la cruz

¡Que esto penetre profundamente en nuestros corazones y nos haga reflexionar en la vanidad de nuestras obras pasadas!

Si de veras estamos unidos a la cruz, Dios nos hará triunfar en todas partes. Quiera Dios despertarnos a todos los que somos siervos inútiles, para que lleguemos a ser obreros "que no tienen de qué avergonzarse" (2 Timoteo 2:15).

¡Bendiciones para todos!




Watchman Nee

No estás solo

  Yo haré que queden en Israel siete mil, cuyas rodillas no se doblaron ante Baal, y cuyas bocas no lo besaron». – 1 Reyes 19:18. Remanente ...