miércoles, 7 de mayo de 2008

¿Evolución o Creación?

Si observa una aspirina, seguramente reparará de inmediato en la ranura que cruza su superficie.


Ese diseño beneficia a los que necesitan tomar la mitad del comprimido, pues lo parten por allí. Cada producto que vemos en nuestro alrededor, desde una simple aspirina hasta los automóviles que se usan para ir al trabajo o los controles remotos, poseen un diseño particular.


El diseño, en breve, significa la traza o delineación de un edificio, aparato, instrumento o figura, generalmente de modo armonioso, apuntando a un fin determinado. Según esta definición, no es difícil pensar que el automóvil tiene una delineación dirigida a un objetivo, es decir, el transporte de personas y cosas. Para cumplir esta finalidad, sus distintas partes, como el motor, los neumáticos y la carrocería, son proyectados y ensamblados en una fábrica.

¿Qué podemos decir de las criaturas vivientes? ¿Puede ser que un pájaro y el sistema que le permite volar también hayan sido “diseñados”?

Antes de dar una respuesta pensemos de nuevo en el ejemplo del automóvil y apliquemos ese razonamiento al pájaro, uno de cuyos objetivos es volar. A este propósito usa un sistema óseo ahuecado y ultraligero movido por fuertes músculos pectorales, así como plumas apropiadas que le posibilitan mantenerse suspendido en el aire. Las alas poseen una estructura aerodinámica y el metabolismo del animal se ajusta a su necesidad de un nivel de energía elevado. Es obvio que se trata de un diseño particular.

Si consideramos cualquier otra forma de vida, encontraremos la misma verdad. Cada criatura exhibe un planeamiento muy bien pensado, al punto que si seguimos investigando descubriremos que también nosotros somos parte de ese diseño. Nuestras manos son funcionales en un grado que ningún robot lograría. Nuestros ojos leen con una perfección y un enfoque que no consiguen las mejores cámaras fotográficas.

Así llegamos a una conclusión importante: todas las criaturas en la naturaleza, incluidas las humanas, son parte de un diseño. Esto exhibe a su vez la existencia de un Creador, Quien las diseña a voluntad, sustenta toda la creación y es poseedor del poder y sabiduría absolutos.

Sin embargo, esta verdad ha sido rechazada por la teoría de la evolución que se gesta a mediados del siglo XIX y fue propuesta por Charles Darwin en su libro El Origen de las Especies. Allí se sostiene que todas las criaturas evolucionaron una de otra gracias a una serie de coincidencias y transformaciones o mutaciones.

De acuerdo con la premisa fundamental de dicha teoría, todas las formas de vida pasan a través de minúsculos cambios fortuitos. Si con ello mejora alguna existencia, ésta aventajará a otras y transmitirá esa mejora a las generaciones siguientes.

La concepción mencionada ha sido considerada durante casi 150 años como científica y convincente. Pero al escudriñarla a fondo y enfrentarla con los diseños de las distintas criaturas, se obtiene un cuadro muy distinto: se revela que el darwinismo y su explicación de lo viviente no resulta más que una argumentación amañada y contradictoria.

Concentrémonos en los cambios casuales. Darwin no pudo dar una definición exhaustiva de este concepto debido a la falta de conocimiento de la genética en su tiempo. Los evolucionistas que le siguieron sugirieron el concepto de “mutación”, es decir, desconexiones arbitrarias, dislocaciones o cambios en la estructura genética. Es significativo que nunca se haya comprobado que una mutación mejorase la información genética de alguna criatura.

Los casos conocidos resultaron en daños, incapacidades o carencia de efectos. Por consiguiente, pensar que una criatura puede mejorar a través de las mutaciones, es lo mismo que balear a un grupo de personas con la esperanza de que los daños que se produzcan resulten en una mejora de la condición de salud de los afectados. Realmente es algo sin sentido.

Y aunque asumiésemos, contrariamente a toda la información científica existente, que una mutación puede mejorar la condición de una criatura, así y todo el darwinismo no puede evitar su colapso debido a lo que se denomina “complejidad irreductible”: esto implica que la mayoría de los sistemas y órganos de los seres vivos funcionan, necesariamente, como resultado del trabajo coordinado de partes distintas. Por consiguiente, el daño o eliminación de una de esas partes sería suficiente para dejar fuera de funcionamiento todas las demás.

Como sabemos, el oído percibe el sonido a través de un conjunto de pequeños órganos. Por ejemplo, si se extirpan o dañan los huesecillos del oído medio, no habrá audición.

Para percibir los sonidos tienen que trabajar juntos, sin excepción, una variedad de componentes: el canal auditivo, el tímpano, la cadena de huesecillos (martillo, yunque, lenticular y estribo), la cóclea o caracol, los tres canales semicirculares, los pelitos (cilios) que ayudan a las células a sentir las vibraciones y la red nerviosa que se conecta al cerebro. Este sistema no pudo haberse desarrollado por partes porque no sería posible que unas trabajen sin las otras.

En consecuencia, el hecho de la “complejidad irreductible” demuele desde sus fundamentos la teoría de la evolución. Es curioso que el propio Darwin estuviese preocupado por esto: Si se demostrase que un órgano complejo existe sin haber pasado por numerosas, sucesivas y ligeras modificaciones, la Teoría de la Creación quedaría totalmente demolida.

El nivel primitivo de la ciencia del siglo XIX todavía permitía soñar con la posibilidad de hallar un órgano así. Pero Darwin no lo pudo encontrar, o posiblemente sabía que no lo encontraría.

La ciencia del siglo XX profundizó en el estudio de la naturaleza y demostró que la mayoría de las estructuras vivientes poseen la complejidad mencionada en antecedentes.

Complejidad irreductible. ¿Evolución o creación?

¿Ustedes que piensan?

¡Dios les bendiga!



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