domingo, 11 de enero de 2015

La conversión de Saulo




Texto: (Hechos 26:9-18)
Yo ciertamente había creído mi deber hacer muchas cosas contra el nombre de Jesús de Nazaret; 10 lo cual también hice en Jerusalén. Yo encerré en cárceles a muchos de los santos, habiendo recibido poderes de los principales sacerdotes; y cuando los mataron, yo di mi voto. 11 Y muchas veces, castigándolos en todas las sinagogas, los forcé a blasfemar; y enfurecido sobremanera contra ellos, los perseguí hasta en las ciudades extranjeras. 12 Ocupado en esto, iba yo a Damasco con poderes y en comisión de los principales sacerdotes, 13 cuando a mediodía, oh rey, yendo por el camino, vi una luz del cielo que sobrepasaba el resplandor del sol, la cual me rodeó a mí y a los que iban conmigo. 14 Y habiendo caído todos nosotros en tierra, oí una voz que me hablaba, y decía en lengua hebrea: Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues? Dura cosa te es dar coces contra el aguijón. 15 Yo entonces dije: ¿Quién eres, Señor? Y el Señor dijo: Yo soy Jesús, a quien tú persigues. 16 Pero levántate, y ponte sobre tus pies; porque para esto he aparecido a ti, para ponerte por ministro y testigo de las cosas que has visto, y de aquellas en que me apareceré a ti, 17 librándote de tu pueblo, y de los gentiles, a quienes ahora te envío, 18 para que abras sus ojos, para que se conviertan de las tinieblas a la luz, y de la potestad de Satanás a Dios; para que reciban, por la fe que es en mí, perdón de pecados y herencia entre los santificados.


Un encuentro

Hay un hombre aquí que tuvo un encuentro con el Señor y relata cómo fue ese encuentro. De alguna manera, todos necesitamos tener un encuentro con el Señor. Este hombre, Pablo, existió verdaderamente. Sus escritos, gran parte de nuestro Nuevo Testamento, son un legado del llamado apóstol Pablo. Pero él no siempre fue un apóstol; fue más bien un enemigo de la fe. Y aquí, con sinceridad, cuenta cómo él había creído que era su deber «…hacer muchas cosas contra el nombre de Jesús de Nazaret».

Recordemos que el Señor Jesús había venido a este mundo, había predicado, había derramado su sangre en la cruz, había sido sepultado, resucitado de entre los muertos y ascendido a los cielos. El Espíritu Santo había venido; el evangelio estaba siendo predicado, mucha gente se estaba convirtiendo al Señor. Y esto despertó la oposición de mucha gente, especialmente de los religiosos de aquel tiempo.

Saulo era un fariseo fanático; él consideraba su deber detener la propagación de esta «secta». Y esto lo hizo en Jerusalén, porque allí era donde los apóstoles y la iglesia predicaban, la gente se convertía, había milagros, todo lo cual inquietaba a la tradición judía. Pero él era un opositor, y lo que hizo no fue pequeño. «Yo encerré en cárceles a muchos de los santos…».

Los santos eran aquellos que habían creído y recibido la palabra del Señor. Y por esa razón los encerró en cárceles. Y muchas veces los castigó en las sinagogas. Y dice: «…los forcé a blasfemar». Esta debe haber sido una tortura cruel. Una blasfemia es una palabra maligna contra Dios. «…y enfurecido sobremanera –Una ira tan grande, una odiosidad tan grande– contra ellos, los perseguí hasta en las ciudades extranjeras».

«Ocupado en esto –¡En esto ocupaba su vida!– iba yo a Damasco». Iba con poderes, con comisión de las autoridades, de los sacerdotes. Y como al mediodía, una luz del cielo que sobrepasaba el resplandor del sol, lo rodeó a él y a su comitiva. Y el mismo Señor se le aparece: «Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?». ¡Qué tremenda visión!

¡Qué tremenda misericordia hay en ese acto! El Señor está interesado no sólo en defender a los cristianos perseguidos; aquí hay un acto de amor precisamente para quien está actuando en contra de sus hijos: «Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues? Dura cosa te es dar coces contra el aguijón». ¿Qué significa esta visión? ¿Qué significa este encuentro? Pablo estaba persiguiendo personas de carne y hueso. Y aquí aparece Alguien, luminoso, y esa luz y esa voz hacen que él caiga a tierra. Entonces, no tiene más que decir: «¿Quién eres, Señor?». ¡Y es el mismo Señor Jesús! «Yo soy Jesús, a quien tú persigues».

Perseguidor vencido

¿Cuál es el hecho concreto aquí? ¡Que el perseguidor resulta vencido por su perseguido! ¿Qué se supone que tendría que haber ocurrido? En nuestra lógica humana, nosotros lo destruimos. Y el Señor, poseedor de todo poder y autoridad, podría haberlo pisoteado – no sólo derribarlo a tierra. Pero, en vez de hacerlo sufrir, lo salva; en vez de aniquilarlo, le muestra su amor. ¡Qué bueno es el Señor!

Aquí se enfrentan dos personas: un Saulo de Tarso enfurecido y perseguidor; y la otra persona es el Hijo de Dios, Jesucristo el Señor.

¿Alguien se siente con problemas de conciencia, por no haber hecho lo correcto delante de Dios? He aquí alguien que hizo lo absolutamente incorrecto, en forma decidida. Si existió un pecador grande, aquí está, y en una forma de pecado que merece la condenación más grande.

Sin embargo, el Señor Jesús vino a este mundo no para condenar, sino para salvar. Teniendo todo el derecho de juzgar y castigar, todo lo que hace es recuperar el corazón de este hombre. Aquí se muestra claramente ante nuestras conciencias que, al peor de los pecadores, el Señor se le aparece en persona, para recuperarlo.

Esto es lo que Dios quiere con todos los hombres. Él no quiere condenarlos; todo lo que quiere es recuperar al hombre. La próxima palabra es: «Pero levántate…». Después de estas palabras, ¿qué esperaba Saulo? Derribado en tierra, el que había dedicado su vida, sus energías, toda su fuerza para combatir contra este Nombre, podía esperar cualquier cosa, menos una palabra amigable.

La próxima palabra, o el próximo acto del Señor Jesús, pudieron haber sido terribles para él. Imagínese que usted es descubierto en el acto más vergonzoso, y que al mismo tiempo este acto ofende gravemente a la persona que nos descubre. Más aun, resulta que esta persona tiene toda autoridad, tiene todo poder; no depende de tribunal alguno pues él mismo puede, legítimamente, tomar la justicia en su mano.

Imagínese que usted ha traicionado a alguien, y la persona traicionada lo descubre a usted en el acto mismo de la traición. ¿Qué le espera a usted? ¿Cómo mira usted a aquella persona? Y usted no tiene derecho de apelación, no hay abogado, nadie puede defenderlo, ¡nadie! Porque esa persona tiene además todo el derecho de ejercer su propia justicia, de tomar venganza, de darle su merecido en ese mismo instante. Tendríamos, sin duda, un rostro de espanto, de horror.

Volvamos a Saulo de Tarso. Todo lo que él había combatido como mentira, resulta que ahora, ante sus ojos, ¡todo es verdad! Todo lo que los cristianos habían predicado, todo era verdad. La verdad estaba presente allí. Esteban, mientras era apedreado, había dicho palabras como éstas: «He aquí veo los cielo abiertos, y al Hijo del Hombre sentado a la diestra de Dios…», y Saulo escuchó todo eso, y consintió en aquel martirio. Ahora tiene frente a él, en ese mismo instante, ¡nada menos que a Aquel que había sido visto sentado a la diestra de Dios!, y él era culpable de obligar a los hombres a blasfemar contra este Nombre. Ahora está aquí, frente a él. ¡Qué espanto!

«Pero, levántate…»

«Pero…». Qué precioso es este «Pero…». Pablo está esperando que en ese momento le caiga todo el peso de la condenación. «Pero levántate…». ¡Qué alivio! Seguramente se levantó temblando de pies a cabeza. «…levántate, ponte sobre tus pies; porque para esto he aparecido a ti».

¿No es ésta una buena noticia? El Señor se acerca a nosotros, no para aplastarnos por lo que merecen nuestros hechos, sino para levantarnos. ¿De qué nos tiene que levantar el Señor en este día?

Pablo iba a ser un apóstol; pero, más que la comisión personal, ¿qué es lo que se le dice? «Te libraré de tu pueblo y de los gentiles a quienes ahora te envío, librándote de tu pueblo». Es decir, ‘Tú eres parte de un pueblo que me rechazó, eres parte de un pueblo que me condenó, que me llevó a la cruz, eres parte de una sociedad que dijo: ¡Crucifícale, crucifícale, y suelta a Barrabás! Tú eres parte de un pueblo que me ha rechazado y despreciado’.

«…levántate, y ponte sobre tus pies». ‘Yo te libro del pueblo que me desprecia, te libro de la sociedad que me rechaza, y de los gentiles a los que ahora te envío’. Los gentiles éramos el resto del mundo, ignorantes e idólatras. Entonces somos librados, por un lado, de quienes han rechazado al Señor y, por otro lado, de quienes sin rechazarlo simplemente lo niegan.

«…los gentiles, a quienes ahora te envío». Qué bueno que el Señor, por amor a todos nosotros, nos envió un hombre (Pablo), que tuvo un encuentro con él, para que nos aclarara la verdad, y para que su testimonio sirva para que nosotros también le conozcamos. «Te envío…». Esta palabra es el mensaje para nosotros ahora. Dice el Señor: «…te envío para que abras sus ojos». Recordemos que está hablando el Señor Jesús. Cuando él nos mira, cuando él ve al hombre, ve ciegos.

Toda la creación nos habla de las maravillas de Dios – una noche estrellada, por ejemplo. Pero el hombre no ve al Creador. Los grandes pensadores y científicos de este mundo han dicho que «en medio de todos los descubrimientos de la ciencia, no hay lugar para Dios». O sea, el hombre más sabio e inteligente ante los ojos de los hombres, es un ciego en lo que a Dios se refiere.

Cada mañana cuando el sol se levanta y nos da la temperatura perfecta y apropiada para la vida. ¿Quién hace eso, sino el Señor? ¿Y quién le dio a usted inteligencia y sabiduría para desarrollarse en la vida? ¿Quién le dio al hombre la cordura? Pero el hombre no lo ve. ¿Quién le dio a usted ese hijo por quien usted se desvive? Esa mirada, esa sonrisa del niño, ¡Dios se lo dio! Pero Dios, que merece toda gratitud por sus dones, por la creación que nos habla cada día, ¿cuánta retribución recibe de nosotros?

El hombre vive ignorando a Dios, el hombre vive como si no hubiera Dios. Entonces es necesario que se le abran los ojos; pero no estos ojos físicos, sino los espirituales, que le permitan ver al que no se quiere mostrar visible. No, Dios escogió que esto fuese por fe. Yo era un ciego, y ahora veo. Nosotros no podríamos alabarle como lo hacemos si el Señor no hubiese abierto nuestros ojos para ver su amor, su paciencia, su gracia.

«…para que abras sus ojos, para que se conviertan…». Esto quiere Dios: que se conviertan. Aquí habla el que tiene autoridad, Aquel por cuya causa todo fue hecho. Habla el Rey, el Señor; aquí habla el que conoce el presente y el futuro, el que sabe lo que le espera a tu alma y a mi alma, frente al trono de Dios, en aquel día.

Él lo sabe todo; nosotros no sabemos nada. Lo único que nosotros sabemos es que habrá una mesa servida en casa, una película en la noche y habrá que trabajar mañana. Vivimos en el tiempo y en el espacio de las cosas pequeñas que nos ocurren cada día; pero no sabemos lo que viene. Si no nos convertimos, no sabemos lo que nos espera. Pero el Señor nos abre los ojos y él quiere que los ojos abiertos nos lleven a la ‘conversión’. Este es un lenguaje militar. Cuando los militares marchan, la conversión significa cambiar la dirección de la marcha en sentido opuesto.

O sea, vamos por un camino que no es grato a Dios, y usted no necesita que yo lo convenza de eso, porque usted lo sabe. Pero lo que el Señor quiere es que cambiemos de dirección. Si hasta aquí su vida le estaba volviendo las espaldas a Dios –porque usted va por su propio camino–, convertirse significa que dejamos nuestro propio camino y nos volvemos a Aquel que está esperando, no para condenarnos, como acabamos de leer, sino para salvarnos, para rescatarnos, para levantarnos.

De las tinieblas a la luz

Y aquí dice: «…para que se conviertan…». ¡Qué información más valiosa es esta! «… de las tinieblas a la luz». Aquí concuerda la ceguera con las tinieblas. Porque el ciego no ve; y porque no ve, tropieza. Seamos claros, todos hemos tropezado alguna vez. No estoy hablando de una piedra en el camino – hemos tropezado en la vida. Quizás, sería demasiado decir: ‘Que se ponga en pie el que nunca ha tropezado, el que nunca ha pecado’. No se levantaría nadie, y si alguien se levanta, no le creeríamos.

En tinieblas anduvimos; no conocíamos la luz. Y el que se aparece a Saulo de Tarso, lo rodea de luz, pues la luz es Él mismo. Bastó su presencia para que la luz sobrepasara la luz del mediodía. «…para que se conviertan de las tinieblas a la luz».

Y la próxima frase, la leo sin temor, porque es la palabra de mi Rey. No puedo acomodar palabras, porque este mensaje no es mío. Ustedes pueden darse cuenta, quien habla aquí es el Señor Jesús. «…para que abras sus ojos, para que se conviertan de las tinieblas a la luz, y de la potestad de Satanás a Dios». Sin metáfora, sin rodeos, el Señor que conoce la verdad, él lo sabe todo. Él sabe que las tinieblas tienen ‘alguien’ que las preside.

El Señor Jesús es la luz y él preside en el reino de la luz, en el reino de Dios. Quien no está con Jesús, quien no está con la luz, está con las tinieblas. Y el que está en tinieblas, está bajo una potestad, está bajo el gobierno de alguien que lo obliga a ser de una determinada manera; su responsabilidad es parcial, no total. Usted es responsable de lo usted ha hecho en toda su vida, pero su responsabilidad es parcial, porque si usted tiene una ceguera y no ve, entonces usted no sabe lo que hace.

Usted y yo no sabemos lo que hacemos; si supiéramos, nosotros adoraríamos a Dios. Desde la cruz, nuestro Salvador dijo: «Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen». ¿Y qué estaban haciendo los hombres? ¡Estaban crucificando al Salvador, al Señor! Cada vez que alguien rechaza al Señor, cada vez que alguien combate al Señor, que pone una barrera contra Cristo en su corazón, no sabe lo que hace. El hombre no sabe lo que hace; cree que sabe, se cree inteligente, pero en realidad no sabe lo que está haciendo. Pero hay una potestad que lo mantiene allí y él no lo sabe.

Pero aquí, en esta ocasión, camino a Damasco se enfrentan dos potestades. El poder de las tinieblas enfrentado por el Rey de la luz. Sabemos quién ganó – el Señor, con su sola presencia. No tuvo que sacar una espada, no envió ángeles; bastó su presencia. Recordemos que el Señor ya había vencido; en la cruz, ya le había dado el golpe mortal a Satanás. Y ahora aparece el Señor para salvar a los que están bajo esa potestad y le dice: «Levántate, conviértete, de la potestad de Satanás a Dios».

No hay contraste más grande que éste: ser librado de la potestad de Satanás, no para ser parte de una religión más, ¡sino para encontrarnos nada más y nada menos que con Dios mismo!

Cuando el Señor Jesús se aparece en el camino a Damasco, rescata a un hombre que estaba bajo la potestad de las tinieblas, para que venga a ser de Dios. Ahora será un hombre de Dios, un hombre que estará en paz con Dios, un hombre que tendrá a Dios en su vida. El Dios despreciado, el Dios que no ha recibido nuestra adoración como se la merece, desde ahora nos tendrá por hijos. Él será nuestro Padre, nuestro Dios. ¡Qué gran salvación es ésta!

Perdón y herencia

Y sigue, sigue. Nosotros necesitábamos esta información, porque el evangelio es una buena noticia, es una buena nueva, ¡porque esta información nos conviene! El Señor está diciendo: «…para que reciban por la fe que es en mí, perdón de pecados». O sea, al Señor se le recibe por la fe.

Cuando el Señor nos ve, dijimos, él ve al hombre ciego. Pero, además de ciego, lo ve en pecado. Pero, reiteramos: el Señor no viene para aplastarnos por ello, viene a ofrecernos el perdón de nuestros pecados. «…para que reciban». ¿Cómo no recibir lo que él nos ofrece?

«…para que reciban perdón de pecados». En nuestros días, la palabra ‘pecado’ no está en el vocabulario de nuestra sociedad. Se usa de forma muy liviana, casi como chiste. Hoy, la gente habla del error, de la falta, de la falla, de la debilidad humana. Pecado tiene sentido sólo cuando te acercas a Dios. Cuando nos acercamos a Dios, lo primero que descubrimos es que somos pecadores. Sin embargo, el Señor se aparece para ofrecernos su perdón. «…para que reciban, por la fe que es en mí, perdón de pecados». ¡Para que lo reciban!

Esto de recibir, me recuerda la tierra. Nuestros campos siempre están produciendo algo. Si no sembramos una buena semilla en el campo, crecerá la maleza, el cardo, la zarza. Alguien diría: ‘Nadie la plantó’. No, alguien la plantó. Esa tierra recibió la semilla de la maleza, y se llenó de maleza, y se volvió inútil; todo lo que tiene es maleza. Pero hay otra tierra. Hermano, esta tierra que es tu corazón tiene que recibir buena semilla. Según la semilla que reciba, así producirá. Si hasta aquí sólo has recibido maleza, en tu vida no hay más que maleza, y has estado cosechando maleza –amargura, tristeza, quebranto–, y te ha ido mal, porque tu tierra sólo ha recibido semilla maligna. Pero el Señor hoy nos está hablando, y él quiere que recibamos esta buena semilla.

«…para que reciban, por la fe que es en mí, perdón de pecados». ¡Qué precioso! Como el Señor dice: ‘No vengo para castigar tu pecado, vengo para perdonarlo. Me aparezco a ti y te veo en todos tus pecados, Saulo, tú has colaborado para apartar a la gente de mí, has estado en compañía de los que me rechazan, de los que me menosprecian. Vengo a ti, y te descubro en tu maldad. Tú llevaste a unos a la muerte, a otros a blasfemar, pero yo he venido a ti para salvarte’.

¿Cuánta de esa furia, de esa malignidad, está en usted? Y tal vez usted sea de aquellos que ni se soportan a sí mismos. Pero apareció el Señor, ¡Aleluya!, no para condenar al hombre que estaba en sus pecados; apareció como Salvador, para levantarlo, para perdonarlo, para restaurarlo. ¡Qué buena noticia es ésta! El Señor, hoy, aquí, está ofreciendo lo mismo. El Señor pone a tu disposición el perdón de pecados, que se recibe por fe, sólo creyendo en él.

Pongamos como figura una persona endeudada. ¡Cuán endeudado estaba Saulo con Cristo! Él lo hacía creyendo que era su deber, y muchas veces castigó y persiguió a los cristianos. Este hombre sí que estaba endeudado. Se levantaba pensando: ‘¿Qué voy hacer ahora? Ah, iré a Damasco y allá seguiré persiguiendo’. Se endeudó y se endeudó. Ahora, aunque vendiese su vida, no lograría pagar su deuda.

Imagínense la persona más endeudada de la tierra, y viene alguien que le dice: ‘Yo pago tu deuda, te perdono la deuda’. ¿Qué tendría que decir ese hombre? ¿Acaso diría: ‘No, no; regrese otro día’? ¿No sería eso una locura?

El acreedor, justo la persona con quien tú te endeudaste, él mismo te dice: ‘Te ofrezco el perdón de toda tu deuda’. Yo creo que esta persona no haría nada más que correr y abrazarlo, agradecido. ‘¡Me perdonó toda mi deuda!’. ¿Y acaso no es esa la condición del hombre frente a Dios? Estamos tan endeudados, ¿cómo vamos a pagar? Pero el Señor dijo: «…que reciban, por la fe que es en mí, perdón de pecados».

Como si eso fuera poco, hay algo más: Supongamos una persona absolutamente endeudada, que no tiene ni cómo comprar pan, porque su deuda es muy grande. Y el mismo día que se le dice: ‘Ya no hay más deuda’, él pregunta: ‘No debo nada, pero, ¿con qué compro pan hoy?’. Mira lo que dice: «…para que reciban, por la fe que es en mí, perdón de pecados y herencia entre los santificados».

El Señor es tan maravilloso que no sólo me perdona toda mi deuda, sino que además me enriquece, me da una herencia. ¿Y cómo será la herencia? ¿Acaso el Señor me va a dar un sueldo mínimo? Hermano, dice la Escritura que los creyentes somos herederos de Dios y coherederos con Cristo Jesús. La herencia que recibimos es la vida de Cristo, poderosa en nosotros para guardarnos.

Mucha gente dice: ‘¿Sabe?, yo no quiero ir a las reuniones porque, claro, puedo ir una vez o dos; pero, y después, ¿quién me asegura que no volveré a caer?’. ¡Cuánta gente piensa así! Ese es uno de los argumentos religiosos que más usa Satanás para engañar a los hombres. ‘Yo puedo recibir al Señor; pero, ¿y si después voy a serle infiel? Mejor me quedo como estoy’.

Ese es el concepto que el hombre tiene. ¡Pero el evangelio contiene las dos partes! Cristo no sólo te perdona, ¡también te enriquece! Porque yo no tenía la vida de Dios antes; entonces, todo lo que hacía era pecar y pecar. Pero, desde que llegué al Señor, él me ofreció el perdón de mis pecados y me dio herencia. Ahora hay una vida poderosa dentro de mí, que me sostiene cada día. ¡Gracias, Señor, por tu gran amor!

Llamado vigente

Estas palabras son palabras de nuestro Señor. Usted ha escuchado esta mañana a un hombre con todos sus defectos, pero este hombre no es más que el transmisor. Esta voz vino del Señor. El Señor vino a la tierra. No mandó a buscar a Saulo para que fuera a una oficina; vino a donde él estaba y lo encontró en su pecado, en su frustración, lo encontró bajo la potestad que lo gobernaba.

¿No será que alguno de ustedes esté en una condición semejante? ¿Será que hay una furia incontrolable? ¿Será que hay un apetito incontrolable? Quizás, hay cosas que usted no puede evitar. Sí, porque ha estado esclavo, y además, ha estado participando de una sociedad, que continuamente blasfema, desconoce y desprecia al Señor. Y usted ha sido parte de este sistema.

Pero el Señor nos llama para librarnos. Viene a nosotros trayendo perdón y luz, trayendo herencia, y un nuevo comienzo para la vida.

Recuerde que este Señor no ha cambiado. El Señor está aquí hoy, de la misma manera como estuvo en el camino de Damasco, y está hablando las mismas palabras. Estas palabras no han perdido vigencia. ¿Ceguera? Por supuesto, en nuestros días hay gran ceguera. ¿Tinieblas? Mucha gente hoy vive en tinieblas, esclavos enfurecidos bajo la potestad de Satanás, eso es verdad. Pero el Señor viene para traernos de vuelta a él; no para condenar, sino para salvar.

¿Qué te dice el Señor? «Levántate… y recibe». Esa palabra es para ti. No te quedes más enredado, postrado, no te quedes más sin Dios. ¡Esto te pasa porque estás sin Dios! Hay que convertirse de la potestad de Satanás a Dios. El Señor es el que ordenará tu vida, él sanará tu vida, el Señor pondrá en orden tu vida. Te dará perdón y herencia; vida nueva, para que vivas con él, para que estés con él.

La conversión es hacia Dios, la entrega es para recibir al Señor, la apertura del corazón es para que entre la luz, para que de hoy en adelante, el Señor esté presente en tu vida. Él mismo es tu Salvación.

¡Gracias Señor!




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