martes, 10 de febrero de 2015

Venciendo obstáculos





Cuando oramos, la primera dificultad tiene que ver con las personas por las cuales oramos.

Porque a menudo pensamos: Si ellos son libres para decidir su destino, y si han decido seguir un destino lejos de Dios, ¿de qué vale que oremos si Dios no puede alterarlo?

Pero si miramos las Escrituras veremos a Dios muchas veces disponiendo del corazón del hombre con la libertad que sólo el Dios todopoderoso puede hacer.

¿Consultó Dios a Faraón para ver si quería desempeñar el papel de "duro" frente a Moisés?

La Escritura dice, simplemente, que Dios endureció su corazón (Rom. 9:16-18).

¿Preguntó Dios a Ciro si él quería favorecer a los israelitas para que reconstruyeran el templo en Jerusalén?

La Escritura dice que Dios "despertó el espíritu de Ciro" para que promoviese la causa de los israelitas (Esd. 1:1).

¿Consultó Dios a Nabucodonosor si deseaba ser convertido en bestia? Pero Dios lo hizo (Dan. 4:31-37).

Estos tres reyes representan toda la grandeza y la soberbia humanas.

Sin embargo, Dios –que gobierna en el universo– gobernaba también sobre sus corazones.

La soberanía de Dios se expresó claramente en estos reyes en el pasado. ¿Será así también en el futuro?

Apocalipsis 17 nos dice que diez reyes asolarán a Babilonia, "porque Dios ha puesto en sus corazones el ejecutar lo que él quiso" (v, 17).

Eso no ha sucedido aún: es una profecía. Pero sabemos que se cumplirá, porque Dios lo ha dicho, no importa la grandeza o la oposición que estos reyes pudieran hacer a Dios.

En Apocalipsis 3:7 dice: "Esto dice el Santo, el Verdadero, el que tiene la llave de David, el que abre y ninguno cierra, y cierra y ninguno abre: Yo conozco tus obras; he aquí, he puesto delante de ti una puerta abierta, la cual nadie puede cerrar...".

Aquí, la iglesia en Filadelfia ha recibido la gracia de tener el favor de Dios para realizar Su Obra, y nadie se le puede oponer. Dios abre y Dios cierra, punto.

Cuando el apóstol Pablo, en dos pasajes de la epístola de Romanos, toca el asunto de la libertad del hombre versus la soberanía de Dios no concluye el razonamiento de manera lógica (con lógica humana, 3:3-9 y 9:11-21), sino que exalta la soberanía de Dios.

El apóstol invita al hombre a inclinar su cabeza y a aceptar, simplemente, los designios de Dios.

Esto nos podría poner a pensar que si Dios es impotente frente al libre albedrío del hombre, frente a la dureza y soberbia humanas, entonces, ¿de qué vale que toquemos a las puertas del Cielo pidiendo por la salvación de los hombres rebeldes? Supuestamente Dios no podrá con ellos.

Pero esto no es así. Cuando Dios dice en Su Palabra: "Pedid y se os dará; buscad y hallaréis; llamad y se os abrirá. Porque todo aquel que pide, recibe; y el que busca, halla; y al que llama, se le abrirá" (Mateo 7:7-8), está afirmando tácitamente que Él puede hacer todo aquello que pedimos, buscamos o por lo cual llamamos.

Por la oración vamos al Padre y pedimos que él toque a los hombres y los convierta. Que Él derribe a los Nabucodonosores, a los Faraones y a los Ciros de estos tiempos y haga con ellos su voluntad.

Pediremos por quienes el Padre ha puesto en nuestro corazón, e insistiremos hasta que Él nos conceda lo que pedimos.

Otro de los obstáculos que se presentan en la oración son las circunstancias. Muchas veces las circunstancias se presentan tan hostiles a la oración que desalientan el corazón del creyente.

En tal momento parece que Dios no podrá reordenarlas para que cooperen con Su voluntad. Pero cuando leemos las Escrituras, vemos a Dios burlándose de las circunstancias adversas y ordenándolas de acuerdo a Su propósito.

Veamos: El pueblo de Dios es esclavo en Egipto. La grandeza del imperio se sustenta en la mano de obra de los esclavos judíos. Dios envía un mensaje a Faraón diciéndole que deje ir a su pueblo para adorar en el desierto. Pero Faraón se niega rotundamente una y otra vez.  

Pero, aunque Faraón era poderoso, Dios Es Todopoderoso. Y Dios ordenó las circunstancias; Dios hizo desencadenar los eventos necesarios, uno tras otro, con la fuerza incontenible de los Hechos Divinos, hasta que la resistencia de Faraón se rompió y todo estuvo ordenado para el cumplimiento de los designios del Eterno Jehová.

Otro hecho posterior es éste: Israel es esclavo en Babilonia. ¿Cómo puede Dios cumplir su designio de sacar a su pueblo de Babilonia, si el más poderoso reino le tiene dominado, y el propio Israel ni siquiera desea volver a su tierra?

Pero Dios se suscita la oración de un hombre como Daniel para que ore a Dios, y entonces Dios despierta a Ciro, el rey, y a los jefes judíos para ir a Jerusalén.

Su designio otra vez se cumple, porque Él mismo ha ordenado las circunstancias para tal fin.

Pero esto no es así sólo con los grandes imperios del pasado. También lo es en lo pequeño, en las menudas circunstancias domésticas.

En Mateo capítulos 1 y 2, Dios ordena las circunstancias de una manera muy simple, mediante cinco sueños para salvar a José, María y a Jesús.

En Hechos 12, Herodes mete a Pedro en la cárcel bajo amenaza de muerte. ¿Será sacrificado igualmente que Jacobo, el hermano de Juan?

Pedro estaba sujeto con cadenas y custodiado por cuatro piquetes de cuatro soldados cada uno. Y una pesada puerta de hierro era un inexpugnable bastión para cualquiera que quisiera libertarle.

No obstante, Pedro fue liberado. Dios movió a sus ángeles y los guardias fueron burlados. ¿Qué ocurrió? Dios actuó en respuesta a la oración de la iglesia (Hechos 12:5), sin solicitarle permiso a Herodes ni al alguacil de la cárcel, y menos a los soldados.

Más adelante, Pablo hace la obra de Dios como apóstol. Y dirigido por el Espíritu Santo, llega a Filipos. Allí necesita una "cabeza de playa" para iniciar su obra.

Pablo acude cerca del río, donde solían orar, y hablan a las mujeres que se habían reunidos. Allí está Lidia, la vendedora de púrpura… ella cree y les hospeda. Y entonces allí surge la iglesia en Filipos.

¿Encuentros fortuitos? ¿Cómo había llegado Pablo a Filipos?

Dios le había mostrado “el hacer”, mediante una visión. Dios había preparado las circunstancias allí para hacer, por medio del Apóstol  Pablo, Su Obra. Y los corazones de los que habían de creer ya estaban preparados para la fe.

Así, vemos que las circunstancias no son un obstáculo para Dios, y que por la oración ellas pueden ser ordenadas para que colaboren con la voluntad de Dios.

Otro de los obstáculos en la oración del creyente es el enemigo, Satanás.

Muchas veces nuestro corazón desfallece cuando vemos que nuestro enemigo es tan malo y cruel. Parece que nada ni nadie puede oponérsele. Sin embargo, tenemos que declarar que él está vencido.

La derrota del enemigo fue anunciada muy tempranamente, en el mismo huerto de Edén: "Y pondré enemistad entre ti y la mujer, y entre tu simiente y la simiente suya; ésta te herirá en la cabeza, y tú le herirás en el calcañar" (Gén. 3:15).

Aquí se habla de dos heridas. La herida del Señor Jesús fue la exposición al vitupero y a la crucifixión; pero la herida de Satanás fue su derrota y destrucción eternas por esa misma crucifixión de Jesucristo en la cruz. "Así que, por cuanto los hijos participaron de carne y sangre, él (Cristo) participó de lo mismo, para destruir por medio de la muerte al que tenía el imperio de la muerte, esto es, al diablo" (Heb. 2:14).

Y también fue la derrota de todos los demás poderes infernales (Col. 2:15).

En el Antiguo Testamento hay dos figuras o tipos claramente ilustrativos de la derrota de Satanás. En ambos casos la victoria del pueblo de Dios despierta un júbilo desbordante, con canciones y danzas.

La primera es la derrota de Faraón de Egipto en el Mar Rojo (Éxo.  14), y la segunda es la derrota de Goliat en manos de David (1 Sam. 17).

¿Cómo no se alegrará el pueblo de Dios por la derrota del enemigo de Dios y enemigo suyo?

Cuando el Señor Jesús comenzó su ministerio derrotó a Satanás en el desierto (Mat. 4:1-11).

Fue la primera vez que un hombre vencía a Satanás en un encuentro frontal. Era la venganza por la derrota del primer hombre, Adán, en el huerto.

En esta ocasión, el Señor Jesús ató al hombre fuerte (Mat. 12:29), y desde entonces comenzó a arrebatarle las almas de las personas que el maligno tenía cautivas.

Hoy en día, los hijos de Dios tenemos que pedirle al Señor Jesús que le vuelva a atar, que le quite sus armas, para que nosotros podamos repartirnos el botín (Lucas 11:21-22).

Más aún, nosotros mismos –como iglesia– podemos atarle, porque hemos recibido autoridad para hacerlo (Mat. 18:18).

Por un poco de tiempo tiene el enemigo todavía algún ámbito en el que puede moverse, pero él está siempre restringido y controlado por nuestro Dios, y por las oraciones de su pueblo.

Todavía el Señor se sirve de él para nuestro bien, por eso le permite actuar. Pero la oración del pueblo de Dios es absolutamente efectiva contra él, y debemos de ejercerla con diligencia y exhaustividad, abarcando todas las áreas en que él parece estar interesado en estorbar la voluntad de Dios.

Cuando Daniel oró, hubo fuerzas enemigas que impidieron la llegada de la respuesta por algún tiempo, pero eso no impidió que llegara (Dan. 10:12-14).

Sí ayudó a que Daniel se ejercitara en la oración y en la paciencia. Así, pues, aun la oposición de Satanás puede favorecernos, si persistimos hasta conseguir el fin de la oración, porque, de paso, nos habremos despojado de la pereza y habremos ganado en paciencia. "...a fin de que no os hagáis perezosos, sino imitadores de aquellos que por la fe y la paciencia heredan las promesas" (Heb. 6:12).

Un cuarto problema a la oración lo ofrecemos nosotros mismos, los creyentes.

Muchos de nosotros somos pusilánimes para orar debido a que nos miramos a nosotros mismos más que a Dios. Y una conciencia cargada no podrá orar a Dios con confianza.

Es preciso ver que la sangre de nuestro Señor Jesucristo en la cruz limpia nuestra conciencia, y nos hace aptos para presentarnos delante de Dios con nuestras peticiones. Ahora podemos olvidarnos de nosotros mismos, y mirar a Dios con confianza.

Además, nuestra incredulidad, nuestra falta de ejercicio y nuestra inconstancia parecen escollos insalvables y pueden más que las santas promesas de Dios, a la hora de enfrentar este asunto.

Siendo así, no vemos:

a) lo que el Padre ha hecho al ofrecernos en Cristo, de pura gracia, todas las cosas. "El que no escatimó ni a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará también con él todas las cosas?" (Rom. 8:32).

b) las promesas ciertísimas del Señor Jesús de darnos todo lo que le pidamos. "Y todo lo que pidiereis al Padre en mi nombre, lo haré, para que el Padre sea glorificado en el Hijo" (Juan 14:13). "Y esta es la confianza que tenemos en él, que si pedimos alguna cosa conforme a su voluntad, él nos oye. Y si sabemos que él nos oye en cualquier cosa que pidamos, sabemos que tenemos las peticiones que le hayamos hecho" (1 Juan 5:14-15). "Nos ha dado preciosas y grandísimas promesas" (2 Pedro 1:4).

c) la preciosa obra del Espíritu Santo a nuestro favor para ayudarnos en nuestra debilidad, intercediendo por nosotros con gemidos indecibles: "Y de igual manera el Espíritu nos ayuda en nuestra debilidad; pues qué hemos de pedir como conviene, no lo sabemos, pero el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos indecibles" (Rom. 8:26).

Nada de esto es asumido cuando el corazón está lleno de incredulidad y pereza. Pero Dios nos habla a tiempo para que despertemos a la fe y a la diligencia, para que cobremos con paciencia las promesas de Dios y obtengamos lo que pedimos.

"Pero deseamos que cada uno de vosotros muestre la misma solicitud hasta el fin, para plena certeza de la esperanza, a fin de que no os hagáis perezosos, sino imitadores de aquellos que por la fe y la paciencia heredan las promesas" (Heb. 6:11-12).

Y Santiago dice: "No tenéis lo que deseáis, porque no pedís" (4:2 b).

El Señor Jesús mismo nos dice: "Pedid y se os dará; buscad, y hallaréis; llamad, y se os abrirá" (Mat. 7:7).

¿Qué diremos nosotros entonces? ¿Hay algún impedimento insalvable?

¿Hay alguna voluntad que se oponga al deseo de Dios?

Si tocamos el corazón de Dios, alineando nuestra voluntad a la suya, no habrá ninguna voluntad u obstáculo en el mundo que pueda impedir que recibamos lo que Dios ha decidido darnos.

¡Dios te bendiga!




Aguasvivas.cl


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