jueves, 3 de abril de 2008

Haceos tesoros en el cielo...


Recuerdo que en los procedimientos cinematográficos utilizados típicamente en los clásicos del Western (peliculitas de vaqueros, pues), no sólo se explotaban las habilidades personales del pistolero su rapidez para desenfundar, su frialdad, su valor, etcétera, sino también el hábitat, el entorno, la atmósfera en que se desenvolvía.

Y justamente un personaje periférico clave en esta atmósfera de calles polvorientas, pasiones salvajes, camisas sin lavar y jamelgos sudorosos, era el barbero. ¿Lo recuerdan?

Si digo esto no es porque quiera yo hablar de este tema, sino por lo que supe cierto día en que fui a afeitarme la barba. Aquel día, el barbero me contó algo que le acababa de ocurrir. Como siempre, lo escuché con atención.

Me habló de su amistad con un hombre que había sido paletero de esos vendedores callejeros que empujan un carrito con dos ruedas lleno de paletas de hielo saborizadas. Era este paletero un hombre pobre que vivía solo. Había venido de tierras lejanas, y allá solamente tenía una hermana, la cual era casada.

Lastimosamente el paletero, al meter un día la cabeza dentro del carrito para despachar una paleta, se quedó ciego de repente. Al conocer la desgracia, su patrona le retiró el carrito y lo despidió. Y aunque él le rogó que lo ayudara, lo único que le prometió fue que cuando quisiera regresar con su familia, ella le apoyaría.

El ex paletero, al verse impedido para trabajar, se vio forzado a hacer lo único que suele hacer un ciego en ciernes: pedir limosna públicamente. Y entonces comenzó a pararse en las esquinas de los mercados a mendigar, y con lo poco que recibía, se alimentaba.

Pasó el tiempo, y cierto día el barbero lo halló pidiendo limosna. Desconociendo lo sucedido, sintió una gran conmoción al ver a su amigo ciego, solo, y sin esperanzas.
El ex paletero lo puso al tanto de lo sucedido, y al final le dijo, llorando:

Fui a ver a la patrona, pero ya no quiso recibirme. Y ahora que tengo deseos de estar con mi hermana, no tengo dinero para ir. Pero aunque lo tuviera, sé que no podré ir así ciego como estoy. Y no tengo quien me lleve.

El barbero sintió una sincera compasión por aquel desgraciado, y le dijo:

No te apures. Yo tengo unos ahorritos por ahí. ¿De donde eres tú?
Del estado de Guerrero; de un pueblito cercano a Chilpancingo.
¡Cómo! –le dijo el barbero sorprendido-. ¡Pero si yo soy de Chilpancingo!
¿De verdad?
¡Claro, hombre! Con mayor razón te llevaré… así aprovecharé para visitar a los míos.

El ciego no podía creer lo que oía.

Cuando llegó el día, partieron juntos. En la estación de trenes de Ojapa compraron dos pasajes de segunda rumbo a la ciudad de México. Después, se trasladaron a la terminal de autobuses. Cogieron un bus que los llevó hasta Chilpancingo, y de ahí, el barbero decidió tomar un taxi para llegar al pueblito del ciego, porque ya era de madrugada.
Una vez que el barbero hubo dado con el domicilio de la hermana, desde la puerta del taxi contempló el reencuentro en medio de abrazos y gemidos de dolor. Y antes de despedirse, le dijo:

Vendré en tres días, antes de volverme a Acayucan, para despedirme.
Te esperaré respondió el ciego. ¡Que Dios te bendiga! Y se dieron un abrazo fraternal.
Al llegar a Chilpancingo, y antes de cobrarle el viaje, el taxista le preguntó al barbero:
¿Trajo usted a ese ciego desde el estado de Veracruz?
No tenía con quién venir, y tampoco tenía dinero. Es mi amigo, y decidí ayudarlo.
Oiga dijo el taxista, ¿usted sabe lo que hizo?
No…
¡Acaba de hacer tesoros en el cielo!
El barbero se quedó callado.
Bueno, yo…
¿Sabe una cosa? insistió el taxista. No le cobraré el servicio. Yo también quiero aportar para esta causa. El día del juicio, quizá en un rinconcito del cielo me dejarán estar.

El barbero aceptó gozoso.

Pasados tres días, regresó para despedirse de su amigo. Pero al preguntarle a la hermana por él, ésta le dijo que se había ido y que no sabía en dónde estaba.

El barbero, entonces, le buscó. Le halló pidiendo limosna cerca de la plaza.

¿Qué ocurre? ¿Por qué no estás con tu hermana?
Llorando, el ciego le comentó:
No puedo quedarme ahí. Su marido empezó a echarme indirectas a la mañana siguiente. Se puso a pelear diciéndole a mi hermana que él no iba a estar manteniendo a un ciego inútil, que ya bastante carga tenía con ella y sus hijos. Así que mejor me vine a mendigar. ¡No quiero ser una carga para nadie!

Al barbero se le llenaron los ojos de lágrimas.

¡Vámonos! le dijo. Allá no te faltará comida, amigo.
Y esa misma noche se volvieron a Acayucan.

Hay una cita bíblica con la que quiero cerrar esta historia de la vida real. Jesucristo dijo:

[Mateo 6: 19-21]
6:19 No os hagáis tesoros en la tierra, donde la polilla y el orín corrompen, y donde ladrones minan y hurtan;
6:20 sino haceos tesoros en el cielo, donde ni la polilla ni el orín corrompen, y donde ladrones no minan ni hurtan.
6:21 Porque donde esté vuestro tesoro, allí estará también vuestro corazón.

¡Dios les bendiga!

¡Y Gloria al Señor Jesucristo!



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