jueves, 19 de marzo de 2015

El espíritu de violencia





El mensaje del evangelio de Jesucristo es un mensaje de salvación, de amor, y de paz. 

De la boca del Señor de Gloria siempre salen palabras que transforman la manera de ver la vida y la eternidad.

Sin embargo, el espíritu del hombre alberga el odio y la violencia, y no entiende fácilmente otro lenguaje. Por eso, el Señor Jesús hubo de luchar contra este espíritu en el propio corazón de sus discípulos reiterándoles su enseñanza, y esperándolos hasta que la aprendieran.

Dos de sus discípulos eran especialmente violentos: Juan y Jacobo. No por nada el Señor les apellidó “Boanerges”, que significa Hijos del trueno.

La nota que ellos normalmente pulsaban era de encono y violencia, nunca acordes con el espíritu de su Maestro.

Pero el Señor Jesucristo no los desechó por eso. Antes bien, Él los escogió quizá, en parte, para demostrar cómo Él puede transformar con su poder a hombres de esa clase.

El momento culminante de este proceso de aprendizaje lo tuvieron ellos cuando subían a Jerusalén, en las proximidades de la última Pascua.

El Señor Jesús iba a ser entregado dentro de poco. Y por supuesto, Él sabía lo que le esperaba… la cruz estaba ya delante de él, y su espíritu quebrantado se disponía a entregarse a la muerte por todos nosotros.

Pero vemos en la Biblia que no ocurría lo mismo con sus discípulos.

Ellos iban dispuestos a “defender a su Maestro”, aunque ignorasen que en tal batalla no tenían armas con qué vencer.

Esta vez la violencia del corazón de ellos se manifestó en una aldea samaritana que se negó a recibirlos.

Los discípulos habían sido enviados por el Señor a esa aldea para que les hiciesen preparativos. Pero los aldeanos no les recibieron, porque "su aspecto era como de ir a Jerusalén" (Luc. 9:53).

La excusa es para nosotros un tanto extraña, pero tiene que ver con la odiosidad ancestral que había entre judíos y samaritanos. "Viendo esto sus discípulos Jacobo y Juan, dijeron: Señor ¿quieres que mandemos que descienda fuego del cielo, como hizo Elías, y los consuma?".

Aquí tenemos a los boanerges, a los hijos del trueno, y su modelo inspirador de sus palabras, que no era precisamente la Palabra del Señor Jesús, sino la actitud de Elías, el austero y duro profeta de Israel.

Y así como había hecho Elías con los soldados de Ocozías, igual querían hacer ellos con los samaritanos de aquella aldea.

Por eso es que el Señor les reprende: "Vosotros no sabéis de qué espíritu sois".

Cabe una pregunta: ¿De quién eran ellos discípulos, de Jesús o de Elías?

¿En qué lado de la historia se encontraban, en el Antiguo o en el Nuevo Pacto?

¿Qué espíritu aleteaba en ellos, el del Sinaí o el del Gólgota?

¿Eran ellos cual leones, o cual corderos?

El Señor agrega: "Porque el Hijo del Hombre no ha venido para perder las almas de los hombres, sino para salvarlas. Y se fueron a otra aldea".

Vemos que el principio que subyace en esta negativa del Señor es salvar, no perder.

Y para Cristo siempre es eso: Salvación, no condenación. Amor, no odio. Paz, no violencia.

De modo que los discípulos habrían de tener muy claro en su corazón cuál sería el norte de su vida, cuál sería la inspiración de sus palabras.

¿Qué hacer con los que nos menosprecian?  ¿Excomulgarlos? ¿Condenarlos? ¿Dejar caer sobre ellos las penas del infierno?

No, amados, sino buscar su bien… salvarlos.

Por lo demás, es en el menosprecio que recibimos de los demás donde se prueban la humildad y la mansedumbre a que hemos arribado.

¡Bendiciones para todos!





Aguasvivas.cl



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