miércoles, 18 de marzo de 2015

Las obras del Hijo




Felipe le dijo: Señor, muéstranos el Padre, y nos basta. Jesús le dijo: ¿Tanto tiempo hace que estoy con vosotros, y no me has conocido, Felipe? El que me ha visto a mí, ha visto al Padre; ¿cómo, pues, dices tú: Muéstranos el Padre? ¿No crees que yo soy en el Padre, y el Padre en mí? Las palabras que yo os hablo, no las hablo por mi propia cuenta, sino que el Padre que mora en mí, él hace las obras. Creedme que yo soy en el Padre, y el Padre en mí; de otra manera, creedme por las mismas obras. De cierto, de cierto os digo: El que en mí cree, las obras que yo hago, él las hará también…”.
(Juan 14:8-12)




El capítulo 14 del evangelio de Juan contiene una gran riqueza, imposible de calcular. Nosotros seríamos insensatos si no nos apropiamos de ella. Para nosotros, toda la palabra del Señor es un tesoro; pero, específicamente este capítulo, contiene verdades que no podemos pasar por alto.

Hay muchas palabras que han marcado la historia de nuestra vida cristiana, a través del tiempo. Alguna palabra quedó de tal manera grabada en nuestros corazones, y esa palabra le ha ido trazando rumbo a nuestra vida. Mediante el socorro del Señor, deseamos que esta palabra también pase a ser parte de nuestra riqueza.

«Señor, muéstranos el Padre, y nos basta» pregunta Felipe (v. 8). Recordemos que Felipe está viendo, en el Señor Jesús, una realidad incomprensible para él en ese momento, lo cual no es igual para nosotros hoy. Estamos en mejor posición que Felipe, por la gracia del Señor.

«Jesús le dijo: ¿Tanto tiempo hace que estoy con vosotros, y no me has conocido, Felipe? El que me ha visto a mí, ha visto al Padre; ¿cómo, pues, dices tú: Muéstranos el Padre? ¿No crees que yo soy en el Padre, y el Padre en mí?» (v. 9-10). Esas palabras son familiares para nosotros, pues ya se nos ha revelado que estamos en Cristo, y Cristo está en nosotros. Luego, el Señor dice:«Las palabras que yo os hablo, no las hablo por mi propia cuenta, sino que el Padre que mora en mí, él hace las obras» (v. 10). Que se nos quede muy grabada esta palabra: «…el Padre que mora en mí, él hace las obras». «Creedme que yo soy en el Padre, y el Padre en mí; de otra manera, creedme por las mismas obras» (v. 11). Y el versículo 12 dice algo todavía más cercano a nosotros: «El que en mí cree, las obras que yo hago, él las hará también…».

El resto del capítulo habla de la presencia del Espíritu Santo, el Consolador, que no nos dejaría huérfanos, que vendría a nosotros, que nos guardaría, que haría morada con nosotros, que nos enseñaría y nos recordaría todas las cosas.

“Las obras que yo hago”

Pero el punto central de todo esto se puede resumir en estas palabras. El Señor dice: «…el Padre que mora en mí, él hace las obras». Hermanos, si tan sólo esta palabra tuviese una aplicación en cada uno de nosotros, si pudiésemos vivir algo de esta palabra, ¡cuántas cosas podrían ser hechas!

«El que en mí cree…». Yo he creído en el Señor. Estamos hablando a creyentes. Creemos al Señor. El Señor dice: «…las obras que yo hago, él las hará también…». Y nos detenemos intencionalmente ahí, porque, lo que dice a continuación: «…y aun mayores hará…», nos lleva en el pensamiento a hacer más que el Señor. Pero, la verdad es que, para hacer más, primero deberíamos hacer las mismas obras del Señor.

Pero, al mismo tiempo, si por la gracia del Señor, logramos hacer las obras que él hizo, entonces podrán venir las otras también. Díganme si no es grande meditar sólo en esto, en el potencial que esto tiene.

Admiramos al Señor Jesús, cada palabra dulce de su boca, sus hechos, su poder y  autoridad. Tenemos una profunda admiración por cuanto nuestro Señor ha hecho. Nos llaman mucho la atención sus milagros. Y muchas veces sufrimos cuando no los vemos a nuestro alrededor. Nos gustaría ver milagros. En eso, nos parecemos a los judíos. Ellos buscaban señales; a ellos les gustó mucho la multiplicación de los panes y los peces. Les gustaban los hechos portentosos…

Y a veces, sufrimos nosotros, como iglesia, y decimos: ‘Pero, ¿y cuándo? ¿Alguna vez habrá una iglesia que reproduzca las obras poderosas del Señor? Sufrimos. Y podemos decir con sinceridad que podemos tener una especie de frustración, cuando no se han sanado los enfermos o cuando no se han liberado las personas.

Pero, lo que está en el corazón del Señor es: «De cierto, de cierto, os digo: El que en mí cree, las obras que yo hago, él las hará también…». Cuando dice esto, está afirmando: ‘Esto va a ocurrir’. No lo está dando como una opción; él lo da por hecho. No es algo irrealizable. Está imprimiendo una certeza, una seguridad, en lo que dice. «De cierto, de cierto, os digo…».

Oh, hermanos, ¿cómo serían nuestras vidas, y la vida de la iglesia? ¿Cómo serían veinte o cuarenta  hermanos, haciendo las mismas obras del Señor? ¿Cómo sería una iglesia donde cincuenta hermanos y hermanas hacen sus mismas obras? ¿Una iglesia de cien o doscientos hermanos haciendo las mismas obras? Soñemos, pero más bien ‘creamos’, porque es la palabra del Señor. Él ha comprometido su palabra.

Creyentes

El creyente es alguien que tuvo un encuentro con el Señor, independientemente de su historia. Pudo haber sido el hombre más perdido, el más fracasado; pudo haber sido el peor hombre de la sociedad. Pero un creyente tuvo un encuentro verdadero con el Señor; se encontró con Alguien que transformó su vida. Es una persona que, habiendo sido el más deforme de todos, viene ahora a ser alguien que está en una posición gloriosa frente al Señor. ¡Es un hijo de Dios! ¡El cielo se le abrió! Como a Saulo de Tarso, que era un enemigo de la fe; pero después vino a ser un creyente, ¡y cómo se abrió el cielo para él, y cómo le utilizó el Señor! Hasta hoy, disfrutamos de su ministerio.

«…el que en mí cree…». O sea, ¡nosotros haciendo las mismas obras que nuestro Señor Jesucristo hizo! «El que en mí cree, las obras que yo hago, él las hará también…».  Hermanos, el cielo está esperando, El Señor no está satisfecho. El Padre desplegó todos sus recursos para que se reprodujera esto en la tierra – que las mismas obras que nuestro Señor Jesucristo hizo, alguien más las pueda hacer.

Ha habido muchos siervos del Señor en la historia que han hecho obras grandes, y han sido poderosamente usados por el Señor.

El Señor necesita hombres llenos del Espíritu Santo, hoy día. Él necesita una iglesia, hoy día. Necesitamos, no hacer las mismas obras que hicieron los santos del pasado, sino el Señor necesita que tú y yo, hoy día, podamos hacer Sus obras.

Conciencia de Su vida

El Señor Jesús, varón aprobado por Dios, es un hombre que vivió en la tierra con plena conciencia de la vida y presencia del Padre en él. Esto es lo que ocurría por dentro del Señor Jesús. Esto es algo en lo que cada uno de nosotros tiene que avanzar. Permita el Señor que sea mucho.

¿En qué consistió ser aprobado por Dios? ¿Cómo él reprodujo las obras del Padre? ¿Cómo se expresó Dios a través de él? «…el Padre que mora en mí, él hace las obras». «Varón aprobado por Dios», un hombre que vivió en la tierra con plena conciencia de la vida del Señor y de la presencia del Padre dentro de él.

Nosotros tenemos al Señor. Nosotros no estamos aspirando a tenerlo; pero, no hemos avanzado mucho en esto. Hay cosas en las que hemos avanzado; pero no hemos avanzado mucho en esta conciencia de su vida en nosotros.

¿Cuánta conciencia tenemos de la Persona que nos habita? Recordemos las palabras de nuestro Señor: «Las palabras que yo os hablo, no las hablo por mi propia cuenta, sino que el Padre que mora en mí, él hace las obras». Todo es atribuido a otra persona. Podemos decir de la persona del Señor Jesús que él tenía gracia en sí mismo; tenía poder en sí mismo; tenía autoridad en sí mismo; tenía justicia en sí mismo… pero no la usó. No la usó, justamente para darnos a todos nosotros esta opción maravillosa, gloriosa, formidable, de obrar y vivir por la «otra persona que nos habita». ¿No es esto un poderoso consuelo? Ciertamente lo es, pues cuando nosotros pensamos en reproducir sus obras, nos frustramos, pues siempre partimos de nuestra deformidad.

Del Señor Jesús, se podía esperar que hiciera las obras correctas, porque él era el Señor. Pero él, pudiendo hacerlo, no lo hizo, para que nosotros, los deformes, sí aprendiésemos a depender de Otro, para que aquellas obras sean hechas. ¿No es esto maravilloso?

¿Cuánta conciencia tenemos de la gloria recibida, de la presencia del Señor en nosotros, de que los recursos están, porque el Señor está? ¿De que el poder está, porque el Señor está? ¿De que la santidad está, porque el Señor está? Si él no está, ¿qué esperanza hay? O sea, no podríamos pedirle a un cristiano ninguna cosa, ninguna conducta cristiana, si no tiene al Señor.  Si es cristiano de nombre, si es cristiano de religión, de barniz, no podemos pedirle nada. Entonces, pecará y reincidirá, y volverá a caer una y mil veces, porque no tiene al Señor. ¡Es religioso, pero no cristiano!

Pero, si está presente la santa y poderosa vida del Señor, si está esa gracia, si está Dios mismo dentro, ¡que nos socorra el Señor, para crecer en la conciencia de su vida y su presencia en nosotros!

Compasión por las multitudes

Cuando pensamos en las obras, pensamos inmediatamente en los milagros. Por favor, no piense en la multiplicación de los panes, ni en la liberación del gadareno, ni pensemos en la resurrección de Lázaro.

Pensemos en estas tres obras:
«Y al ver las multitudes, tuvo compasión de ellas» (Mateo 9:36). Reconozcamos cuánto nos falta de la manifestación de este carácter de Cristo en nosotros. ¿Vivimos conscientes sólo de nuestras necesidades, de nuestros problemas? Estamos muchas veces buscando al Señor sólo porque tenemos problemas en la casa. Tal vez, si no tuviésemos problemas, no nos reuniríamos.  Pero, esta obra, este precioso carácter compasivo, el Señor Jesús se lo atribuye al Padre. De la misma manera, el Señor no espera que tú tengas compasión. Yo no podría tenerla. Porque, hermano, mi naturaleza humana me alcanza apenas para mí y para las personas que yo estimo.

Pero el Señor no me está pidiendo que yo produzca nada. ¿Quién tiene compasión por las almas? ¡El Señor Jesús! «Y al ver las multitudes, tuvo compasión de ellas; porque estaban desamparadas y dispersas como ovejas que no tienen pastor» (Mat. 9:36). Y eso aparece en Mateo, en Marcos y en Lucas – el Señor, compasivo por las almas.

Hermano, el Señor no te lo está pidiendo a ti. El Señor nos está llamando la atención, a través de esta palabra que estamos compartiendo, de que el poder es de él, la compasión es de él. ¿Qué diría el Señor? «…el Padre que mora en mí, él hace las obras». El Señor que mora en mí, él tiene compasión por las almas. En la medida que crezcamos en la conciencia de la vida y la presencia del Señor en nosotros, sentiremos lo mismo que él.

Santidad

Otra obra. Díganme si no es obra esto: el Señor Jesús «fue tentado en todo según nuestra semejanza, pero sin pecado» (Heb. 4:15). «…según nuestra semejanza…». ¡Se asoció tanto con nosotros! «…fue tentado en todo según nuestra semejanza, pero sin pecado». Pero el Señor Jesús vuelve a decir lo mismo del principio: «El Padre que mora en mí, él hace las obras».

Claro, pensando en la persona del Señor Jesús, podríamos argumentar que él sí podía exhibir justicia y santidad, partiendo de sí mismo. Pero, cuando él dice: «El Padre que mora en mí, él hace las obras», le está atribuyendo esta característica, de poder ser tentado en todo y haberse mantenido santo, al Padre, a la presencia gloriosa y poderosa del Padre en él.

Hermanos, nosotros tenemos al bendito Espíritu Santo. Y en el mismo contexto de Juan 14, nos dice: «No os dejaré huérfanos; vendré a vosotros» (v. 18). «El que me ama, mi palabra guardará; y mi Padre le amará, y vendremos a él, y haremos morada con él» (v. 23). A esta altura de nuestro caminar, esto es un cristiano para nosotros. No es alguien que asiste a una reunión dominical, ¡sino aquel en cuyo corazón la Trinidad misma habita!

Reconozcamos humildemente que tenemos poca conciencia del tesoro que llevamos dentro, tenemos poca conciencia de la gloriosa realidad de que Juan 14 es para vivirlo en este cuerpo, en este tiempo, con estas tentaciones, con el diablo presente. Con todas las tentaciones que nos rodean, es posible vivir la vida de Cristo.

No respondía con maldición

Otra obra: «Cristo padeció por nosotros, dejándonos ejemplo, para que sigáis sus pisadas; el cual no hizo pecado, ni se halló engaño en su boca; quien cuando le maldecían, no respondía con maldición; cuando padecía, no amenazaba, sino encomendaba la causa al que juzga justamente» (1ª Pedro 2:21-23). Esta es una obra: «Cristo padeció por nosotros, dejándonos ejemplo, para que sigáis sus pisadas».

Si seguimos las pisadas del Maestro, llegaremos al mismo fin que él llegó – un varón aprobado por Dios, un hombre poderosamente usado por el Señor. Si el Padre se agrada, ¡qué obras serán hechas!

«…el cual no hizo pecado, ni se halló engaño en su boca; quien cuando le maldecían, no respondía con maldición…». Nuevamente, reconozcamos con humildad nuestra falta. Yo debo reconocer que a mí me cuesta. Cuando sé que alguien opinó negativamente de mí, me duele, y ando deprimido varios días, hasta que se me pasa el dolor. Somos lerdos, nosotros. Nuestra primera reacción es decir: ‘¡Cómo pudo este hermano…!’. Tal vez no lo decimos, pero lo pensamos, y ya pecamos. «…cuando padecía, no amenazaba, sino encomendaba la causa al que juzga justamente».

Hermanos amados, no podemos pretender ejercer poder y autoridad sobre enfermos o sobre el resto de los hombres para traerlos a Cristo, sin que, en primer lugar, el poder de Dios sea aplicado a nosotros mismos.

La escasez de poder en la vida de la iglesia es una enfermedad de cada uno de sus miembros en particular. Hoy, el Espíritu Santo nos está exhortando a echar mano a todos los recursos que están disponibles.

Entonces, ¿qué tiene que ocurrir con nosotros? Que cada uno camine por las pisadas del Maestro, y el poder del Señor, la presencia del Señor en el corazón, sea vivida de tal forma, con tal conciencia, que obtengamos un tipo de personas que pueda hacer las obras del Señor.

Su carácter y Sus obras

«De cierto, de cierto os digo: El que en mí cree, las obras que yo hago, él las hará también…». Qué podemos decir, sino: ¡Señor, ayúdanos! Nosotros, haciendo las mismas obras que nuestro Señor Jesucristo hizo. Esto es lo que el Padre espera de nosotros. Jesús, el varón aprobado por Dios, un hombre que vivió en la tierra con plena conciencia de la vida y presencia del Padre en él, nos dejó ejemplo para que sigamos sus pisadas.

Primero: tuvo compasión por las almas. Segundo: fue tentado en todo según nuestra semejanza, pero sin pecado. Tercero: él no respondía con maldición. Podríamos agregar muchas otras. Pero, en cuanto a nosotros hermanos, la esperanza está en estas palabras del Señor: «El Padre que mora en mí, él hace las obras».

O sea, para que se cumplan estos puntos difíciles para nosotros, todas estas obras, tenemos el mismo recurso que tenía el Señor Jesús. ¡El recurso del Señor Jesús era el Padre en él! Así lo dijo: «Creedme por las mismas obras». Nosotros pensamos siempre en esas obras o milagros objetivos, como las sanidades, liberaciones y efectos sobre la naturaleza. Pero si estas no están acompañadas de aquella otra obra, que tiene que ver con el carácter del varón aprobado, el resultado es un hombre vanidoso, que finalmente termina haciéndole daño a la obra del Señor. Los milagros suelen arrastrar multitudes, las cuales, muchas veces, terminan siendo multitudes manipuladas. Lo hemos visto en nuestros días. El Señor rechazó tal práctica (Juan 6: 26). Nosotros deseamos seguirle a él y aprender a depender de la vida y del poder del Espíritu Santo que nos habita.

Palabra de aliento

Pero, hermano, hay un aliento grande para usted y para mí. Porque, ¿cómo puede alguien no responder con maldición? ¿Cómo puede alguien ser tentado sin pecar? ¿Cómo puede alguien tener compasión por las multitudes? Naturalmente, no me lo pida a mí. Yo no se lo puedo pedir a usted, porque en nosotros no mora el bien. ¿Estamos de acuerdo en eso? ¿Podemos esperar que alguien sea tentado y nunca peque? ¿Podemos esperar que alguien nunca responda con maldición?

Hermanos, el único que puede hacer esto es el Señor Jesucristo. Y lo que nuestro Señor Jesucristo hizo fue precisamente esto:«El Padre que mora en mí, él hace las obras». El Señor atribuyó todas sus obras a la realidad del Padre viviendo en él.

La pregunta es ahora: ¿Qué va a pasar contigo y conmigo? ¡Hermano, la buena noticia es que podemos, porque los mismos recursos del Padre nos han sido dados por gracia! Esto es lo que Felipe no tenía, porque el Señor Jesús aún no había muerto, aún no había resucitado y no había ascendido, y el Espíritu Santo aún no había venido.

Pero, ¿cuál es nuestra realidad hoy día? El Señor Jesús murió y resucitó. ¡Aleluya! Venció a la muerte y al que tenía el imperio de la muerte. Y, sentado a la diestra del Padre, derramó el Espíritu Santo, que hoy día nos habita. De tal manera, hermano, que usted puede, y yo puedo. ¿En qué medida será esto posible? En la medida en que crezca en nosotros la conciencia de la vida y de la presencia del Señor dentro de nosotros. ¡Socórrenos, Señor!

Esto ya lo dijimos: Poder y autoridad, para ser un tipo de personas, antes de manifestar ese poder sobre demonios, sobre enfermedades, o sobre la naturaleza misma.

Palabras que trazan rumbo

¿Recuerdan que hace años atrás, la palabra de la sangre de Cristo nos trajo una liberación tan grande?: «La sangre de Jesucristo su Hijo nos limpia de todo pecado» (1ª Juan 1:7). ¡Es como si un borrador gigante hubiese limpiado nuestras conciencias! Nos dio autoridad para orar contra el enemigo. Antes, nos daba miedo. Ahora decimos: ‘¡En el nombre del Señor Jesús, fuera los espíritus inmundos!’. Oramos por los enfermos, con autoridad, con resolución. ¡Ya le perdimos el miedo al diablo, porque la sangre del Señor le venció! Y las oraciones en la iglesia cambiaron.

Eso fue una revolución en nuestras vidas. Esas vidas cristianas tambaleantes que teníamos antiguamente, cambiaron, el día que hubo una revelación del poder efectivo, glorioso, de la sangre preciosa del Cordero. ¿Revolucionó su vida? Sí, es un hito firme. Usted puede estar muy debilitado espiritualmente, ¡pero nunca tanto como para desconfiar de la eficacia de la sangre de Cristo que le abrió un camino nuevo y vivo hasta el mismo trono de la gracia! (Heb. 10:19-20).

Subimos después otro escalón. ¿Recuerdan cuando se nos ministró la palabra de que Dios nos puso en Cristo? ¡Hermanos, encontramos esa expresión, «…en Cristo», en todo el Nuevo Testamento! Dios nos escogió en Cristo, nos predestinó en él. «Mas por él estáis vosotros en Cristo» (1ª Cor. 1:30). ¡Estamos en Cristo! Esta verdad nos revolucionó la vida. La Palabra nos ha ido cambiando la vida. Y luego, avanzamos un poco más. Hablamos de «Cristo en nosotros». Y quizás, ahí ha costado un poco más.

Sin jubilación posible

Esta palabra debería trazarnos un rumbo poderoso. Creo que eternamente cantaremos: ‘¡Gloria al Cordero, que con su sangre nos redimió para Dios!’. Pero, hermanos, no nos quedemos estancados en una sola verdad básica. Vamos avanzando por la otra verdad, también básica: Estamos en Cristo, y Cristo en nosotros, y avancemos hacia esta palabra, porque, si no avanzamos, nos vamos a quedar ahí, como una especie de ‘jubilados espirituales’.

 «…las obras que yo hago, él las hará también». Si el Señor dijo esta palabra,  hagamos cuenta que somos mineros. Si nosotros sabemos que hay una veta de oro, que hay un mapa del tesoro –¡y qué mejor mapa que las Escrituras!–, y sabemos que aquí hay un filón de oro, una veta riquísima, ¿qué hacemos pidiendo limosna? Yo creo que hay que agarrar la picota y empezar a cavar, hasta dar con el filón.

¿Qué es lo que estorba, para que esta palabra no se cumpla? Recuerden que el Señor les dijo a los fariseos: «…mi palabra no halla cabida en vosotros» (Juan 8:37). Cuando el Señor dijo esa palabra, los fariseos estaban llenos de sus tradiciones, llenos de sus formas, y entonces la palabra del Señor no hallaba lugar. Siendo una palabra de vida, no encontró cabida en ellos. Es como cuando un saco está lleno. ¿Dónde usted mete algo más? ¿Qué está estorbando para que esta palabra no entre a lo profundo y produzca fruto?

Manifestando Su vida

Si va a haber un fruto, un cambio glorioso en lo que nos resta por vivir, es algo que va a pasar por dentro de nosotros. O sea, ¿quién podría ponerle tropiezo a una manifestación de la vida y del poder del Señor Jesucristo a través de tu vida y de mi vida? «Las obras que yo hago, él las hará también».

Si el día de mañana, el hermano que consideramos más carnal, o la hermana que consideramos más fracasada, aparece actuando como el Señor, diremos que descubrió algo grande. Entonces se dirá: ‘Hermano, no es por mí; el que mora en mí lo hizo’. ¡Gloria a Dios! El más fracasado entre nosotros puede, mañana o pasado mañana, el mes venidero o el año venidero, si no ha regresado el Señor, aparecer reproduciendo este carácter del Señor, esta santidad del Señor, esta compasión del Señor, esta pureza de Cristo, y podrá decir: ‘No es por mí, hermano; el que mora en mí lo hizo’.

El poder disponible

¿Nos podemos imaginar una gran represa? ¡Qué potencia acumulada hay para generar miles de mega watts, para iluminar ciudades y naciones enteras! ¿Cuánto mas, todo el poder del cielo está disponible hoy, para que, a través de un débil hombre o mujer como tú o yo, pueda pasar algo de la vida del Señor? «Las obras que yo hago, él las hará también». ¿Sabes que me llena de esperanza esto? ¡Hermano, no hay jubilación posible, lo siento!

El Señor tenga misericordia de nosotros. ¡Hay  mucho que vivir de Cristo! Todavía Cristo puede fluir a través de nosotros; todavía esta palabra puede tener cumplimiento en nosotros.

Llenémonos de esperanza, y leamos una y otra vez Juan capítulo 14. Está toda la Biblia disponible, pero Juan capítulo 14 debe ser una palabra que marque tu vida y mi vida. Cada vez que aparezcas tú ahí: «El que en mí cree…», dijo el Señor. Ahí estás tú.«…las obras que yo hago, él las hará también». Y nos atrevemos a decir, mediante el Espíritu del Señor, que después vendrán las otras cosas; después vendrán los milagros, las sanidades. Todo aquello vendrá después. Pero, partamos por esto: «…las obras que yo hago…».

¡Bendito sea el Señor!




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