jueves, 26 de febrero de 2015

El firme fundamento





A menudo, la vida cristiana es comparada a una labranza, o a un edificio.

En ambos, su edificación empieza siempre desde abajo.

En la labranza, la semilla debe ser primero enterrada, morir, nacer y enraizar, para después dar fruto (1 Cor. 15.36).

Y así también el edificio. Se empieza por el cimiento, edificando luego hacia arriba.

Estas figuras muestran claramente cómo ha de ser el crecimiento en la vida cristiana. Primero tenemos que morir y ser sepultados, para que la vida de la resurrección, la vida del Señor Jesús, brote para dar mucho fruto.

En la edificación de la vida cristiana es necesaria la operación de la cruz, la muerte de las obras de la carne por medio del Espíritu, el vaciamiento del yo, el quebrantamiento del hombre de carne.

El hombre interior, el espiritual, debe crecer primero hacia abajo, ser fortalecido, arraigado y confirmado, para después crecer hacia arriba, a partir de la piedra angular que es el Señor Jesucristo.

Este proceso de edificación no es visto por los que están fuera. Sólo después que esté bien fundada, arraigada, empieza la edificación hacia arriba, y sólo entonces empieza a ser notada por otros… y tan sólo ahí la vida del Señor aparece.

Primero la muerte opera en nosotros, para luego manifestar la vida (2 Cor. 4.12).

Cuanto más arraigados y más fundamentados en Jesús, más fuerte y aparente se va a desarrollar el crecimiento, principalmente si ellos están establecidos en suelo pedregoso o sobre la roca (Mat. 7.24).

El Señor conoce nuestra situación y sabe sobre cuál fundamento estamos; sabe cuál es el tipo de raíz que tenemos y cómo estamos arraigados; si ella es profunda o superficial, si está en Cristo o en cualquiera otra cosa.

Muchos quieren la edificación, pero pocos quieren pasar por el trato para alcanzar profundidad en la vida cristiana.

Prefieren una vida rasa, sin sufrimientos.

Que el Señor nos ayude a comprender esto; que recibamos con gracia la edificación que empieza en la base, dolorosa la mayoría de las veces, para que ella crezca sobre bases sólidas, y la gloria de Cristo resplandezca.

¡Dios te bendiga!





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miércoles, 25 de febrero de 2015

Dos formas de esperar






Hay dos formas en que los cristianos pueden esperar el cumplimiento de los designios de Dios para ellos: con paciencia hasta que se cumpla el tiempo de Dios, o con ánimo inquieto, buscando siempre la ocasión de 'ayudarle' a Dios.

Y estas dos actitudes están muy bien representadas en dos personajes del Antiguo Testamento: David y Jacob.

David había sido ungido tempranamente como rey de Israel, pero no tomó el trono por la fuerza.

David tenía todo a su favor para apresurar el tiempo del cumplimiento de ese designio: La unción reposaba sobre él, el pueblo le aclamaba como su salvador, los sacerdotes le reconocían como el elegido, y el mismo hijo del rey Saúl, Jonatán, le apoyaba. ¿A qué esperar?

A veces hasta las circunstancias parecían estar preparadas por Dios para que David tomase el reino por su mano.

Sin embargo, él no se dejaba seducir por las circunstancias aparentemente favorables, pues él conocía a Dios y sabía cuáles eran los principios por los cuales él actúa.

Sabía que Dios no utiliza medios carnales para obtener fines espirituales... sabía que no hay rebelión válida en el reino de Dios.

Sabía que Dios es poderoso para llevar adelante lo que se ha propuesto. Por eso, David esperó pacientemente en Dios.

Jacob, por su parte, también sabía de la elección de Dios.

Y Rebeca, su madre lo sabía aún mejor, incluso desde antes de su nacimiento.

Sin embargo, eso no les bastó, porque ambos tramaron engañar a Isaac, el padre y el esposo, para conseguir astutamente lo que Dios ya había decidido darle por gracia.

Vemos que las consecuencias de una y otra actitud son muy claras y ejemplarizantes para nosotros.

Jacob tuvo que permanecer veinte años lejos de su casa, huyendo de su hermano, viviendo como un proscrito, sirviendo esforzadamente bajo la dura mano de Labán, un pariente astuto, con la conciencia atenazada por los temores de un Esaú burlado y vengativo.

Sus tareas pastoriles le resultaron una carga terrible, como el mismo Jacob lo dirá más tarde a Labán: "Estos veinte años he estado contigo; tus ovejas y tus cabras nunca abortaron, ni yo comí carnero de tus ovejas. Nunca te traje lo arrebatado por las fieras; yo pagaba el daño; lo hurtado así de día como de noche, a mí me lo cobrabas. De día me consumía el calor, y de noche la helada, y el sueño huía de mis ojos. Así he estado veinte años en tu casa … y has cambiado mi salario diez veces".

¡Qué carga tan tremenda! ¡Qué pesadumbre inaguantable!

Este es el camino que se sigue cuando se utilizan los recursos de la carne. La burla es burlada hasta que el corazón desmaya.

David, en cambio, desechó toda intervención del hombre y esperó sólo en Dios.

Su camino no estuvo exento de quebrantos; pero esos quebrantos sirvieron para templar el acero y purificar el oro.

Amados: cuánto del hermoso carácter de David se forjó en aquellos días aciagos... y cuánto del carácter de Cristo pudo encarnar David, para expresarlo luego a través de sus Salmos.

Mientras Jacob pagaba el precio de su arrebato, David construía proféticamente el carácter del Mesías.

El hombre carnal es impaciente, y siempre procura ayudarle a Dios.

Y su tiempo "siempre está presto" (Juan 7:6).

El hombre espiritual, en cambio, es paciente, y, sea que las circunstancias le sonrían o le rujan, él espera en Dios, porque a su tiempo Dios se acordará de él.

¡Dios te bendiga!





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martes, 24 de febrero de 2015

No más desaliento






Se cuenta que cierta vez Satanás hizo una subasta de las herramientas con que hacía su obra. Había muchas que tenía a la venta, y muy eficaces; pero una de ellas tenía un letrero que decía: "No se vende". 

Cuando le preguntaron acerca de eso, dijo: "Esa es la única herramienta que no vendería por nada del mundo, porque es la que nunca me falla". Era el desaliento.

Muchas veces Satanás ataca a los hijos de Dios con esta poderosa arma, y ellos son vencidos una y otra vez. 

Los fracasos se han multiplicado. Les parece que están condenados a un permanente fracaso, que no vale la pena seguir adelante, que Dios se ha olvidado de ellos. En fin, de muchas y muy diversas maneras viene el desaliento.

Sin embargo, Dios tiene un mensaje para ellos. Las palabras de Dios a Josué son un eficaz aliento para un cristiano en tal situación. El Señor dijo a Josué en el primer capítulo de su libro, una y otra vez: "¡Sé fuerte y valiente!" (vv, 6, 9, NVI)... y lo mismo le reitera el pueblo a Josué (v, 18). 

¿Cuál es la razón para ser fuerte y valiente? "Porque el Señor tu Dios te acompañará dondequiera que vayas." (v, 9).

Sin duda, ésta es una poderosa razón para sentirse fuerte y valiente. 

Y el profeta Jeremías daba testimonio de esto mismo al decir: "Mas Jehová está conmigo como poderoso gigante; por tanto, los que me persiguen tropezarán, y no prevalecerán; serán avergonzados en gran manera, porque no prosperarán; tendrán perpetua confusión que jamás será olvidada" (20:11).

Ahora bien, en el Nuevo Testamento, ésta promesa está todavía en pie, y aun con mayor gloria. "Fortaleceos en el Señor (lit. sed llenos de poder), y en el poder de su fuerza" (Efe. 6:10). 

Allí, en las palabras dichas a Josué, Dios se comprometía a estar con Josué (lo mismo con Jeremías), pero acá la promesa es que el creyente estará en el Señor. No sólo con el Señor, sino en el Señor.

El apóstol Pablo dice que nuestra vida está escondida con Cristo en Dios (Col. 3:3)... así que estar en Cristo (y escondido en él) es una maravillosa realidad. 

Esta es más que una promesa, es una bendita realidad. 

Cuando las armas de Satanás arremeten contra nosotros, ¡cuán fiel consuelo es sabernos amparados en Cristo!... allí somos fuertes, porque su fuerza está en nosotros; allí somos valientes, porque su valentía permanece en nosotros. Podemos ser fuertes en Él y valientes en Él. 

Las palabras del Señor a Josué resuenan firmes y alentadoras para nosotros hoy: ¡Sé fuerte y valiente! 

Porque vosotros estáis en él y él en vosotros, podéis ser fuertes y valientes. Porque para venceros, Satanás debería vencerle a Él primero. Porque la victoria ya la obtuvo Cristo en la cruz, de una vez y para siempre. Porque, aunque nosotros no somos nada, Él lo es todo en nosotros. 

Si vemos esto, amados, entonces la mortal arma de Satanás –que es el desaliento– no tendrá ya más poder en nosotros.

¡Esfuérzate y sé valiente!

¡Dios te bendiga!






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lunes, 23 de febrero de 2015

El centro del mensaje de Dios






El mensaje de Dios, que es Cristo, no puede ser tergiversado, ni alterado. Y en el centro de este mensaje está su cruz. Su vida, sus hechos y sus palabras tienen como centro focal la cruz del calvario.

Muchos en este día quisieran sacar la cruz del Evangelio, y también la sangre de Cristo, porque hiere ciertas sensibilidades exquisitas. ¡Pero cuán vana sería nuestra fe, sin la sangre y la cruz de Cristo!

Cristo bajó del cielo para morir. Así lo entiende el Apóstol Pablo, el máximo exponente del misterio de Cristo. Sus principales cartas tienen como punto de partida la obra del Señor Jesucristo en la cruz.

La carta a los Romanos nos habla ordenadamente de todo el misterio de la piedad, de la justicia, la santidad, la gloria de Dios, del cuerpo de Cristo, pero todo ello tiene su explicación y su sentido en las palabras del capítulo 3: "Siendo justificados gratuitamente por su gracia, mediante la redención que es en Cristo Jesús, a quien Dios puso como propiciación por medio de la fe en su sangre, para manifestar su justicia..." (vv, 24-25).

Debido a que se derramó Su Sangre, es que hay perdón de pecados… debido a que existió esa cruz, es que hay victoria sobre el pecado. ¡Gloria al Señor Jersucristo!

Las dos epístolas a los Corintios, tomadas como una unidad, tienen en el primer capítulo de la Primera Epístola, este asunto central: "Porque los judíos piden señales, y los griegos buscan sabiduría; pero nosotros predicamos a Cristo crucificado, para los judíos ciertamente tropezadero, y para los gentiles locura" (1:22-23).

Y luego agrega: "Pues me propuse no saber entre vosotros cosa alguna sino a Jesucristo, y a éste crucificado" (2:2).

Para la gran necesidad de los corintios, la respuesta única y suficiente era Cristo crucificado. E igual lo es para todos nosotros los que creemos.

A los Gálatas descarriados y hechizados por la ley, Pablo les habla con denuedo del "tropiezo de la cruz" (5:11), de que muchos quieren evitarse las persecuciones que vienen a causa de "la cruz de Cristo" (6:12), y concluye diciendo "Pero lejos esté de mi gloriarme, sino en la cruz de nuestro Señor Jesucristo, por quien el mundo me es crucificado a mí, y yo al mundo" (Gál. 6:14).

En la carta a los Efesios, la gran epístola del misterio de Cristo y la Iglesia, Pablo comienza diciendo: "en quien  tenemos redención por su sangre, el perdón de pecados según las riquezas de su gracia" (1:7).

En la epístola a los Filipenses, Pablo nos hace recorrer el camino de la cruz de Cristo, desde el trono de Dios "hasta su gloriosa muerte, y muerte de cruz" (2:8).

Y Colosenses, la carta de las alturas cósmicas, nos dice: "...por cuanto agradó al Padre que en él habitase toda plenitud, y por medio de él reconciliar consigo todas las cosas, así las que están en la tierra como las que están en los cielos, haciendo la paz mediante la sangre de su cruz" (1:19-20). ¡Bendita sea el Señor Jesucristo, Señor de Señores y Rey de Reyes!

Aquí hemos tocado principalmente un solo aspecto de la cruz, el relativo a la redención, pero hay mucho más.

Pero en ella se resume, en una palabra, todo el misterio de la piedad.

Sin la cruz podemos tener a Jesús, pero no tendremos a Cristo; podemos tener una religión, pero no el Evangelio de la Salvación por Jesucristo.

¡Dios te bendiga!




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jueves, 19 de febrero de 2015

Abraham y Pablo







Las vidas de Abraham y Pablo tienen muchas semejanzas, como dos hombres de Dios que vivieron por fe.

La soberanía de Dios ha permitido que estos dos hombres –y sus experiencias de fe– hayan quedado registrados en las páginas de las Escrituras, para ejemplo, guía y consuelo en nuestras propias experiencias espirituales.

En Romanos 4 se nos explica ampliamente la vida de fe de Abraham. Lo que en Génesis es un registro histórico, en Romanos es una explicación espiritual de aquello. Abraham fue justificado por la fe, por creer las palabras de Dios tocante a su descendencia. Esta fe le fue dada en el momento de oír a Dios, en medio de una situación insostenible. Abraham oyó esa palabra como lo que era, verdaderamente palabra de Dios. Y esa palabra, oída así, "actúa en vosotros los creyentes" (1 Tes. 2:13). Como consecuencia, fue declarado justo.

Sin embargo, el camino de la fe no termina ahí. Luego de ese gozo inicial, hubo momentos de desesperanza en la vida de Abraham.

El relato bíblico es escueto, pero podemos concluir que pasaron años antes de que ese acto de fe tuviera sus frutos. Abraham creyó que tendría hijo de Sara, su mujer, y que de ese hijo vendría una descendencia innumerable como las estrellas del cielo. Pero el hijo llegó en el tiempo de Dios, es decir, no antes de que Abraham experimentase distintas formas de muerte, tanto en lo físico como en lo psicológico. Su cuerpo se marchitó, y con él su orgullo viril. Varios años debieron pasar hasta que este proceso de muerte concluyera y diera paso a la resurrección.

¿No ha ocurrido así con usted también, amado hijo de Dios? 

Usted ha sido llevado hasta el extremo de la desesperación, pero de alguna manera, sabe que Dios tiene el control de todo. El proceso de muerte dura demasiado, a veces parece que ya no hay esperanza. Humanamente hablando, usted debió haber sucumbido ya. Sin embargo, la voz de la fe continúa encendida en su corazón, de modo que puede creer "en esperanza contra esperanza ... delante de Dios, a quien creyó, el cual da vida a los muertos, y llama las cosas que no son como si fuesen" (Rom. 4:17).

Dios le había hablado a Abraham, y eso era suficiente para él. Por eso "se fortaleció en fe... plenamente convencido que (Dios) era también poderoso para hacer todo lo que había prometido" (Rom. 4:20-21). La promesa de Dios sostuvo a Abraham en medio del "valle se sombra y de muerte".

No es posible experimentar la resurrección sin la manifestación previa de la muerte. El grano de trigo tiene que caer en tierra, y morir, antes de que surja una hermosa gavilla de granos nuevos. Y si muere un solo grano, son muchos los que surgen en resurrección. La resurrección sobrepuja a la muerte.

Unas pocas lágrimas en el valle de sombras, delante de Dios, son la antesala de un gozo incontenible. "Entonces nuestra boca se llenará de risa, y nuestra lengua de alabanza" (Sal. 126:2).

¿Quién puede apagar el gozo que el Señor enciende en el corazón del creyente?

Fue así con Sara, por eso ella dijo, cuando nació Isaac: "Dios me ha hecho reír, y cualquiera que lo oyere, se reirá conmigo" (Gén. 21:6).

¿Y qué de Pablo?

En la vida de Pablo encontramos hechos muy similares a los que le ocurrieron a Abraham.

Hay una frase de Pablo que podría aplicarse perfectamente a Abraham, o a cualquiera de los creyentes que han vivido experiencias-límite: "Pero tuvimos en nosotros mismos sentencia de muerte, para que no confiásemos en nosotros mismos, sino en Dios que resucita a los muertos" (2 Cor. 1:9).

La muerte es necesaria para poder conocer al Dios que resucita a los muertos.

Por lo demás, sin esa "sentencia de muerte", ¿cómo perderemos la confianza en nosotros mismos?
Dios quiere llevarnos gradualmente de una confianza en nosotros a una confianza en él… trasladarnos de nosotros a Dios mismo, pues en nosotros hay impotencia, escasez y esterilidad; en cambio en Dios hay todo poder, generosidad y abundancia.

Más adelante en la misma epístola, Pablo da un detalle de las experiencias de muerte que vivía permanentemente: "En mucha paciencia, en tribulaciones, en necesidades, en angustias; en azotes, en cárceles, en tumultos, en trabajos, en desvelos, en ayunos ... por deshonra, por mala fama ... como engañadores ... como desconocidos ... como moribundos ... como castigados ... como entristecidos ... como pobres ... como no teniendo nada".

Pero alternadas con ellas van las experiencias de resurrección, de vida y de bendición, de modo que no podemos mencionar la muerte, sin mencionar la vida de resurrección que viene detrás:
"Por honra ... por buena fama ... veraces ... bien conocidos ... he aquí vivimos ... no muertos ... siempre gozosos ... enriqueciendo a muchos ... poseyéndolo todo" (2 Cor. 6:4-10).

Y en otro lugar lo dice así: "Pero tenemos este tesoro en vasos de barro, para que la excelencia del poder sea de Dios, y no de nosotros, que estamos atribulados en todo, mas no angustiados; en apuros, mas no desesperados; perseguidos, mas no desamparados; derribados, pero no destruidos ... De manera que la muerte actúa en nosotros, y en vosotros la vida" (2 Cor. 4:7-12).

Según la sabiduría de Dios, unos pocos han de experimentar la muerte para que otros (los más) experimenten la vida.

Esto fue así primeramente con el Señor, el cual murió en la cruz para que "por su obediencia, los muchos sean constituidos justos" (Rom. 5:19).

Su muerte nos trajo salvación, y sus heridas nos dieron la vida, el justo por los injustos para llevarnos a Dios.

Estas experiencias de Abraham y Pablo permitieron que ellos alcanzaran madurez espiritual.

La fe inicial nos introduce en la carrera, pero son las tribulaciones las que nos hacen crecer y madurar.

El apóstol dice: "Por Cristo tenemos entrada por la fe a esta gracia en las cual estamos firmes, y nos gloriamos en la esperanza de la gloria de Dios. Y no sólo esto, sino que también nos gloriamos en las tribulaciones, sabiendo que la tribulación produce paciencia, y la paciencia, prueba –léase, "carácter probado"–; y la prueba, esperanza" (5:2-4).

La fe es la puerta de entrada, pero más allá están la tribulación y la paciencia para la formación del carácter de Cristo en nosotros.

Y esto se llama madurez espiritual.

¡Dios te bendiga!





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miércoles, 18 de febrero de 2015

Un corazón quebrantado





La primera experiencia que vivió Esdras, el escriba, apenas hubo llegado a Jerusalén, probó su corazón. ¿Qué tan preparado estaba para hacer la obra de Dios? ¿Era un mero enviado de Artajerjes, el rey de Persia, o lo enviaba Dios? 

¿Usaría él los recursos de la carne o los del Espíritu?

Cuando Esdras subió a Jerusalén habían pasado más de 20 años desde que los primeros restauradores habían llegado. Y en ese tiempo, el templo ya había sido reedificado. 

El gobernante Zorobabel, y los profetas Hageo y Zacarías ya habían hecho su trabajo. Ahora le tocaba el turno al escriba docto en la Palabra de Dios. 

Y su misión era embellecer el templo y traer el consejo de la Palabra de Dios a la vida de la renacida nación.

Sin embargo, apenas llegó, se encontró con un grave problema por resolver: el pueblo se había mezclado con los pueblos paganos (Esdras 9). 

Los israelitas habían tomado de los paganos esposas para sus hijos, y lo que es peor, ya tomaban parte en sus cultos idolátricos. E incluso hasta los gobernantes estaban involucrados en eso. ¿Qué hacer?

Esdras, el delegado plenipotenciario del rey pudo haber reaccionado con ira y haber resuelto el problema por decreto, ordenando el castigo de los culpables y la disolución de los vínculos. 

Sin embargo, no actuó el Esdras gobernante, el que podía haberse apoyado en el brazo de la carne. Actuó, en cambio, el hombre de Dios, el quebrantado y humilde.

El relato dice que Esdras hizo duelo, afligió su alma delante de Dios y de los hombres. Y entonces comenzó a orar con contrición, confesando los pecados del pueblo, utilizando en su oración el "nosotros", es decir, tomando sobre sí la culpa y presentándose como sacerdote delante de Dios a favor del pueblo.

En esto, Esdras muestra un rasgo maravilloso, el mismo que el Señor Jesucristo desarrolla hoy ante el Padre en su Intercesión como Sumo Sacerdote según el orden de Melquisedec, intercediendo siempre por los creyentes. 

Cuando Esdras resolvió tomar este camino, aseguró una solución espiritual al problema, pues aseguró la intervención de Dios. Y fue así como el problema de las mezclas matrimoniales quedó resuelto a su tiempo.

Y cuando el pueblo vio la reacción de Esdras, y escuchó su dramática oración, fue tocado profundamente. 

Entonces el pueblo mismo se sumó también a la súplica del piadoso escriba, y Dios usó a Secanías para que sugiriese a Esdras el camino a seguir. 

Así se resolvió el grave mal. Pero el punto crucial en todo esto fue la reacción de Esdras. Eso habría de determinar la forma y los recursos con que el problema se solucionaría.

Miremos que Esdras no se alzó como juez de sus hermanos, juzgándoles y condenándoles por sus pecados, sino como intercesor a favor de ellos. 

Y tratado por la mano de Dios, mostró la belleza de un corazón transformado a la semejanza de Cristo. Y eso no pudo dejar indiferentes ni siquiera a los más endurecidos.

He aquí un ejemplo a seguir para todos los que tienen la responsabilidad de enseñar la Palabra de Dios. 

El primer mensaje que ellos dan es el de un corazón quebrantado, no de endurecimiento.

¡Dios te bendiga!




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martes, 17 de febrero de 2015

Santificación: pasada, presente y futura





"Porque Dios, que mandó que de las tinieblas resplandeciese la luz, es el que resplandeció en nuestros corazones, para iluminación del conocimiento de la gloria de Dios en la faz de Jesucristo" (2 Cor. 4:6).




Así como el propio Señor separó a Su pueblo de Egipto, él nos separa de la potestad de las tinieblas, del presente siglo malo y de la esclavitud del pecado para Sí mismo.

La Biblia dice que el Ángel de Jehová se le apareció a Moisés cuando éste estaba en el desierto de Madián. Y el pueblo de Israel aún no sabía lo que Dios haría por ellos, mas Jehová, por medio de Su Ángel, habló con Moisés: "No te acerques; quita tu calzado de tus pies, porque el lugar en que tú estás, tierra santa es" (Exo. 3:5)

Esta es la primera vez que se menciona la palabra 'santo'.

Vemos que Dios santificó un pedazo de tierra para hablarle a Moisés… y acto seguido, Dios separaría a Moisés de Madián para sacar a su pueblo de Egipto.

Y sucedió lo mismo también con nosotros. Dios, en su eterna sabiduría y misericordia, nos eligió en santificación del Espíritu (1 Pe. 1:2), incluso antes de nosotros darnos cuenta de Su Amor y Propósito.

Al preparar el pueblo para salir de Egipto, Dios ordenó sobre la pascua: "Siete días comeréis panes sin levadura… El primer día habrá santa convocación, y asimismo en el séptimo ... porque en este mismo día saqué vuestras huestes de la tierra de Egipto" (Exo. 12:15-17)

Esta es la segunda ocasión en que se menciona la palabra 'santo'.
Después del sacrificio y muerte de muchos corderos, durante aquella primera pascua, Jehová separó a Su pueblo de Egipto para Sí mismo.

El precio fue la sangre de muchos corderos y el sello de Su redención –y que enseñaría al pueblo que ella era irreversible–, fue hacerlos pasar en seco por el Mar Rojo y echar en él los carros de Faraón y su ejército.

Y así es con nosotros, dice Su Palabra en (Heb. 13:12) "por lo cual también Jesús, para santificar al pueblo mediante su propia sangre, padeció fuera de la puerta".

Por la sangre del Señor Jesucristo somos santificados, de manera que la santificación del Espíritu, determinada por Dios en la eternidad pasada, se torna una viva realidad para el creyente.

Poco después de cruzar el Mar Rojo, Jehová les enseñaría que la gran y definitiva separación efectuada por él debería manifestarse: "Porque yo soy Jehová, que os hago subir de la tierra de Egipto para ser vuestro Dios: seréis, pues, santos, porque yo soy santo" (Lev. 11:45).

Y no es diferente con nosotros, pues hay un aspecto presente y continuo en la santificación, como podemos percibir por la bendita oración del Señor Jesús por sus discípulos: "Santifícalos en tu verdad; tu palabra es la verdad" (Jn. 17:17).

Los aspectos pasados y presentes de nuestra santificación apuntan a algo glorioso: "…pero [Dios nos disciplina] para lo que nos es provechoso, para que participemos de su santidad" (Heb. 12:10), pues la santidad de Dios es llena de gloria.

Dios, en días pasados, resplandeció en nuestros corazones y nos separó para Sí mismo.

Y en el presente, Él nos ilumina, santifica y purifica por su Palabra.
Cuando Él se manifieste, lo veremos como Él es, y conoceremos la gloria de Dios en la faz de Jesucristo.

¡Gracias Bendito Padre Santo, por tu grandiosa obra de santificación!






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domingo, 15 de febrero de 2015

La Multiforme Sabiduría de Dios





Para que la multiforme sabiduría de Dios sea ahora dada a conocer por medio de la iglesia a los principados y potestades en los lugares celestiales.
(Efesios 3:10)




En el capítulo 3 de Efesios se comienza hablando de un misterio que Dios no había dado a conocer en otras generaciones. Y se dice que ese misterio Dios lo dio a conocer a la iglesia por medio de sus apóstoles y profetas.

En el tiempo en que el Señor Jesús estuvo en la tierra, el Padre sacó a luz este misterio. Lo sacó de su corazón y lo mostró a los hombres.

Y el primero en recibir la revelación de este misterio fue Pedro en Cesarea de Filipo.

Sin embargo, quien alcanzó un conocimiento más profundo de él fue el apóstol Pablo. Este misterio es el Señor Jesucristo.

La multiforme Sabiduría

Aquí en Efesios 3:10 se nos presenta este misterio como la Sabiduría de Dios, la Sabiduría multiforme, que ahora es dada a conocer por medio de la iglesia a los principados y potestades.

La Sabiduría de Dios es Cristo; por tanto, lo que se da a conocer por medio de la iglesia es Cristo mismo. Cada vez que la iglesia se reúne, da testimonio y expresa al Señor Jesucristo.

Aquí se nos dice que la Sabiduría de Dios es multiforme. Es decir, Cristo tiene muchas formas, y se expresa de muchas maneras. A través de la iglesia, Cristo es mostrado de una manera preciosa. Cristo es tan grande, tan precioso, que él no puede ser expresado sólo por una o dos personas. Se necesita de toda la iglesia para hacerlo.

Por eso existen cuatro evangelios y no uno. Porque un solo evangelio no podía expresar todo lo que Cristo es. El evangelio de Mateo nos muestra a Cristo como el rey. Marcos nos lo muestra como Siervo. Lucas como el Hijo del Hombre. Y Juan como el Hijo de Dios.

Al unir estas cuatro diferentes visiones de Cristo, podemos tener un conocimiento más completo de lo que Cristo es. Él es Rey, pero también es Siervo. O, dicho de otra manera, él es un Rey humilde. Es Hombre y Dios, tal como nos lo muestran Lucas y Juan. Parece una contradicción pero no lo es; esa es la realidad celestial de Cristo el Señor de Señores.

¿Cómo podría un solo hombre mostrar esos diferentes aspectos de Cristo?... Es necesaria la pluralidad para expresar a Cristo.

Por eso, sólo la iglesia, en su pluralidad, puede expresar cabalmente a Cristo.

Si leemos Efesios capítulo 4: 11, encontramos cinco ministerios. Ahí están los apóstoles, profetas, evangelistas, pastores y maestros.

A través de ellos, el Señor capacita a la iglesia; pero en realidad, estos cinco ministerios son cinco expresiones de Cristo.

Cristo es el verdadero Apóstol, el verdadero Profeta, el gran Evangelista, el buen Pastor, y el gran Maestro. Así que cada uno de estos cinco ministerios expresan cinco aspectos de la maravillosa persona de Cristo.

Cuando leemos el Nuevo Testamento, hallamos especialmente a tres autores: Pedro, Pablo y Juan. Ellos son tres de los mayores escritores del Nuevo Testamento, al mismo tiempo que fueron los tres más grandes apóstoles del Nuevo Testamento.

Cada uno de ellos tiene un carácter propio. Aunque el Señor trató con cada uno de ellos, nunca anuló su carácter. Aunque ellos fueron transformados a la semejanza de Cristo, nunca dejaron su peculiaridad.

Cada uno de ellos expresa a Cristo de una manera diferente. Pedro lo expresa de una manera, Pablo de otra, y Juan de otra.

Es muy importante ver que nosotros fuimos creados de una manera distinta unos de otros, que tenemos un carácter diferente.

Dios necesita de todos los caracteres, de todo tipo de personas, porque así Cristo se puede expresar a través de cada uno de ellos en esta multiformidad de la Sabiduría de Dios.

Algunos piensan que para ser hechos semejantes a Cristo, tenemos que perder nuestras características individuales, y convertirnos en algo así como clones de Cristo.

Pero si hubiese sido esa la voluntad de Dios, habría sido muy fácil para Dios crear clones. Pero el largo trabajo que el Espíritu Santo hace en nosotros todos los días, un trabajo muy paciente y meticuloso, es para transformarnos en la imagen de Cristo sin dejar de ser lo que nosotros somos; sin anular nuestra alma.

Porque una cosa es el quebrantamiento del alma y otra muy diferente la anulación del alma.

Nosotros tenemos un alma que expresa nuestra personalidad. Y cada alma quebrantada es uno de los acentos de Cristo mostrado a las potestades superiores.

Multiforme: Iridiscente

La palabra «multiforme» de Efesios 3:10, en griego, es una palabra muy rica en significados. No se refiere simplemente a algo que tiene muchas formas, sino a algo que emite muchos destellos de luz multicolores. Cristo es una realidad iridiscente.

Inmediatamente esto nos lleva a asociarlo con las piedras preciosas. En la naturaleza existen las piedras preciosas, que pueden expresar el colorido y el brillo de una manera especial.

En la Biblia, las piedras preciosas ocupan un lugar muy importante, porque son muy ilustrativas acerca de la obra del Espíritu Santo en el hombre. Por ejemplo, en el pectoral del sumo sacerdote habían doce piedras preciosas, y cada piedra representaba una tribu de Israel. Y cada piedra tenía un color y una historia diferente.

Y cuando nosotros vamos al Nuevo Testamento, de nuevo encontramos las piedras preciosas en la Nueva Jerusalén, asociadas a los doce apóstoles del Cordero.

Lo que en la naturaleza puede expresar mejor el brillo y el colorido son las piedras preciosas. Las piedras en las Escrituras representan el carácter que el Espíritu Santo está forjando en nosotros.

Es cierto que hoy somos piedras vivas, pero aún no somos piedras preciosas. Somos piedras en proceso de transformación. Aún somos piedras opacas, que no damos el brillo deseable. Como una piedra del camino, que no deja pasar la luz a través de sí. No tiene ninguna transparencia ni brillo. Así somos muchos de nosotros todavía. Aquello de Cristo que deberíamos mostrar aún encuentra resistencia en nosotros.

Las piedras preciosas se forman por medio de las altas presiones y las altas temperaturas. Así también, a través de los diversos y numerosos tratos, el Espíritu Santo nos va transformando en piedras transparentes, para que la luz de Cristo pueda pasar por nosotros y tomar el color que corresponde a cada uno de nosotros.

Cada uno de nosotros está llamado a ser una piedra preciosa; así Cristo se expresará a través de nosotros con colores diferentes –el color de nuestro carácter, de nuestra personalidad-.

De modo que cuando los ángeles y las potestades superiores, miren hacia la iglesia, ellos puedan ver, espiritualmente hablando, muchos brillos, muchos colores, que es lo que el Espíritu Santo habrá formado en nosotros. Es decir, lo que de Cristo habrá sido formado en nosotros, que no será en todos lo mismo, sino según la peculiaridad de cada carácter, según el acento particular de cada uno.

Por eso es que Pedro es diferente de Pablo y de Juan.

Cuando leemos las epístolas de Pablo, tocamos a Cristo, más precisamente –digámoslo así-, al Cristo de Pablo. Y cuando leemos a Pedro, tocamos al Cristo de Pedro. Y cuando leemos a Juan tocamos al Cristo de Juan. No es que sean tres Cristos, por supuesto; es uno y el mismo Señor, pero expresado de tres diferentes maneras, según el carácter humano de cada creyente.

Y así, si nosotros hoy somos, por decir así, 100 hermanos reunidos aquí, y si hemos sido tratados de alguna manera por el Espíritu Santo, habrá 100 expresiones diferentes de Cristo.

Ciertamente uno mostrará mejor la paciencia de Cristo, otro mostrará mejor su ternura, otro mostrará mejor la autoridad de Cristo, otro su generosidad, o la dulzura de Cristo, etc. Y así, en todos nosotros, en conjunto, serán mostradas todas las características de Cristo.

Cuando leemos Mateo capítulo 5, encontramos 9 bienaventuranzas, que son nueve expresiones de Cristo. Y en Gálatas capítulo 5 encontramos las 9 manifestaciones del fruto del Espíritu, que es el carácter de Cristo. Así se expresa la multiformidad de Cristo.
De lo individual a lo colectivo

Ninguno de nosotros va a alcanzar jamás toda la estatura de la plenitud de Cristo. Porque la estatura de la plenitud de Cristo sólo la puede alcanzar la iglesia en su conjunto. Es en la iglesia donde Cristo es mostrado en toda su hermosura, no en un hombre particular.

Por eso el Señor está trabajando en nosotros tan fuertemente, para sacarnos de nuestro individualismo. Nosotros crecimos rodeados de un tipo de cultura, de una clase de educación y de una filosofía, centradas en el individualismo. Me han enseñado que yo soy la unidad total, como si yo fuese el todo. Sin embargo, cuando nosotros vemos la pluralidad de Cristo, cuando vemos la hermosura de la iglesia, nos empezamos a dar cuenta que nosotros en particular no somos la unidad, sino apenas una parte de la unidad. Y que la unidad somos todos nosotros, unidos en un solo cuerpo, todos en conjunto con la Cabeza, que es Cristo. Todos nosotros vamos a expresar las bellezas de Cristo, pero de un modo particular.

Dios nos está sacando de nuestro individualismo y nos está trayendo a la pluralidad, al sentido de cuerpo, a la conciencia de lo colectivo. Yo no me basto a mí mismo. Ninguno de nosotros se basta a sí mismo. Yo necesito del Cristo que tiene mi hermano. Hay algo de Cristo que él tiene y que yo no tengo; por tanto, yo necesito de él.

Dietrich Bonhoeffer decía: «El Cristo de mi hermano es más grande que el Cristo que hay en mí». ¿Qué quiere decir con eso? ¿Es que hay muchos Cristos? No. Es que yo tengo una medida de Cristo que es insuficiente. Por eso muchas veces estoy abatido, por eso muchas veces tropiezo y caigo, por eso muchas veces pierdo la fe.

Pero cuando encuentro a mi hermano, y él me ministra de Cristo, yo siento que el Cristo de él es más fuerte que el mío, entonces soy fortalecido.

Cristo quiere expresarse a través de los muchos, y no a través de uno solo. Cristo quiere que vivamos su vida en conjunto, no en forma solitaria y autosuficiente.

Ahora, este camino, que va de lo individual a lo colectivo, es un camino bastante doloroso. Cuando nosotros comenzamos nuestra carrera cristiana, somos muy seguros de nosotros mismos y tenemos muchas ambiciones espirituales.

Queremos ser muy grandes espiritualmente: el mejor pastor, o el mejor predicador, la hermana más servicial, etc., todo lo mejor.

Queremos ser los más grandes. Entonces nos llenamos de conocimiento, porque queremos ser el mejor. Pero a medida que vamos avanzando por este camino, el Señor va tocando nuestras fortalezas, y nos va quebrando. Así viene quebrantamiento tras quebrantamiento.

Antes parece que éramos más inteligentes; ahora ya no somos tanto. Antes éramos muy fuertes, ahora ya no somos tanto. Antes podíamos hacer muchas cosas solos, ahora no podemos hacer las cosas solos.

Necesitamos cada vez más de los hermanos. Y eso nos conduce a un profundo quebrantamiento. Eso nos hace menguar mucho, hasta extremos sorprendentes.

Muchas de las cosas que nos suceden diariamente, son golpes del Espíritu Santo a nuestra vanidad, a nuestra presunción, para que nosotros dejemos de ser cristianos individualistas, y pasemos a vivir sólo como miembros del cuerpo de Cristo.

Un cambio de foco

En la epístola a los Romanos, ocurre algo muy interesante. Cuando leemos los primeros capítulos hasta el capítulo 8, nos parece que vamos en un permanente aumento, que vamos adelantando espiritualmente. Somos justificados, santificados y glorificados. Y cuando llegamos al capítulo 8 parece que hemos alcanzado la cima de la revelación.

Sin embargo, cuando vamos al capítulo 12, allí se produce un tremendo cambio de foco, un cambio de paradigma.

Allí se nos dice que nosotros tenemos que ser renovados en nuestro entendimiento para conocer la buena voluntad de Dios, agradable y perfecta.

¿Por qué tenemos que ser renovados en nuestra mente?

Porque luego, en los versículos siguientes, se nos dice que nosotros somos miembros del cuerpo de Cristo.

No somos la unidad, no somos el cuerpo completo, somos sólo una parte. Por eso dice: «Nadie tenga de sí más alto concepto que el que debe tener».

El individualista tiene un alto concepto de sí, pero aquel que ha llegado a la realidad de ser miembro del cuerpo, tiene que menguar. Y también tiene que reconocer que en el cuerpo de Cristo hay otros también, que tienen otras expresiones de Cristo que él no tiene.

Entonces, la buena voluntad de Dios, agradable y perfecta, es la iglesia. Y en la iglesia, cada uno de nosotros somos sólo un miembro.

¿Qué estamos viendo de Cristo en este último tiempo? Porque ya lo estamos viendo en esta expresión multicolor y multifacética. Ya lo estamos viendo en esta multiexpresión en medio de la iglesia.

Ya no nos asombran los grandes hombres. Ya no nos cautivan los grandes líderes. Porque la voluntad de Dios en este tiempo es expresarse a través del conjunto, de la totalidad de los miembros del cuerpo de Cristo.

Creo que nunca antes en la historia de la Iglesia había venido tanta luz respecto de este asunto.

En este tiempo una luz muy potente está viniendo, en todo el mundo. Dios está haciendo un precioso trabajo de revelación.

Dos trabajos maravillosos

Muchas de las cosas que nos suceden en nuestra vida cotidiana, muchos fracasos, y muchas lágrimas, nos sobrevienen a causa de esto: por un lado, para sacarnos de nuestro ego, es decir, sacar al yo del trono del corazón, y así poder «ver» a los hermanos, reconocerlos y valorarlos; y, por otro, ver que el Espíritu Santo está trabajando en nosotros para hacernos transparentes y luminosos – no con nuestra propia luz, que no la tenemos, porque nosotros sólo reflejamos la luz de Cristo.

Estos dos trabajos son maravillosos; sin embargo, ambos también son bastante dolorosos.

Que el Señor nos conceda su gracia para conocer a Cristo en toda su multiformidad, y que nos conceda la gracia también de aceptar la preciosa obra del Espíritu Santo.

Porque si nosotros rechazamos esta obra del Espíritu Santo, él no la va a poder realizar. Él nunca va a violentar nuestra voluntad. A veces nosotros le decimos: «Por favor, no más; no soporto más; es demasiado doloroso para mí; deténte; espera un poco». Entonces puede pasar algún tiempo, en que parece que los sufrimientos terminan, pero también ocurre que se detiene la obra preciosa del Espíritu Santo.

La Escritura dice que el Señor Jesús «por lo que padeció aprendió la obediencia», y vino a ser autor de eterna salvación, y también vino a ser sumo sacerdote según el orden de Melquisedec.

¿Qué fue lo que capacitó al Señor para venir a ser Salvador y Sumo Sacerdote, es decir, para cumplir su ministerio terrenal y su ministerio celestial?

Fueron sus padecimientos, sus grandes aflicciones. Y así también ocurre con nosotros. Tenemos que padecer aquí para que nosotros podamos expresar, por toda la eternidad, aquel Cristo que estamos llamados a expresar.

Es hoy cuando tiene que producirse en nosotros el trabajo del Espíritu Santo.

El libro de diseño de Dios

En el Salmo 139 dice que había un libro en el cual Dios escribió todo lo que nosotros íbamos a llegar a ser. Cuando Él nos formaba en el vientre de nuestra madre, Él iba diseñando nuestro carácter de acuerdo a lo que estaba escrito en su libro.

Cada uno de nosotros es como es, porque estaba escrito en el diseño de Dios para cada uno. Por otro lado, en Efesios 2:10 se nos dice que Dios preparó de antemano ciertas obras para que anduviésemos en ellas.

Si nosotros unimos estos dos pasajes, tenemos algo tremendamente grande: que Dios de antemano diseñó nuestra personalidad y también determinó las cosas que hemos de hacer. Es decir, lo que habríamos de ser y lo que habríamos de hacer fue diseñado de antemano. ¿Con qué propósito? Para expresar a Cristo. O sea, algún aspecto de lo que Cristo es; algunas obras de las que Cristo hace.

Y esto es algo maravilloso, porque nos muestra que nuestra vida no es fruto del azar, sino que todo fue preparado por Dios de antemano. ¡Bendito sea el Señor nuestro Dios!

Amados: Hay algo que nosotros tenemos que llegar a ser, y hay algo que tenemos que hacer. Hay algo de Cristo que usted tiene que expresar, y que otro no va a expresar. Hay algo que usted tiene que hacer y otro no va a hacer.

Cada uno de nosotros tiene algo de Cristo con sello propio, que el hermano que está a su lado no tiene. Esta es la multiforme sabiduría de Dios. Esta es la iridiscencia de Cristo.

Cristo es maravilloso, y Cristo se está formando en nosotros. Cada uno de nosotros es precioso para Dios. Cada uno de nosotros tiene un destello de Cristo, un color de Cristo.

Que el Señor nos socorra, hermanos y nos ayude. Que nos dé ánimo.

Cuando estemos decaídos: ¡Tengamos ánimo! ¡Fe! ¡Esperanza!

El Señor completará su obra en nosotros. El Señor nunca ha quedado con las cosas a medio hacer. Él siempre nos lleva más adelante.
La necesidad del parakletos

Hay algunos versículos en la Escritura que dicen que el Espíritu Santo es nuestro Consolador, en griego, nuestro ayudador, nuestro parakletos.

La palabra parakletos tiene muchos significados, como Ayudador, Abogado, etc. Pero hay un antecedente que es especialmente precioso.

En las antiguas olimpíadas griegas, cuando los atletas que corrían el maratón y caían por el camino, existía una persona que se llamaba el parakletos. Él estaba autorizado levantar al caído, animarlo y volverlo a poner en la carrera.

Eso es justo lo que hace el Espíritu Santo como nuestro parakletos.

Cuando estamos cansados, cuando tropezamos, cuando estamos desanimados, cuando parece que no hay esperanza para nosotros, entonces el Espíritu Santo nos levanta, y nos dice: ¡Adelante!

Que el Señor nos conceda su gracia para llegar hasta el final, y para que lo de Cristo que estamos llamados a expresar sea expresado, y lo de Cristo que estamos llamados a hacer sea hecho.

Amén.





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