domingo, 15 de febrero de 2015

La Multiforme Sabiduría de Dios





Para que la multiforme sabiduría de Dios sea ahora dada a conocer por medio de la iglesia a los principados y potestades en los lugares celestiales.
(Efesios 3:10)




En el capítulo 3 de Efesios se comienza hablando de un misterio que Dios no había dado a conocer en otras generaciones. Y se dice que ese misterio Dios lo dio a conocer a la iglesia por medio de sus apóstoles y profetas.

En el tiempo en que el Señor Jesús estuvo en la tierra, el Padre sacó a luz este misterio. Lo sacó de su corazón y lo mostró a los hombres.

Y el primero en recibir la revelación de este misterio fue Pedro en Cesarea de Filipo.

Sin embargo, quien alcanzó un conocimiento más profundo de él fue el apóstol Pablo. Este misterio es el Señor Jesucristo.

La multiforme Sabiduría

Aquí en Efesios 3:10 se nos presenta este misterio como la Sabiduría de Dios, la Sabiduría multiforme, que ahora es dada a conocer por medio de la iglesia a los principados y potestades.

La Sabiduría de Dios es Cristo; por tanto, lo que se da a conocer por medio de la iglesia es Cristo mismo. Cada vez que la iglesia se reúne, da testimonio y expresa al Señor Jesucristo.

Aquí se nos dice que la Sabiduría de Dios es multiforme. Es decir, Cristo tiene muchas formas, y se expresa de muchas maneras. A través de la iglesia, Cristo es mostrado de una manera preciosa. Cristo es tan grande, tan precioso, que él no puede ser expresado sólo por una o dos personas. Se necesita de toda la iglesia para hacerlo.

Por eso existen cuatro evangelios y no uno. Porque un solo evangelio no podía expresar todo lo que Cristo es. El evangelio de Mateo nos muestra a Cristo como el rey. Marcos nos lo muestra como Siervo. Lucas como el Hijo del Hombre. Y Juan como el Hijo de Dios.

Al unir estas cuatro diferentes visiones de Cristo, podemos tener un conocimiento más completo de lo que Cristo es. Él es Rey, pero también es Siervo. O, dicho de otra manera, él es un Rey humilde. Es Hombre y Dios, tal como nos lo muestran Lucas y Juan. Parece una contradicción pero no lo es; esa es la realidad celestial de Cristo el Señor de Señores.

¿Cómo podría un solo hombre mostrar esos diferentes aspectos de Cristo?... Es necesaria la pluralidad para expresar a Cristo.

Por eso, sólo la iglesia, en su pluralidad, puede expresar cabalmente a Cristo.

Si leemos Efesios capítulo 4: 11, encontramos cinco ministerios. Ahí están los apóstoles, profetas, evangelistas, pastores y maestros.

A través de ellos, el Señor capacita a la iglesia; pero en realidad, estos cinco ministerios son cinco expresiones de Cristo.

Cristo es el verdadero Apóstol, el verdadero Profeta, el gran Evangelista, el buen Pastor, y el gran Maestro. Así que cada uno de estos cinco ministerios expresan cinco aspectos de la maravillosa persona de Cristo.

Cuando leemos el Nuevo Testamento, hallamos especialmente a tres autores: Pedro, Pablo y Juan. Ellos son tres de los mayores escritores del Nuevo Testamento, al mismo tiempo que fueron los tres más grandes apóstoles del Nuevo Testamento.

Cada uno de ellos tiene un carácter propio. Aunque el Señor trató con cada uno de ellos, nunca anuló su carácter. Aunque ellos fueron transformados a la semejanza de Cristo, nunca dejaron su peculiaridad.

Cada uno de ellos expresa a Cristo de una manera diferente. Pedro lo expresa de una manera, Pablo de otra, y Juan de otra.

Es muy importante ver que nosotros fuimos creados de una manera distinta unos de otros, que tenemos un carácter diferente.

Dios necesita de todos los caracteres, de todo tipo de personas, porque así Cristo se puede expresar a través de cada uno de ellos en esta multiformidad de la Sabiduría de Dios.

Algunos piensan que para ser hechos semejantes a Cristo, tenemos que perder nuestras características individuales, y convertirnos en algo así como clones de Cristo.

Pero si hubiese sido esa la voluntad de Dios, habría sido muy fácil para Dios crear clones. Pero el largo trabajo que el Espíritu Santo hace en nosotros todos los días, un trabajo muy paciente y meticuloso, es para transformarnos en la imagen de Cristo sin dejar de ser lo que nosotros somos; sin anular nuestra alma.

Porque una cosa es el quebrantamiento del alma y otra muy diferente la anulación del alma.

Nosotros tenemos un alma que expresa nuestra personalidad. Y cada alma quebrantada es uno de los acentos de Cristo mostrado a las potestades superiores.

Multiforme: Iridiscente

La palabra «multiforme» de Efesios 3:10, en griego, es una palabra muy rica en significados. No se refiere simplemente a algo que tiene muchas formas, sino a algo que emite muchos destellos de luz multicolores. Cristo es una realidad iridiscente.

Inmediatamente esto nos lleva a asociarlo con las piedras preciosas. En la naturaleza existen las piedras preciosas, que pueden expresar el colorido y el brillo de una manera especial.

En la Biblia, las piedras preciosas ocupan un lugar muy importante, porque son muy ilustrativas acerca de la obra del Espíritu Santo en el hombre. Por ejemplo, en el pectoral del sumo sacerdote habían doce piedras preciosas, y cada piedra representaba una tribu de Israel. Y cada piedra tenía un color y una historia diferente.

Y cuando nosotros vamos al Nuevo Testamento, de nuevo encontramos las piedras preciosas en la Nueva Jerusalén, asociadas a los doce apóstoles del Cordero.

Lo que en la naturaleza puede expresar mejor el brillo y el colorido son las piedras preciosas. Las piedras en las Escrituras representan el carácter que el Espíritu Santo está forjando en nosotros.

Es cierto que hoy somos piedras vivas, pero aún no somos piedras preciosas. Somos piedras en proceso de transformación. Aún somos piedras opacas, que no damos el brillo deseable. Como una piedra del camino, que no deja pasar la luz a través de sí. No tiene ninguna transparencia ni brillo. Así somos muchos de nosotros todavía. Aquello de Cristo que deberíamos mostrar aún encuentra resistencia en nosotros.

Las piedras preciosas se forman por medio de las altas presiones y las altas temperaturas. Así también, a través de los diversos y numerosos tratos, el Espíritu Santo nos va transformando en piedras transparentes, para que la luz de Cristo pueda pasar por nosotros y tomar el color que corresponde a cada uno de nosotros.

Cada uno de nosotros está llamado a ser una piedra preciosa; así Cristo se expresará a través de nosotros con colores diferentes –el color de nuestro carácter, de nuestra personalidad-.

De modo que cuando los ángeles y las potestades superiores, miren hacia la iglesia, ellos puedan ver, espiritualmente hablando, muchos brillos, muchos colores, que es lo que el Espíritu Santo habrá formado en nosotros. Es decir, lo que de Cristo habrá sido formado en nosotros, que no será en todos lo mismo, sino según la peculiaridad de cada carácter, según el acento particular de cada uno.

Por eso es que Pedro es diferente de Pablo y de Juan.

Cuando leemos las epístolas de Pablo, tocamos a Cristo, más precisamente –digámoslo así-, al Cristo de Pablo. Y cuando leemos a Pedro, tocamos al Cristo de Pedro. Y cuando leemos a Juan tocamos al Cristo de Juan. No es que sean tres Cristos, por supuesto; es uno y el mismo Señor, pero expresado de tres diferentes maneras, según el carácter humano de cada creyente.

Y así, si nosotros hoy somos, por decir así, 100 hermanos reunidos aquí, y si hemos sido tratados de alguna manera por el Espíritu Santo, habrá 100 expresiones diferentes de Cristo.

Ciertamente uno mostrará mejor la paciencia de Cristo, otro mostrará mejor su ternura, otro mostrará mejor la autoridad de Cristo, otro su generosidad, o la dulzura de Cristo, etc. Y así, en todos nosotros, en conjunto, serán mostradas todas las características de Cristo.

Cuando leemos Mateo capítulo 5, encontramos 9 bienaventuranzas, que son nueve expresiones de Cristo. Y en Gálatas capítulo 5 encontramos las 9 manifestaciones del fruto del Espíritu, que es el carácter de Cristo. Así se expresa la multiformidad de Cristo.
De lo individual a lo colectivo

Ninguno de nosotros va a alcanzar jamás toda la estatura de la plenitud de Cristo. Porque la estatura de la plenitud de Cristo sólo la puede alcanzar la iglesia en su conjunto. Es en la iglesia donde Cristo es mostrado en toda su hermosura, no en un hombre particular.

Por eso el Señor está trabajando en nosotros tan fuertemente, para sacarnos de nuestro individualismo. Nosotros crecimos rodeados de un tipo de cultura, de una clase de educación y de una filosofía, centradas en el individualismo. Me han enseñado que yo soy la unidad total, como si yo fuese el todo. Sin embargo, cuando nosotros vemos la pluralidad de Cristo, cuando vemos la hermosura de la iglesia, nos empezamos a dar cuenta que nosotros en particular no somos la unidad, sino apenas una parte de la unidad. Y que la unidad somos todos nosotros, unidos en un solo cuerpo, todos en conjunto con la Cabeza, que es Cristo. Todos nosotros vamos a expresar las bellezas de Cristo, pero de un modo particular.

Dios nos está sacando de nuestro individualismo y nos está trayendo a la pluralidad, al sentido de cuerpo, a la conciencia de lo colectivo. Yo no me basto a mí mismo. Ninguno de nosotros se basta a sí mismo. Yo necesito del Cristo que tiene mi hermano. Hay algo de Cristo que él tiene y que yo no tengo; por tanto, yo necesito de él.

Dietrich Bonhoeffer decía: «El Cristo de mi hermano es más grande que el Cristo que hay en mí». ¿Qué quiere decir con eso? ¿Es que hay muchos Cristos? No. Es que yo tengo una medida de Cristo que es insuficiente. Por eso muchas veces estoy abatido, por eso muchas veces tropiezo y caigo, por eso muchas veces pierdo la fe.

Pero cuando encuentro a mi hermano, y él me ministra de Cristo, yo siento que el Cristo de él es más fuerte que el mío, entonces soy fortalecido.

Cristo quiere expresarse a través de los muchos, y no a través de uno solo. Cristo quiere que vivamos su vida en conjunto, no en forma solitaria y autosuficiente.

Ahora, este camino, que va de lo individual a lo colectivo, es un camino bastante doloroso. Cuando nosotros comenzamos nuestra carrera cristiana, somos muy seguros de nosotros mismos y tenemos muchas ambiciones espirituales.

Queremos ser muy grandes espiritualmente: el mejor pastor, o el mejor predicador, la hermana más servicial, etc., todo lo mejor.

Queremos ser los más grandes. Entonces nos llenamos de conocimiento, porque queremos ser el mejor. Pero a medida que vamos avanzando por este camino, el Señor va tocando nuestras fortalezas, y nos va quebrando. Así viene quebrantamiento tras quebrantamiento.

Antes parece que éramos más inteligentes; ahora ya no somos tanto. Antes éramos muy fuertes, ahora ya no somos tanto. Antes podíamos hacer muchas cosas solos, ahora no podemos hacer las cosas solos.

Necesitamos cada vez más de los hermanos. Y eso nos conduce a un profundo quebrantamiento. Eso nos hace menguar mucho, hasta extremos sorprendentes.

Muchas de las cosas que nos suceden diariamente, son golpes del Espíritu Santo a nuestra vanidad, a nuestra presunción, para que nosotros dejemos de ser cristianos individualistas, y pasemos a vivir sólo como miembros del cuerpo de Cristo.

Un cambio de foco

En la epístola a los Romanos, ocurre algo muy interesante. Cuando leemos los primeros capítulos hasta el capítulo 8, nos parece que vamos en un permanente aumento, que vamos adelantando espiritualmente. Somos justificados, santificados y glorificados. Y cuando llegamos al capítulo 8 parece que hemos alcanzado la cima de la revelación.

Sin embargo, cuando vamos al capítulo 12, allí se produce un tremendo cambio de foco, un cambio de paradigma.

Allí se nos dice que nosotros tenemos que ser renovados en nuestro entendimiento para conocer la buena voluntad de Dios, agradable y perfecta.

¿Por qué tenemos que ser renovados en nuestra mente?

Porque luego, en los versículos siguientes, se nos dice que nosotros somos miembros del cuerpo de Cristo.

No somos la unidad, no somos el cuerpo completo, somos sólo una parte. Por eso dice: «Nadie tenga de sí más alto concepto que el que debe tener».

El individualista tiene un alto concepto de sí, pero aquel que ha llegado a la realidad de ser miembro del cuerpo, tiene que menguar. Y también tiene que reconocer que en el cuerpo de Cristo hay otros también, que tienen otras expresiones de Cristo que él no tiene.

Entonces, la buena voluntad de Dios, agradable y perfecta, es la iglesia. Y en la iglesia, cada uno de nosotros somos sólo un miembro.

¿Qué estamos viendo de Cristo en este último tiempo? Porque ya lo estamos viendo en esta expresión multicolor y multifacética. Ya lo estamos viendo en esta multiexpresión en medio de la iglesia.

Ya no nos asombran los grandes hombres. Ya no nos cautivan los grandes líderes. Porque la voluntad de Dios en este tiempo es expresarse a través del conjunto, de la totalidad de los miembros del cuerpo de Cristo.

Creo que nunca antes en la historia de la Iglesia había venido tanta luz respecto de este asunto.

En este tiempo una luz muy potente está viniendo, en todo el mundo. Dios está haciendo un precioso trabajo de revelación.

Dos trabajos maravillosos

Muchas de las cosas que nos suceden en nuestra vida cotidiana, muchos fracasos, y muchas lágrimas, nos sobrevienen a causa de esto: por un lado, para sacarnos de nuestro ego, es decir, sacar al yo del trono del corazón, y así poder «ver» a los hermanos, reconocerlos y valorarlos; y, por otro, ver que el Espíritu Santo está trabajando en nosotros para hacernos transparentes y luminosos – no con nuestra propia luz, que no la tenemos, porque nosotros sólo reflejamos la luz de Cristo.

Estos dos trabajos son maravillosos; sin embargo, ambos también son bastante dolorosos.

Que el Señor nos conceda su gracia para conocer a Cristo en toda su multiformidad, y que nos conceda la gracia también de aceptar la preciosa obra del Espíritu Santo.

Porque si nosotros rechazamos esta obra del Espíritu Santo, él no la va a poder realizar. Él nunca va a violentar nuestra voluntad. A veces nosotros le decimos: «Por favor, no más; no soporto más; es demasiado doloroso para mí; deténte; espera un poco». Entonces puede pasar algún tiempo, en que parece que los sufrimientos terminan, pero también ocurre que se detiene la obra preciosa del Espíritu Santo.

La Escritura dice que el Señor Jesús «por lo que padeció aprendió la obediencia», y vino a ser autor de eterna salvación, y también vino a ser sumo sacerdote según el orden de Melquisedec.

¿Qué fue lo que capacitó al Señor para venir a ser Salvador y Sumo Sacerdote, es decir, para cumplir su ministerio terrenal y su ministerio celestial?

Fueron sus padecimientos, sus grandes aflicciones. Y así también ocurre con nosotros. Tenemos que padecer aquí para que nosotros podamos expresar, por toda la eternidad, aquel Cristo que estamos llamados a expresar.

Es hoy cuando tiene que producirse en nosotros el trabajo del Espíritu Santo.

El libro de diseño de Dios

En el Salmo 139 dice que había un libro en el cual Dios escribió todo lo que nosotros íbamos a llegar a ser. Cuando Él nos formaba en el vientre de nuestra madre, Él iba diseñando nuestro carácter de acuerdo a lo que estaba escrito en su libro.

Cada uno de nosotros es como es, porque estaba escrito en el diseño de Dios para cada uno. Por otro lado, en Efesios 2:10 se nos dice que Dios preparó de antemano ciertas obras para que anduviésemos en ellas.

Si nosotros unimos estos dos pasajes, tenemos algo tremendamente grande: que Dios de antemano diseñó nuestra personalidad y también determinó las cosas que hemos de hacer. Es decir, lo que habríamos de ser y lo que habríamos de hacer fue diseñado de antemano. ¿Con qué propósito? Para expresar a Cristo. O sea, algún aspecto de lo que Cristo es; algunas obras de las que Cristo hace.

Y esto es algo maravilloso, porque nos muestra que nuestra vida no es fruto del azar, sino que todo fue preparado por Dios de antemano. ¡Bendito sea el Señor nuestro Dios!

Amados: Hay algo que nosotros tenemos que llegar a ser, y hay algo que tenemos que hacer. Hay algo de Cristo que usted tiene que expresar, y que otro no va a expresar. Hay algo que usted tiene que hacer y otro no va a hacer.

Cada uno de nosotros tiene algo de Cristo con sello propio, que el hermano que está a su lado no tiene. Esta es la multiforme sabiduría de Dios. Esta es la iridiscencia de Cristo.

Cristo es maravilloso, y Cristo se está formando en nosotros. Cada uno de nosotros es precioso para Dios. Cada uno de nosotros tiene un destello de Cristo, un color de Cristo.

Que el Señor nos socorra, hermanos y nos ayude. Que nos dé ánimo.

Cuando estemos decaídos: ¡Tengamos ánimo! ¡Fe! ¡Esperanza!

El Señor completará su obra en nosotros. El Señor nunca ha quedado con las cosas a medio hacer. Él siempre nos lleva más adelante.
La necesidad del parakletos

Hay algunos versículos en la Escritura que dicen que el Espíritu Santo es nuestro Consolador, en griego, nuestro ayudador, nuestro parakletos.

La palabra parakletos tiene muchos significados, como Ayudador, Abogado, etc. Pero hay un antecedente que es especialmente precioso.

En las antiguas olimpíadas griegas, cuando los atletas que corrían el maratón y caían por el camino, existía una persona que se llamaba el parakletos. Él estaba autorizado levantar al caído, animarlo y volverlo a poner en la carrera.

Eso es justo lo que hace el Espíritu Santo como nuestro parakletos.

Cuando estamos cansados, cuando tropezamos, cuando estamos desanimados, cuando parece que no hay esperanza para nosotros, entonces el Espíritu Santo nos levanta, y nos dice: ¡Adelante!

Que el Señor nos conceda su gracia para llegar hasta el final, y para que lo de Cristo que estamos llamados a expresar sea expresado, y lo de Cristo que estamos llamados a hacer sea hecho.

Amén.





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