"No
me elegisteis vosotros a mí, sino que yo os elegí a vosotros, y os he puesto
para que vayáis y llevéis fruto, y vuestro fruto permanezca..."
(Juan 15:16).
Estas palabras del
Señor Jesús están insertas en su discurso de la Vid verdadera.
La alegoría que Él hace es
hermosa, didáctica, y la enseñanza espiritual acerca de la unión indestructible
entre Cristo y los suyos fluye sencilla y fácil de comprender.
El Señor Jesús es la Vid y
nosotros los pámpanos. El Padre nos ha puesto en la Vid verdadera para que
llevemos fruto, mucho fruto.
Sin embargo, no son los
hermosos racimos de uvas el fruto más preciado de un pámpano, sino el vino.
Por eso, en las Escrituras
no se concibe una viña sin lagar. Así es, por ejemplo, en Isaías 5:2, cuando el
Señor compara a Israel con una viña.
Cuando el Señor dice en
esta alegoría de Juan 15: "Vuestro
fruto permanezca", probablemente no se refiera a la uva –que es
pasajera, poco durable– sino al vino, porque el vino, cuanto más añejo, es
mejor.
