viernes, 15 de mayo de 2015

¿Quiénes necesitan el evangelio?






¿Quiénes necesitan el evangelio?



Por Charles Spurgeon



El evangelio no ha sido enviado al mundo como una recompensa para las personas buenas o excelentes.

Nuestra misión es mostrar que el evangelio está dirigido a los pecadores, y tiene puestos sus ojos en los culpables; que no ha sido enviado al mundo como una recompensa para las personas buenas o excelentes, o para aquellos que piensan que tienen ciertas cualidades o que están preparados para el favor divino; sino que está destinado a los que quebrantan la ley, a los indignos, a los impíos, a quienes se han extraviado como ovejas perdidas, o han abandonado la casa de su padre como el hijo pródigo.

I. Primero, aun una mirada superficial a la misión de nuestro Señor basta para mostrar que su obra fue para el pecador.

La venida del Hijo de Dios a este mundo como Salvador significó que los hombres necesitaban ser liberados de un mal muy grande por medio de una mano divina. La venida de un Salvador que mediante su muerte proporcionaría el perdón para el pecado del hombre, significó que los hombres eran sumamente culpables, e incapaces de procurarse el perdón por medio de sus propias obras.

¿Qué justifica la encarnación sino la ruina del hombre? ¿Qué puede explicar la vida de sufrimiento de nuestro Señor sino la culpa del hombre? Sobre todo, ¿qué explica su muerte y la nube bajo la cual murió sino el pecado del hombre? «Todos nosotros nos descarriamos como ovejas. Pero Dios cargó en él el pecado de todos nosotros». Ésa es la respuesta a un enigma que, de cualquier otra manera, no tendría respuesta.

Si damos una mirada al pacto bajo el cual vino nuestro Señor, pronto notamos que su orientación es hacia los hombres culpables. Si hubiera existido una salvación por obras hubiera sido por medio de la ley, ya que la ley es íntegra y justa y buena; pero el nuevo pacto evidentemente trata con pecadores, porque no habla de recompensa al mérito, sino que, promete sin condiciones: «Seré misericordioso en cuanto a sus injusticias y jamás me acordaré de sus pecados».

Moisés viene para mostrarnos cómo se debe comportar el hombre santo, pero Jesús viene para revelar cómo puede ser limpiado el impuro.

Siempre que oímos acerca de la misión de Cristo, es descrita como una misión de misericordia y gracia. En la redención que es en Cristo Jesús, es la misericordia de Dios la que siempre es exaltada.

Pero, hermanos, la misericordia implica pecado: no se puede reservar ninguna misericordia para los justos, porque es la justicia misma quien les otorga todo lo bueno. Asimismo la gracia sólo puede otorgarse a los pecadores. ¿Qué gracia necesitan aquellos que han guardado la ley, y merecen el bien de las manos de Jehová?

Para ellos la vida eterna sería más bien una deuda, una recompensa muy bien ganada; pero si se toca el tema de la gracia, de inmediato hay que eliminar la idea de mérito y hay que introducir otro principio. Sólo se puede practicar la misericordia allí donde hay pecado, y la gracia no se puede otorgar sino a quienes no tienen ningún mérito.

El evangelio lanza sus invitaciones; pero estas invitaciones están dirigidas a quienes están cargados con el peso del pecado, y están fatigados tratando de escapar de sus consecuencias. Llama a aquellos que están necesitados, sedientos, pobres y desnudos y todas estas condiciones son figuras de estados equivalentes producidos por el pecado.

Los propios dones del evangelio implican pecado; la vida es para los muertos, la vista es para los ciegos, la libertad es para los cautivos, la limpieza es para los sucios, el perdón es para los pecadores.

Las descripciones que hace el evangelio de sí mismo usualmente apuntan hacia el pecador. El gran rey que hace una fiesta y no encuentra a ningún invitado que se siente a la mesa entre aquellos que naturalmente se esperaba que llegaran, pero que obliga a los hombres que van por los caminos y por los callejones a entrar a su fiesta.

Si el evangelio se describe él mismo como una fiesta, es una gran fiesta para los ciegos, para los cojos, y para los lisiados; si se describe a sí mismo como una fuente, es una fuente abierta para limpiar el pecado y las impurezas. En todas partes, en todo lo que hace y dice y da a los hombres, el evangelio se manifiesta como el amigo del pecador.

El evangelio es un hospital para los enfermos, nadie sino el culpable aceptará sus beneficios; es medicina para los enfermos, los sanos y los que creen en su propia justicia nunca podrán gustar sus sorbos salvadores. El evangelio siempre ha encontrado sus más grandes trofeos entre los más grandes pecadores: alista a sus mejores soldados no solo de las filas de los culpables sino de los rangos de los más culpables.

El evangelio se basa sobre el principio de quien ha tenido mucho que perdonársele, ése amará más, y así su Señor misericordioso se deleita buscando a los más culpables y manifestándose a ellos con amor abundante y sobreabundante, diciendo: «He borrado como niebla tus rebeliones, y como nube tus pecados». Hay otra reflexión que está muy cerca de la superficie, es decir, que si el evangelio no mira hacia los pecadores, ¿a quién más podría mirar?

Sepan, oh hombres, que no vive en la faz de la tierra un hombre a quien Dios pueda mirar con placer si considerara a ese hombre a la luz de Su ley. Ningún corazón por naturaleza es sano o justo ante Dios, ninguna vida es pura o limpia cuando el Señor viene para examinarla con sus ojos que todo lo ven.

Estamos encerrados en la misma prisión con todos los culpables; si no somos igualmente culpables, sí somos culpables en la medida de nuestra luz y de nuestro conocimiento, y cada uno es condenado justamente, porque nos hemos descarriado en nuestro corazón y no hemos amado al Señor. ¿A quién, entonces, podría mirar el evangelio si no dirigiera sus ojos hacia el pecador?

II. En segundo lugar, si hubiera algo bueno en nosotros sería puesto por la gracia de Dios, y ciertamente no estaba ahí cuando, en el principio, las entrañas del amor de Dios comenzaron a moverse hacia nosotros.

Si toman la primera señal distintiva de salvación que fue realmente visible en la tierra, es decir, la venida de Cristo, se nos dice que: «Dios muestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros». Este fue el fruto del gran amor del Padre «que nos amó, aun estando nosotros muertos en pecados».

Cuando tu corazón era duro, cuando no te querías arrepentir ni someterte a Dios sino que te rebelabas más y más, él te amó con afecto supremo. ¿Por qué una gracia tal? ¿Por qué habría de ser, sino es porque su naturaleza está llena de bondad y él se deleita en la misericordia?

Miren aún más detalladamente. ¿Qué vino a hacer nuestro Señor al mundo? Aquí está la respuesta. Él vino para ser quien cargara con el pecado: ¿y creen ustedes que vino para cargar sólo con los pecados pequeños, los pecados sin importancia del mejor tipo de hombres, si existen tales pecados? ¿Suponen que es un pequeño Salvador, que vino para salvarnos de las pequeñas ofensas?

Si no hay pecado, entonces la cruz es una equivocación, entonces el lama sabactani fue sólo una queja contra una crueldad innecesaria. La existencia de un gran pecado está implícita en la venida de Cristo, y esa venida fue hecha necesaria por el pecado, contra el cual Jesús viene como nuestro libertador.

Hermanos, todos los dones que Jesucristo vino a dar, o la mayor parte de ellos, implican que hay pecado. ¿Cuál es su primer don sino el perdón? ¿Cómo puede perdonar a un hombre que no ha transgredido? Hablo con toda reverencia, no puede haber una cosa tal como perdón donde no hay ofensa cometida.

Nuestro Señor Jesucristo vino ceñido también con poder divino. «El Espíritu del Señor está sobre mí». ¿Con qué fin fue cubierto con poder divino a menos que el pecado hubiera tomado todo el poder y la fuerza del hombre, y que el hombre estuviera en una condición de la cual no podía ser levantado excepto por la energía del Espíritu eterno? ¿Y qué implica esto sino que la misión de Cristo se dirige a aquellos que a través del pecado están sin fuerza y sin mérito ante Dios?

El Espíritu Santo es dado porque el espíritu del hombre ha fallado: porque el pecado ha quitado la vida al hombre, y lo ha dejado muerto en transgresiones y pecados. Por tanto viene el Espíritu Santo para reanimarlo dándole una nueva vida, y ese Espíritu viene por Jesucristo. Por consiguiente la misión de Jesucristo es claramente para el culpable.

Vuélvanse a contemplar el llamamiento eficaz, y vean cuán delicioso es verlo como una llamada que vivifica a los muertos, y llama a las cosas que no existen como si existieran, como una llamada a los condenados para darles perdón y favor.

Vuélvanse a continuación hacia la adopción. ¿Cuál es la gloria de la adopción, sino que Dios ha adoptado a aquellos que eran extraños y rebeldes para hacerlos sus hijos?

III. Ahora, en tercer lugar, es evidente que es nuestra sabiduría aceptar la situación. Sé que para muchos esta es una doctrina de amargo sabor. Bien amigo, es mejor que cambies tu paladar, porque nunca serás capaz de alterar esa doctrina.

Hay quienes objetan: «No admiro este sistema. ¿Voy a ser salvo de la misma manera que un ladrón moribundo?». Precisamente así es, a menos que sucediera que te sea dada mayor gracia a ti que a él.

Oh, hijos de padres piadosos, ustedes jóvenes de excelente moral y conciencias delicadas, a ustedes les hablo. Alégrense de sus privilegios, pero no se jacten de ellos, porque ustedes también han pecado, han pecado contra la luz y el conocimiento, ustedes lo saben.

Si no han caído en los pecados más terribles, sin embargo en el deseo y en la imaginación ya se han extraviado lo suficiente, y en muchas cosas han ofendido terriblemente a Dios. Si, con estas consideraciones ante ustedes, toman su lugar como pecadores no serán deshonrados, sino que simplemente estarán en donde deben estar.

Ahora pues, pobre alma, siéntate ante el Señor y di: «Señor, ¿vino tu Hijo a salvar a los culpables? Yo lo soy y confío en él para que me salve. ¿Murió él por los impíos? Yo soy uno, Señor, confío en que su sangre me limpie. ¿Su muerte fue por los pecadores? Señor, asumo esa posición. Me confieso culpable. Acepto la sentencia de tu ley como justa, pero sálvame, Señor, pues Jesús murió».

IV. Ahora, concluyendo, esta doctrina tiene una gran influencia santificadora. «Eso», dice alguien, «no lo puedo creer. Seguramente has estado otorgando un valor al pecado al decir que Cristo vino a salvar solo a los pecadores, y no llama al arrepentimiento sino a los pecadores».

La opinión que la gracia inmerecida se opone a la moralidad, no tiene ningún fundamento. Ellos sueñan que la doctrina de la justificación por la fe conducirá al pecado, pero se puede demostrar por la historia que, cada vez que esta doctrina ha sido fielmente predicada, los hombres han sido más santos, y cada vez que esta verdad ha sido oscurecida, ha abundado todo tipo de corrupción.

Veamos el poder santificante de este evangelio. Su primera operación en esa dirección es ésta: cuando el Espíritu Santo hace penetrar la verdad del perdón inmerecido en un hombre, éste cambia completamente sus pensamientos en lo que concierne a Dios. «¿Qué?», dice él, «¿me ha perdonado gratuitamente Dios de todas mis ofensas por causa de Cristo? ¿Y me ama a pesar de todo mi pecado? ¡Yo no sabía que él fuera así, tan bueno y lleno de gracia! Pensé que él era duro; pero, ¿así siente él por mí?». «Entonces», dice el alma, «entonces yo lo amo por eso». Hay un cambio radical de sentimientos en el hombre, un giro completo, cuando él entiende la gracia redentora y el amor hasta la muerte. Al contemplar la gracia se produce la conversión.

Le hablaste al pecador acerca de hacer el bien, de lo justo, de la justicia, de la recompensa y del castigo, y él oyó todo eso que pudo haber tenido una cierta influencia sobre él, pero no lo sintió profundamente.

Una enseñanza así es demasiado fría para encender el corazón. Pero la verdad que llega al corazón del hombre sí le parece nueva y excitante. «Dios por su pura misericordia, perdona al culpable, y él te ha perdonado a ti».

Entonces, esto lo despierta y mueve todo su ser. Posiblemente, cuando oye el evangelio por primera vez, no le preocupa y hasta lo odia, pero cuando le llega con poder, cuando recibe su mensaje como realmente dirigido a él, entonces una cálida emoción, un amor tierno, un humilde deseo y un sagrado anhelo por el Señor se agitan en su seno.

Además, cuando esta verdad entra en el corazón, ella golpea duramente la arrogancia del hombre, para quitarle la confianza en su propia bondad, y hace que él sienta su culpa; y al hacer eso arranca el gran mal del orgullo.

Además, cuando se recibe esta verdad es seguro que brota en el alma un sentimiento de gratitud. El hombre a quien se le ha perdonado mucho con toda seguridad amará mucho a cambio. La gratitud hacia Dios es el resorte que mueve a la acción santa.

El hombre que hace lo justo no por el cielo o por el infierno, sino porque Dios lo ha salvado, y ama a Dios que lo salvó, es verdaderamente el hombre que ama lo justo. El que ama lo justo porque Dios lo ama, se ha levantado del pantano del egoísmo, y tiene en él una fuente viva que fluirá y se desbordará en una vida santa.

¿Alguna vez vibraste ante un discurso frío sobre la excelencia de la moralidad, sobre las recompensas de la virtud o sobre los castigos de la ley? De ninguna manera; pero prediquen la doctrina de la gracia, exalten el favor soberano de Dios, y observen las consecuencias.

A veces, la predicación ha sido mal presentada, con un lenguaje sin educación, y sin embargo esta doctrina siempre ha movido a la gente. Hay algo en el alma del hombre que busca al evangelio de la gracia, y cuando viene, hay hambre para oírlo.

Hay una dulzura acerca de la misericordia divina, graciosamente dada, que captura el corazón del hombre. Si hay cristianos serios, llenos de amor a Dios y al hombre, son aquellos que saben lo que la gracia ha hecho por ellos. Quienes permanecen fieles ante el reproche y llenos de gozo ante las penalidades son aquellos que están conscientes de su deuda hacia el amor divino.

Si hay quienes se deleitan en Dios mientras viven, y descansan en él cuando mueren, son los hombres que saben que son justificados por la fe en Jesucristo que justifica al impío.

El Señor nos permite conocer el poder del evangelio sobre nuestro yo pecador. El Señor nos hace querer el nombre, la obra, y la persona del Amigo del pecador. Ojalá que nunca olvidemos el pozo del que fuimos sacados, ni la mano que nos rescató, ni la inmerecida bondad que movió a esa mano.

Gloria a ti, oh Señor Jesús, siempre lleno de compasión.

Amén.


Oración para salvación de tu alma:

Altísimo Padre Santo.

Reconozco que soy un pecador y que te he ofendido. Me arrepiento de todos mis pecados. Te entrego hoy mi corazón. Entra en él y cambia mi vida. Le abro la puerta a Jesucristo, tu Hijo amado, que murió y resucitó de los muertos. Límpiame y lávame con la Sangre preciosa que Jesucristo derramó por mí en la cruz. Cámbiame y hazme la persona que Tú quieres que sea. Gracias por escribir mi nombre en el libro de la Vida, y gracias por regalarme la vida eterna.

En el nombre de tu Hijo amado Jesucristo.

Amén.

lunes, 11 de mayo de 2015

El hombre natural





Pero el hombre natural no percibe las cosas que son del Espíritu de Dios, porque para él son locura, y no las puede entender, porque se han de discernir espiritualmente.
(1 Corintios 2: 14)



¿Cuál es la naturaleza más íntima del hombre?

¿Cuál sería la radiografía del hombre -si pudiésemos realizar una- tal como Dios lo ve?

En la Biblia el hombre en su estado normal es conocido como "el hombre natural". Veamos cuál es su condición.

El término "hombre natural" es fácil de comprender. Bajo este título nosotros encontramos cualquier sombra posible de carácter, de temperamento y de disposición humana.

En la esfera de su naturaleza, el hombre se mueve entre dos extremos: usted puede verlo en su punto más alto de culturización, o puede verlo en el punto más bajo de su degradación.

Puede verlo rodeado con todas las ventajas, las riquezas materiales, los refinamientos y las así llamadas dignidades de la vida de la civilización, o puede encontrarlo hundido en las costumbres más vergonzosas de la existencia salvaje.

Puede verlo en casi todos los grados y rangos, clases y castas, en las cuales la familia humana se ha distinguido a sí misma.

Luego, aun en una misma clase o casta, usted puede encontrar los más vívidos contrastes en la forma de ser de su carácter, temperamento y disposición.

Allí, por ejemplo, hay un hombre de un temperamento tan atroz que él realmente causa horror a todo aquel que lo conoce; él es lo peor de su círculo familiar y es una perfecta nulidad para la sociedad.

Puede ser comparado a un puerco-espín con sus aristas perfectamente levantadas, y si usted se encuentras con él no querrá volverlo a ver nunca más.

También tenemos, por otro lado, a un hombre con la más dulce de las disposiciones y con un temperamento de lo más amigable.

Es tan sugestivo como el otro es repulsivo. Es tierno, amoroso, es un esposo fiel, amable, afectuoso, un padre muy considerado, inteligente, un vecino amable, un amigo generoso y amado por todos, y justamente, mientras usted más lo conoce más le agrada, y si lo encuentra una vez le agradaría volverlo a encontrar una y otra vez.

Podemos encontrar en la esfera de la naturaleza a un hombre que es falso, entrañablemente malo. Se deleita en la mentira y el engaño. Es un hombre vil aun en sus pensamientos, en sus palabras y en su forma de ser, tanto, que a  nadie le agradaría tenerlo cerca.

Por otra parte, puede encontrar usted un hombre con grandes principios, franco, honorable, generoso, un hombre a quien realmente le avergonzará decir una mentira o realizar un acto vil. Su reputación es intachable, tiene un carácter excepcional.

Su palabra es tomada muy en cuenta; es una persona con la cual cualquiera de nosotros le gustaría tratar, con un carácter natural casi perfecto; un hombre del que nosotros podríamos decir, como dijo el Señor Jesús a aquél hombre rico: " Aún te falta una cosa", (Luc. 18:22).

Finalmente, a medida que vemos la esfera de la naturaleza humana, nos podemos encontrar con el ateo, cuyo agrado es negar la existencia de Dios.

Es el infiel que niega la revelación de Dios, es el escéptico y el racionalista que no cree en nada, y, por otro lado, podemos hallar al devoto supersticioso que ocupa su tiempo en oraciones, ordenanzas y ceremonias, y que se siente seguro de haber ganado un lugar en el cielo debido a sus observancias religiosas, debido a sus obras.

Podemos encontrar una gama inimaginable de opiniones religiosas, de iglesias altas, iglesias bajas, o sencillamente de gentes sin iglesias, hombres que sin una chispa de vida divina en sus almas están contendiendo por las formas sin poder de una religión tradicional.

Ahora bien, existe un inmenso, terrible y solemne hecho común a todas estas varias clases y castas, grados y condiciones de hombres que ocupan la esfera de lo natural: Y es que no existe ni un solo lazo entre ellos y el cielo, no existe ni una sola forma de unión entre el Salvador que se sienta a la diestra de Dios, y ellos. Ni un solo lazo con la nueva creación.

Ellos son inconversos y sin Cristo. En lo tocante a Dios, a Cristo, a la vida eterna y al cielo, todos, aun cuando difieren moral, social, cultural o religiosamente, todos ellos se ubican en el mismo lado: están lejos de Dios, sin Cristo, están en sus pecados, están en su carne, ellos son del mundo, están en el mundo y están en camino directo al infierno.

Hay mucha, mucha gente que no quiere creer esto, pero realmente debemos escuchar la voz de las Sagradas Escrituras.

Los falsos maestros pueden negarlo. Los infieles pueden pretender -sonriendo- que esto no es verdad, pero la Escritura Sagrada es clara con respecto a esto: habla acerca de los lugares donde el fuego nunca se apaga y donde los gusanos no mueren.

Y es realmente una tontería ponernos a pensar que cualquiera de nosotros podría quedar fuera del testimonio de la Palabra de Dios con respecto a este tema.

Es mucho  mejor que el  testimonio caiga con todo su peso y autoridad sobre el corazón y la conciencia; es infinitamente mejor huir de la ira venidera, que atreverse a negar lo que viene, porque cuando venga, permanecerá para siempre. Sí, para siempre.

¡Qué tremendo pensamiento!

¡Qué consideración más abrumadora!

Ojalá que esto hable a los no convertidos para que los lleve a gritar: "¿Qué debo hacer para ser salvo?" (Hech. 16:30)

Sí, aquí está la pregunta: "¿Qué debo hacer para ser salvo?".

Y la divina respuesta se encuentra en las siguientes palabras que salieron de los labios de los más altos embajadores de Cristo: "Arrepiéntete y conviértete", dijo Pedro al Judío. "Cree en el Señor Jesucristo", dijo Pablo al Gentil.

Y de nuevo, el último de estos dos benditos mensajeros define este aspecto: "Testificando al judío y también al griego para que se vuelvan a Dios, y crean en el Señor Jesucristo". (Hech.20:21)

¡Qué simple, pero qué real!

¡Qué profundo y qué terriblemente práctico!.

No es una fe nominal o de la mente. No es decir "yo creo". No, es algo mucho más profundo y más serio que eso.

Es realmente muy alarmante que una gran cantidad de fe profesada en nuestros días sea terriblemente superficial, y que muchos de los que asisten a las reuniones y conferencias sean oidores insensibles. El arado de la convicción y del arrepentimiento no ha pasado sobre ellos.

El terreno nunca ha sido arado. La flecha de convicción no ha profundizado en ellos; nunca han sido quebrantados.

La predicación del evangelio a tales personas es como derramar semilla preciosa en el duro pavimento. No penetra en las profundidades del alma, la conciencia no es alcanzada, el corazón no es afectado.

La semilla queda en la superficie, no tiene raíces y prontamente perece.

Me gustaría hacer la siguiente pregunta: ¿Tiene Ud. la vida eterna? ¿La tiene?.

"Todo aquel que cree en el Hijo de Dios tiene vida eterna". ¡Qué gran realidad!

Y si usted no la ha conseguido, no ha conseguido nada.

Todavía está en la esfera de la naturaleza de la cual hemos hablado tanto. Si usted todavía está allí, no importa si es el mejor de los ejemplos que hemos presentado, amigable, afable, franco, generoso, veraz, honorable, amado, educado, culto e incluso piadoso desde el punto de vista humano.

Usted puede ser todo esto y no tener la más mínima pulsación de la vida eterna en su alma.

Esto puede sonarle muy duro y severo, pero es la verdad y usted realmente va a darse cuenta que es la verdad ahora o más tarde, sin duda alguna.

Pero a todos nosotros nos gustaría mucho que usted se diera cuenta de esto, ahora. Nosotros queremos que usted vea que está en bancarrota espiritual, en el más amplio sentido de la palabra.

Usted ha sido declarado en quiebra en los cielos. "Todos aquellos que están en la carne no pueden agradar a Dios".

¿Ha pensado alguna vez en esto? ¿Ha visto alguna aplicación en su propia vida?

Todo el tiempo que usted no se haya arrepentido, que sea inconverso, que sea incrédulo, usted no puede hacer ni una sola cosa para agradar a Dios. Ni una sola. 

"En la carne" y "en la esfera de la naturaleza" significan lo mismo; y mientras usted esté allí no puede agradar a Dios.

Usted debe nacer de nuevo, debe ser renovado en lo más profundo de su ser. Una naturaleza no renovada es imposible que vea, realmente es imposible que entre en el reino de Dios.

Usted debe nacer del agua y del Espíritu (Juan 3: 5), esto es, por la Palabra viva de Dios y por el Espíritu Santo.

No hay ninguna otra forma de entrar al reino de los cielos.

No es por nuestro propio mejoramiento sino por un nuevo nacimiento espiritual, que podemos alcanzar el bendito reino de Dios.

"Lo que es nacido de la carne, carne es", y "la carne para nada aprovecha", porque "los que están en la carne no pueden agradar a Dios".

¡Qué directo es todo esto! ¡Qué personal!

No es para generalizar, no es para ponerse a pensar relajadamente y decir: "todos somos pecadores". No. Esto es un asunto intensamente individual.

Usted debe nacer de nuevo y si pregunta "¿cómo?", escuche la respuesta divina de los labios del mismo Señor Jesús: "Así como Moisés levantó la serpiente en el desierto, así el Hijo del Hombre será levantado para que todo aquel que en El cree no se pierda mas tenga vida eterna" (Juan 3: 14-15).

He aquí el remedio para todo corazón quebrantado, para toda conciencia herida, para todo pecador a quien solamente le espera el infierno; para cada uno que se siente perdido, que confiesa sus pecados, que se juzga a sí mismo; para cada alma cansada.

Aquí está la promesa bendita del propio Dios: Jesús murió para que usted pudiera vivir… Jesús fue condenado para que usted pudiera ser justificado.  Jesús bebió la copa amarga de la ira para que usted pudiera beber la copa dulce de la salvación.

Mírelo a Él colgando en una cruz por usted. Crea que Él satisfizo todas las exigencias de la justicia delante del trono de Dios. Vea todos sus pecados que yacen sobre Él, toda su culpa imputada a Él; su entera condición representada y dispensada por Él.

Vea que su muerte expiatoria respondía perfectamente por todo lo que podía haber en contra suya. Véale a Él levantarse de la muerte habiendo cumplido todo. Mírelo ascendiendo a los cielos llevando en su divina persona las marcas de su tormento ya terminado.

Mírelo a Él sentado en el Trono de Dios, en el lugar más Alto del Poder Eterno.  Mírelo a Él coronado de gloria y honor.

Crea en Él y recibirá el perdón de pecados, y recibirá el regalo de la vida eterna, y el sello del Espíritu Santo.

Usted pasará entonces de la esfera de lo natural a la esfera de lo espiritual, y a partir de entonces será "un hombre en Cristo"

¿Cuál va a ser su elección?






C. H. Mackintosh

domingo, 10 de mayo de 2015

Al Señor antes que a los hombres




El libro de los Hechos es el relato más apasionante de la vida de iglesia. 

Muchas tentativas de restauración, muchos avivamientos posteriores han tenido como modelo y ejemplo aquellos gloriosos días primeros de la iglesia. 

Sin embargo, conviene preguntarnos cómo comenzó cada uno de los grandes movimientos del Espíritu en el libro de los Hechos. Qué hubo exactamente antes del inicio de cada uno de ellos.

El primer movimiento lo tenemos a partir del capítulo 2, y el segundo a partir del capítulo 13. 

El primero es el comienzo en Jerusalén, para todo el mundo judío, y el segundo es el ocurrido en Antioquia, para todo el mundo gentil. 

Y en ambos hay un hecho previo de superlativa importancia: aquellos que Dios habría de utilizar estuvieron delante del Señor, ministrando al Señor, en una espera paciente, antes de ser enviados por Dios a hacer Su obra. 

La orden del Señor antes de ascender a los cielos había sido clara: "Esperen en Jerusalén". Los discípulos obedecieron esa orden, y el Espíritu Santo vino sobre ellos como un viento recio.

Más tarde, en Antioquia, los profetas y maestros de esa iglesia estaban ministrando al Señor cuando el Espíritu Santo a apartó a dos de ellos para la obra. 

Ellos no tenían en mente la obra, sino al Señor de la obra. El principio es este: hemos de esperar delante del Señor antes de salir. Hemos de ministrar al Señor antes de ministrar a los hombres. 

Alguien ha dicho que un siervo de Dios está realmente preparado para servir sólo cuando está dispuesto a no ser usado. El silencio delante de Dios es más difícil de soportar que el bullicio entre los hombres.

Hay demasiada obra que es fruto de la impaciencia del hombre, del ingenio e inventiva del hombre, antes que de una orden de Dios. 

El único que puede iniciar una obra espiritual es Dios. Si no comienza Dios, él no se sumará después a la obra del hombre. Si una obra comienza en el hombre concluirá con el hombre como protagonista y figura. 

Este es un asunto muy delicado, pues al ignorar este hecho, o al violar deliberadamente este principio, estamos presentando ante los hombres una obra de calidad inferior a la que debiéramos, y por sobre todo, estamos añadiendo dolor al corazón de Dios.

Dios querría bendecir la obra de sus hijos, usarlos para la mayor obra que jamás el hombre ha emprendido. 

Él quisiera poder usar a cada cual de la mejor manera; pero el problema del hombre es el apresuramiento, la incapacidad para esperar en Dios. 

Dios quiere darnos sus instrucciones, mostrarnos el modelo del monte, capacitarnos antes, pero nosotros no estamos dispuestos a esperar. Somos obsesivos, y vanidosos. 

Pensamos que sabemos, que podemos, y que casi no necesitamos de Dios para hacer Su obra. 

Que el Señor nos frene en nuestra impulsividad, y nos hable al corazón, diciéndonos: "Estad quietos y conoced que yo soy Dios".






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jueves, 7 de mayo de 2015

¿Puede el hombre salvar al hombre?





Sabiendo que el hombre no es justificado por las obras de la ley, sino por la fe de Jesucristo, nosotros también hemos creído en Jesucristo, para ser justificados por la fe de Cristo y no por las obras de la ley, por cuanto por las obras de la ley nadie será justificado.
(Gálatas 2:16)



"Tenemos dos mentes, una que piensa, y otra que siente", dice Daniel Goleman en su libro "La inteligencia emocional".

Esta es una de las revolucionarias frases que contiene el libro, uno de los grandes best-sellers de los últimos años.

La educación que se imparte en las escuelas –plantea Goleman– fortalece la inteligencia racional, pero descuida la inteligencia emocional. Esto trae insatisfacción y frustración.

Por eso él propone el cultivo de actitudes que desarrollen, por ejemplo, el optimismo ("que favorece a los enfermos del corazón"), y la esperanza ("que tiene poder curativo").

Goleman sostiene que, quitando la ira, la ansiedad y la depresión podremos quitar el cáncer y otras enfermedades crónicas.

Este escritor pone su esperanza en una nueva educación que prepare de verdad a los jóvenes para la vida. Dice: "Imagino un futuro en el que la educación incluirá como rutina el inculcar aptitudes esencialmente humanas como la conciencia de la propia persona, el autodominio y la empatía, y el arte de escuchar, resolver conflictos y cooperar."

A ver. Es probable que el planteamiento de Goleman llene un supuesto vacío en la enseñanza formal de los colegios. Sin embargo, ¿es esta la panacea para solucionar definitivamente los problemas del hombre?

Su planteamiento no es distinto de muchos otros que hace la ciencia actual.

En efecto, hay una tendencia actual en la literatura, conocida como la literatura edificante, algunos de cuyos representantes son autores como Rampa, Mandino, Coelho, etc.

En esta literatura se intenta dar recetas para mejorar al hombre. Son el equivalente, en el plano valórico, a lo que es la divulgación científica en el plano de las ciencias. Sus cultores no son moralistas de nota, sino divulgadores de moral.

Ellos creen poder mejorar al hombre desde afuera, estimulando el cultivo de ciertos valores. Propician algo así como una religión sin Dios.

Pero la esperanza de que el hombre pueda ser mejorado en su condición sicológica, y su pretensión de un futuro mejor gracias a los efectos benefactores de una mejor educación son similares a las aspiraciones de los iluministas franceses del siglo XVIII.

Si miramos a la luz de la Biblia, podemos afirmar que tales pretensiones no tienen mucho asidero, por cuanto "lo que es nacido de la carne, carne es." (Juan 3:6)

Así que nada de lo que el hombre haga puede cambiar la naturaleza del hombre.

El hombre no puede sacarse de encima la ira, ni la ansiedad ni la depresión, porque el hombre es constitutivamente hablando un ser caído, que necesita de la gracia de Dios.

Por eso el hombre no alcanza una solución definitiva con promover actitudes de optimismo o de esperanza. Es verdad que esas actitudes pueden mejorar algunos de los síntomas del mal, pero no pueden con el mal.

El hombre es como un vestido viejo que no puede ser parchado sin que se rompa. La solución, por tanto, no es remendarlo por partes, sino reemplazarlo por otro nuevo. Y eso sólo lo puede hacer Dios.

El hombre no puede mejorar al hombre. Los mismos que pretenden hacerlo están definitivamente mal. Ellos mismos necesitan un Salvador más grande que ellos.

Dios sabía muy bien todo esto, y por eso envió a su precioso Hijo para salvar al hombre.

Y la condición para recibir la salvación es, justamente, reconocer que no podemos salvarnos por nosotros mismos y que necesitamos de un Salvador.

No hay posibilidad alguna de cambio de naturaleza si no es por el nuevo nacimiento, que es por el Espíritu de Dios.

Sólo si creemos en el Señor Jesús como Hijo de Dios, tendremos una nueva naturaleza que no necesita ser mejorada.

Solamente en Cristo, las cosas vienen a ser todas nuevas.

(2 Corintios 5: 17) De modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas.

¡Bendiciones para todos!




Aguasvivas.cl

No estás solo

  Yo haré que queden en Israel siete mil, cuyas rodillas no se doblaron ante Baal, y cuyas bocas no lo besaron». – 1 Reyes 19:18. Remanente ...