miércoles, 27 de mayo de 2015

El ciego de Betsaida





Jesús viene a Betsaida, la pequeña aldea de junto al mar de Galilea.

Es Galilea, la despreciada, casi gentil.

Entonces le traen un ciego para que Jesús le toque.

Ellos saben que todo lo que su mano toca, es transformado.

Algo va a suceder con este hombre, como ha sucedido con muchos otros. Hay expectación entre los concurrentes. ¿Cómo lo hará el Señor esta vez?

Entonces, ocurre algo insólito: Jesús toma al hombre de la mano, y le conduce por las calles de la aldea.

¡Vedlo ahí!: El Maestro camina por las calles con el ciego de la mano.

Su paso es lento, su porte, como siempre, es distinguido, aunque humilde. ¿Cómo podría no serlo?

Jesús no le pone la mano sobre el hombro. No le da un empujoncito paternal acompañado de un: “¡Camina!”.

Jesús no le da el brazo para que se cuelgue de él. Tampoco le pide a los hombres que lo guíen.

¡Él le toma de la mano! ¡Oh, maravilla de amor, de humildad!

Por la calle, ya son dos hombres que caminan. El Dios encarnado camina al lado de un guiñapo humano, como si Él no fuera Dios; y como si ese hombre no fuera un paria.

Son dos hombres. El Bendito acepta ser lazarillo del otro, con la máxima ternura, con la mayor delicadeza. ¡Sólo como Dios puede tenerla!

Después de eso, no hay nadie a quien nosotros no podamos tomar de la mano.

Después de que Cristo el Señor tocase a los leprosos, no hay nadie a quien nosotros no podamos tocar.

Después de haber aceptado la hospitalidad de un pescador de Galilea, no hay hospitalidad, por pobre que sea, que nosotros no podamos aceptar.

¿Adónde le lleva Jesús?

La Biblia dice que Jesús le saca fuera de la aldea, y allí le sana.

Su saliva es todo lo que esos ojos necesitan para ver. Sus manos también le tocan. El ciego, entonces, es sanado. ¡No podía ser de otra forma!

Luego, le envía a su casa, y le dice: “No entres más en la aldea”.

El Señor no quiere publicidad, que la hubiera tenido. No quiere alabanzas, que las merecía. El Señor le envía lejos de allí.

Es el ciego de Betsaida. Y es Jesús tomándole de la mano.

Es el Señor de Gloria desprendiéndose, magnánimo, de su divinidad.

¡Es Dios entre los hombres!

¡Dios les bendiga!





Aguasvivas.cl

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