jueves, 29 de enero de 2015

La diferencia la hace Cristo





Tanto en lo que respecta al vivir como al morir, lo único que hace la diferencia es Cristo.

Tener a Cristo o no tenerlo.

Pese a la gran variedad de factores que hacen diferente el vivir en la tierra, el relacionarse entre las personas, sus características, cultura, raza o clase, todos los seres humanos tienen el mismo rasgo esencial: todos están en igualdad de condiciones delante de Dios: todos están destituidos de su gloria, enemistados con él, alejados de él para siempre por sus pecados.

La historia del hombre comienza a cambiar sólo cuando halla a Cristo, o cuando es hallado por él.

El gran salto en la vida no es obtener un título universitario, ni recibir una gran herencia.

No es contraer feliz matrimonio, ni tener muchos hijos.

Aunque estas cosas forman parte del vivir dichoso en la tierra, no son el punto que hace la gran diferencia entre los hombres a la hora de vivir y de morir… Sólo Cristo hace la diferencia.

Sin Cristo, una vida vivida al tope de la grandeza humana, es una miseria.

Podrá tener visos dorados, y una apariencia gloriosa… sin embargo, es toda desazón y sobresalto.

Sin Cristo, una vida puede alzarse a las mayores alturas de la fama, de las riquezas, y de la honra… sin embargo es sólo un largo alarido entre dos silencios, una llamarada de ilusión entre dos abismos.

Sin Cristo, la muerte es aún más dramática. Es pasar del alarido al fuego, y de la ilusión al horror.

Una persona que muere sin Cristo está desnuda, porque no tiene nada con qué presentarse ante Dios.

Es pobre porque no tiene ninguna riqueza con qué enfrentar los siglos venideros… es desdichada, pues no tiene ninguna perspectiva de gozo futuro.

Toda la vida de vanidad, de todo el juego de apariencias que conforma la vida social, acaba con el postrer suspiro.

Nada de lo que se estimó hasta ahora como sublime, soporta la mirada escrutadora de Dios.

Todo es miseria, desnudez, y espanto.

Sin embargo, cuán diferente es ser de Cristo a la hora de vivir. Aunque no sea lo que pudiera llamarse 'un camino de rosas', todo es diferente.

Las riquezas no envanecen; la pobreza no duele. Los pequeños bienes otorgados por Dios son un tesoro mayor; las pequeñas dichas humanas, llenan el corazón de felicidad.

Y la razón de este 'plus' es la presencia de Cristo.

Porque Su Precioso Espíritu endulza las penas y hace soportable el rigor de la vida.

Su compañía permanente concede la fuerza, enjuga las lágrimas, y su paz, que excede todo entendimiento, pone la nota dulce en todas las tormentas.

¿Y qué diremos del 'morir en Cristo'?

Toda la luz del cielo destella para que el que parte… toda la consolación del cielo se despliega para los que quedan.

El capítulo más triste de la historia se cierra (porque la vida humana, comparada con la celestial, es sólo un 'valle de lágrimas'), y comienza una nueva, mucho más dichosa.

Entonces la verdadera vida, la vida eterna, sin trazas de debilidad y deshonra, comienza a ser vivida de verdad.

Morir en Cristo es la dicha mayor, la verdadera riqueza, el descanso de todos los trabajos y afanes.

¡Bienaventurados los que mueren así!





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miércoles, 28 de enero de 2015

Aflicción y gozo





"Ahora me gozo en lo que padezco por vosotros, y cumplo en mi carne lo que falta de las aflicciones de Cristo por su cuerpo, que es la iglesia" (Col. 1:24).



Cuando vienen las pruebas en la vida, para la mente carnal, es ilógico gozarse.

Sólo cuando una persona está en Cristo, se puede gozar por sus padecimientos.

Los seguidores de Cristo tienen que tener conciencia de que Él es como fuego purificador, y como jabón de lavadores para afinarnos, para limpiarnos y para hacernos su especial tesoro.

Esta purificación que Dios está llevando a cabo en sus hijos, es para cumplir el deseo eterno de su corazón de tener su iglesia libre de toda mancha, donde Cristo llegue a ser el todo y en todos.

En (Hechos 7:55-60) vemos la muerte gloriosa de Esteban.

Esteban fue apedreado hasta la muerte; sin embargo, estaba lleno del Espíritu Santo y era uno con el corazón de Dios.

Los (vv, 55 y 56) dicen: "Pero Esteban, lleno del Espíritu Santo, puestos los ojos en el cielo, vio la gloria de Dios, y a Jesús que estaba a la diestra de Dios, y dijo: He aquí, veo los cielos abiertos, y al Hijo del Hombre que está a la diestra de Dios".

Esteban no estaba viendo las circunstancias; él no estaba viendo con ojos carnales.

Mientras la gente lo apedreaba, él estaba tan lleno del Espíritu Santo que, las molestias físicas, el dolor, no le impidieron ver a Jesús en los cielos.

Suele suceder que cuando no dejamos que el fluir del Espíritu Santo, que mora en nuestro espíritu, corra al resto de nuestro ser, vemos los cielos cerrados y no nos podemos gozar, porque estamos secos y vacíos del fluir celestial.

Dicen los (vv, 59 y 60): "Y apedreaban a Esteban, mientras el invocaba y decía: Señor Jesús, recibe mi espíritu. Y puesto de rodillas, clamó a gran voz: Señor, no les tomes en cuenta este pecado. Y habiendo dicho esto, durmió".

Cuando invocamos al Señor Jesús, se nos abren los cielos y somos salvos de nosotros mismos.

Esteban era uno con el corazón de Dios: estando moribundo, pero vivo en el espíritu, en el poder de Dios, él se puso de rodillas para dejar que Cristo rogase al Padre a través de él por su pueblo.

Sus palabras son muy similares a las de Jesús en la cruz: "Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen".

Esteban estaba lleno del Espíritu Santo; no hay odio en su corazón… en lugar de maldecir a sus victimarios, ora por ellos.

Era Cristo en él. ¡Que gloriosa escena!

La Biblia dice que cuando dos discípulos querían hacer descender fuego sobre los samaritanos, el Señor los reprende diciéndoles: "Vosotros no sabéis de qué espíritu sois; porque el Hijo del Hombre no ha venido para perder las almas de los hombres, sino para salvarlas" (Luc. 9:55-56).

El Señor no quiere que juzguemos y critiquemos, sino que seamos un Espíritu con él para la edificación de su iglesia.

Esteban es ejemplo del poder del Espíritu que mora dentro de nosotros.

Que el Señor nos siga purificando para que podamos ser más y más llenos de su Santo Espíritu, a fin de hacer frente a nuestras aflicciones con gozo.

¡Dios te bendiga!





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martes, 27 de enero de 2015

El afán de ser el mayor






En Mateo 18, los discípulos, al igual que todos los hombres, tenían preocupación por ese asunto de quién sería el mayor.

Entonces dice la Biblia que el Señor les enseña a través de un niño… y les dice que ellos tienen que volverse como un niño y humillarse como un niño.

Más aun, el Señor Jesús mismo se identifica con los niños al decir: "Y cualquiera que reciba en mi nombre a un niño, a mí me recibe".

Luego, en los versículos siguientes de este capítulo de Mateo, el Señor trata de lo importante que son los pequeños para Dios.

En el mundo, los pequeños son menospreciados… no así en el reino de Dios.

Y uno de los castigos mayores lo recibirán quienes hagan tropezar a los pequeños.

Es interesante observar que esta es la última enseñanza del Señor antes de dejar Galilea.

Con esto se cierra este ciclo, y el Señor se encamina ahora hacia Jerusalén, a la cruz.

Sin embargo, antes de hacerlo, el Señor enseña sobre la humildad.

Él había escogido una ciudad galilea para dar sus primeros pasos como hombre (Nazaret), luego había escogido otra ciudad galilea como centro de su ministerio (Capernaum); todo es concordante con la humildad de Aquél que descendió de Su Trono de Gloria para hacerse Hombre.

Pero el mensaje de la humildad no comenzó en Mateo 18, al terminar su ministerio en Galilea.

En realidad, este mensaje lo predicó Jesús desde mucho antes, haciéndolo con sus hechos, con su propia vida.

Y ahora, al finalizar, están sus palabras. Él había dicho que un perfecto maestro es aquel que primero hace, y luego enseña (Mat. 5:19; 7:24).

Por eso sólo ahora, al final, encuentran lugar sus preciosas palabras.

Sí; no es la voluntad de Dios que se pierda un pequeño.

Cuando ellos se descarrían, hay que ir a buscarlos… y si ellos nos ofenden debemos intentar ganarlos.

La pregunta de los discípulos se centraba en quién sería el mayor… en cambio, el Señor les vuelve la mirada hacia los pequeños.

Ellos miran hacia arriba, pero el Señor los hace mirar hacia abajo.

No deben mirarse a sí mismos, sino a los pequeños. ¿Qué es lo que ellos necesitan? ¿Cómo servirles?

Amados: Las respuestas del Señor no suelen ser directas, pero son muy efectivas.

Si miramos atentamente, veremos que él dijo lo adecuado.

El problema nuestro es que no siempre asociamos bien lo preguntado, con las respuestas del Señor.

¿Tienen los discípulos conciencia de ser mejores, o mayores?

¿Hay en su corazón afán por estas cosas?

Entonces, de ser así, bajen de sus alturas… cuiden de hacerse como un niño, de atender a los pequeños y de no ser tropiezo a ellos.

El capítulo 18 de Mateo está enteramente dedicado a este asunto… incluso la parábola de los dos deudores, con que finaliza.

Los pequeños deben ser atendidos, cuidados y enseñados, para que nadie se ensoberbezca, para que nadie se infatúe con pensamientos de grandeza.

Para que nadie quiera ser el mayor, sino sirviendo a los demás.





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lunes, 26 de enero de 2015

La escuela de Dios





Moisés vivió cuarenta años en el desierto, tal vez los mejores años de su existencia.

Fue el Señor quien, en su Bondad, Sabiduría y Fidelidad, condujo a su siervo a un lugar aparte, lejos de la mirada y de los pensamientos de los hombres, para educarle bajo su dirección inmediata.

Es cierto que Moisés había pasado sus primeros cuarenta años en el palacio de Faraón; y si bien su estancia en la corte del rey no fue sin provecho, todo lo que había aprendido allí no era nada en comparación con lo que aprendió en el desierto.

El tiempo pasado en la corte podía ser útil para él, pero la estancia en el desierto le era indispensable.

Porque nada puede reemplazar la comunión secreta con Dios, ni la educación que se recibe en su escuela y bajo su disciplina. “Toda la sabiduría de los egipcios” no le habría hecho apto para el servicio al cual debía ser llamado.

Podría haber recibido títulos en las escuelas de los hombres sin haber aprendido siquiera el abecedario en la escuela de Dios.

Porque, por mucho valor que tengan, la sabiduría y la ciencia humanas no pueden hacer de un hombre un siervo de Dios, ni dar la aptitud necesaria para cumplir un deber cualquiera en el servicio divino.

Los conocimientos humanos pueden capacitar al hombre no regenerado para llenar un papel importante delante del mundo; pero es necesario que aquel que Dios quiere emplear en su servicio esté dotado de cualidades muy diferentes, cualidades que sólo se adquieren en el santo retiro de la presencia de Dios.

Dios ha tenido a todos sus siervos mucho tiempo a solas con él, bien antes, bien después de su entrada al ministerio público. Sin esta disciplina, sin esta experiencia en secreto, nunca seremos más que unos teóricos estériles y superficiales.

Aquel que se aventura en un ministerio público sin haberse pesado debidamente en la balanza del santuario, y sin medirse de antemano en la presencia de Dios, se parece a un navío dándose a la vela sin haberse equipado convenientemente, cuya suerte indudable es el naufragio al primer embate del viento.

Por el contrario, aquel que ha pasado por las diferentes clases de la escuela de Dios posee una profundidad, una solidez y una constancia que forman la base esencial del carácter de un verdadero siervo.

Fue así como ocurrió con Moisés.

¡Dios te bendiga!





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jueves, 22 de enero de 2015

¿Creer en Dios o creerle a Dios?





Al comentar (Génesis 15:6), "Y creyó (Abraham) a Jehová, y le fue contado por justicia", muchos entienden la expresión "creyó a Dios" en el sentido de "creyó en Dios".

Sin embargo, ambas expresiones no son en modo alguno equivalentes.

Lo primero ("Creer en Dios") se refiere a aceptar la existencia de Dios, o, a lo más, (como en Santiago 2:19) a aceptar algún rasgo de su naturaleza, pero creer esto no es la fe que justifica.

La fe de la que se habla en (Génesis 15:6) es una fe que acepta y cree lo que Dios dice; es decir, que recibe el testimonio de Dios.

Cuando Dios habló a Abraham acerca de su descendencia, que sería tan numerosa como las estrellas del cielo, Abraham le creyó.

Abraham no tenía hijo, así que no tenía un fundamento natural en que basar su fe; sin embargo, él creyó que Dios le daría una descendencia.

La fe que tuvo en esas condiciones, y en lo que Dios le dijo, le fue imputada por justicia, por lo que él fue declarado justo.

La fe que cree a Dios es, pues, una fe que se levanta a contrapelo, porque no se afirma en lo que el hombre es, sino en lo que Dios ha dicho.

Es una fe que confía plenamente en Dios y se olvida de la impotencia del hombre.

Creer a Dios no es sólo aceptar la existencia de Dios, sino aceptar la veracidad de Dios (Romanos 3:4).

Para la Altísima Dignidad de Dios es más ofensivo hacerle mentiroso no creyendo lo que dice, que ignorar su existencia.

¿Qué ha hablado Dios?

Si observamos (Hebreos 11) hallaremos a varios que creyeron a las palabras de Dios.

Y tal vez el caso más ejemplar (aparte de Abraham) sea el de Noé.

Dios habló a Noé acerca de cosas que no se veían, y tenemos luego la respuesta de Noé, aceptando ser verdad lo que Dios le dijo… Por eso, preparó el arca.

Y también por esa misma fe, Noé fue hecho heredero de la justicia (v. 7).

Dios se agradó en un hombre como Noé porque le creyó sus palabras y actuó en consecuencia.

Creer no es solamente aceptar que Dios dice siempre la verdad, sino moverse en la dirección de esa verdad… creer a los dichos de Dios es creer su testimonio.

Dios ha dicho muchas cosas en las que espera ser creído.

Pero el principal Testimonio que Dios ha dado no es ninguno de los que hemos visto hasta aquí, como el relativo a la descendencia de Abraham o al diluvio universal, sino que es el Testimonio que ha dado respecto de su Hijo Jesucristo.

Y por supuesto, Dios espera ser creído en un asunto tan importante como el de su Hijo Jesucristo.

Creerle a Dios es creer en su Hijo, y creer en su Hijo es creer lo que Dios ha dicho acerca de su Hijo.

Dios declara justos a los que creen este testimonio.

"Por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios, siendo justificados gratuitamente por su gracia, mediante la redención que es en Cristo Jesús" (Romanos 3:23-24).

Creerle a Dios es la base de todos los tratos de Dios con el hombre… porque sin fe es imposible agradarle a Él.

La honra de Dios se sustenta en Su Palabra, y los que le creen, le honran, creyéndole.

¿Le ha creído usted?

¡Dios le bendiga!





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martes, 20 de enero de 2015

El Huésped ignorado





(Luc. 19:41-44); (1 Cor. 6:19-20); (Isa. 48:16-18).

Lo que el Señor Jesús fue para los discípulos en los días de su carne, lo es el Espíritu Santo para nosotros en este tiempo. Por esta razón, el Señor Jesús dijo: «Os conviene que yo me vaya; porque si no me fuese, el Consolador no vendría a vosotros; mas si me fuere, os lo enviaré» (Jn. 16:7).

Hubo un trato que se le dio al Señor Jesús, que es similar al que se le da hoy al Espíritu Santo, y esta es la carga que quisiéramos liberar hoy.


Jerusalén rechazó al Señor

El evangelio de Lucas 19:41-44 dice: «Y cuando llegó cerca de la ciudad, al verla, lloró sobre ella, diciendo: ¡Oh, si también tú conocieses, a lo menos en este tu día, lo que es para tu paz! Mas ahora está encubierto de tus ojos. Porque vendrán días sobre ti, cuando tus enemigos te rodearán con vallado, y te sitiarán, y por todas partes te estrecharán, y te derribarán a tierra, y a tus hijos dentro de ti, y no dejarán en ti piedra sobre piedra, por cuanto no conociste el tiempo de tu visitación».

La ciudad no alegró al Señor Jesús, sino que lo entristeció. Aunque muchas personas le aclamaron a su llegada, sin embargo, Jerusalén le provoca al Señor un llanto. Esa ciudad es figura de la Jerusalén celestial del libro de Apocalipsis; es figura también de la iglesia.

«Oh, si conocieses a lo menos en este tu día…», porque ese día quedó marcado en los cielos, pues significaba mucho para su paz, ¡quien estaba presente era el Príncipe de paz! «Mas ahora está encubierto de tus ojos».

La ciudad de Jerusalén, en aquellos días, no le dio al Rey la honra que merecía, no le prestó atención. Los escribas judíos habían estudiado a los profetas que anunciaban la venida del Mesías, pero aquel conocimiento histórico, religioso, de nada sirvió cuando él se hizo presente. No fueron capaces de reconocer su presencia; tampoco fueron capaces de oír su voz, y menos aun de obedecer a su palabra.

Amados hermanos, ¿acaso hoy no ocurre exactamente lo mismo con el Espíritu Santo? Cuán diferentes son estos días de aquellos relatados en Hechos capítulo 2. Los discípulos estaban unánimes, juntos, esperando su llegada. ¡Qué precioso fue lo que ocurrió en la ciudad de Jerusalén el día de Pentecostés! Fueron todos llenos del Espíritu Santo. Podemos decir que el Espíritu Santo cumplió gozoso su objetivo y el Señor obtuvo una iglesia gloriosa en Jerusalén en aquellos días.

Mas nosotros – los creyentes que hemos nacido casi al final de los tiempos – hemos hallado pasajes como éste en las Escrituras: «La gloria postrera de esta casa será mayor que la primera» (Hageo 2:9). Si consideramos que aquella «casa», la iglesia en Jerusalén,  es la misma casa espiritual, la iglesia, como hoy la vemos revelada por el mismo Señor a nuestros corazones, entonces podemos, legítimamente, aspirar al cumplimiento de aquella profecía de Hageo. La «gloria primera» ya fue vivida por los primeros apóstoles y discípulos, hoy es nuestro día; se acerca el día de la «gloria postrera», la presencia y la presidencia del Espíritu ha de ser semejante, y aun mayor, en los días finales de la iglesia en la tierra.

En un aspecto, nosotros somos una generación muy privilegiada; tenemos el Nuevo Testamento en nuestras manos, podemos además conocer los aciertos y desventuras de la iglesia a través de la historia. Podemos conocer en qué lugares y a través de qué personas y bajo qué circunstancias el Espíritu Santo volvió a tener expresión en muchos santos.

Pero, hermanos, ¿qué estamos haciendo nosotros con esa historia? ¿Dónde la tenemos archivada? ¿Cuánto está influyendo hoy en nosotros la palabra del Señor y, cuánto estamos anhelando las cosas mejores? ¿Qué es lo que agradó el corazón del Señor? El Señor quiere tener una iglesia madura, gloriosa, llena de su Espíritu. Al cerrarse la historia, la maldad se multiplica a nuestro alrededor. ‘¡Oh, qué mal está el mundo!’, decimos. Pero deberíamos llorar y decir: ‘¡Qué dolor, que estando el mundo así, no haya una iglesia que se levante con poder, como en el principio, con gracia, con sabiduría!’. ¿Dónde está esa unción hoy?

Hermanos, ¿estamos nosotros reconociendo el tiempo de nuestra visitación? El Espíritu Santo ha venido. No tenemos duda alguna de que el Espíritu Santo nos mora.



El Espíritu Santo nos mora

¿En qué reconocemos que el Señor nos mora? Primero, que anhelamos reunirnos. Y si alguna vez hay algún sentimiento contrario, prevalece el Espíritu del Señor que mora en nosotros, y nos trae a estar con los hermanos. La primera obra del Espíritu Santo fue convencernos de que  éramos pecadores; y muy luego nos convenció del perdón de nuestros pecados por la sangre del Cordero.

Luego, aquellos a quienes el Espíritu Santo les mora, no se tienen por santos acabados, sino por pecadores dignos de misericordia, y alaban al Señor por su misericordia. ¿Es ésa su realidad, hermano? Entonces, el Espíritu Santo le está morando; de lo contrario, usted diría: ‘¿Y qué sé yo quién escribió esa Biblia? ¿Y cómo sé yo si todo esto no es más que un gran invento, un gran negocio?’. Así razona el incrédulo, el que es ajeno, aquel a quien Satanás le tiene los ojos cegados, y que no conoce a Cristo.

Pero nosotros amamos lo que es del Señor. Y esto también es un trabajo del Espíritu Santo. Si aparece alguien con una doctrina extraña, no le podemos recibir, porque discernimos lo que no está conforme a las palabras del Señor. También, cuando nos encontramos con un nuevo hermano en Cristo, sin conocerle previamente, se nos enciende el corazón, y damos gracias, porque es nuestro hermano. Esa es la obra del Espíritu Santo, que mora en nuestros corazones.

Cuando hacemos algo indebido, cuando surge un pensamiento incorrecto, hay una tristeza interior, algo ocurre aquí adentro; hay un «sensor» que se enciende. ¿Le pasa eso a usted? Eso es porque hay Alguien que está aquí, en lo profundo del corazón, diciendo: ‘No, no, eso no’. ¡Gracias, Señor, por la morada de tu Espíritu!


El Huésped más ilustre está siendo ignorado

Pero, a la luz del Nuevo Testamento, ¿es suficiente que el Espíritu nos more? Me temo que no. Recordemos la palabra leída. El Señor Jesús vino a la ciudad de Jerusalén; pero no recibió la honra debida. Y nos referimos ahora al Espíritu. La pregunta es: este huésped, ¿está recibiendo la honra y  la atención que se merece? ¿O el Espíritu Santo es el Huésped ignorado?

Amado hermano, expliquémoslo un poco con términos humanos. ¿Le ha ocurrido a usted alguna vez que, en un grupo de personas, usted pasa inadvertido? Usted está presente, pero nadie lo toma en cuenta. Esta es una experiencia muy triste. Tu palabra no importa, tu presencia no  tiene valor. En el mundo natural, la gravedad de esta falta está dada según la importancia o rango de la persona que es ignorada.

Hermanos, ¿de qué huésped estamos hablando hoy? El que vino a hacer morada a tu corazón y a mi corazón, ¡es Aquel que fue enviado desde el mismo trono de Dios Padre, luego que nuestro Señor Jesucristo fue glorificado!

¿Estamos o no en la fe? ¿Creemos o no creemos? Creemos que Jesús es el Hijo de Dios. Creemos que el Señor Jesús murió por nosotros en la cruz y que resucitó al tercer día. ¡Somos creyentes! Creemos que el Señor Jesús traspasó los cielos y hoy está sentado a la diestra del Padre. Creemos que envió el Espíritu Santo a morar en nuestros corazones.

Amados hermanos, que podamos comprender lo que el Espíritu habla en este día. «El que tiene oído, oiga lo que el Espíritu dice…».

¿Cuánto influye el Huésped que está en nosotros? ¿Cuánta atención le prestamos? ¿Cuánto respeto tenemos a esa Persona que está morando? Hermano, ¿por qué, el que mora, no siempre nos llena?

Juan el Bautista dijo que el que venía tras él bautizaba con Espíritu Santo y fuego. Ese fuego está en ti y está en mí. Pero, seamos sinceros, seamos honestos: ¿Qué tan vivo está ese fuego?  El problema no es la presencia, sino la debilidad de tal fuego. El Huésped ignorado tiene la capacidad de arder y quemar con fuerza, de ser avivado. ¿Cómo está su corazón? Una de las características que más desagrada al Señor es la tibieza en medio de su pueblo. La tibieza es una característica de estos tiempos. Y el Señor llega a decir: «Ojalá fueses frío», pero la tibieza le provoca una reacción de rechazo muy grande.

El Señor debe ser agradado; y él no se agrada de un fuego que está muriéndose. Él «no apagará el pábilo que humea»; no lo apaga, no quiere apagarlo – Él quiere avivarlo. Hermanos, ¿cuánta experiencia tenemos con el poder del Espíritu Santo?

Vamos a 1ª Corintios 6:19. Esta es una palabra que debemos tener siempre presente. «¿O ignoráis que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo, el cual está en vosotros, el cual tenéis de Dios, y que no sois vuestros? Porque habéis sido comprados por precio; glorificad, pues, a Dios en vuestro cuerpo y en vuestro espíritu, los cuales son de Dios». ¡Cuánta riqueza hay en estas palabras! ¿Acaso alguno de nosotros las ignoraba?

Amados hermanos, nuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo, «está en vosotros ... el cual tenéis de Dios». ¡Oh, si conociéramos el tiempo de nuestra visitación, si le diésemos a este Huésped la importancia que merece! Hermanos, ¿no es ésta una riqueza inmensa?

¿Quién es el que nos habita? Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo. Padre, Hijo y Espíritu Santo. Siempre nuestra mente quedará limitada en la comprensión de la Trinidad. Pero el Señor dijo estas palabras: «No os dejaré huérfanos; vendré a vosotros… En aquel día –hoy– vosotros conoceréis que yo estoy en mi Padre, y vosotros en mí, y yo en vosotros –el Señor está en nosotros– El que me ama, mi palabra guardará; y mi Padre le amará, y vendremos a él, y haremos morada con él» (Jn. 14:23).

¡Oh, si pudiésemos tener cabal comprensión de esta solemne realidad! ¡Que el Señor revele su bendita palabra a cada corazón! Este no era un problema para la iglesia del principio en Jerusalén. La presencia, la vida y el gobierno del Espíritu Santo era una bendita y permanente realidad. Suspiremos por una genuina restauración de la iglesia, y no descansemos hasta que se cumpla la promesa: ¡La gloria postrera será mayor!

Hablamos a la iglesia; estamos entre creyentes, hombres y mujeres que conocemos al Señor, que le amamos. Él es real y verdadero entre nosotros. Le bendecimos, pues ha escogido nuestras vidas para que seamos Su templo.

Hablar del Huésped ignorado es algo que nos humilla. Que nos golpea. ¿Cómo hemos tratado al Rey? ¿Cuánto de la voz del Rey ha sido desatendida? ¡Cuánto hemos perdido, hermanos!

Si el Espíritu inspira, vivifica, y llena con poder, si el Espíritu da discernimiento y testimonio, entonces, desatenderle es una pérdida incalculable, es una necedad del corazón. ¡Tal es la razón de la debilidad imperante entre la mayoría de los cristianos!

Pero aquí la Escritura lo está diciendo positivamente: «…el cual tenéis de Dios». ¿Esta palabra era para los corintios solamente? ¡Era para nosotros! Hermano, ¡usted lo tiene! El problema es que este Huésped no es tomado en cuenta. La conversación es con otras personas, y la atención se ocupa en los elementos más diversos; muchas cosas ocupan un valioso espacio en los corazones de sus hijos. ¡Y el Rey no ocupa el lugar que le corresponde!


La visitación de Dios

Isaías 48:16-18. Oigamos lo que el Señor habla a su pueblo: Así ha dicho Jehová, Redentor tuyo, el Santo de Israel: Yo soy Jehová Dios tuyo, que te enseña provechosamente, que te encamina por el camino que debes seguir». «¡Oh, si hubieras atendido a mis mandamientos!». «¡Oh…!». ¿Qué significa este «¡Oh!» del Espíritu de Dios? El Huésped fue ignorado.

El Señor lloró sobre Jerusalén, porque no conocieron el día de su visitación; el rey no fue honrado como merecía, y no fue oído como debió haber sido oído, y por tanto no se atendió a sus mandamientos. ¿Y qué le aconteció a Jerusalén? ¡No quedó piedra sobre piedra! Fue destruida, no porque no tuviese llamamiento, no porque no fuese un pueblo escogido; sino por su ceguera.

Y todo eso lo decimos del Espíritu Santo, que tenemos de Dios. «¡Oh, si hubieras atendido a mis mandamientos! Fuera entonces tu paz como un río, y tu justicia como las ondas del mar». ¡Paz como un río! Hermanos amados, a esto estamos siendo nosotros llamados. A tener paz como un río.

Todo lo que nos ha ocurrido: esa falta de paz, esa falta de justicia, esa falta de fruto, esa falta del fluir de las aguas vivas, tiene este sello: «¡Oh, si hubieras atendido a mis mandamientos!». ¡Cuántas veces el Espíritu Santo vino a guiarnos!,  pero fue contristado. El Huésped ha sido ignorado y relegado una y otra vez. La historia de la iglesia es implacable testigo de esta grave falta. Mas esta palabra viene como un socorro para nuestros corazones.

¿Qué nos falta, hermanos? El Espíritu Santo está en nosotros, acompañando a nuestro espíritu. Pero nuestra alma es muy inquieta. «¿Por qué te abates, oh alma mía, y te turbas dentro de mí? Espera en Dios…» (Sal. 42:5). Este es el suave susurro del Espíritu Santo dentro de los hijos de Dios.

¿Cuánto conocemos del ministerio del Espíritu? ¿Cuánto le atendemos en nuestra experiencia diaria? Estamos pobres, todavía no estamos agradando el corazón del Señor. Y cuando esto ocurre, las cosas no nos resultan; intentamos hacer algo, y fracasamos una y otra vez.

Estas tres cosas están en las Escrituras: «No contristéis al Espíritu… No apaguéis el Espíritu… resistís al Espíritu». Hermanos, ¿habrá alguno aquí que nunca haya contristado al Espíritu? ¿Hay motivos para arrepentirse hoy? ¡Qué mal nos ha ido cuando le hemos contristado! Le hemos tratado mal, no hemos atendido a los movimientos del Espíritu Santo aquí adentro, que nos llevan a Cristo, al carácter de Cristo, a la mansedumbre, a la ternura, a la paz, a la vida poderosa.

Este es el día de nuestra visitación. El Espíritu Santo está aquí; y debe sentirse libre para ejercer su ministerio. El Espíritu Santo vino para ser un río que fluye abundante y sin interrupción, para llevarse toda amargura, tristeza y debilidad, para «fortalecernos con poder en el hombre interior». Esto quiere el Señor; esta es Su medida.

Inclinémonos con humildad ante el Señor, que podamos atender al Huésped ignorado, que nos llene a todos. Para que seamos sensibles a Su voz dentro de nosotros, porque él quiere inspirar, ungir y vivificar, quiere hablar poderosamente, y así glorificar a Cristo en nosotros, formando ese carácter santo, a la medida de Su estatura.

¡Que el bendito Espíritu Santo pueda cumplir con gozo su maravilloso ministerio en y a través de nosotros! ¡Que así sea!

Amén.





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domingo, 18 de enero de 2015

Talentos




En (Mateo 25:14-30) encontramos la parábola de los talentos.

Al venir a la tierra, el Señor Jesús nos trajo el reino de los cielos, y nos introdujo en su reino… y no solo eso, sino que nos dejó sus bienes, sus riquezas.

Dice la palabra en (Efesios 4:7): “Porque a cada uno de nosotros fue dada la gracia conforme a la medida del don de Cristo”.

Y más adelante, en el (v, 12): “…a fin de perfeccionar a los santos para la obra del ministerio, para la edificación del cuerpo de Cristo”.

Cristo es nuestra heredad, nuestras riquezas; todo está en Cristo y él está en nosotros.

El Señor obra en diferentes formas a través de nosotros, porque cada creyente tiene una función en el cuerpo de Cristo.

No importa que alguien tenga diez talentos, y otro uno… El talento es Cristo en nosotros, y cada miembro es indispensable.

Aunque el siervo de la parábola sólo tenía un talento, el Señor esperaba los intereses de ese talento.

Dice (Mateo 24:45): “¿Quién es pues el siervo fiel y prudente, al cual puso su Señor sobre su casa para que les dé el alimento a tiempo?”.

Hermanos, cuando lean este versículo no piensen en el siervo como alguien aparte de ustedes. ¡Ustedes son los siervos en la casa de Dios!

El Señor nos ha dejado sus bienes, y, como dice en Efesios: “Porque a cada uno de nosotros fue dada la gracia conforme a la medida del don de Cristo”.

Así que a todos los creyentes se nos ha dado el don, que es Cristo en nosotros.

Cuando un creyente sabe lo que hay en el corazón de Dios, tiene la llave para toda la Biblia. Nuestros ojos espirituales empiezan a ver que lo único que Dios quiere es tener su expresión, su iglesia, la cual es imagen de su Hijo.

Así que el Señor nos ha puesto sobre su casa, pero ¿para que?… Para que seamos siervos fieles que den a los de la casa el alimento a su tiempo.

El Señor está a la puerta y la noche ya es avanzada. Cristo quiere que su cuerpo siga creciendo, que nos sigamos nutriendo de él.

Así que la herencia que el Señor te ha dado es para el cuerpo… El don que él te ha dado es para los de la casa.

Sólo al dejar que Cristo, como el don en ti, sea transmitido a Su manera, serás un siervo fiel.

El Señor tiene un solo negocio y este negocio es la edificación de su casa. Nosotros somos los siervos que tenemos estos talentos y que estamos encargados de entregarle al Señor los intereses.

El Señor nos ha dado su vida en nuestro espíritu (talento), pero él quiere que esta vida se esparza a todo nuestro ser (intereses).

Al siervo malvado no le importaba el negocio de su Señor.

Al no estar en el negocio de su Señor, él estaba en su propio negocio, invirtiendo en este mundo.

Así que el talento que el Señor le había dado no fue de ningún provecho para él ni para los de la casa.

Este siervo no dejó que esta vida se introdujera a su vivir practico, no quiso tomar su cruz para ganar más de Cristo.

Esta es la forma en que ganamos intereses.

Al tomar nuestra cruz ganamos más de Cristo y él se extiende más a nuestro ser.

El Señor nos dejó su vida, pero no olvidemos que Él viene por lo suyo, más los intereses.

¡Dios te bendiga!





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miércoles, 14 de enero de 2015

De su costado





El libro de Génesis dice que cuando Dios creó a Eva, hizo caer en un sueño profundo a Adán, y mientras dormía, abrió su costado y tomó una de sus costillas, y cerró la carne en su lugar. Y de la costilla que Dios tomó del hombre, hizo a la mujer, y la trajo al hombre (2:21-22).

Así, lo que había sido tomado del hombre, volvió a él en forma de mujer. De lo hecho por Dios, Adán pudo entender la íntima relación que había entre él y la mujer.

La mujer no fue creada fuera de él, sino que fue creada a partir de su mismo cuerpo. Lo que volvió a él era hueso de sus huesos y carne de su carne. Eso se reflejó en el nombre que Adán le puso a su mujer: “Varona”, porque –dijo él– del “varón” fue tomada.

Miles de años después, hubo una escena similar en el Gólgota.

Los soldados se acercaron a los crucificados para quebrarle las piernas, y apurar su muerte.

Como el Señor Jesús ya estaba muerto, le eximieron de esto, y en su lugar le abrieron el costado con una lanza, “y al instante salió sangre y agua” (Juan 19:34).

En ese justo momento se sellaba el nacimiento de la iglesia, y el modo como habría de ser limpiada de sus pecados (1 Juan 1:7), y lavada de toda mancha (Efesios 5:25-27).

El sueño de Adán es la muerte de Cristo.

Y del costado herido del Señor Jesucristo, de ese costado bendito, el Padre tomó una costilla del postrer Adán (Cristo), e hizo la Iglesia.

¿Qué nombre será el que Cristo dio a la Iglesia, al verla ante sí presentada por el Padre?

La Biblia dice que Adán puso a Eva un nombre que era una derivación del suyo propio.

¿Será el nombre de la Iglesia algo así como Crista, o Cristiana?

Amados: Habrá un día en que todas las cosas llevarán un nombre nuevo, uno que corresponda con la verdadera naturaleza de las cosas y las personas, que correspondan con el propósito inicial de Dios y con su obra acabada en ellos (Ap. 2:17).

El apóstol Pablo, en su carta a los Efesios, cuando describe el matrimonio, dice que éste es un gran misterio, y que al hablar de matrimonio, él en verdad está hablando de Cristo y la Iglesia.

El matrimonio humano es, entonces, tan sólo una alegoría de aquel verdadero matrimonio entre Cristo y la Iglesia.

La primera expresión en el tiempo de esa unión de Cristo y la Iglesia es la unión de Adán y Eva. En el relato del Génesis podemos, entonces, conocer lo que ocurre –tal vez no a nuestros ojos, sino a los ojos de Dios– con cada matrimonio terrenal.

Podemos ver a Dios haciendo dormir a cada hombre para sacar de su costado a su mujer, para que éste, al verla, exclame maravillado: “Esto es ahora hueso de mis huesos y carne de mi carne”, para que la unidad perfecta no sea sólo cosa de la Escritura, sino una unidad de hecho, reflejada perfectamente en cada pareja.





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lunes, 12 de enero de 2015

El sordo y tartamudo





Cierta vez trajeron al Señor a un sordo y tartamudo.

Entonces, el Señor hizo algo inusual: le sacó aparte e hizo una extraña ceremonia: metió los dedos en las orejas del hombre, y luego de escupir, tocó su lengua. Después oró con un gemido, y dio la orden de sanidad (Mar. 7:32-35).

Este hombre nos representa a todos nosotros en nuestra condición respecto de Dios. El hombre es sordo, no puede oír a Dios; es tartamudo, no puede hablar claramente con Dios. Todo lo que atina a decir son algunas ideas hipotéticas, algunas presuposiciones.

El hombre puede oír muchas voces. Puede decir hermosos discursos, pero ni en unas ni en otros está presente Dios. Jesús vino para esto: para sanar nuestros oídos y poder oír a Dios; para tocar nuestra lengua y poder hablar a Dios. Nuestra impotencia era absoluta; nuestros intentos, vanos; todo era palabrería inútil.

Ahora, en Cristo, por el milagro del nuevo nacimiento, hemos oído a Dios, y hemos sido capacitados para hablar con él. Pero todavía hay una segunda acción de Dios que tiene que operar en nosotros, para que podamos oír lo que él tiene que decir a otros, y para que podamos hablar lo que Dios tiene que decir a otros.

El primer milagro nos capacita para estar delante de Dios, para oírle y para hablarle. Es un milagro que ocurrió una sola vez, y que bendijo nuestra propia vida. Este segundo milagro ocurre permanentemente, y consiste en que Dios despierta nuestro oído cada mañana para oír como los sabios, y luego nos permite hablar como los sabios para hablar palabras al cansado (Isaías 50:4).

Aquí el objetivo que persigue la acción de Dios es bendecir, a través de nosotros, al hombre y a la mujer agobiados. Luego que hemos recibido de Dios la Palabra, podemos ponerla delante de los demás, para que ellos también sean sanados.





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domingo, 11 de enero de 2015

La conversión de Saulo




Texto: (Hechos 26:9-18)
Yo ciertamente había creído mi deber hacer muchas cosas contra el nombre de Jesús de Nazaret; 10 lo cual también hice en Jerusalén. Yo encerré en cárceles a muchos de los santos, habiendo recibido poderes de los principales sacerdotes; y cuando los mataron, yo di mi voto. 11 Y muchas veces, castigándolos en todas las sinagogas, los forcé a blasfemar; y enfurecido sobremanera contra ellos, los perseguí hasta en las ciudades extranjeras. 12 Ocupado en esto, iba yo a Damasco con poderes y en comisión de los principales sacerdotes, 13 cuando a mediodía, oh rey, yendo por el camino, vi una luz del cielo que sobrepasaba el resplandor del sol, la cual me rodeó a mí y a los que iban conmigo. 14 Y habiendo caído todos nosotros en tierra, oí una voz que me hablaba, y decía en lengua hebrea: Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues? Dura cosa te es dar coces contra el aguijón. 15 Yo entonces dije: ¿Quién eres, Señor? Y el Señor dijo: Yo soy Jesús, a quien tú persigues. 16 Pero levántate, y ponte sobre tus pies; porque para esto he aparecido a ti, para ponerte por ministro y testigo de las cosas que has visto, y de aquellas en que me apareceré a ti, 17 librándote de tu pueblo, y de los gentiles, a quienes ahora te envío, 18 para que abras sus ojos, para que se conviertan de las tinieblas a la luz, y de la potestad de Satanás a Dios; para que reciban, por la fe que es en mí, perdón de pecados y herencia entre los santificados.


Un encuentro

Hay un hombre aquí que tuvo un encuentro con el Señor y relata cómo fue ese encuentro. De alguna manera, todos necesitamos tener un encuentro con el Señor. Este hombre, Pablo, existió verdaderamente. Sus escritos, gran parte de nuestro Nuevo Testamento, son un legado del llamado apóstol Pablo. Pero él no siempre fue un apóstol; fue más bien un enemigo de la fe. Y aquí, con sinceridad, cuenta cómo él había creído que era su deber «…hacer muchas cosas contra el nombre de Jesús de Nazaret».

Recordemos que el Señor Jesús había venido a este mundo, había predicado, había derramado su sangre en la cruz, había sido sepultado, resucitado de entre los muertos y ascendido a los cielos. El Espíritu Santo había venido; el evangelio estaba siendo predicado, mucha gente se estaba convirtiendo al Señor. Y esto despertó la oposición de mucha gente, especialmente de los religiosos de aquel tiempo.

Saulo era un fariseo fanático; él consideraba su deber detener la propagación de esta «secta». Y esto lo hizo en Jerusalén, porque allí era donde los apóstoles y la iglesia predicaban, la gente se convertía, había milagros, todo lo cual inquietaba a la tradición judía. Pero él era un opositor, y lo que hizo no fue pequeño. «Yo encerré en cárceles a muchos de los santos…».

Los santos eran aquellos que habían creído y recibido la palabra del Señor. Y por esa razón los encerró en cárceles. Y muchas veces los castigó en las sinagogas. Y dice: «…los forcé a blasfemar». Esta debe haber sido una tortura cruel. Una blasfemia es una palabra maligna contra Dios. «…y enfurecido sobremanera –Una ira tan grande, una odiosidad tan grande– contra ellos, los perseguí hasta en las ciudades extranjeras».

«Ocupado en esto –¡En esto ocupaba su vida!– iba yo a Damasco». Iba con poderes, con comisión de las autoridades, de los sacerdotes. Y como al mediodía, una luz del cielo que sobrepasaba el resplandor del sol, lo rodeó a él y a su comitiva. Y el mismo Señor se le aparece: «Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?». ¡Qué tremenda visión!

¡Qué tremenda misericordia hay en ese acto! El Señor está interesado no sólo en defender a los cristianos perseguidos; aquí hay un acto de amor precisamente para quien está actuando en contra de sus hijos: «Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues? Dura cosa te es dar coces contra el aguijón». ¿Qué significa esta visión? ¿Qué significa este encuentro? Pablo estaba persiguiendo personas de carne y hueso. Y aquí aparece Alguien, luminoso, y esa luz y esa voz hacen que él caiga a tierra. Entonces, no tiene más que decir: «¿Quién eres, Señor?». ¡Y es el mismo Señor Jesús! «Yo soy Jesús, a quien tú persigues».

Perseguidor vencido

¿Cuál es el hecho concreto aquí? ¡Que el perseguidor resulta vencido por su perseguido! ¿Qué se supone que tendría que haber ocurrido? En nuestra lógica humana, nosotros lo destruimos. Y el Señor, poseedor de todo poder y autoridad, podría haberlo pisoteado – no sólo derribarlo a tierra. Pero, en vez de hacerlo sufrir, lo salva; en vez de aniquilarlo, le muestra su amor. ¡Qué bueno es el Señor!

Aquí se enfrentan dos personas: un Saulo de Tarso enfurecido y perseguidor; y la otra persona es el Hijo de Dios, Jesucristo el Señor.

¿Alguien se siente con problemas de conciencia, por no haber hecho lo correcto delante de Dios? He aquí alguien que hizo lo absolutamente incorrecto, en forma decidida. Si existió un pecador grande, aquí está, y en una forma de pecado que merece la condenación más grande.

Sin embargo, el Señor Jesús vino a este mundo no para condenar, sino para salvar. Teniendo todo el derecho de juzgar y castigar, todo lo que hace es recuperar el corazón de este hombre. Aquí se muestra claramente ante nuestras conciencias que, al peor de los pecadores, el Señor se le aparece en persona, para recuperarlo.

Esto es lo que Dios quiere con todos los hombres. Él no quiere condenarlos; todo lo que quiere es recuperar al hombre. La próxima palabra es: «Pero levántate…». Después de estas palabras, ¿qué esperaba Saulo? Derribado en tierra, el que había dedicado su vida, sus energías, toda su fuerza para combatir contra este Nombre, podía esperar cualquier cosa, menos una palabra amigable.

La próxima palabra, o el próximo acto del Señor Jesús, pudieron haber sido terribles para él. Imagínese que usted es descubierto en el acto más vergonzoso, y que al mismo tiempo este acto ofende gravemente a la persona que nos descubre. Más aun, resulta que esta persona tiene toda autoridad, tiene todo poder; no depende de tribunal alguno pues él mismo puede, legítimamente, tomar la justicia en su mano.

Imagínese que usted ha traicionado a alguien, y la persona traicionada lo descubre a usted en el acto mismo de la traición. ¿Qué le espera a usted? ¿Cómo mira usted a aquella persona? Y usted no tiene derecho de apelación, no hay abogado, nadie puede defenderlo, ¡nadie! Porque esa persona tiene además todo el derecho de ejercer su propia justicia, de tomar venganza, de darle su merecido en ese mismo instante. Tendríamos, sin duda, un rostro de espanto, de horror.

Volvamos a Saulo de Tarso. Todo lo que él había combatido como mentira, resulta que ahora, ante sus ojos, ¡todo es verdad! Todo lo que los cristianos habían predicado, todo era verdad. La verdad estaba presente allí. Esteban, mientras era apedreado, había dicho palabras como éstas: «He aquí veo los cielo abiertos, y al Hijo del Hombre sentado a la diestra de Dios…», y Saulo escuchó todo eso, y consintió en aquel martirio. Ahora tiene frente a él, en ese mismo instante, ¡nada menos que a Aquel que había sido visto sentado a la diestra de Dios!, y él era culpable de obligar a los hombres a blasfemar contra este Nombre. Ahora está aquí, frente a él. ¡Qué espanto!

«Pero, levántate…»

«Pero…». Qué precioso es este «Pero…». Pablo está esperando que en ese momento le caiga todo el peso de la condenación. «Pero levántate…». ¡Qué alivio! Seguramente se levantó temblando de pies a cabeza. «…levántate, ponte sobre tus pies; porque para esto he aparecido a ti».

¿No es ésta una buena noticia? El Señor se acerca a nosotros, no para aplastarnos por lo que merecen nuestros hechos, sino para levantarnos. ¿De qué nos tiene que levantar el Señor en este día?

Pablo iba a ser un apóstol; pero, más que la comisión personal, ¿qué es lo que se le dice? «Te libraré de tu pueblo y de los gentiles a quienes ahora te envío, librándote de tu pueblo». Es decir, ‘Tú eres parte de un pueblo que me rechazó, eres parte de un pueblo que me condenó, que me llevó a la cruz, eres parte de una sociedad que dijo: ¡Crucifícale, crucifícale, y suelta a Barrabás! Tú eres parte de un pueblo que me ha rechazado y despreciado’.

«…levántate, y ponte sobre tus pies». ‘Yo te libro del pueblo que me desprecia, te libro de la sociedad que me rechaza, y de los gentiles a los que ahora te envío’. Los gentiles éramos el resto del mundo, ignorantes e idólatras. Entonces somos librados, por un lado, de quienes han rechazado al Señor y, por otro lado, de quienes sin rechazarlo simplemente lo niegan.

«…los gentiles, a quienes ahora te envío». Qué bueno que el Señor, por amor a todos nosotros, nos envió un hombre (Pablo), que tuvo un encuentro con él, para que nos aclarara la verdad, y para que su testimonio sirva para que nosotros también le conozcamos. «Te envío…». Esta palabra es el mensaje para nosotros ahora. Dice el Señor: «…te envío para que abras sus ojos». Recordemos que está hablando el Señor Jesús. Cuando él nos mira, cuando él ve al hombre, ve ciegos.

Toda la creación nos habla de las maravillas de Dios – una noche estrellada, por ejemplo. Pero el hombre no ve al Creador. Los grandes pensadores y científicos de este mundo han dicho que «en medio de todos los descubrimientos de la ciencia, no hay lugar para Dios». O sea, el hombre más sabio e inteligente ante los ojos de los hombres, es un ciego en lo que a Dios se refiere.

Cada mañana cuando el sol se levanta y nos da la temperatura perfecta y apropiada para la vida. ¿Quién hace eso, sino el Señor? ¿Y quién le dio a usted inteligencia y sabiduría para desarrollarse en la vida? ¿Quién le dio al hombre la cordura? Pero el hombre no lo ve. ¿Quién le dio a usted ese hijo por quien usted se desvive? Esa mirada, esa sonrisa del niño, ¡Dios se lo dio! Pero Dios, que merece toda gratitud por sus dones, por la creación que nos habla cada día, ¿cuánta retribución recibe de nosotros?

El hombre vive ignorando a Dios, el hombre vive como si no hubiera Dios. Entonces es necesario que se le abran los ojos; pero no estos ojos físicos, sino los espirituales, que le permitan ver al que no se quiere mostrar visible. No, Dios escogió que esto fuese por fe. Yo era un ciego, y ahora veo. Nosotros no podríamos alabarle como lo hacemos si el Señor no hubiese abierto nuestros ojos para ver su amor, su paciencia, su gracia.

«…para que abras sus ojos, para que se conviertan…». Esto quiere Dios: que se conviertan. Aquí habla el que tiene autoridad, Aquel por cuya causa todo fue hecho. Habla el Rey, el Señor; aquí habla el que conoce el presente y el futuro, el que sabe lo que le espera a tu alma y a mi alma, frente al trono de Dios, en aquel día.

Él lo sabe todo; nosotros no sabemos nada. Lo único que nosotros sabemos es que habrá una mesa servida en casa, una película en la noche y habrá que trabajar mañana. Vivimos en el tiempo y en el espacio de las cosas pequeñas que nos ocurren cada día; pero no sabemos lo que viene. Si no nos convertimos, no sabemos lo que nos espera. Pero el Señor nos abre los ojos y él quiere que los ojos abiertos nos lleven a la ‘conversión’. Este es un lenguaje militar. Cuando los militares marchan, la conversión significa cambiar la dirección de la marcha en sentido opuesto.

O sea, vamos por un camino que no es grato a Dios, y usted no necesita que yo lo convenza de eso, porque usted lo sabe. Pero lo que el Señor quiere es que cambiemos de dirección. Si hasta aquí su vida le estaba volviendo las espaldas a Dios –porque usted va por su propio camino–, convertirse significa que dejamos nuestro propio camino y nos volvemos a Aquel que está esperando, no para condenarnos, como acabamos de leer, sino para salvarnos, para rescatarnos, para levantarnos.

De las tinieblas a la luz

Y aquí dice: «…para que se conviertan…». ¡Qué información más valiosa es esta! «… de las tinieblas a la luz». Aquí concuerda la ceguera con las tinieblas. Porque el ciego no ve; y porque no ve, tropieza. Seamos claros, todos hemos tropezado alguna vez. No estoy hablando de una piedra en el camino – hemos tropezado en la vida. Quizás, sería demasiado decir: ‘Que se ponga en pie el que nunca ha tropezado, el que nunca ha pecado’. No se levantaría nadie, y si alguien se levanta, no le creeríamos.

En tinieblas anduvimos; no conocíamos la luz. Y el que se aparece a Saulo de Tarso, lo rodea de luz, pues la luz es Él mismo. Bastó su presencia para que la luz sobrepasara la luz del mediodía. «…para que se conviertan de las tinieblas a la luz».

Y la próxima frase, la leo sin temor, porque es la palabra de mi Rey. No puedo acomodar palabras, porque este mensaje no es mío. Ustedes pueden darse cuenta, quien habla aquí es el Señor Jesús. «…para que abras sus ojos, para que se conviertan de las tinieblas a la luz, y de la potestad de Satanás a Dios». Sin metáfora, sin rodeos, el Señor que conoce la verdad, él lo sabe todo. Él sabe que las tinieblas tienen ‘alguien’ que las preside.

El Señor Jesús es la luz y él preside en el reino de la luz, en el reino de Dios. Quien no está con Jesús, quien no está con la luz, está con las tinieblas. Y el que está en tinieblas, está bajo una potestad, está bajo el gobierno de alguien que lo obliga a ser de una determinada manera; su responsabilidad es parcial, no total. Usted es responsable de lo usted ha hecho en toda su vida, pero su responsabilidad es parcial, porque si usted tiene una ceguera y no ve, entonces usted no sabe lo que hace.

Usted y yo no sabemos lo que hacemos; si supiéramos, nosotros adoraríamos a Dios. Desde la cruz, nuestro Salvador dijo: «Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen». ¿Y qué estaban haciendo los hombres? ¡Estaban crucificando al Salvador, al Señor! Cada vez que alguien rechaza al Señor, cada vez que alguien combate al Señor, que pone una barrera contra Cristo en su corazón, no sabe lo que hace. El hombre no sabe lo que hace; cree que sabe, se cree inteligente, pero en realidad no sabe lo que está haciendo. Pero hay una potestad que lo mantiene allí y él no lo sabe.

Pero aquí, en esta ocasión, camino a Damasco se enfrentan dos potestades. El poder de las tinieblas enfrentado por el Rey de la luz. Sabemos quién ganó – el Señor, con su sola presencia. No tuvo que sacar una espada, no envió ángeles; bastó su presencia. Recordemos que el Señor ya había vencido; en la cruz, ya le había dado el golpe mortal a Satanás. Y ahora aparece el Señor para salvar a los que están bajo esa potestad y le dice: «Levántate, conviértete, de la potestad de Satanás a Dios».

No hay contraste más grande que éste: ser librado de la potestad de Satanás, no para ser parte de una religión más, ¡sino para encontrarnos nada más y nada menos que con Dios mismo!

Cuando el Señor Jesús se aparece en el camino a Damasco, rescata a un hombre que estaba bajo la potestad de las tinieblas, para que venga a ser de Dios. Ahora será un hombre de Dios, un hombre que estará en paz con Dios, un hombre que tendrá a Dios en su vida. El Dios despreciado, el Dios que no ha recibido nuestra adoración como se la merece, desde ahora nos tendrá por hijos. Él será nuestro Padre, nuestro Dios. ¡Qué gran salvación es ésta!

Perdón y herencia

Y sigue, sigue. Nosotros necesitábamos esta información, porque el evangelio es una buena noticia, es una buena nueva, ¡porque esta información nos conviene! El Señor está diciendo: «…para que reciban por la fe que es en mí, perdón de pecados». O sea, al Señor se le recibe por la fe.

Cuando el Señor nos ve, dijimos, él ve al hombre ciego. Pero, además de ciego, lo ve en pecado. Pero, reiteramos: el Señor no viene para aplastarnos por ello, viene a ofrecernos el perdón de nuestros pecados. «…para que reciban». ¿Cómo no recibir lo que él nos ofrece?

«…para que reciban perdón de pecados». En nuestros días, la palabra ‘pecado’ no está en el vocabulario de nuestra sociedad. Se usa de forma muy liviana, casi como chiste. Hoy, la gente habla del error, de la falta, de la falla, de la debilidad humana. Pecado tiene sentido sólo cuando te acercas a Dios. Cuando nos acercamos a Dios, lo primero que descubrimos es que somos pecadores. Sin embargo, el Señor se aparece para ofrecernos su perdón. «…para que reciban, por la fe que es en mí, perdón de pecados». ¡Para que lo reciban!

Esto de recibir, me recuerda la tierra. Nuestros campos siempre están produciendo algo. Si no sembramos una buena semilla en el campo, crecerá la maleza, el cardo, la zarza. Alguien diría: ‘Nadie la plantó’. No, alguien la plantó. Esa tierra recibió la semilla de la maleza, y se llenó de maleza, y se volvió inútil; todo lo que tiene es maleza. Pero hay otra tierra. Hermano, esta tierra que es tu corazón tiene que recibir buena semilla. Según la semilla que reciba, así producirá. Si hasta aquí sólo has recibido maleza, en tu vida no hay más que maleza, y has estado cosechando maleza –amargura, tristeza, quebranto–, y te ha ido mal, porque tu tierra sólo ha recibido semilla maligna. Pero el Señor hoy nos está hablando, y él quiere que recibamos esta buena semilla.

«…para que reciban, por la fe que es en mí, perdón de pecados». ¡Qué precioso! Como el Señor dice: ‘No vengo para castigar tu pecado, vengo para perdonarlo. Me aparezco a ti y te veo en todos tus pecados, Saulo, tú has colaborado para apartar a la gente de mí, has estado en compañía de los que me rechazan, de los que me menosprecian. Vengo a ti, y te descubro en tu maldad. Tú llevaste a unos a la muerte, a otros a blasfemar, pero yo he venido a ti para salvarte’.

¿Cuánta de esa furia, de esa malignidad, está en usted? Y tal vez usted sea de aquellos que ni se soportan a sí mismos. Pero apareció el Señor, ¡Aleluya!, no para condenar al hombre que estaba en sus pecados; apareció como Salvador, para levantarlo, para perdonarlo, para restaurarlo. ¡Qué buena noticia es ésta! El Señor, hoy, aquí, está ofreciendo lo mismo. El Señor pone a tu disposición el perdón de pecados, que se recibe por fe, sólo creyendo en él.

Pongamos como figura una persona endeudada. ¡Cuán endeudado estaba Saulo con Cristo! Él lo hacía creyendo que era su deber, y muchas veces castigó y persiguió a los cristianos. Este hombre sí que estaba endeudado. Se levantaba pensando: ‘¿Qué voy hacer ahora? Ah, iré a Damasco y allá seguiré persiguiendo’. Se endeudó y se endeudó. Ahora, aunque vendiese su vida, no lograría pagar su deuda.

Imagínense la persona más endeudada de la tierra, y viene alguien que le dice: ‘Yo pago tu deuda, te perdono la deuda’. ¿Qué tendría que decir ese hombre? ¿Acaso diría: ‘No, no; regrese otro día’? ¿No sería eso una locura?

El acreedor, justo la persona con quien tú te endeudaste, él mismo te dice: ‘Te ofrezco el perdón de toda tu deuda’. Yo creo que esta persona no haría nada más que correr y abrazarlo, agradecido. ‘¡Me perdonó toda mi deuda!’. ¿Y acaso no es esa la condición del hombre frente a Dios? Estamos tan endeudados, ¿cómo vamos a pagar? Pero el Señor dijo: «…que reciban, por la fe que es en mí, perdón de pecados».

Como si eso fuera poco, hay algo más: Supongamos una persona absolutamente endeudada, que no tiene ni cómo comprar pan, porque su deuda es muy grande. Y el mismo día que se le dice: ‘Ya no hay más deuda’, él pregunta: ‘No debo nada, pero, ¿con qué compro pan hoy?’. Mira lo que dice: «…para que reciban, por la fe que es en mí, perdón de pecados y herencia entre los santificados».

El Señor es tan maravilloso que no sólo me perdona toda mi deuda, sino que además me enriquece, me da una herencia. ¿Y cómo será la herencia? ¿Acaso el Señor me va a dar un sueldo mínimo? Hermano, dice la Escritura que los creyentes somos herederos de Dios y coherederos con Cristo Jesús. La herencia que recibimos es la vida de Cristo, poderosa en nosotros para guardarnos.

Mucha gente dice: ‘¿Sabe?, yo no quiero ir a las reuniones porque, claro, puedo ir una vez o dos; pero, y después, ¿quién me asegura que no volveré a caer?’. ¡Cuánta gente piensa así! Ese es uno de los argumentos religiosos que más usa Satanás para engañar a los hombres. ‘Yo puedo recibir al Señor; pero, ¿y si después voy a serle infiel? Mejor me quedo como estoy’.

Ese es el concepto que el hombre tiene. ¡Pero el evangelio contiene las dos partes! Cristo no sólo te perdona, ¡también te enriquece! Porque yo no tenía la vida de Dios antes; entonces, todo lo que hacía era pecar y pecar. Pero, desde que llegué al Señor, él me ofreció el perdón de mis pecados y me dio herencia. Ahora hay una vida poderosa dentro de mí, que me sostiene cada día. ¡Gracias, Señor, por tu gran amor!

Llamado vigente

Estas palabras son palabras de nuestro Señor. Usted ha escuchado esta mañana a un hombre con todos sus defectos, pero este hombre no es más que el transmisor. Esta voz vino del Señor. El Señor vino a la tierra. No mandó a buscar a Saulo para que fuera a una oficina; vino a donde él estaba y lo encontró en su pecado, en su frustración, lo encontró bajo la potestad que lo gobernaba.

¿No será que alguno de ustedes esté en una condición semejante? ¿Será que hay una furia incontrolable? ¿Será que hay un apetito incontrolable? Quizás, hay cosas que usted no puede evitar. Sí, porque ha estado esclavo, y además, ha estado participando de una sociedad, que continuamente blasfema, desconoce y desprecia al Señor. Y usted ha sido parte de este sistema.

Pero el Señor nos llama para librarnos. Viene a nosotros trayendo perdón y luz, trayendo herencia, y un nuevo comienzo para la vida.

Recuerde que este Señor no ha cambiado. El Señor está aquí hoy, de la misma manera como estuvo en el camino de Damasco, y está hablando las mismas palabras. Estas palabras no han perdido vigencia. ¿Ceguera? Por supuesto, en nuestros días hay gran ceguera. ¿Tinieblas? Mucha gente hoy vive en tinieblas, esclavos enfurecidos bajo la potestad de Satanás, eso es verdad. Pero el Señor viene para traernos de vuelta a él; no para condenar, sino para salvar.

¿Qué te dice el Señor? «Levántate… y recibe». Esa palabra es para ti. No te quedes más enredado, postrado, no te quedes más sin Dios. ¡Esto te pasa porque estás sin Dios! Hay que convertirse de la potestad de Satanás a Dios. El Señor es el que ordenará tu vida, él sanará tu vida, el Señor pondrá en orden tu vida. Te dará perdón y herencia; vida nueva, para que vivas con él, para que estés con él.

La conversión es hacia Dios, la entrega es para recibir al Señor, la apertura del corazón es para que entre la luz, para que de hoy en adelante, el Señor esté presente en tu vida. Él mismo es tu Salvación.

¡Gracias Señor!




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