miércoles, 25 de marzo de 2015

Salvación, llamamiento y propósito





Dios no nos salvó tan solo para librarnos del infierno y llevarnos al cielo. Ese no es el propósito único de Dios.



…quien nos salvó y llamó con llamamiento santo, no conforme a nuestras obras, sino según el propósito suyo y la gracia que nos fue dada en Cristo Jesús antes de los tiempos de los siglos…».
(2ª Tim. 1:9)



Nuestra salvación

El versículo que acabamos de leer tiene al menos tres conceptos muy importantes: «nos salvónos llamó con llamamiento santosegún el propósito suyo».

El autor de Hebreos dice que tenemos «una salvación tan grande»; es decir, la salvación que Dios nos ha provisto en Cristo no solo contempla una área de nuestra vida, sino todo nuestro ser.

A veces no dimensionamos la salvación que Dios nos ha dado. Nos alegramos en la salvación, es cierto; nos regocijamos y cantamos alabanzas al Señor con respecto a la salvación que hemos recibido, pero no hemos considerado todos sus alcances.

La caída del hombre causó tantos estragos, que hasta el día de hoy lidiamos con ellos, pero bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo que nos proveyó en Él un poderoso Salvador.

Nosotros estábamos muertos en delitos y pecados, no podíamos acercarnos a Dios; pero su salvación vino a nosotros y entonces nuestro espíritu fue regenerado por la obra del Espíritu, de tal manera que hoy podemos volver a tener comunión con nuestro Padre. ¡Gloria al Señor!

Salvación y llamado

Así que es necesario que Dios primero salve al hombre. Y luego, una vez que el hombre es regenerado, viene el llamamiento del Señor.

Dios no podría llamarnos a realizar algún servicio sin habernos salvado previamente. Por tanto, para todos los que han sido y están siendo salvados por el Señor, hay ahora un llamado de parte de Dios.

Él nos salvó, y allí nada tuvimos que hacer nosotros. La salvación de Dios le corresponde sólo a Él.

Nosotros podemos decir ahora: «¿Señor, por qué me salvaste a mí?». Pero esto es un asunto de Soberanía del Señor. Punto.

Damos gracias a Dios porque tuvo misericordia de nosotros y nos salvó. Pero el llamamiento es distinto. En este llamamiento, Dios espera de nosotros una respuesta; es una interpelación  de Dios.

Naturaleza de nuestro llamamiento

El versículo que estamos estudiando dice: «…quien nos salvó y llamó».

Es interesante la acotación que hace aquí el Espíritu, porque no es cualquier llamamiento. Dice que nos llamó con «llamamiento santo».

Así que es importante destacar que la esencia del llamado radica en la santidad de Dios.

Hoy existen muchas instituciones y organismos que convocan a participar en sus nobles tareas; pero, nosotros no hemos sido llamados a participar de alguna ONG, sino en la iglesia, en la casa del Dios viviente, en la habitación de Dios donde Él mora, donde Él quiere sentirse cómodo.

Entonces, este es un llamamiento serio; por tanto tenemos que asumirlo con responsabilidad, con compromiso.

Nosotros no vamos a responder frente a un hombre con respecto del llamado que tenemos, sino delante de Aquel que nos llamó, es decir, delante de Dios mismo.

El peligro de relativizar

Tiempo atrás, tocante a la carta a los Hebreos, se nos decía que juntamente con la exhortación va la enseñanza, pero que también junto a la exhortación hay asociado un peligro. Y el peligro asociado con respecto a nuestra salvación es que «descuidemos una salvación tan grande».

Quisiera tomar eso mismo para aplicarlo al llamamiento. El riesgo es el mismo. Podemos relativizar nuestro llamamiento, creyendo que no es tan importante. Pero el llamamiento que está sobre nosotros es un llamamiento santo, serio.

Es cierto, tendremos pruebas, aflicciones, situaciones complejas en la vida, tal vez nos queramos alejar de la comunión; pero, hermano, recuerda, el que te llamó es Dios mismo, y a Él tendremos que responder por su llamado.

El riesgo de relativizar nuestro llamado consiste en creer que son otros los que tienen un llamado a servir, y no cada uno de nosotros. Pero Dios nos ha llamado para que, en medio de esta convulsionada sociedad, seamos la iglesia del Dios vivo, columna y baluarte de la verdad.

No relativicemos lo que somos; esto es lo que somos, este es el lugar que pisamos, la casa de Dios, donde el cielo se encuentra con la tierra.

Y qué maravilloso es eso.

Este un lugar especial, de manera que no podemos comportarnos livianamente, como si quien nos llamó fuese una persona cualquiera.

Debemos andar como es digno de la vocación con que fuimos llamados. Pero si este llamado de Dios no ha sido revelado, impregnado por el Espíritu Santo en nuestro corazón, nada ocurrirá con nosotros, no vamos a crecer.

Podremos tener muchas actividades religiosas, rutinarias, pero no maduraremos nunca. Cuando hay revelación y compromiso, entonces sí hay fruto para Dios.

¿Cómo se puede relativizar nuestro llamado? Nosotros vivimos en un mundo donde la relatividad está de moda. El relativismo es hoy el paradigma bajo el cual toda la sociedad se construye, según el cual, lo bueno no es tan bueno y lo malo no es tan malo.

Entonces, nuestras normas morales se van a amoldar a esa realidad, a esa contingencia. Así es el mundo, y nosotros caeremos en aquellos riegos si no estamos cimentados en la fe y si esta palabra no está revelada al corazón.

El lenguaje de Asdod

En (Nehemías 13:23-24) hay algo interesante que el profeta denuncia. Él dice: «Vi asimismo en aquellos días a judíos que habían tomado mujeres de Asdod, amonitas, y moabitas; y la mitad de sus hijos hablaban la lengua de Asdod, porque no sabían hablar judaico, sino que hablaban conforme a la lengua de cada pueblo».

Aquí hay algo de suma importancia que es digno de considerar. El pueblo de Israel cometió el pecado de relacionarse con mujeres extranjeras y casarse con ellas, de tal manera que sus hijos olvidaron su idioma nativo, y la mitad de ellos hablaba una lengua extraña; o sea, había una mezcla de lenguaje.

Noten esto, no era un lenguaje único, no era un solo idioma, estaban mezcladas la lengua de Asdod y la lengua judía. No es muy difícil extrapolar esto a nuestra realidad. ¿Qué ocurre con nosotros? ¿Qué ocurre con nuestros hijos? ¿Cuál es el lenguaje que estamos utilizando?

Es un lenguaje mezclado, un lenguaje que tiene trazas de espiritualidad y que sabemos aplicarlas y adecuarlas en cada contexto. Por tanto, cuando estamos con los hermanos, hablamos de esta forma, porque así se acostumbra a hablar o a orar aquí,  con este tono de voz, con estas maneras.

Pero, ¿qué pasa en la parte exterior? ¿Qué pasa en la universidad? Jóvenes, ¿qué hablamos con los compañeros? ¿Qué lenguaje utilizamos allí? ¿Qué hablamos, de qué nos reímos? Pareciera ser que allí nos olvidamos de quiénes somos, pareciera que olvidamos que tenemos un llamamiento santo sobre nosotros.

Cuando relativizamos nuestro llamamiento, una de las cosas que ocurren es que nuestro lenguaje se mezcla. ¿Sabe cuál es el  idioma que debemos hablar siempre? El lenguaje de Dios. Su palabra es nuestra palabra, su voz es nuestra voz.

No tenemos otro idioma, hablemos como Él habla, donde sea, con quien sea, con los amigos, con nuestra familia, en todo lugar. Que no haya mezcla en nuestro corazón.

El lenguaje representa también la identidad de un pueblo. En Europa hay muchos países muy cercanos unos de otros; sin embargo, cada cual tiene su propio idioma y eso lo hace diferente de sus vecinos; le da una identidad. Una nación con un idioma mezclado, tiene un grave problema de identidad.

Nosotros somos del reino celestial, somos de Dios, somos la embajada de este reino aquí en la tierra. El Señor nos libre del lenguaje de Asdod, para que podamos hablar solamente el lenguaje de Jesucristo.

Llamamiento con propósito

Volviendo a Timoteo, tenemos un llamamiento santo, y esto es algo muy serio. Ahora, unimos esos dos conceptos, salvación y llamamiento, y nos preguntamos: ¿Para qué Dios nos salvó? ¿Cuál es el propósito de nuestra salvación? ¿Cuál es el propósito de nuestro llamado?

Vamos a decirlo primero en negativo: Dios no nos salvó tan solo para librarnos del infierno y llevarnos al cielo. Ese no es el propósito final de Dios.

Entonces, ¿Para qué nos salvó Dios?

Algunos podrían decir: «Hermanos, Dios nos salvó  para predicar a Cristo, para evangelizar, para hablarles a otros acerca del Señor». Y sí, tenemos que predicar, tenemos que hablar; pero ese no es el propósito final de Dios, no es su objetivo último.

No confundamos ese propósito con la gran comisión; la gran comisión es una tarea, pero no es el objetivo final. Entonces, ¿cuál es el propósito por el cual Dios nos salvó y nos llamó?

Comunión con su Hijo

Vamos a (1 Corintios 1:9): «Fiel es Dios, por el cual fuisteis llamados a la comunión con su Hijo Jesucristo nuestro Señor».

Entonces, ¿fuimos llamados a salir a hacer cosas?

En primera instancia, no. Dios nos llama, primero, a tener comunión con su Hijo. Para eso él proveyó una tan grande salvación, porque él deseaba en su corazón tener comunión con nosotros.

Un versículo muy interesante de Apocalipsis referente a Laodicea suele ser mal interpretado, especialmente cuando lo relacionamos con aquellos que aún no creen en el Señor. «He aquí, yo estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré a él, y cenaré con él, y él conmigo» (Apoc. 3:20).

Sin embargo, esta carta fue escrita a los hermanos en Laodicea.

Los destinatarios no eran incrédulos, sino creyentes en el Señor. Pero algo ocurría con ellos, que aún siendo creyentes, el Señor permanecía fuera.

Eso tiene que ver con el propósito por el cual Dios nos salvó. ¿Qué pasó con Laodicea, entonces?

Ellos no entendían que el propósito de Dios para con ellos no consistía en que hicieran obras, ni en que disfrutaran de bonanza económica, o de un activismo febril; sino en que Dios quería tener comunión con ellos, porque para eso los había salvado.

Cristo habitando

Veamos un segundo aspecto, en (Efesios 3:14-17): «Por esta causa doblo mis rodillas ante el Padre de nuestro Señor Jesucristo, de quien toma nombre toda familia en los cielos y en la tierra, para que os dé, conforme a las riquezas de su gloria, el ser fortalecidos con poder en el hombre interior por su Espíritu; para que habite Cristo por la fe en vuestros corazones».

¿Cuál es el ruego de Pablo aquí? El apóstol no está orando por los inconversos, sino por la iglesia en Éfeso, y ¿cuál es el motivo de su oración? Él ruega al Padre para ellos sean fortalecidos en el hombre interior por su Espíritu. ¿Para qué? «…para que Cristo habite por la fe».

La primera carta en Apocalipsis es a la iglesia en Éfeso. Y el Señor da buen testimonio de ella. Ellos amaban a los hermanos, hacían muchas cosas loables; pero hay algo que el Espíritu tenía en contra. ¿Qué era? «Has perdido tu primer amor». Eso es, has perdido el amor al primero que debe estar en tu corazón.

Es interesante que esta oración de Pablo por la iglesia en Éfeso también se encuentre en el mismo sentir: «…para que habite Cristo por la fe en vuestros corazones».

Nosotros podríamos decir: «Pero Cristo ya habita en mi corazón, hermano. Hace tantos años que creo en el Señor, que confesé su nombre. Por lo tanto, él ya habita en mi corazón».

Pero cuando Pablo escribe esta carta, Éfeso es una iglesia que ya lleva años caminando. Ellos ya habían vivido muchas cosas. Eran hermanos en los cuales la fe estaba presente, que se reunían todos los días, que estaban haciendo actividades para el Señor, estaban predicando la palabra.

Residencia permanente

¿Cómo, entonces, el Apóstol Pablo ora para que, en ellos, habite Cristo por la fe? Aquí no se está refiriendo a la salvación.

Pablo no está orando para que sean salvos, porque ya lo son. Entonces, hermanos, este habitar de Cristo va mucho más allá de la salvación.

Habitar no es estar un tiempo de paso en algún lugar y luego marcharse. Habitar es hacer de un lugar su residencia permanente. Este era el ruego de Pablo, que el Señor morara en el corazón de ellos de forma permanente. ¿Por qué enfatizamos este punto? Porque a veces nosotros vivimos creyendo en el Señor, pero no con Cristo habitando en nuestro corazón.

Usted me dirá: «Hermano, ¿pero se puede vivir así? Sí, se puede vivir creyendo en el Señor sin que él necesariamente esté habitando en nuestro corazón.

Que habite Cristo en nosotros, significa que podemos vivir una vida cristiana en real dependencia del Señor.

Así como hay una diferencia entre un creyente y un no creyente, así también hay una diferencia enorme entre un creyente común y uno en el cual Cristo habita por la fe en su corazón.

Cristo vive en mí

El corazón representa toda nuestra personalidad. Nosotros lo dividimos en voluntad, sentimientos, emociones; pero, en el fondo, nuestro corazón es nuestra personalidad, todo lo que somos.

Cuando Cristo habite por la fe en el corazón, entonces él va a vivir por usted; entonces él va a tomar las decisiones y no usted, porque él va estar habitando en el corazón.

Hermanos, es tan importante que comprendamos este asunto por revelación. Esto constituye el punto más álgido de nuestra carrera cristiana. De las revelaciones que Pablo tuvo, ésta fue la mayor: que Cristo llegase a habitar en nosotros. Eso es lo que Dios quiere. No quiere estar al lado como un orientador, no. Él no quiere solo influenciarnos; él quiere vivir en nosotros, quiere dirigirlo todo.

Por eso, Pablo dice: «Ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí». Ese es el fin. Dios nos salvó para que Cristo habitara en nuestros corazones. Ese es el propósito de nuestra salvación. Dios nos salvó para que Cristo sea el dueño de nuestro corazón, para que él gobierne toda nuestra vida.

Dejemos que él haga morada en nosotros. Espiritualmente, esto es así, pero muchas veces nosotros ponemos trabas al Señor y no se lo permitimos. Tenemos nuestros cuartos secretos en el corazón, donde Dios no tiene cabida, cerramos las puertas de algunas habitaciones y allí él no entra, no está habitando como él quiere hacerlo; no está haciendo uso de su habitación como quiere, porque nosotros lo restringimos, porque no le dejamos libertad para que gobierne toda su casa.

¿Biografía o experiencia real?

Cuando decimos que el propósito de Dios es que tengamos comunión con su Hijo y que él habite en nuestro corazón, lo podemos asemejar a esto: usted puede leer la biografía de un personaje y una vez concluida la lectura puede llegar a creer que usted conoce a esa persona, porque conoce la información esencial de la vida de ella.

A veces tratamos al Señor como si fuese un personaje común, nos conformamos con leer su biografía, en los evangelios, en las epístolas, y si alguien nos pregunta acerca de la vida de Jesús, podríamos señalar algunos aspectos, y podríamos hablar acerca de él e incluso dar detalles que otros no perciben.

Cuando alguien lee una biografía, cree conocer a la persona, pero si llegase a tener un encuentro con la persona real, quedaría completamente sorprendido, porque descubriría muchos detalles imposibles de describir en una mera biografía escrita.

Aún no es suficiente

Amados, no creamos que ya conocemos plenamente al Señor o que ya es suficiente con la revelación que tenemos.

Demos gracias por todo lo que hemos recibido de Él, pero nos va a faltar eternidad para contemplar y conocer a Aquel que es el verdadero. No seamos osados en creer que ya le conocemos.

Hemos leído los evangelios, se nos han abierto las Escrituras y hemos visto detalles de la vida de Jesús. Es bueno hacerlo, pero eso no es base suficiente para decir que le conocemos.

¿Cuánto conocemos a aquel que nos salvó y que nos llamó? ¿Cuánta comunión hemos tenido con él? ¿Tenemos intimidad con él?

Lo más maravilloso de todo esto es que Dios quiere manifestarse a nosotros.

Él es el primer interesado en que tú le conozcas. Él quiere revelarse. Pablo dice: «Agradó  a Dios revelar a su Hijo en mí». Eso es revelación, no solo lectura intelectual de las Escrituras.

Tengamos experiencias con él, comunión real, intimidad con él.

Amados hermanos, para esto Dios nos salvó, para esto Él nos llamó: para tener comunión con nosotros, pero también para habitar en nosotros, para hacer de nosotros su permanente habitación.

¡Dios les bendiga!




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