jueves, 5 de marzo de 2015

Pan y agua





La respuesta de Dios a la necesidad del hombre suele ser tan simple como el pan y el agua.

Si la respuesta de Dios a los problemas fundamentales en la vida de los hombres hubiera sido que subieran a buscarla al cielo, o bajaran a recogerla al abismo, esta respuesta estaría lejos del alcance de todos los hombres.

Pero está tan cerca y es tan accesible, como el pan y el agua.

Y el pan y el agua nos sugieren las dos necesidades básicas del hombre, la necesidad de alimento y de bebida.

Toda la creación nos muestra que Dios alimenta y sacia a sus criaturas. Ya Dios le decía a Job, en tiempos lejanos: "¿Quién prepara al cuervo su alimento, cuando sus polluelos claman a Dios, y andan errantes por falta de comida?" (Job 38:41).

Y cuando Israel es sacado de Egipto, al faltarle el pan y el agua en el desierto, dice la Palabra que Dios les provee de una forma milagrosa:  El pan llueve del cielo y el agua surge de la peña (Ex. 16 y 17).

Y Dios, que cuida de sus criaturas menores (los animales), no descuidaría sus criaturas mayores (los hombres).

Todo esto hace el Señor en su cuidado por sus criaturas y por el hombre... pero esto significa mucho más de lo que estamos diciendo.

La necesidad de pan y la necesidad de agua materiales, siendo reales en sí mismas, representan una necesidad mayor de toda alma humana: la necesidad espiritual de Dios.

Es éste un clamor –de sed, de hambre– que surge desde el fondo del alma y que no puede ser saciado, y por lo cual el hombre también suele "andar errante".

¿Y qué hace el Dios Todopoderoso para que esa necesidad sea suplida?... Él envía a su amado Hijo Jesucristo, con la encomienda de que Él se convierta en pan y se convierta en agua para los hombres.

Por eso Jesús dijo, hablando con la mujer samaritana: "Si conocieras el don de Dios, y quién es el que te dice: Dame de beber; tú le pedirías, y él te daría agua viva" (Juan 4:10).

Y Jesús también dijo: "Si alguno tiene sed, venga a mí y beba. El que cree en mí, como dice la Escritura, de su interior correrán ríos de agua viva. Esto dijo del Espíritu que habían de recibir los que creyesen en él; pues aún no había venido el Espíritu Santo, porque Jesús no había sido aún glorificado." (Juan 7:37-39).

Y en otra oportunidad, el Señor dijo: "No os dio Moisés el pan del cielo, mas mi Padre os da el verdadero pan del cielo... Yo soy el pan de vida; el que a mí viene nunca tendrá hambre" (Juan 6:32, 35).

Y aquí el Señor Jesús aclara entonces que la dádiva de Moisés no era la verdadera y definitiva, sino más bien la del sacrificio de su propia persona, de su propia vida bendita.

Vemos que en el desierto, Dios proveyó primeramente el pan al pueblo de Israel, y luego el agua, dando a entender con esto que primeramente era Cristo quien debería ser dado, y después el Espíritu Santo.

Porque el Espíritu fue enviado luego que el Señor fue exaltado a la diestra de Dios.

Sin embargo, cuando leemos el evangelio de Juan nos encontramos primero con el agua y después con el pan. ¿Por qué?  Porque el Señor Jesucristo concede el honor al Espíritu Santo.

Así tenemos que cuando Dios da testimonio en el desierto, exalta a Jesús, y cuando Jesús da testimonio en el evangelio de Juan, honra al Espíritu Santo.

Porque así es como operan las cosas en la Deidad… cada uno dando la primacía al otro. ¡Qué Grande es Dios!

En verdad es maravillosa la forma cómo Dios ha hecho para saciar la mayor necesidad del hombre… no la ha saciado con algo menos; sino que Él se dio a Sí Mismo por los hombres, para que ellos no tengan más sed y hambre.

Jesús es el Pan de Dios, Cristo es el Pan de Vida, y es quien da la bendita Agua de Dios.

¡Bendito sea su nombre por los siglos!

Amén.





Aguasvivas.cl



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