martes, 17 de febrero de 2015

Santificación: pasada, presente y futura





"Porque Dios, que mandó que de las tinieblas resplandeciese la luz, es el que resplandeció en nuestros corazones, para iluminación del conocimiento de la gloria de Dios en la faz de Jesucristo" (2 Cor. 4:6).




Así como el propio Señor separó a Su pueblo de Egipto, él nos separa de la potestad de las tinieblas, del presente siglo malo y de la esclavitud del pecado para Sí mismo.

La Biblia dice que el Ángel de Jehová se le apareció a Moisés cuando éste estaba en el desierto de Madián. Y el pueblo de Israel aún no sabía lo que Dios haría por ellos, mas Jehová, por medio de Su Ángel, habló con Moisés: "No te acerques; quita tu calzado de tus pies, porque el lugar en que tú estás, tierra santa es" (Exo. 3:5)

Esta es la primera vez que se menciona la palabra 'santo'.

Vemos que Dios santificó un pedazo de tierra para hablarle a Moisés… y acto seguido, Dios separaría a Moisés de Madián para sacar a su pueblo de Egipto.

Y sucedió lo mismo también con nosotros. Dios, en su eterna sabiduría y misericordia, nos eligió en santificación del Espíritu (1 Pe. 1:2), incluso antes de nosotros darnos cuenta de Su Amor y Propósito.

Al preparar el pueblo para salir de Egipto, Dios ordenó sobre la pascua: "Siete días comeréis panes sin levadura… El primer día habrá santa convocación, y asimismo en el séptimo ... porque en este mismo día saqué vuestras huestes de la tierra de Egipto" (Exo. 12:15-17)

Esta es la segunda ocasión en que se menciona la palabra 'santo'.
Después del sacrificio y muerte de muchos corderos, durante aquella primera pascua, Jehová separó a Su pueblo de Egipto para Sí mismo.

El precio fue la sangre de muchos corderos y el sello de Su redención –y que enseñaría al pueblo que ella era irreversible–, fue hacerlos pasar en seco por el Mar Rojo y echar en él los carros de Faraón y su ejército.

Y así es con nosotros, dice Su Palabra en (Heb. 13:12) "por lo cual también Jesús, para santificar al pueblo mediante su propia sangre, padeció fuera de la puerta".

Por la sangre del Señor Jesucristo somos santificados, de manera que la santificación del Espíritu, determinada por Dios en la eternidad pasada, se torna una viva realidad para el creyente.

Poco después de cruzar el Mar Rojo, Jehová les enseñaría que la gran y definitiva separación efectuada por él debería manifestarse: "Porque yo soy Jehová, que os hago subir de la tierra de Egipto para ser vuestro Dios: seréis, pues, santos, porque yo soy santo" (Lev. 11:45).

Y no es diferente con nosotros, pues hay un aspecto presente y continuo en la santificación, como podemos percibir por la bendita oración del Señor Jesús por sus discípulos: "Santifícalos en tu verdad; tu palabra es la verdad" (Jn. 17:17).

Los aspectos pasados y presentes de nuestra santificación apuntan a algo glorioso: "…pero [Dios nos disciplina] para lo que nos es provechoso, para que participemos de su santidad" (Heb. 12:10), pues la santidad de Dios es llena de gloria.

Dios, en días pasados, resplandeció en nuestros corazones y nos separó para Sí mismo.

Y en el presente, Él nos ilumina, santifica y purifica por su Palabra.
Cuando Él se manifieste, lo veremos como Él es, y conoceremos la gloria de Dios en la faz de Jesucristo.

¡Gracias Bendito Padre Santo, por tu grandiosa obra de santificación!






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domingo, 15 de febrero de 2015

La Multiforme Sabiduría de Dios





Para que la multiforme sabiduría de Dios sea ahora dada a conocer por medio de la iglesia a los principados y potestades en los lugares celestiales.
(Efesios 3:10)




En el capítulo 3 de Efesios se comienza hablando de un misterio que Dios no había dado a conocer en otras generaciones. Y se dice que ese misterio Dios lo dio a conocer a la iglesia por medio de sus apóstoles y profetas.

En el tiempo en que el Señor Jesús estuvo en la tierra, el Padre sacó a luz este misterio. Lo sacó de su corazón y lo mostró a los hombres.

Y el primero en recibir la revelación de este misterio fue Pedro en Cesarea de Filipo.

Sin embargo, quien alcanzó un conocimiento más profundo de él fue el apóstol Pablo. Este misterio es el Señor Jesucristo.

La multiforme Sabiduría

Aquí en Efesios 3:10 se nos presenta este misterio como la Sabiduría de Dios, la Sabiduría multiforme, que ahora es dada a conocer por medio de la iglesia a los principados y potestades.

La Sabiduría de Dios es Cristo; por tanto, lo que se da a conocer por medio de la iglesia es Cristo mismo. Cada vez que la iglesia se reúne, da testimonio y expresa al Señor Jesucristo.

Aquí se nos dice que la Sabiduría de Dios es multiforme. Es decir, Cristo tiene muchas formas, y se expresa de muchas maneras. A través de la iglesia, Cristo es mostrado de una manera preciosa. Cristo es tan grande, tan precioso, que él no puede ser expresado sólo por una o dos personas. Se necesita de toda la iglesia para hacerlo.

Por eso existen cuatro evangelios y no uno. Porque un solo evangelio no podía expresar todo lo que Cristo es. El evangelio de Mateo nos muestra a Cristo como el rey. Marcos nos lo muestra como Siervo. Lucas como el Hijo del Hombre. Y Juan como el Hijo de Dios.

Al unir estas cuatro diferentes visiones de Cristo, podemos tener un conocimiento más completo de lo que Cristo es. Él es Rey, pero también es Siervo. O, dicho de otra manera, él es un Rey humilde. Es Hombre y Dios, tal como nos lo muestran Lucas y Juan. Parece una contradicción pero no lo es; esa es la realidad celestial de Cristo el Señor de Señores.

¿Cómo podría un solo hombre mostrar esos diferentes aspectos de Cristo?... Es necesaria la pluralidad para expresar a Cristo.

Por eso, sólo la iglesia, en su pluralidad, puede expresar cabalmente a Cristo.

Si leemos Efesios capítulo 4: 11, encontramos cinco ministerios. Ahí están los apóstoles, profetas, evangelistas, pastores y maestros.

A través de ellos, el Señor capacita a la iglesia; pero en realidad, estos cinco ministerios son cinco expresiones de Cristo.

Cristo es el verdadero Apóstol, el verdadero Profeta, el gran Evangelista, el buen Pastor, y el gran Maestro. Así que cada uno de estos cinco ministerios expresan cinco aspectos de la maravillosa persona de Cristo.

Cuando leemos el Nuevo Testamento, hallamos especialmente a tres autores: Pedro, Pablo y Juan. Ellos son tres de los mayores escritores del Nuevo Testamento, al mismo tiempo que fueron los tres más grandes apóstoles del Nuevo Testamento.

Cada uno de ellos tiene un carácter propio. Aunque el Señor trató con cada uno de ellos, nunca anuló su carácter. Aunque ellos fueron transformados a la semejanza de Cristo, nunca dejaron su peculiaridad.

Cada uno de ellos expresa a Cristo de una manera diferente. Pedro lo expresa de una manera, Pablo de otra, y Juan de otra.

Es muy importante ver que nosotros fuimos creados de una manera distinta unos de otros, que tenemos un carácter diferente.

Dios necesita de todos los caracteres, de todo tipo de personas, porque así Cristo se puede expresar a través de cada uno de ellos en esta multiformidad de la Sabiduría de Dios.

Algunos piensan que para ser hechos semejantes a Cristo, tenemos que perder nuestras características individuales, y convertirnos en algo así como clones de Cristo.

Pero si hubiese sido esa la voluntad de Dios, habría sido muy fácil para Dios crear clones. Pero el largo trabajo que el Espíritu Santo hace en nosotros todos los días, un trabajo muy paciente y meticuloso, es para transformarnos en la imagen de Cristo sin dejar de ser lo que nosotros somos; sin anular nuestra alma.

Porque una cosa es el quebrantamiento del alma y otra muy diferente la anulación del alma.

Nosotros tenemos un alma que expresa nuestra personalidad. Y cada alma quebrantada es uno de los acentos de Cristo mostrado a las potestades superiores.

Multiforme: Iridiscente

La palabra «multiforme» de Efesios 3:10, en griego, es una palabra muy rica en significados. No se refiere simplemente a algo que tiene muchas formas, sino a algo que emite muchos destellos de luz multicolores. Cristo es una realidad iridiscente.

Inmediatamente esto nos lleva a asociarlo con las piedras preciosas. En la naturaleza existen las piedras preciosas, que pueden expresar el colorido y el brillo de una manera especial.

En la Biblia, las piedras preciosas ocupan un lugar muy importante, porque son muy ilustrativas acerca de la obra del Espíritu Santo en el hombre. Por ejemplo, en el pectoral del sumo sacerdote habían doce piedras preciosas, y cada piedra representaba una tribu de Israel. Y cada piedra tenía un color y una historia diferente.

Y cuando nosotros vamos al Nuevo Testamento, de nuevo encontramos las piedras preciosas en la Nueva Jerusalén, asociadas a los doce apóstoles del Cordero.

Lo que en la naturaleza puede expresar mejor el brillo y el colorido son las piedras preciosas. Las piedras en las Escrituras representan el carácter que el Espíritu Santo está forjando en nosotros.

Es cierto que hoy somos piedras vivas, pero aún no somos piedras preciosas. Somos piedras en proceso de transformación. Aún somos piedras opacas, que no damos el brillo deseable. Como una piedra del camino, que no deja pasar la luz a través de sí. No tiene ninguna transparencia ni brillo. Así somos muchos de nosotros todavía. Aquello de Cristo que deberíamos mostrar aún encuentra resistencia en nosotros.

Las piedras preciosas se forman por medio de las altas presiones y las altas temperaturas. Así también, a través de los diversos y numerosos tratos, el Espíritu Santo nos va transformando en piedras transparentes, para que la luz de Cristo pueda pasar por nosotros y tomar el color que corresponde a cada uno de nosotros.

Cada uno de nosotros está llamado a ser una piedra preciosa; así Cristo se expresará a través de nosotros con colores diferentes –el color de nuestro carácter, de nuestra personalidad-.

De modo que cuando los ángeles y las potestades superiores, miren hacia la iglesia, ellos puedan ver, espiritualmente hablando, muchos brillos, muchos colores, que es lo que el Espíritu Santo habrá formado en nosotros. Es decir, lo que de Cristo habrá sido formado en nosotros, que no será en todos lo mismo, sino según la peculiaridad de cada carácter, según el acento particular de cada uno.

Por eso es que Pedro es diferente de Pablo y de Juan.

Cuando leemos las epístolas de Pablo, tocamos a Cristo, más precisamente –digámoslo así-, al Cristo de Pablo. Y cuando leemos a Pedro, tocamos al Cristo de Pedro. Y cuando leemos a Juan tocamos al Cristo de Juan. No es que sean tres Cristos, por supuesto; es uno y el mismo Señor, pero expresado de tres diferentes maneras, según el carácter humano de cada creyente.

Y así, si nosotros hoy somos, por decir así, 100 hermanos reunidos aquí, y si hemos sido tratados de alguna manera por el Espíritu Santo, habrá 100 expresiones diferentes de Cristo.

Ciertamente uno mostrará mejor la paciencia de Cristo, otro mostrará mejor su ternura, otro mostrará mejor la autoridad de Cristo, otro su generosidad, o la dulzura de Cristo, etc. Y así, en todos nosotros, en conjunto, serán mostradas todas las características de Cristo.

Cuando leemos Mateo capítulo 5, encontramos 9 bienaventuranzas, que son nueve expresiones de Cristo. Y en Gálatas capítulo 5 encontramos las 9 manifestaciones del fruto del Espíritu, que es el carácter de Cristo. Así se expresa la multiformidad de Cristo.
De lo individual a lo colectivo

Ninguno de nosotros va a alcanzar jamás toda la estatura de la plenitud de Cristo. Porque la estatura de la plenitud de Cristo sólo la puede alcanzar la iglesia en su conjunto. Es en la iglesia donde Cristo es mostrado en toda su hermosura, no en un hombre particular.

Por eso el Señor está trabajando en nosotros tan fuertemente, para sacarnos de nuestro individualismo. Nosotros crecimos rodeados de un tipo de cultura, de una clase de educación y de una filosofía, centradas en el individualismo. Me han enseñado que yo soy la unidad total, como si yo fuese el todo. Sin embargo, cuando nosotros vemos la pluralidad de Cristo, cuando vemos la hermosura de la iglesia, nos empezamos a dar cuenta que nosotros en particular no somos la unidad, sino apenas una parte de la unidad. Y que la unidad somos todos nosotros, unidos en un solo cuerpo, todos en conjunto con la Cabeza, que es Cristo. Todos nosotros vamos a expresar las bellezas de Cristo, pero de un modo particular.

Dios nos está sacando de nuestro individualismo y nos está trayendo a la pluralidad, al sentido de cuerpo, a la conciencia de lo colectivo. Yo no me basto a mí mismo. Ninguno de nosotros se basta a sí mismo. Yo necesito del Cristo que tiene mi hermano. Hay algo de Cristo que él tiene y que yo no tengo; por tanto, yo necesito de él.

Dietrich Bonhoeffer decía: «El Cristo de mi hermano es más grande que el Cristo que hay en mí». ¿Qué quiere decir con eso? ¿Es que hay muchos Cristos? No. Es que yo tengo una medida de Cristo que es insuficiente. Por eso muchas veces estoy abatido, por eso muchas veces tropiezo y caigo, por eso muchas veces pierdo la fe.

Pero cuando encuentro a mi hermano, y él me ministra de Cristo, yo siento que el Cristo de él es más fuerte que el mío, entonces soy fortalecido.

Cristo quiere expresarse a través de los muchos, y no a través de uno solo. Cristo quiere que vivamos su vida en conjunto, no en forma solitaria y autosuficiente.

Ahora, este camino, que va de lo individual a lo colectivo, es un camino bastante doloroso. Cuando nosotros comenzamos nuestra carrera cristiana, somos muy seguros de nosotros mismos y tenemos muchas ambiciones espirituales.

Queremos ser muy grandes espiritualmente: el mejor pastor, o el mejor predicador, la hermana más servicial, etc., todo lo mejor.

Queremos ser los más grandes. Entonces nos llenamos de conocimiento, porque queremos ser el mejor. Pero a medida que vamos avanzando por este camino, el Señor va tocando nuestras fortalezas, y nos va quebrando. Así viene quebrantamiento tras quebrantamiento.

Antes parece que éramos más inteligentes; ahora ya no somos tanto. Antes éramos muy fuertes, ahora ya no somos tanto. Antes podíamos hacer muchas cosas solos, ahora no podemos hacer las cosas solos.

Necesitamos cada vez más de los hermanos. Y eso nos conduce a un profundo quebrantamiento. Eso nos hace menguar mucho, hasta extremos sorprendentes.

Muchas de las cosas que nos suceden diariamente, son golpes del Espíritu Santo a nuestra vanidad, a nuestra presunción, para que nosotros dejemos de ser cristianos individualistas, y pasemos a vivir sólo como miembros del cuerpo de Cristo.

Un cambio de foco

En la epístola a los Romanos, ocurre algo muy interesante. Cuando leemos los primeros capítulos hasta el capítulo 8, nos parece que vamos en un permanente aumento, que vamos adelantando espiritualmente. Somos justificados, santificados y glorificados. Y cuando llegamos al capítulo 8 parece que hemos alcanzado la cima de la revelación.

Sin embargo, cuando vamos al capítulo 12, allí se produce un tremendo cambio de foco, un cambio de paradigma.

Allí se nos dice que nosotros tenemos que ser renovados en nuestro entendimiento para conocer la buena voluntad de Dios, agradable y perfecta.

¿Por qué tenemos que ser renovados en nuestra mente?

Porque luego, en los versículos siguientes, se nos dice que nosotros somos miembros del cuerpo de Cristo.

No somos la unidad, no somos el cuerpo completo, somos sólo una parte. Por eso dice: «Nadie tenga de sí más alto concepto que el que debe tener».

El individualista tiene un alto concepto de sí, pero aquel que ha llegado a la realidad de ser miembro del cuerpo, tiene que menguar. Y también tiene que reconocer que en el cuerpo de Cristo hay otros también, que tienen otras expresiones de Cristo que él no tiene.

Entonces, la buena voluntad de Dios, agradable y perfecta, es la iglesia. Y en la iglesia, cada uno de nosotros somos sólo un miembro.

¿Qué estamos viendo de Cristo en este último tiempo? Porque ya lo estamos viendo en esta expresión multicolor y multifacética. Ya lo estamos viendo en esta multiexpresión en medio de la iglesia.

Ya no nos asombran los grandes hombres. Ya no nos cautivan los grandes líderes. Porque la voluntad de Dios en este tiempo es expresarse a través del conjunto, de la totalidad de los miembros del cuerpo de Cristo.

Creo que nunca antes en la historia de la Iglesia había venido tanta luz respecto de este asunto.

En este tiempo una luz muy potente está viniendo, en todo el mundo. Dios está haciendo un precioso trabajo de revelación.

Dos trabajos maravillosos

Muchas de las cosas que nos suceden en nuestra vida cotidiana, muchos fracasos, y muchas lágrimas, nos sobrevienen a causa de esto: por un lado, para sacarnos de nuestro ego, es decir, sacar al yo del trono del corazón, y así poder «ver» a los hermanos, reconocerlos y valorarlos; y, por otro, ver que el Espíritu Santo está trabajando en nosotros para hacernos transparentes y luminosos – no con nuestra propia luz, que no la tenemos, porque nosotros sólo reflejamos la luz de Cristo.

Estos dos trabajos son maravillosos; sin embargo, ambos también son bastante dolorosos.

Que el Señor nos conceda su gracia para conocer a Cristo en toda su multiformidad, y que nos conceda la gracia también de aceptar la preciosa obra del Espíritu Santo.

Porque si nosotros rechazamos esta obra del Espíritu Santo, él no la va a poder realizar. Él nunca va a violentar nuestra voluntad. A veces nosotros le decimos: «Por favor, no más; no soporto más; es demasiado doloroso para mí; deténte; espera un poco». Entonces puede pasar algún tiempo, en que parece que los sufrimientos terminan, pero también ocurre que se detiene la obra preciosa del Espíritu Santo.

La Escritura dice que el Señor Jesús «por lo que padeció aprendió la obediencia», y vino a ser autor de eterna salvación, y también vino a ser sumo sacerdote según el orden de Melquisedec.

¿Qué fue lo que capacitó al Señor para venir a ser Salvador y Sumo Sacerdote, es decir, para cumplir su ministerio terrenal y su ministerio celestial?

Fueron sus padecimientos, sus grandes aflicciones. Y así también ocurre con nosotros. Tenemos que padecer aquí para que nosotros podamos expresar, por toda la eternidad, aquel Cristo que estamos llamados a expresar.

Es hoy cuando tiene que producirse en nosotros el trabajo del Espíritu Santo.

El libro de diseño de Dios

En el Salmo 139 dice que había un libro en el cual Dios escribió todo lo que nosotros íbamos a llegar a ser. Cuando Él nos formaba en el vientre de nuestra madre, Él iba diseñando nuestro carácter de acuerdo a lo que estaba escrito en su libro.

Cada uno de nosotros es como es, porque estaba escrito en el diseño de Dios para cada uno. Por otro lado, en Efesios 2:10 se nos dice que Dios preparó de antemano ciertas obras para que anduviésemos en ellas.

Si nosotros unimos estos dos pasajes, tenemos algo tremendamente grande: que Dios de antemano diseñó nuestra personalidad y también determinó las cosas que hemos de hacer. Es decir, lo que habríamos de ser y lo que habríamos de hacer fue diseñado de antemano. ¿Con qué propósito? Para expresar a Cristo. O sea, algún aspecto de lo que Cristo es; algunas obras de las que Cristo hace.

Y esto es algo maravilloso, porque nos muestra que nuestra vida no es fruto del azar, sino que todo fue preparado por Dios de antemano. ¡Bendito sea el Señor nuestro Dios!

Amados: Hay algo que nosotros tenemos que llegar a ser, y hay algo que tenemos que hacer. Hay algo de Cristo que usted tiene que expresar, y que otro no va a expresar. Hay algo que usted tiene que hacer y otro no va a hacer.

Cada uno de nosotros tiene algo de Cristo con sello propio, que el hermano que está a su lado no tiene. Esta es la multiforme sabiduría de Dios. Esta es la iridiscencia de Cristo.

Cristo es maravilloso, y Cristo se está formando en nosotros. Cada uno de nosotros es precioso para Dios. Cada uno de nosotros tiene un destello de Cristo, un color de Cristo.

Que el Señor nos socorra, hermanos y nos ayude. Que nos dé ánimo.

Cuando estemos decaídos: ¡Tengamos ánimo! ¡Fe! ¡Esperanza!

El Señor completará su obra en nosotros. El Señor nunca ha quedado con las cosas a medio hacer. Él siempre nos lleva más adelante.
La necesidad del parakletos

Hay algunos versículos en la Escritura que dicen que el Espíritu Santo es nuestro Consolador, en griego, nuestro ayudador, nuestro parakletos.

La palabra parakletos tiene muchos significados, como Ayudador, Abogado, etc. Pero hay un antecedente que es especialmente precioso.

En las antiguas olimpíadas griegas, cuando los atletas que corrían el maratón y caían por el camino, existía una persona que se llamaba el parakletos. Él estaba autorizado levantar al caído, animarlo y volverlo a poner en la carrera.

Eso es justo lo que hace el Espíritu Santo como nuestro parakletos.

Cuando estamos cansados, cuando tropezamos, cuando estamos desanimados, cuando parece que no hay esperanza para nosotros, entonces el Espíritu Santo nos levanta, y nos dice: ¡Adelante!

Que el Señor nos conceda su gracia para llegar hasta el final, y para que lo de Cristo que estamos llamados a expresar sea expresado, y lo de Cristo que estamos llamados a hacer sea hecho.

Amén.





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jueves, 12 de febrero de 2015

Tiempos de salvación





Los hombres estamos siempre prestos para juzgarlo todo, pero estamos lejos de mirar con misericordia.

El Señor Jesús dijo que la lámpara del cuerpo son los ojos... si nuestros ojos son buenos, todo nuestro cuerpo tendrá luz; pero si son malos, todo nuestro cuerpo será tenebroso (Mat. 6:22-23).

El juicio o la misericordia se dan de la manera como nosotros miramos: con ojos buenos o malos.

Jesús miraba siempre con misericordia, porque Él no vino a juzgar, sino a salvar: "Porque no envió Dios a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo sea salvo por él" (Juan 3:17).

Vamos a ver algunos pasajes, pero vemos en toda su peregrinación el mismo mirar de misericordia, el mismo testimonio de salvación.

¿Cuál sería nuestra actitud delante del pedido de María cuando dijo a Jesús que el vino de las bodas de Caná se había terminado?... ¿No sería de reprobación?

¿No habían bebido ya lo suficiente, pues el maestresala había provisto todo y de sobra?

Pero el Señor no vino para juzgar sino para salvar, y para mostrarnos que el vino nuevo que él puede darnos es el mejor de todos. (Juan 2:3-11).

¿Qué nos parecería si una mujer de mala fama conocida en la ciudad viniese llorando y enjugase con sus cabellos los pies de uno de nuestros hermanos, estando nosotros en medio de personas aparentemente dignas y honrosas?

¿No lo reprobaríamos igual como hizo aquel fariseo?

Pero el Señor que no vino a juzgar sino para salvar, dio testimonio del gran amor de aquellos a los cuales mucho se les ha perdonado (Luc. 7:36-47).

¿Cómo miraríamos a una mujer sorprendida en adulterio, donde todos, hasta la ley, la condenan?

¿No sería de reprobación, de juicio, o por lo menos le recordaríamos que los adúlteros no heredarán el reino de Dios?

¿Cómo miraríamos a una persona que anda con nosotros, si supiésemos que nos traicionaría y nos vendería por algunas monedas de plata?

¿Acaso no tomaríamos nuestras precauciones y nos alejaríamos de ella?

¿Y cómo nos portaríamos puestos al lado de dos criminales, y siendo comparado a ellos injustamente?

¿Tendríamos tiempo para mirar a ambos con ojos de misericordia, hablarles sobre la salvación y después decir a uno ellos: "Hoy mismo tú estarás conmigo en el paraíso"? (Luc. 23:43).

El Señor Jesús no vino para juzgar, sino para salvar y dar su vida en rescate por muchos.

Cuando Él era injuriado no injuriaba, cuando era maltratado no maltrataba, sino se encomendaba a Aquél que juzga con justicia (1 Ped. 2:23).

Aun en el momento extremo de su agonía, él dijo: "Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen" (Luc. 23:34).

Amados: Estamos viviendo tiempos de salvación.

Y "Jesucristo es el mismo ayer, y hoy y por los siglos" (Heb. 13:8).

Si nuestros ojos son buenos, es el propio Señor misericordioso viviendo en nosotros… pero si nuestros ojos son de juzgamiento y juicio, quien necesita de salvación somos nosotros.

¡Dios te bendiga!





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martes, 10 de febrero de 2015

Venciendo obstáculos





Cuando oramos, la primera dificultad tiene que ver con las personas por las cuales oramos.

Porque a menudo pensamos: Si ellos son libres para decidir su destino, y si han decido seguir un destino lejos de Dios, ¿de qué vale que oremos si Dios no puede alterarlo?

Pero si miramos las Escrituras veremos a Dios muchas veces disponiendo del corazón del hombre con la libertad que sólo el Dios todopoderoso puede hacer.

¿Consultó Dios a Faraón para ver si quería desempeñar el papel de "duro" frente a Moisés?

La Escritura dice, simplemente, que Dios endureció su corazón (Rom. 9:16-18).

¿Preguntó Dios a Ciro si él quería favorecer a los israelitas para que reconstruyeran el templo en Jerusalén?

La Escritura dice que Dios "despertó el espíritu de Ciro" para que promoviese la causa de los israelitas (Esd. 1:1).

¿Consultó Dios a Nabucodonosor si deseaba ser convertido en bestia? Pero Dios lo hizo (Dan. 4:31-37).

Estos tres reyes representan toda la grandeza y la soberbia humanas.

Sin embargo, Dios –que gobierna en el universo– gobernaba también sobre sus corazones.

La soberanía de Dios se expresó claramente en estos reyes en el pasado. ¿Será así también en el futuro?

Apocalipsis 17 nos dice que diez reyes asolarán a Babilonia, "porque Dios ha puesto en sus corazones el ejecutar lo que él quiso" (v, 17).

Eso no ha sucedido aún: es una profecía. Pero sabemos que se cumplirá, porque Dios lo ha dicho, no importa la grandeza o la oposición que estos reyes pudieran hacer a Dios.

En Apocalipsis 3:7 dice: "Esto dice el Santo, el Verdadero, el que tiene la llave de David, el que abre y ninguno cierra, y cierra y ninguno abre: Yo conozco tus obras; he aquí, he puesto delante de ti una puerta abierta, la cual nadie puede cerrar...".

Aquí, la iglesia en Filadelfia ha recibido la gracia de tener el favor de Dios para realizar Su Obra, y nadie se le puede oponer. Dios abre y Dios cierra, punto.

Cuando el apóstol Pablo, en dos pasajes de la epístola de Romanos, toca el asunto de la libertad del hombre versus la soberanía de Dios no concluye el razonamiento de manera lógica (con lógica humana, 3:3-9 y 9:11-21), sino que exalta la soberanía de Dios.

El apóstol invita al hombre a inclinar su cabeza y a aceptar, simplemente, los designios de Dios.

Esto nos podría poner a pensar que si Dios es impotente frente al libre albedrío del hombre, frente a la dureza y soberbia humanas, entonces, ¿de qué vale que toquemos a las puertas del Cielo pidiendo por la salvación de los hombres rebeldes? Supuestamente Dios no podrá con ellos.

Pero esto no es así. Cuando Dios dice en Su Palabra: "Pedid y se os dará; buscad y hallaréis; llamad y se os abrirá. Porque todo aquel que pide, recibe; y el que busca, halla; y al que llama, se le abrirá" (Mateo 7:7-8), está afirmando tácitamente que Él puede hacer todo aquello que pedimos, buscamos o por lo cual llamamos.

Por la oración vamos al Padre y pedimos que él toque a los hombres y los convierta. Que Él derribe a los Nabucodonosores, a los Faraones y a los Ciros de estos tiempos y haga con ellos su voluntad.

Pediremos por quienes el Padre ha puesto en nuestro corazón, e insistiremos hasta que Él nos conceda lo que pedimos.

Otro de los obstáculos que se presentan en la oración son las circunstancias. Muchas veces las circunstancias se presentan tan hostiles a la oración que desalientan el corazón del creyente.

En tal momento parece que Dios no podrá reordenarlas para que cooperen con Su voluntad. Pero cuando leemos las Escrituras, vemos a Dios burlándose de las circunstancias adversas y ordenándolas de acuerdo a Su propósito.

Veamos: El pueblo de Dios es esclavo en Egipto. La grandeza del imperio se sustenta en la mano de obra de los esclavos judíos. Dios envía un mensaje a Faraón diciéndole que deje ir a su pueblo para adorar en el desierto. Pero Faraón se niega rotundamente una y otra vez.  

Pero, aunque Faraón era poderoso, Dios Es Todopoderoso. Y Dios ordenó las circunstancias; Dios hizo desencadenar los eventos necesarios, uno tras otro, con la fuerza incontenible de los Hechos Divinos, hasta que la resistencia de Faraón se rompió y todo estuvo ordenado para el cumplimiento de los designios del Eterno Jehová.

Otro hecho posterior es éste: Israel es esclavo en Babilonia. ¿Cómo puede Dios cumplir su designio de sacar a su pueblo de Babilonia, si el más poderoso reino le tiene dominado, y el propio Israel ni siquiera desea volver a su tierra?

Pero Dios se suscita la oración de un hombre como Daniel para que ore a Dios, y entonces Dios despierta a Ciro, el rey, y a los jefes judíos para ir a Jerusalén.

Su designio otra vez se cumple, porque Él mismo ha ordenado las circunstancias para tal fin.

Pero esto no es así sólo con los grandes imperios del pasado. También lo es en lo pequeño, en las menudas circunstancias domésticas.

En Mateo capítulos 1 y 2, Dios ordena las circunstancias de una manera muy simple, mediante cinco sueños para salvar a José, María y a Jesús.

En Hechos 12, Herodes mete a Pedro en la cárcel bajo amenaza de muerte. ¿Será sacrificado igualmente que Jacobo, el hermano de Juan?

Pedro estaba sujeto con cadenas y custodiado por cuatro piquetes de cuatro soldados cada uno. Y una pesada puerta de hierro era un inexpugnable bastión para cualquiera que quisiera libertarle.

No obstante, Pedro fue liberado. Dios movió a sus ángeles y los guardias fueron burlados. ¿Qué ocurrió? Dios actuó en respuesta a la oración de la iglesia (Hechos 12:5), sin solicitarle permiso a Herodes ni al alguacil de la cárcel, y menos a los soldados.

Más adelante, Pablo hace la obra de Dios como apóstol. Y dirigido por el Espíritu Santo, llega a Filipos. Allí necesita una "cabeza de playa" para iniciar su obra.

Pablo acude cerca del río, donde solían orar, y hablan a las mujeres que se habían reunidos. Allí está Lidia, la vendedora de púrpura… ella cree y les hospeda. Y entonces allí surge la iglesia en Filipos.

¿Encuentros fortuitos? ¿Cómo había llegado Pablo a Filipos?

Dios le había mostrado “el hacer”, mediante una visión. Dios había preparado las circunstancias allí para hacer, por medio del Apóstol  Pablo, Su Obra. Y los corazones de los que habían de creer ya estaban preparados para la fe.

Así, vemos que las circunstancias no son un obstáculo para Dios, y que por la oración ellas pueden ser ordenadas para que colaboren con la voluntad de Dios.

Otro de los obstáculos en la oración del creyente es el enemigo, Satanás.

Muchas veces nuestro corazón desfallece cuando vemos que nuestro enemigo es tan malo y cruel. Parece que nada ni nadie puede oponérsele. Sin embargo, tenemos que declarar que él está vencido.

La derrota del enemigo fue anunciada muy tempranamente, en el mismo huerto de Edén: "Y pondré enemistad entre ti y la mujer, y entre tu simiente y la simiente suya; ésta te herirá en la cabeza, y tú le herirás en el calcañar" (Gén. 3:15).

Aquí se habla de dos heridas. La herida del Señor Jesús fue la exposición al vitupero y a la crucifixión; pero la herida de Satanás fue su derrota y destrucción eternas por esa misma crucifixión de Jesucristo en la cruz. "Así que, por cuanto los hijos participaron de carne y sangre, él (Cristo) participó de lo mismo, para destruir por medio de la muerte al que tenía el imperio de la muerte, esto es, al diablo" (Heb. 2:14).

Y también fue la derrota de todos los demás poderes infernales (Col. 2:15).

En el Antiguo Testamento hay dos figuras o tipos claramente ilustrativos de la derrota de Satanás. En ambos casos la victoria del pueblo de Dios despierta un júbilo desbordante, con canciones y danzas.

La primera es la derrota de Faraón de Egipto en el Mar Rojo (Éxo.  14), y la segunda es la derrota de Goliat en manos de David (1 Sam. 17).

¿Cómo no se alegrará el pueblo de Dios por la derrota del enemigo de Dios y enemigo suyo?

Cuando el Señor Jesús comenzó su ministerio derrotó a Satanás en el desierto (Mat. 4:1-11).

Fue la primera vez que un hombre vencía a Satanás en un encuentro frontal. Era la venganza por la derrota del primer hombre, Adán, en el huerto.

En esta ocasión, el Señor Jesús ató al hombre fuerte (Mat. 12:29), y desde entonces comenzó a arrebatarle las almas de las personas que el maligno tenía cautivas.

Hoy en día, los hijos de Dios tenemos que pedirle al Señor Jesús que le vuelva a atar, que le quite sus armas, para que nosotros podamos repartirnos el botín (Lucas 11:21-22).

Más aún, nosotros mismos –como iglesia– podemos atarle, porque hemos recibido autoridad para hacerlo (Mat. 18:18).

Por un poco de tiempo tiene el enemigo todavía algún ámbito en el que puede moverse, pero él está siempre restringido y controlado por nuestro Dios, y por las oraciones de su pueblo.

Todavía el Señor se sirve de él para nuestro bien, por eso le permite actuar. Pero la oración del pueblo de Dios es absolutamente efectiva contra él, y debemos de ejercerla con diligencia y exhaustividad, abarcando todas las áreas en que él parece estar interesado en estorbar la voluntad de Dios.

Cuando Daniel oró, hubo fuerzas enemigas que impidieron la llegada de la respuesta por algún tiempo, pero eso no impidió que llegara (Dan. 10:12-14).

Sí ayudó a que Daniel se ejercitara en la oración y en la paciencia. Así, pues, aun la oposición de Satanás puede favorecernos, si persistimos hasta conseguir el fin de la oración, porque, de paso, nos habremos despojado de la pereza y habremos ganado en paciencia. "...a fin de que no os hagáis perezosos, sino imitadores de aquellos que por la fe y la paciencia heredan las promesas" (Heb. 6:12).

Un cuarto problema a la oración lo ofrecemos nosotros mismos, los creyentes.

Muchos de nosotros somos pusilánimes para orar debido a que nos miramos a nosotros mismos más que a Dios. Y una conciencia cargada no podrá orar a Dios con confianza.

Es preciso ver que la sangre de nuestro Señor Jesucristo en la cruz limpia nuestra conciencia, y nos hace aptos para presentarnos delante de Dios con nuestras peticiones. Ahora podemos olvidarnos de nosotros mismos, y mirar a Dios con confianza.

Además, nuestra incredulidad, nuestra falta de ejercicio y nuestra inconstancia parecen escollos insalvables y pueden más que las santas promesas de Dios, a la hora de enfrentar este asunto.

Siendo así, no vemos:

a) lo que el Padre ha hecho al ofrecernos en Cristo, de pura gracia, todas las cosas. "El que no escatimó ni a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará también con él todas las cosas?" (Rom. 8:32).

b) las promesas ciertísimas del Señor Jesús de darnos todo lo que le pidamos. "Y todo lo que pidiereis al Padre en mi nombre, lo haré, para que el Padre sea glorificado en el Hijo" (Juan 14:13). "Y esta es la confianza que tenemos en él, que si pedimos alguna cosa conforme a su voluntad, él nos oye. Y si sabemos que él nos oye en cualquier cosa que pidamos, sabemos que tenemos las peticiones que le hayamos hecho" (1 Juan 5:14-15). "Nos ha dado preciosas y grandísimas promesas" (2 Pedro 1:4).

c) la preciosa obra del Espíritu Santo a nuestro favor para ayudarnos en nuestra debilidad, intercediendo por nosotros con gemidos indecibles: "Y de igual manera el Espíritu nos ayuda en nuestra debilidad; pues qué hemos de pedir como conviene, no lo sabemos, pero el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos indecibles" (Rom. 8:26).

Nada de esto es asumido cuando el corazón está lleno de incredulidad y pereza. Pero Dios nos habla a tiempo para que despertemos a la fe y a la diligencia, para que cobremos con paciencia las promesas de Dios y obtengamos lo que pedimos.

"Pero deseamos que cada uno de vosotros muestre la misma solicitud hasta el fin, para plena certeza de la esperanza, a fin de que no os hagáis perezosos, sino imitadores de aquellos que por la fe y la paciencia heredan las promesas" (Heb. 6:11-12).

Y Santiago dice: "No tenéis lo que deseáis, porque no pedís" (4:2 b).

El Señor Jesús mismo nos dice: "Pedid y se os dará; buscad, y hallaréis; llamad, y se os abrirá" (Mat. 7:7).

¿Qué diremos nosotros entonces? ¿Hay algún impedimento insalvable?

¿Hay alguna voluntad que se oponga al deseo de Dios?

Si tocamos el corazón de Dios, alineando nuestra voluntad a la suya, no habrá ninguna voluntad u obstáculo en el mundo que pueda impedir que recibamos lo que Dios ha decidido darnos.

¡Dios te bendiga!




Aguasvivas.cl


lunes, 9 de febrero de 2015

La verdadera riqueza






Todo seguidor de Jesucristo, tarde o temprano, va a tener que decidir cómo plantearse frente a las riquezas.

El mundo está dominado por el dinero, por los ricos y poderosos, y aunque las riquezas materiales no están al alcance de todos, ellas 'coquetean' con todos, al menos en algún momento de sus vidas.

Y si las riquezas no llenan los bolsillos de todos, sí llenan el corazón de todos de inquietud, zozobras y falsas esperanzas.

El poder y las riquezas ejercen tanta presión sobre el alma de hombres y mujeres, y tan imperativamente, que exigen nada menos que el primer lugar, la devoción más incondicional, la totalidad del tiempo.

Ellas quieren convertir a cada hombre y mujer en sus vasallos y devotos.

Porque la exigencia es absoluta… ellas quieren reinar, quieren ser señor.

Por eso el Señor Jesús dijo: "Ninguno puede servir a dos señores; porque o aborrecerá al uno y amará al otro, o estimará al uno y menospreciará al otro. No podéis servir a Dios y a las riquezas" (Mat. 6:24).

¿Las riquezas como "señor"? Sí, nada menos. Cuando el corazón se ha rendido a ellas, gobernarán –aún más, tiranizarán– sobre él sin contrapeso.

Pero su dominio es tan vano y su ofrecimiento tan engañoso, que a poco andar el corazón honesto reconocerá el fraude, y comprobará que la dicha verdadera no viene con ellas, que más bien traen dolor y pesadumbre.

Todos los que han caído bajo su hechizo acaban perdidos en la miseria humana… la vida pierde atractivo; nada satisface. Teniéndolo todo, no tienen nada. Y entonces viene el lastimoso fin.

Y es que todo lo que se alza como rival de Dios tiene que caer, y mostrar su verdadera y triste condición.

Ningún "señor" puede seguir en pie delante de la excelsa presencia del verdadero Señor.

¡Ah, el corazón convertido en juguete y esclavo, qué débil es! ¡Cuán desvalido es!

En cambio, el fuerte de espíritu, el que tiene a Dios viviendo dentro de sí, puede prescindir de las riquezas y pasar por la vida ignorándolas, porque en definitiva no radica en ellas su suerte.

Su brillo no le seduce; sus cantos de sirena no le emocionan: su mirada está puesta más allá de ellas.

¡Qué feliz y qué libre es el hombre y la mujer que se contenta con lo que Dios buenamente le concede!

Ese pequeño placer, que cuesta cuatro céntimos, tiene la dulzura de los bienes imperecederos… esa moneda que alcanza justo para la necesidad cotidiana, vale más que todos los tesoros del avaro insatisfecho.

¡Cuán grande gracia concede Dios al hombre, otorgando sin dinero los bienes más preciados!

Por eso la Palabra de Dios dice: "A todos los sedientos: Venid a las aguas; y los que no tienen dinero, venid, comprad y comed. Venid, comprad sin dinero y sin precio, vino y leche. ¿Por qué gastáis el dinero en lo que no es pan, y vuestro trabajo en lo que no sacia? Oídme atentamente, y comed del bien, y se deleitará vuestra alma con grosura" (Isa. 55:1-2).

¿A qué se refería el profeta Isaías?

¿Qué es lo que se compra sin dinero y sin precio?

Y el Señor responde: "Comed del bien, y se deleitará vuestra alma con grosura".

Justo allí está la clave.

El Bien de Dios es Aquél que Dios envió para saciar el corazón insatisfecho de los hombres.

Y el Bien de Dios tiene un solo nombre: Jesucristo.

¿Quieres recibirle a Él en tu corazón y ser salvo, y ser verdaderamente rico?

Ojalá que tu decisión no se tarde. Nadie puede saber lo que pasará mañana.

¡Dios te bendiga!





Aguasvivas.cl


domingo, 8 de febrero de 2015

Vida en el Espíritu




“Mas vosotros no vivís según la carne, sino según el Espíritu…”.
(Rom. 8:9)




Hay muchas cosas en la Palabra de Dios que para nosotros los cristianos parecen ser una utopía.

Una de ellas es la liberación del pecado, para una vida de santidad... un vivir en el Espíritu.

Pero una cosa que necesitamos tener bien firme en nuestra mente, es que Dios empezó a edificar y él irá a terminar.

Su propósito es hacernos conformes la imagen de su Hijo; un hombre hecho a la medida de la estatura de Cristo.

Jesús obtendrá para sí una iglesia gloriosa, sin mancha, ni arruga o cosa semejante, sino santa e irreprensible… Fiel es lo que nos llama, el cual también lo hará... Empezó a hacer la buena obra, y la completará hasta el día de Cristo… Todas las promesas de Dios son en él Sí, y en él Amén, para la gloria de Dios por medio de nosotros (2 Cor. 1:20).

Es por nuestro intermedio que las promesas de Dios son cumplidas, y Dios es glorificado.

Un día en nuestra carrera cristiana, seremos confrontados con esta necesidad. No podemos seguir engañándonos apenas con la revelación de (Romanos 6) y permanecer en nuestras transgresiones, ni acomodarnos en (Romanos 7), justificando nuestra debilidad.

Pasemos al otro lado”, dijo Jesús.

Ni acomodados a este lado, ni en medio del mar tempestuoso… esto es una orden de parte de él: “En seguida Jesús hizo a sus discípulos entrar en la barca e ir delante de él a la otra ribera.” (Mat. 14:22).

De la misma manera que Jesús andaba sobre el mar, él también en su carne, semejante a la nuestra, no pecó.

Tal vez a principio tengamos el mismo ímpetu de Pedro, diciendo: “Señor, manda que yo vaya a ti”, y andando, vamos a su encuentro… gozamos momentáneamente de esta gracia, pero mirando a las circunstancias, empezamos a hundirnos, y clamamos: “Señor, sálvanos”.

Inmediatamente el Señor asirá nuestra mano, claro, mas también reprochará nuestra incredulidad.

Pero es aquí que tenemos la revelación de que verdaderamente él es el Hijo de Dios.

Es necesario proseguir. Lo que es imposible para nosotros, es posible para Dios.

La liberación del pecado es una cuestión de revelación, de conocimiento de la verdad (Juan 8:32, 36).

Nuestra liberación, como la de Pedro, es una obra del Señor y no nuestra… ¿Por qué entonces muchos no gozan de ella?

Como Pedro, a causa de la incredulidad, a causa de la duda.

Aquel que nació del Espíritu ya no anda más en la carne, sino en el Espíritu, como nos enseña el Señor… Todo lo que es nacido de la carne, carne es; pero lo que es nacido del Espíritu es espíritu (Juan. 3:6).

El Señor nos dice en su Palabra: “Andad en el Espíritu, y no satisfagáis los deseos de la carne”. ¿Creemos en esto?

Pasemos al otro lado”, nos ordena el Señor… y durante el mar revuelto él vendrá a nosotros diciendo: “¡Ven!”.

Entremos en (Romanos 8), porque no recibimos el espíritu de esclavitud para que otra vez estemos en temor, sino recibimos el espíritu de adopción (de mayoría de edad, de madurez), por el cual clamamos: ¡Abba, Padre!

¡Dios te bendiga!




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No estás solo

  Yo haré que queden en Israel siete mil, cuyas rodillas no se doblaron ante Baal, y cuyas bocas no lo besaron». – 1 Reyes 19:18. Remanente ...