jueves, 19 de febrero de 2015

Abraham y Pablo







Las vidas de Abraham y Pablo tienen muchas semejanzas, como dos hombres de Dios que vivieron por fe.

La soberanía de Dios ha permitido que estos dos hombres –y sus experiencias de fe– hayan quedado registrados en las páginas de las Escrituras, para ejemplo, guía y consuelo en nuestras propias experiencias espirituales.

En Romanos 4 se nos explica ampliamente la vida de fe de Abraham. Lo que en Génesis es un registro histórico, en Romanos es una explicación espiritual de aquello. Abraham fue justificado por la fe, por creer las palabras de Dios tocante a su descendencia. Esta fe le fue dada en el momento de oír a Dios, en medio de una situación insostenible. Abraham oyó esa palabra como lo que era, verdaderamente palabra de Dios. Y esa palabra, oída así, "actúa en vosotros los creyentes" (1 Tes. 2:13). Como consecuencia, fue declarado justo.

Sin embargo, el camino de la fe no termina ahí. Luego de ese gozo inicial, hubo momentos de desesperanza en la vida de Abraham.

El relato bíblico es escueto, pero podemos concluir que pasaron años antes de que ese acto de fe tuviera sus frutos. Abraham creyó que tendría hijo de Sara, su mujer, y que de ese hijo vendría una descendencia innumerable como las estrellas del cielo. Pero el hijo llegó en el tiempo de Dios, es decir, no antes de que Abraham experimentase distintas formas de muerte, tanto en lo físico como en lo psicológico. Su cuerpo se marchitó, y con él su orgullo viril. Varios años debieron pasar hasta que este proceso de muerte concluyera y diera paso a la resurrección.

¿No ha ocurrido así con usted también, amado hijo de Dios? 

Usted ha sido llevado hasta el extremo de la desesperación, pero de alguna manera, sabe que Dios tiene el control de todo. El proceso de muerte dura demasiado, a veces parece que ya no hay esperanza. Humanamente hablando, usted debió haber sucumbido ya. Sin embargo, la voz de la fe continúa encendida en su corazón, de modo que puede creer "en esperanza contra esperanza ... delante de Dios, a quien creyó, el cual da vida a los muertos, y llama las cosas que no son como si fuesen" (Rom. 4:17).

Dios le había hablado a Abraham, y eso era suficiente para él. Por eso "se fortaleció en fe... plenamente convencido que (Dios) era también poderoso para hacer todo lo que había prometido" (Rom. 4:20-21). La promesa de Dios sostuvo a Abraham en medio del "valle se sombra y de muerte".

No es posible experimentar la resurrección sin la manifestación previa de la muerte. El grano de trigo tiene que caer en tierra, y morir, antes de que surja una hermosa gavilla de granos nuevos. Y si muere un solo grano, son muchos los que surgen en resurrección. La resurrección sobrepuja a la muerte.

Unas pocas lágrimas en el valle de sombras, delante de Dios, son la antesala de un gozo incontenible. "Entonces nuestra boca se llenará de risa, y nuestra lengua de alabanza" (Sal. 126:2).

¿Quién puede apagar el gozo que el Señor enciende en el corazón del creyente?

Fue así con Sara, por eso ella dijo, cuando nació Isaac: "Dios me ha hecho reír, y cualquiera que lo oyere, se reirá conmigo" (Gén. 21:6).

¿Y qué de Pablo?

En la vida de Pablo encontramos hechos muy similares a los que le ocurrieron a Abraham.

Hay una frase de Pablo que podría aplicarse perfectamente a Abraham, o a cualquiera de los creyentes que han vivido experiencias-límite: "Pero tuvimos en nosotros mismos sentencia de muerte, para que no confiásemos en nosotros mismos, sino en Dios que resucita a los muertos" (2 Cor. 1:9).

La muerte es necesaria para poder conocer al Dios que resucita a los muertos.

Por lo demás, sin esa "sentencia de muerte", ¿cómo perderemos la confianza en nosotros mismos?
Dios quiere llevarnos gradualmente de una confianza en nosotros a una confianza en él… trasladarnos de nosotros a Dios mismo, pues en nosotros hay impotencia, escasez y esterilidad; en cambio en Dios hay todo poder, generosidad y abundancia.

Más adelante en la misma epístola, Pablo da un detalle de las experiencias de muerte que vivía permanentemente: "En mucha paciencia, en tribulaciones, en necesidades, en angustias; en azotes, en cárceles, en tumultos, en trabajos, en desvelos, en ayunos ... por deshonra, por mala fama ... como engañadores ... como desconocidos ... como moribundos ... como castigados ... como entristecidos ... como pobres ... como no teniendo nada".

Pero alternadas con ellas van las experiencias de resurrección, de vida y de bendición, de modo que no podemos mencionar la muerte, sin mencionar la vida de resurrección que viene detrás:
"Por honra ... por buena fama ... veraces ... bien conocidos ... he aquí vivimos ... no muertos ... siempre gozosos ... enriqueciendo a muchos ... poseyéndolo todo" (2 Cor. 6:4-10).

Y en otro lugar lo dice así: "Pero tenemos este tesoro en vasos de barro, para que la excelencia del poder sea de Dios, y no de nosotros, que estamos atribulados en todo, mas no angustiados; en apuros, mas no desesperados; perseguidos, mas no desamparados; derribados, pero no destruidos ... De manera que la muerte actúa en nosotros, y en vosotros la vida" (2 Cor. 4:7-12).

Según la sabiduría de Dios, unos pocos han de experimentar la muerte para que otros (los más) experimenten la vida.

Esto fue así primeramente con el Señor, el cual murió en la cruz para que "por su obediencia, los muchos sean constituidos justos" (Rom. 5:19).

Su muerte nos trajo salvación, y sus heridas nos dieron la vida, el justo por los injustos para llevarnos a Dios.

Estas experiencias de Abraham y Pablo permitieron que ellos alcanzaran madurez espiritual.

La fe inicial nos introduce en la carrera, pero son las tribulaciones las que nos hacen crecer y madurar.

El apóstol dice: "Por Cristo tenemos entrada por la fe a esta gracia en las cual estamos firmes, y nos gloriamos en la esperanza de la gloria de Dios. Y no sólo esto, sino que también nos gloriamos en las tribulaciones, sabiendo que la tribulación produce paciencia, y la paciencia, prueba –léase, "carácter probado"–; y la prueba, esperanza" (5:2-4).

La fe es la puerta de entrada, pero más allá están la tribulación y la paciencia para la formación del carácter de Cristo en nosotros.

Y esto se llama madurez espiritual.

¡Dios te bendiga!





Aguasvivas.cl

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