sábado, 30 de mayo de 2015

Establecerse o salir



En el libro de Génesis encontramos al primer hombre –el prototipo– de los que Dios ha llamado a salir: Abraham. Él debía salir de Ur de los caldeos, de la casa de su padre al lugar que Dios le habría de indicar. Su obediencia y fidelidad han sido ejemplo de todos los hombres y mujeres de fe que han vivido hasta hoy.

Pero en Génesis, muy cerca de este hombre de fe, aparece la de otro hombre: Nimrod, que hace lo contrario que Abraham, porque él se establece en la tierra. Este también es modelo y ejemplo de los grandes de este mundo.

Nimrod llegó a ser el primero poderoso –“prepotente” (Biblia de Jerusalén)– en la tierra. Fue un vigoroso cazador delante de Jehová. Fue fundador de ciudades en el valle de Sinar y en Asiria, siendo las principales de ellas Babel y Resén.

Estos dos hombres son los polos opuestos del gran dilema del hombre en su actitud frente al mundo. ¿Establecerse o salir?

Si seguimos a Nimrod, entonces, establezcámonos, levantemos ciudades, grandes empresas, seamos emprendedores, medremos, que el mundo, en toda su amplitud y pompa, nos espera. El mundo ha de ser conquistado, sus secretos descubiertos, sus riquezas tomadas, todo él es un desafío a nuestra creatividad, empuje y fuerza.

Si seguimos el camino de Abraham, en cambio, juzgaremos que el mundo está bajo maldición, que su sistema es corrupto, que sus riquezas están contaminadas, que su pompa y vanidad se oponen a Dios.

Si seguimos a Abraham viviremos sin esperar nada del mundo, sin tomar nada de él, como proscritos, extranjeros y peregrinos. Viviremos como no poseyendo nada, aunque lo poseamos todo. Caminaremos mirando más allá de su horizonte, correremos despreciando sus honores, batallaremos en nuestro corazón contra sus grandezas vanas.

Si seguimos a Nimrod ganaremos poco; si seguimos a Abraham, ganaremos mucho. Si no seguimos a ninguno de los dos; si nos quedamos en medio de ambos caminos .. indecisos … titubeantes … ¡lo perderemos todo!

¡Bendiciones para todos!





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jueves, 28 de mayo de 2015

Estar con Él



En el evangelio de Marcos se nos muestra un detalle no consignado en los otros tres evangelios respecto de la elección de los doce apóstoles: “Y estableció a doce, para que estuviesen con él, y para enviarlos a predicar” (3:14). La expresión que llama nuestra atención es: “para que estuviesen con él”. 
En esta frase está contenida la primera gran vocación de todo apóstol y de todo obrero del Señor: “Estar con él”. 
No hay aquí una invitación al estudio, ni a realizar todavía una obra determinada, sino a estar con una Persona. ¿Cuántas cosas habrá significado para aquellos apóstoles? No podemos saberlo. 
Pero hay en esto una señal que nos sugiere, al menos, contemplación, comunión y transformación. 
“Estar con él” es el inicio de todo, es la fuente y motor de toda obra de Dios. La condición del hombre es demasiado vil como para que él pueda iniciar algo desde sí mismo. No podría, tomando como base su propia visión, recursos e iniciativas, emprender algo para Dios. Es preciso que entre en el lugar secreto para contemplar a Dios. 
Luego, de esa contemplación surgirá la comunión. Habrá un oír, un aprender, un adorar, y hasta es posible que surja finalmente una “amistad”, término éste que, tratándose de Dios, puede parecer hasta sacrílego, pero que es posible, y que es lo más alto a que puede aspirar un hombre. 
¿Cómo podría alguno osar “ir a predicar” sin haber estado primero “con él”? 
¿Cómo puede alguno osar hacer la obra sin primero haber sido enviado? 
El Señor Jesús no envió a sus discípulos a predicar sin haberlos tenido con él algún tiempo. Esto explica por qué se realiza tanta obra que Dios no mandó hacer; por eso hay tantos obreros que no conocen el modelo de la obra de Dios. 
“Estar con él” no sólo es una demanda para todos los que aspiran a servirle, sino que es un privilegio al que muchos hoy todavía son llamados. Igual que ayer, él todavía sigue llamando a los que quieran oír, para que estén con él. 
Luego, si logran estar quietos algún tiempo, sentados a sus pies, desoyendo todo lo demás para oírle a él, entonces él podrá enviarlos, a su debido tiempo, a hacer exactamente lo que él quiere, y nada más. 
¡Dios les bendiga!






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¿Cuál es el camino?






Cuando los que iban adelante ya no están, surge la pregunta inevitable.

El principio de nuestra vida cristiana la senda parece estar claramente definida para nosotros. Debemos seguir las pisadas de otros, depender de sus máximas, seguir sus consejos, hasta que de repente nos hallamos a la cabeza de la marcha, sin huellas delante de nosotros por toda la expansión del desierto. Es sólo cuando los años han pasado sobre nuestra cabeza cuando este sentido de que estamos sin camino, nos oprime.

En semejantes ocasiones, los labios de Cristo contestan: “Yo soy el camino”. 

En todas partes de los Hechos de los apóstoles hallamos que el término casi invariable por el cual el Evangelio era conocido, era “El camino”, como si los primeros creyentes estuvieran embriagados con el éxtasis del sentimiento de que al fin habían descubierto el curso de la vida bendita, la senda que los llevaría por las perplejidades de la tierra y los traería a la ciudad de Dios.

 Y si hubiéramos suplicado a cualquiera de ellos que diera un equivalente del término que empleaba tan constantemente, habría contestado, sin vacilar ni un momento: JESÚS.

Probablemente no haya mejor manera de cerciorarnos del verdadero método de vida que preguntarnos cómo Jesús habría obrado bajo circunstancias semejantes. Su temple, su manera de mirar las cosas, su voluntad, resuelven todas las perplejidades.

Cuando el pueblo salió de Egipto, el Señor precedía la marcha en la nube Shekinah que se movía suavemente sobre el arca. Cuando ésta se adelantaba, levantaban sus tiendas y seguían; cuando se paraba, ellos se detenían y tendían el campamento.

Era la única guía visible y estable a través de aquel desierto sin caminos. No había nada de esto cuando Esdras condujo el primer destacamento de desterrados de Babilonia a Sion; pero, aunque invisible, el divino guía estaba igualmente en frente de la marcha. Así es, también, en la experiencia diaria.

Cuando el camino se divide, cuando la senda se pierde en la hierba, cuando la expansión del desierto se extiende delante sin una senda marcada, párate; haz una observación; haz callar todas las voces en la presencia de Cristo; pregunta lo que Él querría que se hiciera.

Acuérdate de que el Buen Pastor, cuando saca a sus ovejas, va siempre delante de ellas y ellas le siguen. Jesús siempre va delante de nosotros en cada llamamiento al deber, en cada demanda de abnegación, en cada llamamiento para consolar, ayudar, y salvar.

Teniendo a Dios detrás como Retaguardia, y a Dios en frente como Conductor, y a Dios guiándonos con cánticos de liberación, no puede haber duda de que al fin llegaremos a aquella Sion en que no hay desiertos, y cuyos muros nunca han sido sacudidos por el ataque de hombres armados.





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miércoles, 27 de mayo de 2015

El ciego de Betsaida





Jesús viene a Betsaida, la pequeña aldea de junto al mar de Galilea.

Es Galilea, la despreciada, casi gentil.

Entonces le traen un ciego para que Jesús le toque.

Ellos saben que todo lo que su mano toca, es transformado.

Algo va a suceder con este hombre, como ha sucedido con muchos otros. Hay expectación entre los concurrentes. ¿Cómo lo hará el Señor esta vez?

Entonces, ocurre algo insólito: Jesús toma al hombre de la mano, y le conduce por las calles de la aldea.

¡Vedlo ahí!: El Maestro camina por las calles con el ciego de la mano.

Su paso es lento, su porte, como siempre, es distinguido, aunque humilde. ¿Cómo podría no serlo?

Jesús no le pone la mano sobre el hombro. No le da un empujoncito paternal acompañado de un: “¡Camina!”.

Jesús no le da el brazo para que se cuelgue de él. Tampoco le pide a los hombres que lo guíen.

¡Él le toma de la mano! ¡Oh, maravilla de amor, de humildad!

Por la calle, ya son dos hombres que caminan. El Dios encarnado camina al lado de un guiñapo humano, como si Él no fuera Dios; y como si ese hombre no fuera un paria.

Son dos hombres. El Bendito acepta ser lazarillo del otro, con la máxima ternura, con la mayor delicadeza. ¡Sólo como Dios puede tenerla!

Después de eso, no hay nadie a quien nosotros no podamos tomar de la mano.

Después de que Cristo el Señor tocase a los leprosos, no hay nadie a quien nosotros no podamos tocar.

Después de haber aceptado la hospitalidad de un pescador de Galilea, no hay hospitalidad, por pobre que sea, que nosotros no podamos aceptar.

¿Adónde le lleva Jesús?

La Biblia dice que Jesús le saca fuera de la aldea, y allí le sana.

Su saliva es todo lo que esos ojos necesitan para ver. Sus manos también le tocan. El ciego, entonces, es sanado. ¡No podía ser de otra forma!

Luego, le envía a su casa, y le dice: “No entres más en la aldea”.

El Señor no quiere publicidad, que la hubiera tenido. No quiere alabanzas, que las merecía. El Señor le envía lejos de allí.

Es el ciego de Betsaida. Y es Jesús tomándole de la mano.

Es el Señor de Gloria desprendiéndose, magnánimo, de su divinidad.

¡Es Dios entre los hombres!

¡Dios les bendiga!





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martes, 26 de mayo de 2015

El camino de la cruz






Es de gran utilidad para el creyente conocer la diferencia que hay entre las expresiones la obra de la cruz y el camino de la cruz, y las importantes realidades espirituales que se esconden tras ellas.

La obra de la cruz es referida enteramente al Señor Jesucristo, la cual Él realizó el día en que su cuerpo fue clavado en la cruz del Calvario.

Ese día ocurrieron dos cosas fundamentales: La sangre que Él derramó allí fue plenamente eficaz para el perdón de nuestros pecados; y su muerte sustitutiva dio fin al pecado y a la carne como principios dominantes en el hombre, de acuerdo a las palabras de Pablo: “Sabiendo esto, que nuestro viejo hombre fue crucificado juntamente con él, para que el cuerpo del pecado sea destruido, a fin de que no sirvamos más al pecado” (Romanos 6:6).

Esto es lo que se conoce como la obra de la cruz, y está absolutamente consumada.

Ningún hombre participó ni colaboró en ella, ni nadie puede agregar nada a lo que el Señor Jesús, el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo, hizo perfectamente.

Pero está también el camino de la cruz.

El camino de la cruz tiene que ver con “llevar la cruz” el creyente.

Es decir, es nuestra cooperación diaria en la aplicación de la muerte al hombre natural, a las facultades y energías del alma, para que la vida de Dios que ya mora en nosotros, pueda manifestarse progresivamente.

El camino de la cruz está implicado en las palabras del Señor: “Tome su cruz cada día” (Lucas 9:23), y es un proceso interior, subjetivo y diario.

No se trata de “crucificar el alma”, —el alma es el asiento de nuestra existencia individual y como tal no puede morir sin que muramos también biológicamente–, sino que se trata de llevar las energías y las dotes del alma a la muerte, para recibirlas luego de parte de Dios en resurrección.

Sólo cuando esto ocurre, el alma estará sujeta al Espíritu y será de eficaz colaboradora en la obra de Dios.

Esperamos que Dios nos conceda, en su gracia, conocer algo más de este fructífero –aunque a veces también doloroso– camino, y sobre todo vivirlo, para la gloria de Dios.

¡Bendiciones para todos!




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lunes, 25 de mayo de 2015

No creían en Él






Dos hermanos del Señor según la carne fueron autores de sendas epístolas del Nuevo Testamento, la de Santiago y la de Judas.

Santiago era considerado, además, en los comienzos de la iglesia en Jerusalén, una de las columnas.

Sin embargo, éstos, sus hermanos, no siempre creyeron en él.

Santiago (o Jacobo) era, al parecer, el segundo hijo de María, el que seguía del Señor. Luego venían José, Judas y Simón.

Todos ellos compartían, junto a sus padres y hermanas, las vicisitudes de una familia piadosa, pero normal.  Tan normal debió de ser, que ellos no reconocieron quién era de verdad su hermano mayor.

Cuando el Señor comienza su ministerio, ellos se desconciertan. Le acompañan en algunos de sus viajes, pero tal parece que no en calidad de discípulos (Jn. 2:12).

Y aunque María había presenciado hechos portentosos en el nacimiento de su Hijo, seguramente no era creída. Juan, el apóstol, dice de ellos: “Porque ni aún sus hermanos creían en él.” (Jn. 7:5).

Ellos asumen entonces una conducta errática. Unas veces van en su busca para traerle a casa, pensando que estaba fuera de sí (Mr. 3:21); otras le dicen en son de burla que vaya a Judea, porque “ninguno que procura darse a conocer hace algo en secreto” (Jn. 7:4).

El hecho de que los habitantes de Nazaret no creyeran en él era comprensible. Pero que su familia no creyera, eso sí era asombroso además de doloroso.

Por eso, el Señor resume en una sola frase toda su desazón: “No hay profeta sin honra sino en su propia tierra, y entre sus parientes, y en su casa” (Mr. 6:4).

Entonces, el vacío que dejan sus hermanos lo ocupan, felices, todos aquellos que “hacen la voluntad de Dios” (Mr. 3:35).

Sin embargo, en algún momento luego de la muerte y resurrección del señor Jesucristo, ellos le ven tal como es, y  al fin se unen a sus discípulos (Hch. 1:14).

Entonces, Jacobo puede decir de su hermano y Señor una hermosa frase que borra todo un pasado de desprecio: “nuestro glorioso Señor Jesucristo” (Stgo. 2:1).

Y entonces Judas puede decir en su cortísima pero poderosa epístola: al único y sabio Dios, nuestro Salvador, sea gloria y majestad, imperio y potencia, ahora y por todos los siglos. Amén. (Jud. 25).

Ahora el Señor Jesús es algo más que su hermano: Ahora el Señor Jesús es el Rey de Reyes y Señor de la gloria.

Ahora ellos le conocen de verdad.

¡Bendiciones para todos!





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