sábado, 29 de marzo de 2008

Un buscador de Dios


«Mas buscad primeramente el reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas os serán añadidas.»
[Mt. 6:33]


¿Qué testimonio más elocuente se puede buscar de lo que un hombre comprometido puede lograr en las manos de un Dios Todopoderoso?

Cuando el Señor dio a Jorge Müller la visión de un orfanato para cientos de niños desamparados del siglo XIX, su capital era US$0,50. Sesenta y seis años más tarde, al fallecer, Müller había invertido más de 130.000.000 de dólares (en valores de hoy) para la construcción de cincos gigantescos orfanatos con capacidad para 3.000 niños.

Sabías que:

  • Jorge Müller dedicó su vida a demostrar cómo «se puede lograr mucho por medio de la fe y la oración»?
  • Él y su esposa renunciaron al sustento que tenían como pastores de la congregación que atendían en Bristol?
  • A los dieciséis años fue encarcelado por mentir y estafar a varios comerciantes?
  • Müller leyó la Biblia, de tapa a tapa, más de 200 veces, muchas de ellas de rodillas?
  • Poseía una lista de más de 50.000 respuestas a peticiones concretas que había elevado en oración?
  • Sin que jamás hubiera solicitado dinero recibió, durante su vida, donaciones por más de 138.000.000 de dólares (en valores de hoy)?
  • Müller comenzó su primera obra con cincuenta centavos de dólar en su bolsillo?
  • Más de 10.000 huérfanos fueron atendidos por Müller y su esposa a lo largo de un ministerio que se extendió durante sesenta y seis años.
  • Müller se rehusó a trabajar con deudas y no permitió que personas inconversas aportaran a la obra?
  • Contestaba 3.000 cartas por año, sin la ayuda de un secretario?
  • En los últimos diecisiete años de vida viajó más de 320.000 kilómetros, compartiendo el mensaje en cuarenta y dos países a más de tres millones de personas?

Breve reseña de su vida:

¿Qué testimonio más elocuente se puede buscar de lo que un hombre comprometido puede lograr de la mano de un Dios todopoderoso? Cuando el Señor gestó en el corazón de Jorge Müller la visión de un orfanato para cuidar a los cientos de niños desamparados que vivían en la Inglaterra del siglo XIX, contaba con un capital de cincuenta centavos de dólar.

Sesenta y seis años más tarde, al fallecer, Müller había invertido más de 130.000.000 de dólares (en valores de hoy) para la construcción de cincos gigantescos orfanatos con capacidad para 3.000 niños. Durante los largos años de ministerio no compartió en una sola ocasión las necesidades financieras de tan notable emprendimiento.

Dios proveyó abundantemente en respuesta a las fervientes oraciones y la inquebrantable fe de este dedicado varón.

Jorge Müller nació en Prusia (Alemania) en el año 1805. Su padre era recaudador de impuestos para el gobierno y deseaba asegurar para su hijo una cómoda posición financiera.

Müller, sin embargo, estaba poseído por un osado espíritu de rebeldía y pronto se encaminó hacia la perdición. Robaba de los fondos del padre y se dedicaba a llevar una vida de placeres, alojándose en lujosos hoteles y huyendo cuando ya no podía pagar las cuentas. A los dieciséis años cayó en manos de la policía y fue encarcelado. A pesar de recibir una severa paliza por parte de su padre no enmendó sus caminos, salvo en apariencias.

Eventualmente, fue enviado a la gran universidad de Halle, en preparación para una vocación dentro de la Iglesia, lo que aseguraría su situación económica.

Durante su estancia en la universidad uno de sus mejores amigos lo invitó a una reunión con otros cristianos. Dios inquietó profundamente el corazón de Müller en aquella reunión y entregó su vida a Cristo. Rápidamente su vida se ordenó según los parámetros de la Palabra y se decidió por una vocación como misionero.

Su padre, airado por su decisión, le cortó el sustento y lo dejó sin una moneda. Müller, sin embargo, no desistió y se dirigió a Inglaterra. Al cabo de tres años tuvo una segunda experiencia de entrega absoluta a Cristo que cambió radicalmente su vida. Müller entonces había decidido vivir con base en las promesas de la Palabra, creyendo que Dios era suficientemente poderoso para cubrir cada una de sus necesidades.

Mientras se entregó con pasión a la evangelización y a la exhortación de los hermanos que conformaban el círculo íntimo de su vida, fue conmovido por la biografía del gran pastor Holandés, Augusto Francke. Iniciador de una de las obras más extraordinarias entre huérfanos, Francke desafió la vida del joven Müller y luego, con su esposa, María, decidieron entregarse a esta tarea. Además, Müller se dedicó al pastorado de una congregación que contaba con más de dos mil personas a la fecha de su muerte.

El «método» de Müller era sencillo. Había dispuesto compartir cada una de sus necesidades solamente con el Señor. Cada día ponía delante de Dios las necesidades de los niños a su cargo, confiando que al día siguiente las provisiones llegarían.

La lectura de su diario está repleta de extraordinarias respuestas a esta confianza de «niños». Un día, por ejemplo, los niños estaban reunidos para el desayuno y no había comida alguna en el orfanato. Müller cerró sus ojos y dio gracias, por fe, por los alimentos que iban a disfrutar. No había terminado de orar cuando se escuchó que alguien golpeaba en la puerta. Era el panadero que, luego de una noche de desvelo, inquietado por el Espíritu, había pasado la noche preparando pan para todos los niños. Apenas el hombre se retiró se volvió a escuchar que alguien llamaba a la puerta. Esta vez era el lechero, a quien se le había roto la carreta. Para poder repararla necesitaba descargar la leche, la cual obsequió en su totalidad al orfanato.

De este modo avanzó el matrimonio Müller, confiando cada día para el pan que les hacía falta para sustentar la obra. Gracias a esta fe lograron montar una obra que bendijo la vida de 122.000 niños que pasaron por sus escuelas y orfanatos. Además, la calidad de la educación que proporcionaba Müller a sus niños era tan alta que algunos, en una sociedad que mantenía a muchos menores en un estado de esclavitud, lo acusaron de robarle a las fábricas y las minas de la mano de obra que necesitaban. Además, durante su vida repartieron 282.000 biblias, 1.500.000 nuevos testamentos y 112.000.000 tratados, folletos y libros religiosos.

Hacia el final de su vida la gente reverenciaba a Müller como un gran hombre de fe. Él siempre replicaba: «No hice más que lo que se espera de todo hijo de Dios: confiar y obedecer. ¡Siervos inútiles somos!».

Su peregrinaje, sin embargo, no deja de deslumbrar por lo poco común que es esta clase de actitud entre aquellos que son de la casa de Dios.

Principios que guiaron la obra:

Al inicio de su obra los Müller pactaron vivir en sujeción a los siguientes principios:

1. No recibir de ninguna institución un salario fijo. La decisión se basaba en el deseo de no crear vínculos innecesarios de dependencia, pero también en el afán de darle a Dios toda la libertad de moverse como quisiera.

2. Nunca solicitar a otro ser humano asistencia económica. Sin importar la magnitud de la necesidad, los Müller escogieron solamente compartir estas necesidades con el Señor, confiando que él supliría cada una de las necesidades de sus hijos.

3. Cumplir literalmente con el mandamiento de «vender todo lo que tenían y dárselo a los pobres» (Lc 12.33). Basados en esta decisión nunca ahorraron dinero, sino que lo invirtieron todo en la obra de Dios.

4. También consideraron que la exhortación de Romanos 13.8 «no debáis nada a nadie» debía ser guardada literalmente. Como consecuencia, trabajaron sesenta y seis años en el ministerio sin jamás haber solicitado un préstamo ni haber comprado nada con pago diferido.

¡Servimos a un Dios que es Todopoderoso!

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