martes, 21 de abril de 2015

Llanto amargo






La negación de Pedro pasa por tres etapas, y en cada una de ellas la tragedia del discípulo es mayor.

En la primera, Pedro niega al Señor delante de todos (Mt. 26:70): Mas él negó delante de todos, diciendo: No sé lo que dices.

En la segunda, niega "otra vez con juramento" (v. 72): Pero él negó otra vez con juramento: No conozco al hombre.

En la tercera, dice la Escritura que Pedro "comenzó a maldecir y a jurar" (v. 74): Entonces él comenzó a maldecir, y a jurar: No conozco al hombre. Y en seguida cantó el gallo.

Todo esto forma parte de la misma escena, pero tiene tres peldaños en su caída.

Finalmente, cuando se hace la luz en el corazón de Pedro, cuando se acuerda de las palabras del Señor, "saliendo fuera, lloró amargamente" (v. 75).

Este "llanto amargo" es probablemente la experiencia más dramática de Pedro –aunque vivió muchas otras que también podrían recibir ese calificativo–.

Pedro tuvo que probar el llanto amargo para conocer la verdadera dimensión de su bajeza. Tuvo que probar el llanto amargo para ser limpiado, por esas lágrimas, de toda forma de justicia propia.

No fue Pedro el único que prometió al Señor fidelidad hasta el fin; también hicieron lo mismo los otros discípulos (Mt. 26:35): Pedro le dijo: Aunque me sea necesario morir contigo, no te negaré. Y todos los discípulos dijeron lo mismo.  

Sin embargo, no se dice de los otros discípulos que ellos hayan llegado hasta las lágrimas amargas como ocurrió con Pedro.

Al parecer, ellos no cayeron tan bajo. Pero a veces es preciso caer así para poder levantarse, y ser el predicador en un nuevo Pentecostés.

No pretendemos por supuesto hacer una alabanza de las caídas, pero sí decimos que en ocasiones es preciso llegar tan lejos, por causa de la bajeza del vaso, para vaciarse de todo orgullo y presunción.

A veces es preciso que los David se ensañen con los Urías, y los Abraham se hagan necios frente a los Abimelec, para que la gracia de Dios brille sin la vana ayuda de la justicia humana.

¿Ha probado usted el llanto amargo?

¿O es usted, con todo respeto, de aquellos que no han caído nunca, que pueden exhibir una hoja de vida blanquísima e intachable?

Tal vez usted nunca haya llorado lágrimas amargas.

No sé si decir que, por eso, sea usted bienaventurado –porque siendo usted prudente y humilde, nunca necesitó Dios soltarlo hasta ese extremo; o si es desdichado–, porque nunca podrá conocer la verdadera hondura de su miseria.

Lo que sí podemos decir es que muchos otros Pedros ha habido, que estuvieron en otros funestos patios con los criados, y también en otros Pentecostés.

¡Maravillosa gracia de Dios, fuente inmarcesible de recursos de bondad para el hombre inútil y desprovisto!

¡Maravillosa gracia, inmerecida, fuente divina que fluye a raudales para el hombre débil e incapaz de agradar a Dios!

Si no viésemos a Pedro en Pentecostés –y luego en los siguientes capítulos del libro de los Hechos– remontarse a las mayores alturas espirituales, aquellas lágrimas amargas serían lágrimas inútiles, lágrimas de frustración, de miseria, de desencanto, de derrota definitiva e irremontable.

¡Pero he aquí que lo vemos en las alturas del gozo, en el poder del Espíritu, en el servicio fecundo, en la llenura, en la danza de las espigas llenas, ganando miles de almas para su Señor Jesucristo!

¡Cuántas veces tendrá que seguir viniendo el llanto amargo a la garganta de los siervos de Dios!

¡Cuántas veces la oscura noche, sin esperanza, vendrá, sin un asidero en el cual el pie pueda afirmarse!

En aquel momento se sentirán caer más y más profundo, hasta el Seol mismo.

Pero, bendita gracia de Dios, porque vendrá otro día, otra luz, y el rostro del Cordero de Dios que quita el pecado del mundo nos sonreirá de nuevo.

¡Dios les bendiga!





Aguasvivas.cl

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